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Corriente Inspiración pura Marranadas

Hogar, digno hogar

g_k_chesterton_270wikimediacommons«Admire usted nuestro estilo arquitectónico más puro, antes de que perezca bajo el peso de los tiempos que corren –dijo entonces Pierce, señalando la zahúrda de los cerdos, un lugar, por cierto, hecho a base de tablones rotos y mal clavados entre sí, aunque suficientemente amplio como para dar cobijo a una buena piara–. Aquí tiene usted, mi querido Mr. Oates, el edificio medieval más  digno de la vieja Inglaterra… Empero –añadió teatral, como si fuera a llorar– , puede que muy pronto no sea más que un recuerdo de los días de nuestra mayor gloria… No obstante, le digo a usted que cuando al fin caiga a tierra esta construcción maravillosa, caerá también Inglaterra, y temblará entonces el resto del mundo, pues se cernirá sobre las demás naciones un destino igual de trágico.»
Cuentos del Arco Largo (1925), de G.K. Chesterton, por supuesto.

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Corriente Inspiración pura

Cenizas

muso_soseki_3_wikimediacommonsAquella noche, los monjes meditaban en el patio, alrededor de unas cuantas brasas.

Uno de ellos removió las cenizas para avivar los rescoldos y encender una carga de ramas, que los otros dejaban caer poco a poco. Entre crujidos y chispas algunos se alejaron, para no incendiar sus  hábitos.

Entonces el maestro Lou-Sin sacó un malvavisco del manto, se acercó al fuego para tostarlo y dijo: La alegría, el conocimiento y el consuelo son chispas de luz. Si no se mueven, se extinguen; sin contagio, se apagan.

Uno de los aprendices le preguntó: Maestro, ¿y el malvavisco?

Lou-Sin le contestó: No tiene significado espiritual, pero sabe muy bien.  Y se lo comió con gesto pícaro.

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Aventuras bucaneras IV (y último)

salgari_1wikimediacommonsComo la voz puede esconder insultos y traiciones, es necesario afilar tanto el ingenio como el mejor acero. Entonces y ahora no hay quien cuide  mi espalda mejor que yo mismo, aunque nadie sea infalible.

El niño lector aprendió a descifrar las intrigas detrás de los modales cortesanos, aunque su propia  indiferencia y frialdad fueran tan creíbles como inexistentes. Igual que sus personajes predilectos, cerró los puños ante aquello que veía pero no sabía, al menos entonces, remediar o suavizar.

Luego, la batalla. Antes de pelear, gritaba «¡Guerra y verrugas!», con un bramido formidable que hacía esconderse (por lo general bajo la cama) a todo enemigo, ya fueran monstruos, espíritus, piratas o alguaciles. Ahora, mi trabajo impone horario y condiciones para enfrentar oponentes más o menos precisos.

En los peores momentos de la lucha me serenaba mesando mi bigote. Hoy, cuando la jornada termina, repito ese movimiento ante el escritorio, y aunque es un verdadero bigote (o la sombra de una barba), no resulta igual de mágico que  el de mis correrías bucaneras.

contemplarLa satisfacción que daba contemplar un alfanje cubierto de sangre y cofres repletos de tesoros, aparece cuando termino una complicada revisión sin robarle horas al descanso o tengo tiempo suficiente para una cena entre amigos. Aunque temo no ser hoy tan veloz con la pluma como Almanegra es con la espada, puedo asegurar que sin duda soy uno de los más esforzados. El brillo de mi ojo (el que no está cubierto por un parche) es más fugaz, pero también más travieso. El adulto trabaja; el niño aún se burla del capitán Garfio.

Ahora mi patente de corso no reside en un pergamino, sino en libretas de papel reciclado y electrones viajeros. Aún existen molinos, villanos e intrigas, pero el adulto de hoy formuló hace tiempo, al tomar las armas, una divisa propia.

Huir de masas obtusas y evitar misas obsesas,
optando por las mesas, las mozas y las musas,
patronas para siempre de mis horas inconclusas
.

Ante una hoja en blanco o tras la página impresa, armado de conocimientos y palabras, mi historia continúa al lado de Almanegra mientras avanza, sobre un caballo de imaginación, en el camino verdadero de los héroes.

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Aventuras bucaneras III

pyle_pirate_candlelight_wikimediacommonsPedazo a pedazo, tras el estruendo de un cañón, caen en su lugar los fragmentos de historias que recuerdo en detalle; ágilmente esquivo los mandobles de un guardia tras otro, hasta llegar, agitado y cubierto de sangre, al encierro de mi dama, quien es, como en todas las historias, la más bella del reino. «Bueno, tal vez –pensaré con galantería– la Reina mi señora sea un poco más hermosa. Pero solamente un poco».

Pausa para describir, mientras la amada recibe un rendido beso de su admirador (en la mano, desde luego) «la brevedad de su talle», «el adorable mohín de su sonrisa», «la nívea blancura de su rostro», y muchas otras cosas poco importantes, porque yo trataba de imaginar el significado de todos esos adjetivos. A esa edad me ocupaban más las mascotas que las doncellas. Ahora… es ahora.

pyle_pirate_plank_edited-wikimediacommonsEn mis correrías idealistas era inevitable asociarme con el caballero Ivanhoe, paladín de los desheredados. Me entristecía escucharlo hablar  de la ingratitud de Cedric el sajón, padre desnaturalizado. No sabía muy bien qué significaba eso, pero alguien con un nombre tan raro tenía que ser muy malo. Ahora recuerdo a cada momento esas aventuras, porque la intriga y los infundios existen también más allá de las páginas.

Los interminables títulos de los caballeros, su fanfarronería en combate, y las proezas glotonas dignas de Gargantúa y Baco me exigieron un nombre de armas, una genealogía y un juramento favorito.

Ivanius Almanegra. Nombre de poder, audacia y riquezas en boca de un niño de ocho años. Leyenda tenebrosa, maligna como el resplandor del horno encendido de noche. Por supuesto, era el seudónimo de un príncipe que ignoraba su sangre real. (concluirá)

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Si los cerdos tienen fiebre…

…todo puede suceder. Nomás pregúntenle a la BBC.

Con esta entrada, mientras la azorada esmogópolis azteca vuelve (esperamos) al desorden habitual y el país entero toma aliento, los inquilinos de esta su pocilga harán lo propio.

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Aventuras bucaneras II

La penumbra no me asustaba… decía yo. A los seis o siete años era dueño absoluto del mundo desde la fantasía invulnerable de los juegos. Mi trabajo actual de escribiente no se parece mucho a las andanzas que tuve como el más intrépido corsario de los siete mares: hoy prefiero el abrazo del sillón a la caricia del agua encharcada… una copa de vino es tan irresistible como ayer las nueces verdes que recogía del patio y comí siempre sucias.

pyle_barbe_noire_wikimediacommonsA estas alturas no puedo borrar la sonrisa de mi cara; las carcajadas del héroe siguen allí, aunque la portada sea de cartón barato y el lomo esté engomado. Sólo importa pasar las páginas; no existe diferencia entre el lector y el protagonista.

Recuerdo que dejaba de leer para ensayar fintas y mandobles. Por culpa de las burlas sobre mi redondo vientre (que no lo era tanto), dejaba de ser Galahad y me vestía de Sancho Panza, o Pancino, recordando las andanzas del escudero vuelto agricultor, yo, pirata arrepentido hecho «intelectual».

El flaquísimo Rucio era un palo de escoba sobre el que podía cabalgar por horas. Hoy ruego al cielo que no aparezca alguna proeza pendiente para poder apearme de la silla y huir en busca de un café que rompa la rutina.

La agudeza mental, ayer siempre oportuna para desconcertar al enemigo, hoy exprime las neuronas para convertir una colección de anacronismos, redundancias y cacofonías trepidantes en frases fluidas y párrafos comprensibles. (continuará)

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Aventuras bucaneras I

treasure_island-scribners-1911wikimediacommonsEn la oficina, junto a las revistas de siempre, encontré un libro. Nada me sorprende tanto como los susurros inesperados que se avivan entre números y comas, entre pausas y capítulos, de línea en línea, cuando encuentran un lector apropiado.

Es una edición pequeña y huele a nuevo, pero no me puedo equivocar. El título es el mismo; hasta las ilustraciones, a la manera de los «viejos tiempos». Ese regusto a sal y confitura que dejaba en la boca no ha desaparecido. Antes, me ocupaba de esas lecturas en el agradable ocio después de la cena; ahora, sólo algunas veces, robándole tiempo (y a veces también comida) a la hora de comer.

El endurecimiento de mi alma no se desvanece, como entonces, al calor de las primeras letras. Ahora hace falta más leña, más fuego, más silencio. Pero siguen allí los escalofríos. Ya no dejo de leer para ir a preguntar, con ceño de niño serio, por las «palabras raras»: los diccionarios ocupan el lugar de conversaciones en que aprendí tantas cosas.

A cada página, recuerdo el negro sonido del polvo en la ventana, aquella tarde gris y llena de ventisca cuando subí, solo, al desván de mi abuelo, y encontré una novela de aventuras. (continuará)

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I Java Dream V

Sólo puedo ver que mis manos tiemblan.

Acabo de cerrar el libro bajo la “lámpara de biblioteca” con su pantalla verde y luz cálida. No quería que terminara.

Tampoco me di cuenta de la hora; supongo que por eso prendí la luz… pero de pronto, no me hace tanta falta. ¿Estará amaneciendo? Pero si solamente quería terminar de leer un capítulo; no puedo haberme pasado toda la noche leyendo. Sé que fui por el diccionario para buscar una palabra que creí francesa y resultó de inglés antiguo. Ahora ya no recuerdo cuál, pero era algo original y simpático, relacionado con arroba.

cafecito_WikimediaCommonsYa está: avoirdupois. Debo usarla pronto, para que ya no se me olvide. Lo que quería era aprender un poco más de francés o italiano, para poder leer algo más que cuentos sencillos. Pero esta música no me deja concentrarme: “Love Me Tender, Mamacita“.

Algo pasa. No puedo moverme y las manos siguen temblando. Un momento; estas manos no pueden ser las mías: azul verdosas, con uñas puntiagudas… ¿qué es ese olor? ¿moho? Lo que creí pantalla de lámpara es un techo cóncavo que está demasiado cerca de mi rostro… y tiene algo… ¿tela? ¿terciopelo? Un momento, ya sé que no me bañé antes de dormir, pero ¿por qué hiede tanto a sudor… o a terror?

Ya sé: no estaba dormido, sino leyendo a Lovecraft, a Lucy Maud Montgomery y a Federico Arana. Entonces, esto debe ser un sueño. Será mejor despertar, antes de que aparezca por aquí el doctor House con ganas de realizar una autopsia. Gracias, esta vez americano sin azúcar, por favor.

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Caminantes

muso_soseki_3_wikimediacommonsAl atardecer, el maestro Lou-Sin y sus discípulos volvían al monasterio. Alguno tropezó en la semioscuridad; otro, extraviado, dio voces para encontrar a sus compañeros. Finalmente, todos llegaron a su destino en plena noche.

Mientras acomodaban la leña recolectada para hacer una fogata, uno de los monjes dijo: Maestro, ¿por qué no encendimos antorchas en el bosque?

Lou-Sin le respondió:

En el camino de la vida, las distracciones y las dificultades, como la oscuridad, no siempre avisan, pero siempre llegan.  Por eso es necesario confiar y pedir ayuda: aunque el camino está allí para todos, quien lo recorre por su cuenta y en silencio puede perderse, aunque tenga un poco de luz, y para quien camina en compañía, el camino es más amable aunque esté obscuro.

Lo mejor es que quienes saben guardar leña pueden compartir juntos un fuego y un calor que no harán olvidar el camino recorrido, pero seguramente  alcanzarán para toda la noche.

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Sin contemplaciones

puncak_jaya_icecapwikimediacommons«Me admira no tener retortijones ni urticarias, despertar sin las jaquecas que con tanta fidelidad me acompañaron en otras épocas. Tal vez la gente que no está llamada a las actividades prácticas sólo alcanza el cenit de su salud al aplacar las incontables enfermedades de la sensibilidad. En ese sentido, puedo decir que he conquistado la plácida salud de los imprácticos.»
Juan Villoro, El cielo inferior.

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