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Chispazos Marranadas

Celebro

Celebro la curiosidad que se comparte
y saber de otros a pesar de la añoranza,
la música que hoy cabe (casi) toda en mi bolsillo,
y el sol que me visita en la ventana.

Celebro, así como la hormiga de aquel cuento,
que aún puedo cargar mi miligramo
andando un día a la vez, de extremo a extremo,
para llenar de hechos este rincón del tiempo.

También, aunque mi voz no sea la misma
que antes de la adolescencia conquistaba escalas,
puedo escalar las letras y los signos
y esculpir en blanco y negro mejor que la cigarra.

Celebro abrir los ojos con un guiño,
y distinguir entre sueños y esperanzas;
reír a solas o en buena compañía
sigue probando ser buena terapia.

Jugar con las ideas y los recuerdos
y crear anécdotas que recordar mañana.
También, saber que a lomo de los pensamientos
no importan eras, encierros ni distancias.

Más aún que todo eso, yo celebro
que creo y que creo con la imaginación que todo alcanza,
y que si lo contagio, entre todos podremos
construir desde hoy un sólido mañana.

 

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Chispazos

Cadencias

El huerto al fondo del monasterio es un lugar activo, pero silencioso. En una esquina crece el bambú, que sirve para hacer todo tipo de cosas, desde los tazones donde comen los monjes hasta la flauta nueva con que ensayan escalas los aprendices.

Parece que las estaciones no importan, porque en otro rincón crecen árboles, en una zanja brotan hierbas aromáticas, y en la cerca junto al pozo hay, además de flores, manojos de legumbres recién desenterradas y lavadas, listas para el caldero que empieza a hervir.

El hermano hortelano vigila con ceño fiero la parcela, mientras trabaja junto a un joven monje.

Los únicos ruidos que se escuchan son el ritmo del agua, la cadencia del azadón y el rumor del viento.

Desde el camino que va de la huerta al templo, el viejo maestro observa sonriente junto a sus discípulos. La lección de hoy, sobre cómo fluyen el orden y la armonía, no necesita palabras.

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Chispazos Happy-Happy Inspiración pura Joy-Joy Marranadas

Ahora que sí lees

Hoy traigo para todos ustedes un libro que he releído, recomendado y regalado muchas veces, y que viene completamente al caso para despejar, distraer y divertirse un poco, algo cada vez más necesario en esta cuarentena (y no solo allí).

Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, de Giulio Cesare Croce (y Adriano Banchieri), narra sucesivamente las aventuras de un abuelo, su hijo y su nieto en la corte del rey Albuino en Verona.

La historia podría ser una de esas que cuentan la vida de varias generaciones (por ejemplo Tres lindas cubanas, de Gonzalo Celorio, o Mujercitas, de Louise May Alcott), u otras que hablan de pleitos entre la pobreza y la nobleza (El Señor de los Anillos o hasta Juego de Tronos), cada una con sus bondades, pero no.

La gran particularidad y enorme mérito de este libro se resume en tres palabras, que enfatizo si me permiten (y si no también): sentido del humor. Bertoldo es un rústico campesino, pero su agudeza mental y su ingenio no le piden nada a Sócrates. O al más brillante que le pongan enfrente, pues. En cuanto a su familia… digamos que es interesante ver cómo funcionan las supuestas leyes de la herencia. El libro asombra, enseña y sobre todo hace sonreír a quien se deje. 

Lo mejor: como es una obra escrita en 1620 (aunque traducida y adaptada, sin problemas para el lector actual), está gratuitamente disponible, ya sea en italiano o en una sabrosa traducción al español.

Por supuesto, Bertoldo y sus amigos están en la repisa de cabecera del chiquero… y por si algo nos faltara para quererlo, Croce tiene un breve escrito (aún no traducido), que ostenta el glorioso título L’eccellenza e trionfo del porco. Gracias, maestro.

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Chispazos Inspiración pura

Divagaciones y amistades

Hoy planeaba hablarles de cómo en las conversaciones en estos tiempos de cuaresma, perdón, de cuarentena, buscamos acercarnos empleando las herramientas que apenas hace un mes nos permitían alejarnos simulando lo contrario, o viceversa, pero iba a resultar muy filosófico o muy cantinflesco. Además, después de ordenar una repisa de mi librero más cercano (me llevó tres horas y media sacudir, digo, hojear, digo, dejar de leer los primeros diez o quince libros), se hizo de noche, así que decidí divagar un poco.

Al desviar la mirada, topé con el libro que acabo de terminar. Luego, contemplé en mi llavero, regalo de una querida sobrina, la frase en kanji “samurai spirit”, y pasé de ahí al USB donde respaldo mis archivos de trabajo. Me hizo sonreír la ironía de que todo lo que he escrito en mi vida (desde que aprendí a escribir hasta hoy, e incluso antes) quepa en un “recipiente electrónico” del tamaño de una uña. Peor: de un recorte de uña.

Tan enfrascado estaba que por un momento olvidé la cuarentena y descansé la mente. El instante fue breve, pero era necesario.

Ya sin divagaciones, recordé los intercambios de estos últimos días con gente como el superviviente de jarochilandia y el YogurMasterVeneno rifándosela en esas labores prioritarias que hacen que algo funcione para todos, y que nadie identifica hasta que hacen falta. Pensé en otra admirada amiga, combatiendo con ciencia y conciencia este y otros virus en la primera línea de defensa. Y en el segundo de mis más antiguos amigos, cuyos saberes ayudan a sobrellevar y superar los quebrantos del ánimo y la mente. También recordé (tarde, pero esa es otra historia) palabras aladas que en espacios mejores que este hacen lo suyo en recuento de la cuarentena, y que me dieron el empujón para revivir esta lodosa pocilga. Además, acabo de saber de un testimonio muy cercano que también aporta, desde la realidad, claves para entender que esto es serio y que no hay seguridad de que para todos sea leve, así que por eso es indispensable cuidarnos cada quien y entre nosotros, como precaución indispensable y básica.

Desde aquí deseo, para todos, pero especialmente para ellos y los demás como ellos, que puedan tener esos instantes de distracción y reposo, junto a lo necesario para el cuerpo y el alma, y les envío un abrazo desde mi trinchera de letras, agradecido con cuantos hacen no sólo lo que pueden, sino más allá, impulsados por el valor y la esperanza. ¡Sigamos adelante!

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Borrones Chispazos

I Java Dream (reloaded)

En la súbita vigilia del despertar, algo rompe una conexión entre neuronas, y de esa luz, en vez de una cefalea, o más bien junto con ella, nace una idea, que primero hace parpadear y luego zumba peor que un taladro de dentista.

Para despejar ese golpeteo, ayuda tener a mano una hoja en blanco, pero más aún, paciencia, porque el chispazo no se deja ensartar fácilmente, y su revoloteo parece fugaz, aunque solamente hace pausa para reincidir más profundamente. Es entonces cuando la inspiración enferma.

A partir de aquí, retumba y hay tres formas de acallarla: la liberación, el abandono o el diálogo. Cuando parece más poderosa, urge saber si es espejismo o verdadera joya, pero no puedo decidirlo. Así se quiebra el encierro dentro de mi cabeza y otra voz, la experiencia, disecta con sutileza implacable.

Allí es cuando la rutina me rescata: los movimientos, las proporciones que conozco más allá de la memoria, y luego el vapor que sacude al olfato.

Por fin soy yo otra vez, como (casi) siempre. Bendita cafeína.

 

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Chispazos Explicaciones

Aquí nomás traslomita

Dicen que encontrar lugares novedosos es uno de los goces de viajar… o privilegio de los desorientados, como cierto personaje de este chiquero que cuenta la historia de un pingüino en Palestina.

Por eso tengo un amigo imaginario, Servando, que me escolta cada vez que salgo a la calle (cuando salía, es decir, antes de la cuarentena), armado con optimismo y nulo sentido de orientación espacial.

Gracias a él (a Servando), no necesito levantar los ojos al cielo (al fin que el smog oculta las estrellas) ni esforzarme para leer desde lejos letreros que sólo confirman mi ignorancia. ¿A quién, pregunto, le sirve saber que una misma calle puede tener tres, cuatro o más nombres (y uno, o dos, o ningún sentido) según se avanza? A mí, no.

Así de personalísimas son las opiniones de algunos repartidores—perdón, operadores expertos de entregas a domicilio, que a lo largo de los años se han empeñado en que el número de la casa donde vivo no existe ni en mi cuadra ni en otras dos a la redonda, que es inútil que yo insista en que los números pares están en un solo lado de la calle, y que es absurdo explicarles que junto a un número par no puede haber más que otro número par, y lo mismo con los nones.

También recuerdo cuando las orientaciones para el camino se enviaban y recibían a través de “Banda Civil”, aunque a mis más jóvenes contertulios y a varios contemporáneos (de ellos y míos) les parezca algo tan indescifrable como el sistema de coordenadas, los cuadrantes en un mapa (de papel, obvio) o el código Morse, que no se parece ni tantito al código DaVinci.

Ah, pero por supuesto, si el Waze tuviera sentido común y Google Maps admitiera anotaciones, le serían útiles hasta al buen Américo Vespucio. Perdonen la nostalgia.

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El rincón insólito

Un derecho y un doblez

coconut_tree_with_weird_shape_at_atlantiswikimediacommonsUna de las tradiciones añejas de esta pocilga es husmear imitando a los buscadores de trufas para encontrar “rincones insólitos” en la red de redes. Sitios donde haya algo extraño, asombroso, o solamente entretenido, pues a veces hace falta distraerse en medio de lo que muchos ven como confuso lodazal.

Con esa idea, y sabiendo que el encierro progresivo puede ser frustrante para todos sin importar la edad, les compartimos avioncitos de papel, para echar a volar la imaginación (sin necesidad de rifa).

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Chispazos Corriente Happy-Happy Joy-Joy

Leer para (no) estar solo

Tal vez fue Hemingway, o tal vez mi abuelo el que decía que quien sabe estar solo no necesita compañía para entretenerse. Seguro hablaban de un lector; aunque los escritores intenten exprimir la soledad, el lector no necesita hacerlo, porque simplemente se acomoda en ella.

Ese interruptor que se encendió una vez ante las letras y ya no tiene apagado ayuda a enfrentar las realidades circundantes (qué bonita palabra), aunque parezca que no saco las narices de la página. Leer exige pensar, y eso, aunque poco popular, descifra el entorno a golpe de neuronas y capítulos.

El encierro de la cuarentena se parece al lector sumergido en un relato. Las amenazas del exterior son pocas pero puntuales: el tono de mensaje, el cambio del día a la noche (o viceversa) y los aguijones del hambre y la sed, que se presentan solo cuando el libro pasa por una laaaarga descripción, un “momento de hueva” del traductor, o peor aún, una errata.

Pero ninguna interrupción quiebra más los nervios del leyente que la voz de aquel, o aquella, que nos interpela: “Bueno, es que te vi leyendo y por eso dije: ahora que no estás haciendo nada…“.

Ojalá fuera invento, pero quien lo ha vivido puede confirmarlo. Por eso, la soledad del lector está (casi) siempre bien acompañada.

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Disculpitas Marranadas

Desde la torre

En la quietud del monasterio es fácil dejar pasar los años. Pero el tiempo no engaña: disimula. Así se lee en los textos, desde la arcilla hasta el pergamino y la tinta.

El pequeño pueblo, con su mercado, sus habitantes y sus rincones, quiere disimular también, pero aunque los funcionarios ahora visten más prendas de algodón y rara vez usan corbata, sus manías y maneras siguen siendo objeto de ironía y extrañeza, cuando no sátira.

Algo sí ha cambiado alrededor de la vivienda de los monjes: en los caminos hay más asfalto, menos árboles, menos pequeños seres. El bullicio se achata.

De otras tierras llegan noticias que impactan. Una nueva enfermedad despierta miedos viejos, y ante el fuego ceremonial hay menos cuerpos presentes y más presencias lejanas.

Muchos temen la cuarentena; otros dicen ignorarla. Pero todos escuchan cuando el viejo maestro dice: La serenidad no está en negar la tormenta, sino en saber encontrar, en medio de ella, la calma.