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Happy-Happy Joy-Joy

En puntas y en la yunta

Edgard Degas, Metropolitan Museum of Art, Wikimedia CommonsCon el tiempo he dejado de decir que las cosas “no me salen” porque una voz que es al mismo tiempo conciencia, duende y espíritu chocarrero me recuerda que el oficio está en la práctica. Por eso la recompensa extraordinaria que es el reconocimiento no puede ser mi primer objetivo. En cambio, reconozco que escribo porque no puedo evitarlo. Parafraseando a Hemingway, escribo porque me dan ganas de leer algo que nadie ha leído antes. El ejercicio crítico de la vista me revela que, si algo aporto, primero me lo aporto a mí.

En el ballet una bella postura (que a veces tiene su propio nombre en francés o ruso) sale en la foto; lo que no sale son los pies magullados ni las horas de práctica. Pero sin ellas no hay foto. 

Además, la (an)danza no es un maratón infinito, pero siempre es movimiento. La vida nutre al oficio, y el oficio le da expresión a la vida.

También hace falta descansar, distraerse y hacer otras cosas. Darle pausa, contenido e ingredientes a la vida para que el oficio se recargue en la digestión, la frustración, la inspiración y la diversión, hasta que el intérprete incorpora sus tropiezos en la coreografía y todo fluye, como si estuviera planeado, hasta el aplauso. 

Este post tiene su origen en una gozosa conversación que empezó hace muchos años, ejemplo de todo lo que aquí he dicho… y que hoy no tiene solo música de ballet.

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Chispazos Happy-Happy Joy-Joy

Óxido y diamantes

Casi al mismo tiempo que al calendario de la pandemia le llegó la ronda de aniversario, recibí la oportunidad de sacudirle la polilla a algunas destrezas añejas del oficio y reanimar el gozo de trabajar con las palabras.

Dicho con metáfora de chiquero, la navegación estética me ha llevado más cerca de Joaquín (Mortiz, aunque también Sabina) y lejos de Alfredo Palacios, a décadas del empujón inicial recibido de alguien que confió más en su intuición que en mis credenciales, tal como dicen que le pasó a Arreola.

Editar y corregir textos es como hacerle cirugía plástica a una estatua de mármol: antes de empezar es necesario conocer bien el objeto y, digamos, su historia clínica, además de preparar los instrumentos con tanta delicadeza como el mise en place del experto cocinero.

Solo así es posible acometer la tarea con más lija de agua que buril, pero sin miedo al cincel ni a la navaja. O eso digo yo. Seguiremos informando.

Ah. Por supuesto, este post tiene dedicatoria… y soundtrack.

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Chispazos Joy-Joy

Diez notas para niños y una no tanto

Luz de sol que no se queda en la ventana.

Aromas que se distinguen y unen en la cocina.

Una llamada transatlántica y optimista.

Grados de calor que no agobian sino abrigan.

Una videoconferencia que se prolonga sin obligación.

Libros que no acumulan polvo y siguen contando historias.

Rostros y gestos reconocibles a pesar de los años.

Recuerdos que se comparten a la velocidad de la luz.

Una lección de genética a través del gozo.

Escribir porque puedo, porque quiero y porque sí.

Lista a la manera de Sei Shonagon (ca. 966-1017), siempre una dama y a veces poetisa japonesa, autora del Libro de Cabecera (no para niños) que inspiró la película (tampoco para niños) de Peter Greenaway. 

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Borrones Corriente Marranadas

No hablarás

floating, by PiccoloNamek (Wikimedia Commons)

Una de las consecuencias extrañas de este encierro es el aprendizaje. No me refiero a todos esos memes que hablan de bajar de peso, cocinar, hacer ejercicio, dibujar con el lado izquierdo del cerebro y escribir con el derecho, o viceversa.

Más bien, estar encerrado me ha hecho ver cuánto hace falta la conversación, sí, pero también que no con todos hablo de la misma manera, ni por el mismo medio, ni la misma cantidad de tiempo, y comparativamente muy poco “en directo”. Quien dijo que la correspondencia ha muerto no sabe cuántos miles de páginas se escriben como correos electrónicos, trinos o mensajes en Whatsapp. El silencio de la voz oculta ríos de tinta donde no hay ronquera que valga, ni es necesario ser uno de los tres tenores. Leer también es hablar.

Me refiero a que tengo queridos amigos con quienes no cruzo más que correos (o mensajes de texto) unas cuantas veces al año; otros, también de antigüedad que ya se mide en décadas, con quienes intercambio llamadas o mensajes decididamente telegráficos: tres palabras o quince segundos, del tipo “quedamos en eso”, “está bien”, “te escribo los detalles”, o “confirmamos mañana”.

Aunque veo con cierto asombro que en ese sentido que digo no falta con quiénes hablar, descubro que me resulta difícil hacerlo con la voz largamente a menos que sea en vivo y en directo. Incluso en grupo (y no influye que ahora estén de moda las videoconferencias, decididamente divertidas) mi modo de ser inmediato es más bien la escucha.

Gracias a la cuarentena entiendo y agradezco la libertad del  texto, así como aprecio el privilegio de un cruce de opiniones frente a la bebida o vianda común… aunque me sorprenda descubrirlo como un clamor silencioso a pesar de la tribu de personajes que me habitan, porque como ya lo he dicho antes, escribir es un flujo de voces que nunca cesa. Lo bueno es que para encauzarlo y mejorarlo existen los afectos, y para amansarlo está la música.

Por cierto, si Pitágoras no miente, este es el post número 500 de la pocilga. Habráse visto, Sancho, como diría el Quijote. Se hace camino al andar.

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Happy-Happy Joy-Joy

“Cayendo” en Las trampas del hambre

trampashambrePara esta pocilga es un honor compartir con el selecto público y el no tan selecto personal la aparición de Trampas del hambre, el primer libro impreso de Mara Jiménez (léase con énfasis de merolico emocionado).

Hay magia en la familiaridad, porque lo que encuentro es congruente con lo que conozco y alimenta y responde a lo que vivo. También porque (valga el “disclaimer“) la autora habita mis afectos desde años antes de que me llegaran sus letras.

Además, alguna de esas narraciones no sólo la vimos nacer, sino también desarrollarse, en un camino plagado de espinas, espigas y armonías no tan concomitantes —lo digo por Fito Páez— demasiado parecido a este blogbarrio.

Ya lo dijeron en la presentación, y de mejor modo: en “este oficio” (entiéndase lo que se quiera) hablar de un libro, provenga o no de autor querido más allá de las letras, es complicado porque, si no hay sentido del humor (y a veces aunque lo haya) es necesario combinar alegría, sadomasoquismo y envidia en partes proporcionales. Evitarlo no siempre es posible ni hace falta: ante la página, el diálogo va entre el lector y la palabra.

Otro tipo de magia, diría el viajero estilo Verne, está en acudir a lugares y escenarios: los que me parece reconocer, los que quisiera conocer, y los que desconozco. Macro o microcosmos donde creo que puedo asomarme sin peligro… pero mientras leo, adopto (o adapto) a los personajes, y adquiero un lugar como ellos o entre ellos, hasta que termina el cuento. Y me sorprendo, como cuando descubrí en los trinos que Mara había rimado voto con escroto. Ajá.

Desde la Crónica de los desayunos hasta El banquete, los seis relatos de Trampas del hambre reflejan avidez por las palabras, respeto por las historias y complicidad con el lector. Las páginas fluyen en la aparente brevedad de este libro de presentación atractiva y (hay que destacarlo) precio accesible.

Una “primera obra” que nos muestra el hambre de letras y nos deja en la trampa, porque sabemos, y esperamos, que vendrán más. Así sea.

AVISOS PARROQUIALES: Ningún animal fue maltratado en la elaboración de esta reseña, que no contiene espóileres ni risas grabadas. #SoyFanYQué

Mara Jiménez. Trampas del hambre. Editorial La Otra. México, 2016. 128pp.

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Corriente Marranadas

Sin ojos no hay paraíso (I)

Los privilegios (y coincidencias) de la vista parecían no tener límites, hasta que llegó el cansancio.

Mi oftalmólogo de cabecera me dijo: “para la cantidad de páginas que has leído en tu vida, ya te habías tardado”. Y es que, con todo y ojo biónico, tiene razón.eye_farm_nevittdillmengnuwikimediacommons2

Este ejercicio de leer todo el tiempo que a mí me resulta inevitable, parece ser más raro de lo que suponía. Sin embargo, me preguntaba por qué se les cansa la vista a aquellos que casi no leen. Habrá quien responda que las letras no son lo único que bien vale unos lentes, y por supuesto tienen razón. Pero insisto porque entre mis amigos y familia, la “vista cansada” sólo sale a relucir cuando se trata de leer: parece que nadie echa mano de las gafas para contemplar otra cosa que no sean letras.

Lo que me quitó el “amoscamiento” hacia quienes despotrican sobre los lectores empedernidos y usan gafas para leer (con todo y el probable autogol) fue, como siempre, una niña que me dijo: “para ver una sonrisa no necesitas lentes”. Verdad purísima. (continuará)

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Disculpitas Explicaciones Happy-Happy Joy-Joy

Se me concedió volver

AVISO PARROQUIAL:

Hay mucho, mucho qué contar en el tintero. Aunque a veces parezca que no, en el lado técnico (por ejemplo) se pueden interponer, digamos, unas notas discordantes. Pero con un poco de buen humor, la ayuda de unos cuantos buenos amigos y una batuta es posible reacomodar las cosas para que el (des)concierto llegue hasta el aplauso.

Poco a poco, la orquesta encuentra su sitio. Tal vez, sólo tal vez, el director también lo logre.

Parafraseando lo dicho hace ya algunos ayeres: pásenle pues, que la pocilga está reabierta. Y to whom it may concern, ¡seguimos adelante!

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Chispazos Inspiración pura

El doceavo, no confundirás

480px-Patrick_Rothfuss_CC_by-Alvintrusty-WikimediaCommons

 I can support a lot of things in the pursuit of art, but I’m not a fan of actively occluding the story.” — Patrick Rothfuss, autor de El nombre del viento y El temor de un hombre sabio, en una reseña en Goodreads.

 

 

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Chispazos

Quehaceres de papel

GeoreOrwell-Wikimedia_CommonsCuando trabajé en una librería de segunda mano —un lugar que muchos imaginan, especialmente si nunca han trabajado allí, como una especie de paraíso donde ancianos encantadores hojean tomos encuadernados en piel— lo que más me impactó fue la escasez de auténticos bibliófilos. Nuestro establecimiento tenía un surtido excepcional de mercancía, y sin embargo dudo que el diez por ciento de los clientes pudieran distinguir entre un libro bueno y uno malo. Había más presumidos cazadores de primeras ediciones que amantes de la literatura, aunque los estudiantes del Oriente que solían regatear libros de texto eran más aún, y las señoras distraídas en busca de regalos para algún sobrino, las más usuales de todos“. (Bookshop Memories, 1936).

Desde muy chico, quizás a los cinco o seis años, supe que al crecer me haría escritor. Entre los diecisiete y los veinticuatro intenté abandonar esa idea, pero lo hice sabiendo que traicionaba mi naturaleza y que tarde o temprano debía ponerme a escribir libros“. (Why I Write, 1946), traducciones al vuelo por Ivanius.

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Chispazos Corriente

Letra sin pesar de pausa

A veces, olvido atender el guión del personaje más importante, ese que acecha desde el fondo de los ojos y espera una oportunidad para asomarse al espejo.

Emulando al comegalletas, se alimenta de letras y de libros, de luces y sombras; arropado con tinta y toga de hojarasca, conjura periódicamente a las musas… de preferencia ante las mesas y las mozas, patronas todas de las horas inconclusas.

Jan Van Eyck (Wikimedia Commons)Leer y escribir, en el orden que sea o se pueda, tiene momentos definitorios, a medias entre pánico escénico y  bloqueo. Pero viviendo en el imperio de lo instantáneo también vale “en la duda, abstente”… entonces la reflexión desaparece, y la oportunidad de escribir también; releer un borrador es tedioso, y apuntar una frase del libro que ahora mismo estoy leyendo parece complicado.

Sin embargo, las pausas —en estos tiempos donde todo es reactivo e inmediato— que antes eran señal de fatiga, fatalidad y alarma, ahora sólo ocasionan parpadeos. Hasta que una palabra, una imagen, una señal cualquiera-pero-no-cualquiera hace contemplar el camino, tomar aire… y zambullirse de nuevo.

Así ya no hay altos, sólo espacios en blanco; no espejismos, sino retazos que alguien debe atreverse a llenar, zurcir, componer, ensartar. Si el ímpetu no alcanza para trazar las palabras, hay que salirles al encuentro. Los vehículos (y las herramientas) sobran.

Así decía cierto filósofo: el movimiento se demuestra andando. Pero más me gusta cantar, con José Alfredo, aquello de una piedra en el camino.

En este oficio, llámenle como quieran, qué más da si el horizonte es o parece inalcanzable: por lo regular, basta con que sea punto de referencia.