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Muy pocas veces, rehacer un clásico provoca aplausos, más si se trata de una canción emblemática. Una imposible de tocar en vivo sin playback, que a pesar de eso terminaba siempre en ovación de pie.

SesoLibre lo publicó recientemente --y así lo descubrimos por acá--. He aquí otra vez a los Muppets (sí, otra vez). Disfrútenlo; seguramente el grupo original estaría de acuerdo.

AVISO PARROQUIAL: Las aventuras del pingüino palestino continúan muy pronto. Digamos que este es el intermedio (con todo y pingüinos).

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Gabilondo Soler, por supuesto, en cátedra de humor, inteligencia y más, con una canción y hasta un homenaje isleño. Dura diez  minutos, así que tarda algo en bajar, pero una vez que empieza vale la pena.

¡Quién hablara como él habla de lo que habla
...cuando hay tantos (y tantas) que no saben hablar!
Yo, que quiero aprender a hablar como él nos habla,
sé que, cuando habla un maestro, lo mejor es callar.

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Qué tres tenores ni qué las hilachas. Señoras y Señores, esto es ópera para todo público, así como muchos conocimos bastante música: a través de los personajes de Jim Henson. Muchas felicidades, Plaza Sésamo.

Por supuesto, decir Plaza Sésamo (y los Muppets) es decir Maná Maná, que también la tenemos, con todo y su insólita historia.

Y para los fánses del inolvidable Comegalletas, una doble que vale la pena.

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Paul_Gustave_Dore_Raven14_Wikimedia_CommonsEn un libro, todo permanece sellado hasta el momento de abrirlo. Allí opera --incluso antes, porque lomo y tapas también cuentan-- un conjuro telepático, una sonda (¿o es una sanguijuela?) espiritual.

Entonces comienza lo que algunos psicólogos han llamado "comunicación de las existencias" entre escritor y lector. Cualquiera que haya escrito siquiera una breve carta, por banal que sea, conoce esa sensación en sus dos extremos: la del barco a la deriva que encuentra un faro, la botella rescatada del océano antes que el náufrago. Acá en mi pueblo dicen también "el veinte cae".

Las letras atrapan; en cuanto se ha aprendido a leer, toda palabra pertenece instantáneamente a quien acude a su presencia.

Una vez abierto ese canal, es inevitable el estremecimiento, el escozor, el gozo, el pasmo o la carcajada ante una hoja impresa, o ante un par de palabras, o una sola, o mil de ellas.

La lectura es rito de iniciación en una hermandad cósmica, intemporal, contagiosa. A partir de ella, el mundo personal enriquece irremediable, casi imperceptiblemente, con glotonería virtuosa a cada sílaba.

Antes del lector, la palabra es silencio. Después, el mundo no calla.

Nunca más.

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Ni siquiera un renglón ayer he escrito,
que es para mí fortuna nunca vista;
hice por la mañana la conquista
de una graciosa ninfa a quien visito.

Entre amigos comí con apetito;
fui luego en un concierto violinista,
y me aplaudieron como buen versista
en cierto conciliábulo erudito.

Divertíme en un baile, volví en coche,
y el día se pasó como un instante.
¡Qué diversión tan varia, tan completa!

¡Qué vida tan feliz! Pero esa noche
me quitó el sueño... ¿Quién? Un consonante.
¡Oh, desgraciada vida de poeta!

Tomás de Iriarte (1750-1791), poeta y fabulista español. Texto de Wikisource.

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