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Marranadas Rescates

Guardador de puercos

 

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Harto de que lo tomaran como ejemplo de lo imperfecto, el hijo pródigo decidió concentrarse en la crianza de cerdos.

Tras una temporada de miseria y sobras, finalmente pudo comprar (las malas lenguas usan otro verbo) dos lechoncillos que instaló en un corral frente al bosque. Allí comenzó la prosperidad, siempre más sospechosa que la intachable pobreza.

Por eso, cuando alguien acudía a preguntarle por qué se le veía feliz, si según la parábola debía estar arruinado, el pródigo le invitaba a recorrer juntos la granja y contemplar de cerca a los animales, rotunda evidencia contra el escepticismo.

Sólo tras su muerte se supo que no sólo descubrió cómo hallar trufas: los animales también habían desarrollado un peculiar apetito, saciado puntualmente gracias a los curiosos que pretendían descifrar su secreto.

“Guardador de puercos” Relato de Ivanius. Imagen:  Desert truffle, by karpatuka (FAL 1.3) tomado de Wikimedia Commons. Publicado el 11 de agosto de 2011 en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

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Corriente Rescates

Lo que se cuenta

Grandma's_Favorite_(detail)_Wikimedia_CommonsEn todos los años que llevo aquí, jamás me ha interesado saber sus nombres, pero a veces escucho cosas interesantes. Una taza de bebida caliente basta para hacer hablar casi a cualquiera.

Así supe que la severísima anciana de la 4 era una abuelita simpática y dicharachera, a pesar de no haber vestido más que luto riguroso desde la muerte de su único marido, hace más de veinte años. Después de la segunda copa de jerez al terminar la comida, se hallaba más relajada y chispeante, llena de nostalgia por “su época”, cuando “lo que hacía la gente era conversar, no sentarse frente a la tele”.

Ante esa cita, como en tertulia improvisada, intentaron armar “uno de los cuentos de Nana” y se atropellaban entre todos para agregar detalles o comentar un pasaje. Una pareja, que estaba sentada ante otra mesa, se unió a la reunión a media plática porque el relato les hizo reconocer a sus primos, que no habían visto en años.

Visitar a Nana era tradición familiar, especialmente a fin de año. Cualquier época era, junto a ella, una larga sucesión de historias, contadas con estilo propio a un auditorio numeroso y devoto.

El jerez no podía faltar. Al retirar el pavo y los romeritos aparecía la imprescindible botella de Fino. Luego, los papás encendían un puro; las mamás servían café y alguna voz encendía el ruego: “Un cuento, Nana…”. Era el momento de los niños, aunque al escuchar “Había una vez”, los mayores también guardaban silencio. “Lástima que no hayas grabado la reunión de Navidad”, dijo alguien. “Esa vez había tres generaciones escuchándola hablar de Scrooge. Nana era mágica”.

No escuché mucho más porque se me hacía tarde para terminar la limpieza. Abandoné a disgusto mi rincón y me abrí paso entre los clientes que llegaban. Después tomé la escoba para hacer mi ronda en silencio. No hace falta hablar, porque a esta hora allá afuera sólo quedan los muertos…

“Lo que se cuenta”, un relato de Ivanius, apareció en el blog colectivo Escribidores y Literaturos el 7 de septiembre de 2009, rescatado hoy para la pocilga, porque sí. La imagen es “La favorita de la abuela (fragmento)” de Georgios Iakovidis, en Wikimedia Commons.

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Rescates

Decir verdad

Aunque muchos invitaban a mamá a salir, su vida conmigo la aislaba de todo lo demás. Cuando llegaba acompañada a casa, la sorpresa de saber que tenía un hijo hacía que muchos se marcharan enseguida. Por eso nos sorprendió a nosotros que él se quedara.

Era un hombre gordo con voz de niño, que cada vez parecía luchar entre la naturalidad y el miedo: saludaba con timidez, pero no me gustaba darle la mano porque olía a tabaco. A pesar de todo, me caía bien porque si yo procuraba no estorbar y huía en el momento adecuado, siempre conseguía boletos para el cine o algún libro o juguete. Además, mamá me dijo que, como era maestro, no le incomodaba que yo hablara como adulto.

WhimsyMe gustó que tuviera la idea de los rompecabezas, mientras más complicados mejor, porque podíamos pasar horas con ello; mamá en los quehaceres, yo en silencio y él casi sin fumar, acomodando piezas por turno: quien se equivoca, pasa. Cada vez que lográbamos armar alguna sección difícil, entre risas y toses se recompensaba con un cigarro que consumía asomado sobre mi hombro mientras yo buscaba mi siguiente pieza. Allí no había timidez; era una competencia de ingenio en que cada turno podía definir al vencedor.

Por eso no me di cuenta a tiempo de que algo andaba mal. Cuando se levantó, la tos me hizo creer que era su dosis lo que buscaba en la bolsa del pecho, hasta que vi la cajetilla y el cenicero a su derecha.

Luego vino lo peor. A pesar de la evidente incomodidad de su postura convulsa, me sonrió al caer sobre el rompecabezas casi terminado.

Mientras esperábamos la ambulancia para que lo llevara al hospital, encontré en el suelo la pieza que buscaba, y entendí al fin por qué dicen que los padrastros siempre son malvados.

Este es otro de los relatos de Ivanius aparecidos en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, el 10 de agosto de 2009, rescatado hoy para la pocilga, porque sí. La imagen proviene de Wikimedia Commons.

 

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Rescates

Propina no incluida

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Acababa de recibir el primer trago “serio” de la noche en mi bar favorito. En el centro de la barra había, como otras veces, un plato colmado de botana, una cajetilla de cigarros, y una hoja arrancada de mi libreta. Miles de historias a la espera de tinta.

Como los demás se hacían esperar, ya tenía dos cervezas entre pecho y espalda en menos de una hora, pero no parecía suficiente, así que Charly me trajo mi Gibson, helado a la perfección, con dos cebollitas. Sublime.

Un ligero toque en mi hombro me sorprendió con el amargo sabor aún en la boca, pero ahogué decentemente la palabrota que ardía en mi lengua cuando encontré sus ojos. “¿Puedo sentarme aquí?” Sin esperar respuesta (y qué bueno, porque no iba a dársela), se deslizó a mi lado.

Lo primero que percibí fue su perfume. Después, me dejé llevar a medias por la conversación, porque estaba escribiendo, pero no pareció molestarle. Dijo que me había visto varias veces, siempre acompañado o enfrascado en un libro. Además de ser “cliente frecuente”, compartía también mi afición por las letras, aunque se dedicaba a vender, no a escribir. Me sorprendió no haber reconocido su rostro, pero siempre he sido un tipo bastante distraído.

Luego, su risa. Ronca, radiactiva como la kryptonita que se empeñaba en beber más con la lengua que con los labios, igual que un gato. “Así no se calienta; a ti también te gustan las bebidas frías, ¿verdad?”.

Para entonces las bebidas y el frío eran lo más alejado de mi mente. Obligado a responder, primero balbuceando y después con pasmosa y creciente audacia, me sorprendí a mí mismo hablándole… de todo un poco. Me di cuenta de su cultura porque supo rastrear y contestar mis frases más escogidas; resultó que antes de vender los libros y enciclopedias que ofrecía, los leía despacio y de cabo a rabo.

Cuando se levantó para ir al baño me quedé imaginando mil cosas. Traté de encontrar explicación al miedo y la ansiedad, pero me rendí. Qué diablos, todo puede pasar. Entonces descubrí a los demás sentados en el rincón, ante una mesa esquinera. No se acercaron, respetando nuestro código, pero desde luego me enviaron un brindis burlón con sus vasos.

Mientras encendía mi cigarro, Charly se acercó de nuevo desde el otro lado de la barra, pero no traía una copa. Me dijo que me estaban esperando en el pasillo, y que la cuenta ya estaba pagada. Nada más.

Lo que pasó después creo que no se lo imaginan. Por eso escribo hoy estas líneas, recordando mi asombro cuando, al darme su tarjeta, descubrí que ella en realidad se llamaba Mario.

Eso sí: después de las carcajadas, le compré un diccionario. De tapas verdes, como la kryptonita.

“Propina no incluida” es uno de los textos con que participé en el colectivo Escribidores y Literaturos, el 12 de junio de 2009, rescatado hoy para esta pocilga, porque sí. La imagen es “flaming cocktails”, por Nik Frey, tomada de Wikimedia Commons.

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Corriente

Que todo es así

A veces, hilvanar las palabras sale del alma. Otras veces, la trae de regreso.

EyL3aParece simple, por eso hay quienes lo llaman  la locura de hablar solo. Pero a veces, ese mismo público resulta ser el más exigente.

Pásenle, si gustan, a Escribidores y Literaturos por mi turno inaugural de este 2014.

Ajenidades. No es un monólogo, aunque me dejen hablando solo.

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Corriente

Qué verdes son

EyL3aLos cambios en la temperatura (que en estas latitudes no es tanto), ya se hace sentir el ambiente de fin de año, y con él llega otra aparición en Escribidores y Literaturos.

Asómense, si gustan, para un relato muy decembrino y un poco friolento, en este último turno de 2013.

“Una vez al año”. Porque las historias también tienen varios puntos de vista.

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Corriente Marranadas

Sí me mires

EyL3aAl amparo de octubre, la magia y un relato para cumplir con mi turno mensual en el changarro colectivo de todos conocido, alias Escribidores y Literaturos.

Esta vez nos asomamos al antes de un cuento, para que vean que no todo es como lo creen.

“Antes del espejo”, o el ingrediente secreto de los piropos.

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Corriente

Cayendo el sol

EyL3aComenzó septiembre, y no sólo las gotas de lluvia caen.

Arránquense a Escribidores y Literaturos para leer, si gustan, mi texto del mes.

“P.M.” Como dice (algo así) la canción: Las letras y otras cosas se van por la misma senda; las letras son de nosotros, lo demás es cosa ajena.

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Corriente

De las buenas curvas

EyL3aNo hablo de esas. O de las otras. O tal vez sí, aunque más que de su presencia, de sus consecuencias. Porque a veces hay pensamientos mágicos que modifican rasgos y hasta siluetas.

Para entender (algo) de esto, acompáñenme a mi turno de julio en Escribidores y Literaturos.

Anatomía de una sonrisa. Retrato hablado, pero no de Dorian Grey.

 

 

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Chispazos

Algodón, espuma y electrón

EyL3aHay partículas suspendidas (y no hablo de la contaminación) que sedimentan ideas como levadura hidrogenada, oxígeno, malabarismos mentales sin fecha de caducidad. Brotes de generación espontánea que no colisionan sino armonizan para edificar, tras aparente Babel, nuevas historias.

Les invito a degustar una de esas letrerosas coincidencias, hoy en mi turno mensual del colectivo Escribidores y Literaturos, al borde de su aniversario.

Ala nube. Ingredientes para confección de sueños… o no.

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