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Happy-Happy Joy-Joy

En puntas y en la yunta

Edgard Degas, Metropolitan Museum of Art, Wikimedia CommonsCon el tiempo he dejado de decir que las cosas “no me salen” porque una voz que es al mismo tiempo conciencia, duende y espíritu chocarrero me recuerda que el oficio está en la práctica. Por eso la recompensa extraordinaria que es el reconocimiento no puede ser mi primer objetivo. En cambio, reconozco que escribo porque no puedo evitarlo. Parafraseando a Hemingway, escribo porque me dan ganas de leer algo que nadie ha leído antes. El ejercicio crítico de la vista me revela que, si algo aporto, primero me lo aporto a mí.

En el ballet una bella postura (que a veces tiene su propio nombre en francés o ruso) sale en la foto; lo que no sale son los pies magullados ni las horas de práctica. Pero sin ellas no hay foto. 

Además, la (an)danza no es un maratón infinito, pero siempre es movimiento. La vida nutre al oficio, y el oficio le da expresión a la vida.

También hace falta descansar, distraerse y hacer otras cosas. Darle pausa, contenido e ingredientes a la vida para que el oficio se recargue en la digestión, la frustración, la inspiración y la diversión, hasta que el intérprete incorpora sus tropiezos en la coreografía y todo fluye, como si estuviera planeado, hasta el aplauso. 

Este post tiene su origen en una gozosa conversación que empezó hace muchos años, ejemplo de todo lo que aquí he dicho… y que hoy no tiene solo música de ballet.

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Chispazos Marranadas

Boletos numerados

El tiempo en la cuarentena es distinto, de un modo difícil de explicar. Fuera del espacio de esta pocilga, la realidad-real, tras casi dos semanas de encierro, empieza a adquirir rutinas específicas, y no voy a aburrirlos con ellas, pues por algo se llaman así.

Por otro lado, (re)descubro que entretejer palabras, para mí, nunca ha sido rutina, sino más bien un narrador interno que todo el tiempo tiene diferentes actividades, con un atuendo distinto. No solo el vestuario, sino también la especie (animal siempre; eso es indiscutible), el género (literario, por supuesto) y la voz (generalmente activa: los dormidos no escriben).

No soy psicólogo, así que no intentaré aclararlo (y como los psicólogos también se enredan explicando qué es la psicología, estoy tranquilo) pero el trance de escribir, visto desde mi cráneo, es como una obra de un solo actor con múltiples papeles.

Cada noche el público y el elenco son distintos, aunque la imaginación y la inspiración no han cambiado de propósito desde que las descubrí, hace ya muchos años y en presente (es decir, como regalo): especialmente hoy, y a diferencia de los gladiadores, aquí la función siempre es a vida.

 

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Chispazos Inspiración pura

Divagaciones y amistades

Hoy planeaba hablarles de cómo en las conversaciones en estos tiempos de cuaresma, perdón, de cuarentena, buscamos acercarnos empleando las herramientas que apenas hace un mes nos permitían alejarnos simulando lo contrario, o viceversa, pero iba a resultar muy filosófico o muy cantinflesco. Además, después de ordenar una repisa de mi librero más cercano (me llevó tres horas y media sacudir, digo, hojear, digo, dejar de leer los primeros diez o quince libros), se hizo de noche, así que decidí divagar un poco.

Al desviar la mirada, topé con el libro que acabo de terminar. Luego, contemplé en mi llavero, regalo de una querida sobrina, la frase en kanji “samurai spirit”, y pasé de ahí al USB donde respaldo mis archivos de trabajo. Me hizo sonreír la ironía de que todo lo que he escrito en mi vida (desde que aprendí a escribir hasta hoy, e incluso antes) quepa en un “recipiente electrónico” del tamaño de una uña. Peor: de un recorte de uña.

Tan enfrascado estaba que por un momento olvidé la cuarentena y descansé la mente. El instante fue breve, pero era necesario.

Ya sin divagaciones, recordé los intercambios de estos últimos días con gente como el superviviente de jarochilandia y el YogurMasterVeneno rifándosela en esas labores prioritarias que hacen que algo funcione para todos, y que nadie identifica hasta que hacen falta. Pensé en otra admirada amiga, combatiendo con ciencia y conciencia este y otros virus en la primera línea de defensa. Y en el segundo de mis más antiguos amigos, cuyos saberes ayudan a sobrellevar y superar los quebrantos del ánimo y la mente. También recordé (tarde, pero esa es otra historia) palabras aladas que en espacios mejores que este hacen lo suyo en recuento de la cuarentena, y que me dieron el empujón para revivir esta lodosa pocilga. Además, acabo de saber de un testimonio muy cercano que también aporta, desde la realidad, claves para entender que esto es serio y que no hay seguridad de que para todos sea leve, así que por eso es indispensable cuidarnos cada quien y entre nosotros, como precaución indispensable y básica.

Desde aquí deseo, para todos, pero especialmente para ellos y los demás como ellos, que puedan tener esos instantes de distracción y reposo, junto a lo necesario para el cuerpo y el alma, y les envío un abrazo desde mi trinchera de letras, agradecido con cuantos hacen no sólo lo que pueden, sino más allá, impulsados por el valor y la esperanza. ¡Sigamos adelante!

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Chispazos

Ni rostro ni nombre

Dedicado con admiración y respeto
a todos los que saben de qué hablo,
un mes después.

Tengo manos
para levantar escombros,
para pasar el agua, jalar cuerdas,
acomodar lo que llega de otras manos,
alimentos, medicinas, ropa: ayuda
venida de muy lejos o muy cerca
y que debo acercar a su destino.

Con guantes, o empuñando una herramienta
descubro que tocar sigue siendo importante.

Tengo oídos que se afinan
a pesar de la tierra que retiembla
para pescar sonidos que rebotan,
distinguir entre un eco y un ladrido,
entre la voz de alarma y la esperanza,
entre el silencio de los muertos y los vivos.

Mis ojos deben enfocarse unos centímetros
para espigar entre miles de mensajes
qué hace falta en verdad, y qué se necesita,
dónde una torta, una gasa, un sorbo de agua,
un relevo, una croqueta, un tornillo,
y dónde sobra, y que no se desperdicie
ni se pierda por no saber cuál es su sitio.

Veo cuánto asombro provoca la grandeza
y cuánta indignación la pequeñez.

No vengo a tomarme una selfie.
Miro a los ojos, presto el hombro,
incluso doblo la espalda
como otros incontables que sí cuentan.

Aquí no hay credenciales que valgan,
ni puestos, jerarquías, generaciones o consignas:
la trinchera es una sola
para la sangre, el sudor y las lágrimas.
No hay primer protagonista; cada quien actúa
en lo que le toca hacer, y aprendemos del silencio
a levantar el puño, a hacernos uno solo
en la emoción y el esfuerzo.

El pasado, con todo y fecha, es un recuerdo que impulsa,
y el futuro, lo que todos alcanzamos
un solo paso a la vez, esta vez juntos.
Lo que importa es saber que el camino es común,
y levantarnos.

Por eso no muestro mi rostro
ni mi nombre:
no hace falta.

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Chispazos Rescates

Paisajista

Me gusta mirar a través de la ventana. A la izquierda, tras una barda y sobre ella se alza un enorme árbol que alfombra el jardín con crujidos, recordándonos, como un privilegio especial, el paso de las estaciones. Aunque se hace odiar porque nos perjudica la limpieza, a cambio da refugio a infinidad de criaturas invisibles. El aire de la tarde se llena de trinos que compiten con el altavoz… y casi siempre ganan.

Blurry_Prison_WikimediaCommonsNadie aprovecha la sombra de ese árbol; pero es bueno disfrutarlo con la vista. Los únicos huéspedes, aparte de los pájaros y unas cuantas lagartijas, son dos o tres gatos, que se reúnen para pelear o solfear a través del muro. Prefiero sus gritos.

A la derecha, la hiedra es dueña de la pared y la reja que se alza sobre el muro; tampoco se ven las ramas del durazno entre el verde subido de la enredadera.

Frente a mis ojos, nuestro jardín. Al fondo, una formación de soldados: largos bambúes que apuntan al cielo y sacuden sus hojas bajo la incesante impertinencia del viento. No son amigos del silencio, pero me gustan porque entre sus ramas, los pájaros pueden burlarse de los gatos.

Los bambúes son los amos, y todos lo saben aunque los miren con gesto de reproche. Dicen que el camino de piedras blancas está allí para detener el avance de la hierba, pero ayuda a caminar a la vista de todos. El resultado sólo es agradable para quien no sabe cuánto pesan las piedras.

Más cerca de mi ventana, un peral, un limonero y otro durazno reposan hasta que la primavera los despierte. Entre todos ellos, una franja de hierbas y flores siempre sedientos, bajo un oscilante sol de barro que sonríe junto a la puerta de vidrio.

Hay una mirada más alta que la mía, más alta que la casa, más alta que las antenas que estropean el horizonte: un gigantesco pino como torre.

Mientras escribo, el trozo de cielo azul se ha oscurecido; los pájaros hace rato desaparecieron, mudos, entre el follaje. El viento agita las hojas; tengo una sonrisa extraña en la cara. Es hora de acostarse.

El último resplandor del sol parece un guiño brillante. Cuando veo la primera estrella, sé que llegarán a darme la medicina que me aclara el paisaje y por qué estoy aquí encerrado.

Paisajista” Relato de Ivanius. Imagen: “Blurry Prison” de Shayan Sanyai, en Wikimedia Commons. Aparecido originalmente en el blog colectivo Escribidores y Literaturos el 8 de octubre de 2009, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

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Rescates

Decir verdad

Aunque muchos invitaban a mamá a salir, su vida conmigo la aislaba de todo lo demás. Cuando llegaba acompañada a casa, la sorpresa de saber que tenía un hijo hacía que muchos se marcharan enseguida. Por eso nos sorprendió a nosotros que él se quedara.

Era un hombre gordo con voz de niño, que cada vez parecía luchar entre la naturalidad y el miedo: saludaba con timidez, pero no me gustaba darle la mano porque olía a tabaco. A pesar de todo, me caía bien porque si yo procuraba no estorbar y huía en el momento adecuado, siempre conseguía boletos para el cine o algún libro o juguete. Además, mamá me dijo que, como era maestro, no le incomodaba que yo hablara como adulto.

WhimsyMe gustó que tuviera la idea de los rompecabezas, mientras más complicados mejor, porque podíamos pasar horas con ello; mamá en los quehaceres, yo en silencio y él casi sin fumar, acomodando piezas por turno: quien se equivoca, pasa. Cada vez que lográbamos armar alguna sección difícil, entre risas y toses se recompensaba con un cigarro que consumía asomado sobre mi hombro mientras yo buscaba mi siguiente pieza. Allí no había timidez; era una competencia de ingenio en que cada turno podía definir al vencedor.

Por eso no me di cuenta a tiempo de que algo andaba mal. Cuando se levantó, la tos me hizo creer que era su dosis lo que buscaba en la bolsa del pecho, hasta que vi la cajetilla y el cenicero a su derecha.

Luego vino lo peor. A pesar de la evidente incomodidad de su postura convulsa, me sonrió al caer sobre el rompecabezas casi terminado.

Mientras esperábamos la ambulancia para que lo llevara al hospital, encontré en el suelo la pieza que buscaba, y entendí al fin por qué dicen que los padrastros siempre son malvados.

Este es otro de los relatos de Ivanius aparecidos en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, el 10 de agosto de 2009, rescatado hoy para la pocilga, porque sí. La imagen proviene de Wikimedia Commons.

 

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Corriente Marranadas

Sin ojos no hay paraíso (I)

Los privilegios (y coincidencias) de la vista parecían no tener límites, hasta que llegó el cansancio.

Mi oftalmólogo de cabecera me dijo: “para la cantidad de páginas que has leído en tu vida, ya te habías tardado”. Y es que, con todo y ojo biónico, tiene razón.eye_farm_nevittdillmengnuwikimediacommons2

Este ejercicio de leer todo el tiempo que a mí me resulta inevitable, parece ser más raro de lo que suponía. Sin embargo, me preguntaba por qué se les cansa la vista a aquellos que casi no leen. Habrá quien responda que las letras no son lo único que bien vale unos lentes, y por supuesto tienen razón. Pero insisto porque entre mis amigos y familia, la “vista cansada” sólo sale a relucir cuando se trata de leer: parece que nadie echa mano de las gafas para contemplar otra cosa que no sean letras.

Lo que me quitó el “amoscamiento” hacia quienes despotrican sobre los lectores empedernidos y usan gafas para leer (con todo y el probable autogol) fue, como siempre, una niña que me dijo: “para ver una sonrisa no necesitas lentes”. Verdad purísima. (continuará)

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Corriente

Qué verdes son

EyL3aLos cambios en la temperatura (que en estas latitudes no es tanto), ya se hace sentir el ambiente de fin de año, y con él llega otra aparición en Escribidores y Literaturos.

Asómense, si gustan, para un relato muy decembrino y un poco friolento, en este último turno de 2013.

“Una vez al año”. Porque las historias también tienen varios puntos de vista.

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Corriente

Magne(t)sia

Water_drops_on_spider_web_detail_WikimediaCommonssi Breton me mirara

quizás se daría cuenta
de que es posible estar más loco
o tan irremediablemente
cuerdo
que la luz no importa
aunque no sepa dibujar
como un pintor
ni tenga que llenar paredes

serían suficientes
poco menos
de trescientas palabras

pegajosas

mórbidas

promiscuas y chorreadas
como lágrimas

sólo (eso sí)
harían falta mi nombre
otro nombre
que no quiero nombrar
porque se (b)gasta
y cobrar
la entrada
para
ver
leer
el panorama

mis herramientas
una placa de metal
que casi dice algo
y un frasco cuyo nombre
esconde mal cuatro letras
casi es mala palabra

así
aunque las voces
a veces no conecten
no harán
daño

no sobran

(tampoco
me daré cuenta
si faltan)

(ca. 08/2009)

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Corriente Happy-Happy

De fogón y hogar (II. El fogón bien temperado)

Ändamålsenlig_matlagning_p_1-wikimedia_commonsLas incansables fauces de lumbre recibían de todo, pero especialmente carbón y leña, junto a los cantos rodados y otras piedras empleadas para amasar o para mantener caliente desde un biberón en baño María hasta las tortillas en su trayecto a la mesa. Todo el conjunto daba a la cocina un aroma peculiar e inolvidable, disperso por la casa a caballo del calor húmedo, bajo un cielo tan liso y tan azul como el peltre de la jarra cafetera.

El tránsito de los niños comenzaba “en el almuerzo, porque desayuno es cuando el sol asoma“. Luego, quienes no teníamos ocupación o edad para estar en la cocina nos íbamos a jugar, cada quien en su mundo, hasta la hora de comer.

No tengo demasiada memoria, pero el pan bronceado a la lumbre con un poco de mantequilla, y las tortillas de mano y con manteca hacen que mi paladar errante persiga rastros de aquellos sabores en cada cocina que encuentro.

Así como Nana, todas las abuelas eran expertas, pero cada una tenía su sazón especial para cada cosa, desde la sopa de fideo hasta cierto flan (perdón, Nana: Queso de Nápoles) cuya información nutricional haría palidecer a una gelatina light de las de ahora, pues podía enfrentar en duelo calórico a cualquier plato principal. Las recetas eran casi secreto de familia no por estar ocultas, sino porque había que aprenderlas en la trinchera; los libros de cocina sólo son referencia, pues la instrucción la recibimos siempre, literalmente, en la línea de fuego.

Para que cualquier alimento merezca un lugar en la mesa (y –antes de eso– sobre, entre o bajo las brasas), hay que saber elegir ingredientes y herramientas, todos impecables y de calidad: desde el ajo y la cebolla (junto al tomate y el chile dulce) base de cualquier sofrito, hasta la cazuela de vapor donde reposarán su última etapa los (sudorosos, les decía yo) tamales.

DiegoVelazquez_Viejafriendohuevos-wikimedia_commons

Con el tiempo, los aprendices (en general rebasados –y de lejos– por las aprendices) superaban los ensayos, y aunque no todos logramos llegar a la línea de banderines, nos queda claro que cocinar (al menos pasablemente) es un derecho humano, base del amor propio. Si no saber cocinar deprime, tener que alimentarse con engendros de indigestión (para colmo, autoinfligidos) bien vale un Prozac… o algo más fuertecito (como un tequilazo). Porque una cosa son los ocasionales desastres culinarios y muy otra la eutanasia episódica. En la trinchera del “fogón bien temperado” –bendita seas, Nana– también se lucha contra la extinción humana.

Anécdotas e historias hay muchas, pero única entre ellas aparece siempre la confección de un inefable pavo pibil, lustroso y dorado como laca de Oriente, cierta vez que tuve el privilegio de probarlo antes que nadie por gracia especialísima de la cocinera.

Después de tanta magia de hornilla, la llegada de la estufa y el horno de gas “modernizó” los desayunos haciendo más fácil la confección de un huevo frito o revuelto, aunque las cocineras de siempre decían (y eso que no había aparecido el microondas) que aquello sólo servía para hervir agua, recalentar o fabricar palomitas de olla… esas que crepitaban queriendo imitar, sin conseguirlo, la rumorosa y chispeante melodía del fogón.

[Las imágenes para estos posts provienen de Wikimedia Commons, y el empujón para unir los ingredientes (en parte piratería legítima), intersecta con algo aparecido en La Barandilla. Por supuesto, todas las anécdotas y sucedencias son irresponsabilidad de quien suscribe y de la pocilga, que dedican estas líneas, siempre, a la familia y a todos los discípulos y herederos de tan legendaria tradición.]