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El alcalde del pueblo quiso agasajar con un paseo por los jardines del templo a un funcionario visitante, quien --acostumbrado a mucha pompa y ceremonia-- disimulaba mal su aburrimiento, y finalmente preguntó si era cierto que en aquel lugar vivía un monje famoso. El alcalde señaló a Lou-Sin, que junto a sus discípulos había acudido al ver la comitiva.

El funcionario aprovechó la ocasión para lanzar un discurso sobre cómo la necesidad de impartir sabiduría era pesada carga para los hombres cuyo cargo así lo exigía. Dirigiéndose a Lou-Sin, concluyó: seguramente usted entiende de eso.

El anciano meneó enfáticamente la cabeza, y el burócrata imperial, algo amoscado, preguntó: ¿No le dicen por eso "maestro"?

Entonces Lou-Sin dijo: Me dicen así porque todavía aprendo, y porque a veces soy el primero en lograrlo.

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"Maquiavelo contaba en una carta que cuando estaba en su biblioteca conversaba con los antiguos, olvidaba sus penas y no le temía a la muerte".

El sedimento que dejan las letras en el alma es, creo, esa buena tierra de la que hablan las parábolas. Allí --con paciencia y algo de talento y ciencia, dirían mis abuelos-- se pueden sembrar las propias voces y silencios, para que rindan frutos.

Que resultan amargos, a veces sucede; que no siempre se logran, ciertamente. Pues vuelta a empezar, que el cuaderno de apuntes sigue allí, y su objetivo no es recibir siempre prístinas letras, sino alojar bocetos y borrones, balbuceos y exabruptos, divagaciones, desvaríos y debrayes, ingredientes todos para el sorprendente guiso.

Dicen que sólo la cocinera sabe lo que echó al caldero. Pero sentarse a la mesa es otra clase de magia, también digna, y comer hasta quedar satisfecho nunca es trivial.

Por eso digo que no sé si a causa de leer es que escribo, ni me importa dar paso a las palabras como homenaje, juego o desafío.

Me gusta escribir, sembrar palabras, porque leo, y porque cuanto otros sembraron (y siembran) en mí aún rinde sus frutos, y aún sacia más de un hambre.

Leer, antes, es piedra de sed. Después ya no es leer, pero también. Bendito sea.

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Leer y escribir son dos aprendizajes que comparten tiempo e instrumentos. Tras el logro de expresar ideas nos asalta el deseo --casi la angustia-- de evitar que desaparezcan.

La voz ante las letras que despertó al aprender a leer es irrenunciable, y el torrente de palabras que nace de ensayar la escritura es avasallador. Cuál tenga más resultados (o consecuencias) sobre el alma, la mente, el espíritu, la psique o como se llame la identidad personal del iniciado... es algo difícil de discernir.

La lectura vuelta impulso o desafío para escribir también es un misterio.

Ese fue el propósito de un "meme" atractivo hasta para varios que solemos renegar de ellos (no digo nombres). Además, la instigación-invitación proviene de Canalla,  alguien que sabe leer y escribir, y lo ejerce. Predica con el ejemplo, pues.

La orden del meme es ésta: Enuncie tres libros que obligaría a leer a un aspirante a escritor, con su porqué. Sin descifrar qué tiene más morbo gozo, el sadismo de obligar a leer un "arcano" o el masoquismo de lanzarse en pos de claves entre brumas mentales, he aquí mis marranas sugerencias.

1. Un diccionario. No importa (o también) si es el de la Academia o el Academia: aprender qué significan las palabras (y cómo se escriben) es tarea progresiva.

2. Otra lengua. Unamuno, dicen, aprendió danés para leer a Kierkegaard, aunque seguramente también a Andersen. Muchos escritores no pertenecen al espacio cultural de quien los lee... y suelen caer (desplomarse) en manos de traductores que no los respetan y menos los entienden. Hay magníficas excepciones, pero hallarlas puede ser complicado.

3. Otro género. Acercarme no sólo a lo que quiero aprender, sino a más: novela, cuento, poesía, teatro, cine, televisión, comic... La palabra sabe saltar, y es bueno aprender a seguirle el rastro.

Cuanto yo mismo escribí hace años me enseña en la relectura  cosas nuevas; lo que de otros me gustó, o no entendí, puedo redescubrirlo. En esto, la escritura (y la cocina, la pintura, la música y otras actividades) se parecen: para aprender es necesario acercarse, e intentar imitar, a quienes saben más. Lo más importante: practicar siempre.

Ah, el meme también dicta que debemos endilgarlo, digo, pasárselo a alguien más. Yo no lo haré, pero siempre son agradecibles las  lodosas sugerencias de todos los amigos y visitantes de este chiquero: leer para aprender (y a escribir, nada menos) tiene que ser bueno.

Misión cumplida, amigo Canalla. Ahora, a leer (más).

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En la colección de objetos insólitamente útiles no pueden faltar éstos, diseñados estereotípica y especialmente para quienes a última hora no saben qué obsequiarle a su pareja:  Teclado para ella, que porque necesita que le hablen en su idioma... y Teclado para él, que para ver si es tan salsa.

Sin duda un elemento moderno y original para la mujer y el hombre del tercer milenio que saben que la igualdad de los sexos es tan profunda como sus diferencias.

Solicite el suyo a tiempo para esta Navidad, porque seguramente se agotarán. A pesar del precio.

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