Mi locura es el convencimiento de que una parte de mí siempre está buscando un modo original de ser libre.
(Chispazo producido por una vista al blog de Ga, La señorita escritora)
Intérprete de sueños, devoto de las palabras, adicto a la imaginación. Lector irredento y escribidor repentino. Ciudadano y no me canso.
Mi locura es el convencimiento de que una parte de mí siempre está buscando un modo original de ser libre.
(Chispazo producido por una vista al blog de Ga, La señorita escritora)
Permítaseme comunicar a los asiduos y a los ocasionales visitantes que este su servilleta (con genuino estupor) ha superado ya el reto de los 50 libros.
Parece que siempre sí tendré que ponerme a hacer las reseñas, aunque sea mínimas, de todo lo leído.
No me lo puedo creer, pero es cierto. Consulten ustedes la lista de los libros aquí.
A continuación algunos datos y números sobre esta aventura (hasta el momento).
Libros nuevos (es decir, no leídos anteriormente):48
Releídos: 6
Candidatos al premio “Autores adictivos”: Daniel Pennac, Andrea Camilleri y Neil Gaiman.
Candidatos al premio “Grata Sorpresa”: Marjane Satrapi (Persepolis 1 y 2) por sus “novelas gráficas” que no le piden nada a una buena novela “tradicional”, George Norman Lippert por su muy disfrutable “fan fiction” sobre el hijo de Harry Potter, y Daniel Pennac por la serie de Malaussène.
Candidatos al premio al humor: Daniel Pennac, Julian Barnes y el dueto Terry Pratchett / Neil Gaiman.
Anti-premio “Libro Interruptus”… por ahora, parece inevitable para Ray Bradbury.
Otras nominaciones (y algunas reseñas) más adelante en esta misma pocilga.
An-da-ba de pa-rran-da.
¡UH!
Pues sí mis queridos hermanos marranos, vecinos, contertulios, allegados y semi-allegados lectores de estas letras.
Queridos todos; eso que ni qué.
Después de meterle duro a la caminada, la sonreída fácil, la libación desde temprano, y sobre todo, después de conservar aquella buena costumbre de buscar ser feliz a toda costa -aunque las circunstancias se empeñen en provocar lo contrario-…
He vuelto.
Con ánimos renovados y -neta- otra cara les digo:
A huevo, deveras parece lista de agradecimiento del Grammy. Pero es la neta.
Les invito cordialmente a seguir dándose sus pasadas por acá y ¿cómo era?
Ah, si. Muchos tacos de carnitas para todos.
“Bueno, necesitamos humor, necesitamos reírnos. Yo solía reírme más, solía hacer más de todo, excepto escribir. Ahora escribo y escribo y escribo, cuanto más viejo soy más escribo, bailando con la muerte. Buen espectáculo. Y creo que lo que hago está bien. Un día dirán: «Bukowski ha muerto», y entonces seré descubierto de verdad, y me colgarán de brillantes farolas apestosas. ¿Y qué? La inmortalidad es el estúpido invento de los vivos.
(…)Hay gente que me ha escrito para decirme que mi escritura les ha ayudado a seguir adelante. A mí también me ha ayudado.
(…) Hay un pequeño balcón ahí fuera, la puerta está abierta y veo las luces en la Harbor Freeway, hacia el sur, nunca se detienen, todo ese flujo de luces, sin principio ni fin. Toda esa gente. ¿Qué hace? ¿Qué piensa? Todos vamos a morir, todos nosotros, ¡menudo circo! Debería bastar con eso para que nos amáramos unos a otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades, nos devora la nada.”
Charles Bukowski. El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco.
A veces me acusan de haber hecho cochinadas.
Yo les llamo torpezas; respeto mucho al sabroso animal que me permite saborear la cochinita pibil en el mercado de Itzimná, las gorditas de chicharrón en Mixcoac o las carnitas estilo Michoacán en el mismísimo Quiroga.
Me llaman la atención quienes creen que la podredumbre mental se puede justificar con un monumento.
Yo creo que es mejor hacerse cargo de las propias marranadas sin sacarlas a pasear.
Por eso a veces, cuando tengo razón, me aplaudo a mí mismo.
Los sueños, a pesar de su personal indemostrabilidad y metamórfica condición, pueden a veces ser transmitidos sin pérdida.
Un viva, pues, para ese contagio motivador que anima a recorrer un territorio ajeno pero compartido, familiar pero ignoto, a veces intranquilo pero siempre grato.
Porque cerrar los ojos no siempre significa dejar de mirar.
Porque lo mismo que me hace descansar me da motivos para emprender actividades a veces rutinarias con nuevos bríos.
Un sueño es una aventura que puede ser conocida, pero que admite siempre una versión distinta.
Por eso, indudablemente, cada vez que sueño obtengo un boleto personal para el gozo.
Con -apenas- un atisbo del incógnito sabor que se avecina.
A veces los sueños me atrapan a media jornada. Cualquier incidente, cualquier objeto, puede ser la pista de despegue.
Entonces, cada parpadeo no es una respuesta natural a la irritación de los ojos: es una oportunidad para insertarme en el firmamento.
El anonimato me sirve para camuflajear la personalidad de espacionauta. Camino inadvertido mientras por dentro sonrío y emprendo el vuelo.
Los demás no entienden. Para ellos soy un pasajero de la vida como cualquier otro.
No se dan cuenta de que, aunque mi raíz sea la tierra, mi elemento -mi hogar, mi reino- es el cielo.
Tuve una visión de los muebles de una habitación extrañamente mía. No había mullidos sillones, reclinables o no, ni gigantescos sofás que invitaran a hundirse en ellos… cosa nada difícil, dado mi volumen. Más bien dos cojines, presididos por una solemne colchoneta, un tosco cenicero y una planta que no reconocí. Un juego de bocinas y un aparato musical minimalista haciendo equilibrios sobre una mesita plegable. Un poster enmarcado de “Casablanca” o “Lo que el viento se llevó” (¿qué habrá pasado con Chagall, Van Gogh, Miró, Orozco, Herrán, ¡Picasso!?). Y punto.
Los colores variados, rabiosos, eclécticos y absurdos, al estilo Bauhaus: piso amarillo, cielo (raso) azul, y las paredes de verde, con indiscretos toques de rojo. Ideal para que aparezcan el espantapájaros y el hombre de hojalata zapateando tras un pequinés impertinente.
Tras la pared, tres o cuatro libreros de armar con el Quijote, Tolkien, C.S. Lewis, Montecristo, la Canción de Navidad, Borges, El Hombre que fue Jueves, Don Camilo y una manida copia de la Divina Comedia; en ellos y con ellos busco sabiduría.
Si persigo una sonrisa, leo a Louise May Alcott, o a Jardiel Poncela. Para una seriedad con pátina de burla y de nostalgia, Los Pasos de López, o El Maestro de Esgrima. Abandoné al Marqués de Sade por el Marqués de Piloncillo (mayordomo del castillo). Me dejo seducir por el biógrafo de Zaratustra, pero siempre regreso al verbo ágil y flexible de la mayéutica.
A punto de sufrir una metamorfosis como la de Gregorio Samsa, pero región cuatro, miré la pared pensando qué gusto esparcir jirones de uno mismo, crear el entorno adecuado para que germine, entre cuatro paredes, eso que llamamos “vida hogareña”.
Me asomé al espejo, desportillado en una esquina, torciendo el bigote que disfraza de seriedad mis carcajadas, y aventuré la mirada por la ventana para guiñarle un ojo al siempre fiel Troncomóvil; alcé los brazos para tocar el cielo (raso) azul. Lo logré, pero no pude asirlo. Cerré las manos con un rastro de pintura fresca y de sonrisa, mágico elixir contra el despotismo iletrado, las llaves que gotean, las cuentas que se vencen, los encuentros que se aplazan….
Y en ese momento, desperté.
A veces olvido pagar la cuenta de la normalidad. Pero la vida, que sí tiene buena memoria, pasa la factura.
Pago el pesero con un billete de Colombia que me regaló un amigo. Y el chofer, después de ver mi cara distraída, nomás me dice: no tanto, joven.
Tropiezo al ingresar al Metro. Mi altura y volumen sacan del sopor a los demás pasajeros. No pasó nada, pero me pregunto por enésima vez si los dedos meñiques de los pies sirven para algo más que para aplastarse contra los obstáculos. Reprimo una exclamación, y los otros sonríen a medias: a esa hora, cualquier cosa que no sea el estridor de un merolico es distracción bienvenida.
Llego a mi curso justo a tiempo para aspirar el fresco aroma a Pinol del pasillo recién trapeado. Ni un alma todavía. Resbalón, dedazo en el escalón y nueva danza de los antepasados.
La luz fosforescente me hace entrecerrar un poco más los ojos. Saco el cuaderno y, entonces sí, una sonrisa despunta entre mis labios.
Así, a veces, se manifiesta la cotidiana magia de escribir.
Hace poco descubrí, camino al trabajo, que los niños necesitan muy poco para distraerse y hacer sonreír. Algo le llamó la atención a este del que hablo (de dos o tres años, no creo que más) cuando me encontró a mí, que por supuesto estaba enfrascado en mi lectura mañanera. Se me quedó mirando largo rato y se trataba de asomar a mi libro.
Quienes me conocen saben que una vez metido en las páginas es muy difícil sacarme de allí. Pero el escuincle no iba a ceder.
De pronto, una mano regordeta (que no era la mía) le dio un tímido jalón a mi libro, que yo le atribuí al movimiento del metro, hasta que la esquina del libro se dobló. Dos ojos se encontraron con dos ojos. Pero no hubo susto, sino confianza.
El niño se asomó finalmente a mi libro, y pude ver (como en las caricaturas) que algo le hacía “clic”. Ya entiendo, estabas leyendo.
En ese momento, la mamá del niño le dio a él un exitoso jalón, para salir del metro justo a tiempo. Como epílogo, el niño agita la mano y se despide del lector, que se queda sonriendo un par de estaciones mientras la inercia de la lectura lo atrapa de nuevo.