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Chispazos Inspiración pura

Divagaciones y amistades

Hoy planeaba hablarles de cómo en las conversaciones en estos tiempos de cuaresma, perdón, de cuarentena, buscamos acercarnos empleando las herramientas que apenas hace un mes nos permitían alejarnos simulando lo contrario, o viceversa, pero iba a resultar muy filosófico o muy cantinflesco. Además, después de ordenar una repisa de mi librero más cercano (me llevó tres horas y media sacudir, digo, hojear, digo, dejar de leer los primeros diez o quince libros), se hizo de noche, así que decidí divagar un poco.

Al desviar la mirada, topé con el libro que acabo de terminar. Luego, contemplé en mi llavero, regalo de una querida sobrina, la frase en kanji “samurai spirit”, y pasé de ahí al USB donde respaldo mis archivos de trabajo. Me hizo sonreír la ironía de que todo lo que he escrito en mi vida (desde que aprendí a escribir hasta hoy, e incluso antes) quepa en un “recipiente electrónico” del tamaño de una uña. Peor: de un recorte de uña.

Tan enfrascado estaba que por un momento olvidé la cuarentena y descansé la mente. El instante fue breve, pero era necesario.

Ya sin divagaciones, recordé los intercambios de estos últimos días con gente como el superviviente de jarochilandia y el YogurMasterVeneno rifándosela en esas labores prioritarias que hacen que algo funcione para todos, y que nadie identifica hasta que hacen falta. Pensé en otra admirada amiga, combatiendo con ciencia y conciencia este y otros virus en la primera línea de defensa. Y en el segundo de mis más antiguos amigos, cuyos saberes ayudan a sobrellevar y superar los quebrantos del ánimo y la mente. También recordé (tarde, pero esa es otra historia) palabras aladas que en espacios mejores que este hacen lo suyo en recuento de la cuarentena, y que me dieron el empujón para revivir esta lodosa pocilga. Además, acabo de saber de un testimonio muy cercano que también aporta, desde la realidad, claves para entender que esto es serio y que no hay seguridad de que para todos sea leve, así que por eso es indispensable cuidarnos cada quien y entre nosotros, como precaución indispensable y básica.

Desde aquí deseo, para todos, pero especialmente para ellos y los demás como ellos, que puedan tener esos instantes de distracción y reposo, junto a lo necesario para el cuerpo y el alma, y les envío un abrazo desde mi trinchera de letras, agradecido con cuantos hacen no sólo lo que pueden, sino más allá, impulsados por el valor y la esperanza. ¡Sigamos adelante!

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Corriente

Brisa

EyL3aCon el calor primaveral, muchas cosas pueden suceder, y a veces basta con un poco de papel y algo más.

Acompáñenme a levantar la vista al cielo en mi turno de abril para el colectivo Escribidores y Literaturos.

Recado al vuelo. Para que (esta vez) a las palabras se las lleve el viento.

 

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Corriente Disculpitas

Lunes en martes.

Para todos aquellos fanes de la pocilga que desesperan porque su escritor favorito, el Señor de la palabra, mejor conocido como El chanchopensante, también conocido como Ivanius ha decidido tomarse unas merecidas vacaciones; no es amenaza, pero seguiré usurpando su lugar.

Eso y recordarles que las “juntas” en lunes –o en martes cuando la semana empieza en martes– son uno de los cánceres de la humanidad. Digo, ¿no habrá manera de empezar a explorar opciones como Skype, e-mail, twitter, o de plano telepatía?

De lengua

Yeah, me siento totlamente espurio y sucio.

Salud.

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Corriente

Concierto para página solista

Leer hace que la soledad cobre grato sentido. Ante una palabra nueva, un giro inesperado, una nota a pie de página, comienza algo, quinta dimensión de letra, diálogo entre el imaginador que escucha y el que cuenta, a veces con la sutil intervención (o la tosca intromisión) del traductor.

Por eso le digo a Jorge Luis (o Milton, o Tiresias) que no hacen falta los ojos, pues en cada uno resuena a su modo eso que brota de las páginas, y no se despellejan aunque sean finísimo papel, ni permanecen por estar esculpidas en milenaria piedra.

Otras veces las palabras resultan lezna o tatuaje por quedarse prendidas. Años después, ya olvidadas o difusas las circunstancias de su parto, aún aparecen crujientes (agrias, dulces, saladas) entre los labios. Semprún y Maupassant lo supieron, antes de su adiós a la tinta.

Otro ser de la voz es el silencio. Llega el dolor o el asombro, la indignación o la súbita alegría, y “quedamos sin palabras”. Pero tras el cliché gastamos conversaciones y páginas enteras evocándolas, aun a través de otros, porque quien las trazó (recuerdo a Toole, a Salgari) no atinó (o no supo o no quiso, como sea) quedarse para contemplarlas.

Ante las páginas soy yo, y todos los que han escrito (incluso tonterías), pregonan al mismo tiempo su oferta con mi voz, la única que siempre estoy obligado a atender.

Por eso escribo, para buscarle orden, sentido y salidas a ese tránsito cada vez más tupido sin sucumbir en mi puesto como eterno pero finito guardagujas de una estación letroviaria, de una creciente biblioteca de Babel, de electrón y de palabras.

El lector, cuando lee, nunca está solo. Y a veces también es cierto.

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Corriente

Cacería II

La libre asociación, quizás mejor llamada complicidad entre escribidor y musas, entre palabra y silencio, entre página y letra, es una especie de mundo flotante, un bolsillo del que puede salir casi cualquier cosa transformada en negro sobre blanco.

La urgencia de contar es un ojo interno, un oído perenne, una mano extendida sin descanso, que lo mismo hace protagonista –en sueños de letras– a una taza de café que a una rata. Los borradores mentales (con imágenes o sin ellas) son “manteo” de las divagaciones, hasta que alguna caiga de pie.

Una antigua creencia árabe imagina que el poeta es un ser montado cada noche por un demonio que le exige arrancar a la lengua lo que la lengua niega. Esa tarea es ardua y el poeta insiste porque no tiene más remedio. Espera que la imaginación encuentre en la vivencia su justa expresión y las tres celebren una boda milagrosa. Bien dijo Dylan Thomas que el poeta persevera en su mester con la esperanza de que el milagro se produzca.” (Juan Gelman, en El País)

Con el tiempo, escribir se transforma en un acto de riesgo no calculado. El autor no manda; sólo da la señal para que el personaje elija su camino y se detenga donde quiera.

Después, los lectores hacen suyo el texto. Allí al mismo tiempo se cumplen dos condiciones: ninguna interpretación es “la buena” y cada quien tiene la propia.

El escribidor suele ser el primero en descubrir qué sucede con el personaje, la idea, la palabra que soltó sobre la página: algo que ni el autor sabía. Decía Hemingway que se hizo escritor porque un día tuvo ganas de leer algo que nadie hubiera leído antes.

Pues eso. Así sucede con los textos afiebrados que a veces asoman en otros espacios, y suele ser habitual en esta, que por algo se llama pocilga: porque, afortunadamente, el lodo sabio de la imaginación siempre puede llegar (y llevar) a cualquier parte. Así sea.

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Corriente

Cacería

Siento que me persiguen.

El terror no es desconocido para mí; por eso lo acepto, como se acepta un calambre, un entumecimiento, un golpe súbito, de los que casi no se sienten por el “subidón” de adrenalina.

Me inquieta, sin embargo, no poder alejarme. Lo que en el fondo temo es que esa distancia, mi única protección, desaparezca.

Entonces te reconozco, o eso creo. En lugar de alivio, llega el segundo aire, la pared invisible atravesada por el maratonista. No quiero, me resisto. Me niego. Tú no pierdes el paso, yo no puedo perder la esperanza.

Qué pasa al final no importa; tal vez me detuve y cedí, o tú lograste romper el cliché del perseguidor y alcanzarme.

No más una hoja en blanco; sólo estas palabras.

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Corriente

El árbol que cae

Querida Kitty:

Tu libro lo leí poco antes de llegar a la edad en que Ana lo escribió, y me llamó la atención porque muchos de los encierros que describía no eran entonces imaginables.

Hoy parece que estamos rodeados de jaulas medio invisibles que aparecen como conjuradas y esperan una presa cualquiera. No importa su tamaño, ni lo que puedan obtener. La oportunidad de poner a prueba su fuerza parece ser lo único válido.

Al salir a la calle, a veces creo que la esperanza se resiste a remontar el vuelo, y se transmite solamente de mano en mano y casi en voz baja. Los días parecen largos y escasean las sonrisas.

Así lo contaba Ana antes de asomarse a mirar su árbol, que enfrentó a las plagas y a los hombres para enviar sonrisas tras las paredes del Anexo.

“Desde mi lugar favorito miro al cielo azul, al castaño con sus ramas llenas de gotas plateadas, y a las gaviotas y pájaros que se deslizan en el viento”.

Hace un par de días me enteré de que el castaño ha caído, y recordé otro árbol, a muchos años y kilómetros de distancia, también lleno de gotas plateadas, a pesar de la rapiña constante de los pájaros, que hasta el último día visitaron su silueta entrecalva.

No me gusta el tremendismo, y lo sabes. Por eso, a pesar de que el cielo está nublado, usaré los ojos para buscar esas plateadas gotas de esperanza. No en el árbol de Ana o el de mi recuerdo, sino un poco más a ras del suelo, de mano en mano, y de mirada en mirada.

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Corriente Happy-Happy

Breve historia en placeres fugaces

Escribir “para leer algo que antes no haya leído nadie” (Hemingway).

Reír con los ojos abiertos.

Soñar sin esperar a la noche.

Experimentar con una receta de cocina.

Ver una película sin pedir opiniones.

Contar un cuento favorito en público.

No elegir entre la zorra y la rosa.

Abrir un buen vino y no saborearlo sólo en la copa.

Usar cinco, seis o siete letras para decir tu nombre… antes de que amanezca.

(Para el concurso del imprescindible Diario de la Pelusa, y en recuerdo de otra lista de placeres fugaces allá en los inicios de la pocilga)

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Corriente Explicaciones Marranadas

Ágatha y las chancholibretas

Querida Mrs. Mallowan:

Hace unos días decidí releer pronto alguna de sus famosas novelas, con el pretexto de haber encontrado un libro sobre sus métodos de dispersión mental investigación y descubrir que guardan cierta semejanza con los de quien esto escribe, aun cuando mi caligrafía es mucho menos elegante.

Seguramente nuestra querida Miss Marple sería la única con suficiente paciencia para desenredar tales madejas de ideas; después de todo, el encanto de las libretas es precisamente su disposición a recibir casi cualquier cosa, desde la puntuación de un juego de cartas hasta la receta de una pócima.

Junto al recorte de una revista, es posible encontrar algún recado personal, la letra de alguna canción, un poema u otra nota que seguramente Poirot tacharía de insensatez (la imaginación, Monsieur, también emplea pequeñas células grises). Los dibujos de sus apuntes harán las delicias de cualquier futuro antropólogo… mientras los míos, siento decirlo, le provocarían hilaridad a Jacob Marley.

Es verdad: a veces el entusiasmo por escribir rebasa toda intención de orden. Mis varias libretas también tienen forma y tamaño diverso, aunque no llegan a ser tantas como las 73 que el investigador encontró en casa de su nieto. Confío que, en el futuro, un hipotético descubridor de mis apuntes los trate con delicadeza, en vez de considerarlos (como Poirot) evidencia incontestable de locura.

Hoy, cuando la mayoría prefiere apuntar con electrones antes que sobre  papel, no puedo dejar de pensar si a usted, admirada señora, le sucedería lo mismo que a mí, a quien las “facilidades electrónicas” le parecen generalmente más amenazadoras que entrañables.

Por ese motivo me atrevo a escribirle, haciendo votos para que su fama perdure. Así, cuando alguien me pregunte, sabré decirle por qué no renuncio –siguiendo un ilustre ejemplo– a mis confiables y queridas chancholibretas.

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#cuentosalvapor Corriente Marranadas

Barrenos

Paul Valéry afirmó que un poema no se termina, se abandona, y de esto se hizo eco Octavio Paz. Creo lo contrario: el poema abandona al poeta en el desierto de su deseo no saciado.”  — Juan Gelman, al recibir el premio Reina Sofía.

Este lento consumo de  silencios parece, casi todo, un gemido sordo, entrecortado, maloliente, como trazo de gas pimienta en este aire que decimos –tú y yo– que respiro.

Día tras día, despepitar hasta que sólo quede eso: un rastro de semillas donde nada crece, ni siquiera la carne que alojaba esa esperanza en forma de goteras. Desvelo tras desvelo, una enorme pesadilla inatrapable que asfixia.

Encuentro descanso en la confiable tinta negra (ya sabes que la azul puede ser peligrosa) y temo, creo que con razón, la visita de mi albacea, pues ahora sus afectos tienen un guardián implacable, y yo, apegado a la nostalgia y a los viejos usos, utensilios y costumbres, cada vez quedo más en desventaja.

Lo único que me mantiene cuerdo es el insomnio, cruelmente destruido por el sueño, disipado al poco rato (una hora más temprano) por la luz que inaugura la vigilia.

Ah, pero siempre llega la noche. No estoy loco; sólo escucho con un poco más de cuidado este nuevo silencio. Las voces nunca respetan mis deseos.

Los habitantes de la imaginación entran y salen en un torbellino de letras que nadie puede advertir.

Antes de que amanezca, el caos de mi cerebro persigue una palabra que le dé sentido al sacrificio, a la morbosa violación de una página blanca.