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Corriente Explicaciones Marranadas

Ágatha y las chancholibretas

Querida Mrs. Mallowan:

Hace unos días decidí releer pronto alguna de sus famosas novelas, con el pretexto de haber encontrado un libro sobre sus métodos de dispersión mental investigación y descubrir que guardan cierta semejanza con los de quien esto escribe, aun cuando mi caligrafía es mucho menos elegante.

Seguramente nuestra querida Miss Marple sería la única con suficiente paciencia para desenredar tales madejas de ideas; después de todo, el encanto de las libretas es precisamente su disposición a recibir casi cualquier cosa, desde la puntuación de un juego de cartas hasta la receta de una pócima.

Junto al recorte de una revista, es posible encontrar algún recado personal, la letra de alguna canción, un poema u otra nota que seguramente Poirot tacharía de insensatez (la imaginación, Monsieur, también emplea pequeñas células grises). Los dibujos de sus apuntes harán las delicias de cualquier futuro antropólogo… mientras los míos, siento decirlo, le provocarían hilaridad a Jacob Marley.

Es verdad: a veces el entusiasmo por escribir rebasa toda intención de orden. Mis varias libretas también tienen forma y tamaño diverso, aunque no llegan a ser tantas como las 73 que el investigador encontró en casa de su nieto. Confío que, en el futuro, un hipotético descubridor de mis apuntes los trate con delicadeza, en vez de considerarlos (como Poirot) evidencia incontestable de locura.

Hoy, cuando la mayoría prefiere apuntar con electrones antes que sobre  papel, no puedo dejar de pensar si a usted, admirada señora, le sucedería lo mismo que a mí, a quien las “facilidades electrónicas” le parecen generalmente más amenazadoras que entrañables.

Por ese motivo me atrevo a escribirle, haciendo votos para que su fama perdure. Así, cuando alguien me pregunte, sabré decirle por qué no renuncio –siguiendo un ilustre ejemplo– a mis confiables y queridas chancholibretas.

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Corriente Explicaciones Inspiración pura

Tweet in the morning y cuentos al vapor

La reaparición de mi chanchosocio en estos lares se debe, al menos en parte, a la iniciativa tuitera de algunos muy conocidos personajes de la granja. Todos ellos, salvo quizás alGunA honrosa excepción, han descuidado notablemente su quehacer bloggeril ante el embrujo de los 140 caracteres.

Hace unos cuantos días a álguienes se les ocurrió plantear una idea llamada #Cuentoalvapor (quesque para antes de dormir) y los resultados, publicados en el blog de cada participante, muy entretenidos y propicios para el relajo y la sonrisa. Las obras aparecidas son de Sadóvaya, Alberto, GA, Nadia y Diana.

Como homenaje a los creativos esfuerzos de ese singular grupo de tuitteramigos desde esta trinchera bloggera, he aquí “Tweet in the morning”, con la participación de otros consentidos de este espacio: Bobby McFerrin y los Muppets.

OPDÉIT: Por alguna razón, el video no se puede poner en la pocilga. Véanlo en Yutúb.

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Corriente

I Java Dream X

El primer sorbo apenas lo siento, paladeándolo como una invocación que desenrede mis papilas perezosas.

Ayer, antes de ayer, sonreía recordando cosas tristes y cosas alegres, y cosas más alegres aún perdurables que bastan, como el conjuro patronus de ese libro que leímos juntos sin saberlo, para disipar cualquier cantidad de espectros chocarreros.

El segundo sorbo me pinta el bigote de espuma y azúcar, para que se escurra hacia el cielo un géiser de risa que atraganta. Aún no aprendo a tomar líquidos sobre la mesa.

Hoy no salgo de ese asombro que me regala el tiempo, aunque me pregunten cómo es que llevo la cuenta de tantas cosas en la libreta arriera, en los cuadernos de apuntes, en docenas de bocetos con signos que podría repetir hasta dormido.

El tercer sorbo es una sorpresa, después de haber conseguido ponerle un sudario de crema a mi taza favorita, y equilibrar una cereza para que cambie de registro la amargura.

Mañana, pan dulce con café para desayunar. Por esta vez, el silencio llegará  después de la cafeína.

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Corriente Disculpitas Marranadas

Ponis vs Pecadores, o una de deportes

En este bullanguero país –planeta, debería decir– casi todo lo relacionado con deporte invoca polémica.

Yo me considero, más que aficionado o practicante, un espectador insatisfecho. Y no se me alboroten, pero hace mucho que no veo un solo partido completo de la especialidad que sea en TV, ni se diga asistir a un estadio.

Mis años de paciente observación “sociológica” me hacen concluir que pocas cosas sirven como los deportes para congregar a un grupo de amigos (últimamente, ante un televisor) y hacer brotar al pequeño aficionado fanfromhell que todos llevamos dentro. Catarsis pura, cuando existe  la prudencia… o pesadilla sin límites  (y hasta balas).

Mi dificultad principal con los más populares (el beisbol y los dos futboles, americano y soccer) es la falta de (¿habilidad? ¿interés? ¿profesionalismo?) de los involucrados (desde los jugadores hasta los comentaristas y patrocinadores) por centrar y conservar la atención del público en el juego mismo. Todo eso hace que los partidos sean, además de largos, aburridos (dos horas uno de soccer, y tres horas uno de fut americano, considerando pausas y comerciales).

No lo digo yo: un artículo reciente de Foxsports dice que el tiempo de “acción efectiva” en un juego de la NFL son once minutos. No sé si hayan hecho el mismo cálculo con el soccer, pero dudo que allí supere los siete. Eso en un mundial, porque a medio torneo local (y lo de “medio torneo” está bien dicho), muchas veces lo más memorable sucede en las gradas: hace poco alguien me recordaba una propuesta de matrimonio que debió esperar a que el América anotara un gol. Y por poco no llegó.

En fin, ya viene el supertazón. Once minutos de acción, botana, los comerciales más caros del mundo, un “espectáculo de medio tiempo” que cuesta más que una miniserie de TV… y dos equipos que, la verdad, me dan igual. Pero habrá que verlo: la convivencia lo vale.

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Corriente Explicaciones Marranadas

Sherlock, Disney y la heterodoxia

Hay veces que –como dije en el post sobre Espronceda– las opiniones generan gratos intercambios; éste forma parte de una conversación muy reciente… digamos que sobre cine y literatura.

Disfruté bastante la película (de Sherlock Holmes) por muchas razones aunque sucedió algo parecido a lo que me pasó con el Hércules de Disney. En ese caso, el personaje, un semidiós acosado por la desgracia y héroe por excelencia de la literatura “culta”, se convirtió en una película entretenida, con algunas líneas que incorporé a mi vocabulario y otros buenos elementos como la música, aunque los personajes de la literatura y mitología no se parecen a los bonachones y bienintencionados dioses y semidioses de la película. La elección de Ricky Martin es lo peor… pero la veo con frecuencia, principalmente porque me hace reír.

No me azoto porque Disney muy pocas veces logra algo totalmente digno de aplauso a pesar de meterle mano a magníficas historias. Claro, hay contadas excepciones… pero Disney puede ser también tema espinoso. [Especialmente porque acaba de cerrar Miramax. Y ahora que está por salir una película sobre Percy Jackson, hijo de Poseidón (protagonista de una exitosa serie de novelas), el Olimpo tendrá nuevos rostros.]

A Don Sherlock le tengo profunda simpatía… hay quienes dicen que me gustaría haber vivido en esa época o ser ese personaje.  Aún no sé si sentirme halagado, descubierto o insultado.

Dejando aparte el sicoanálisis, es cierto que Bob Kane e Ian Fleming tomaron prestadas algunas cosas de Conan Doyle. Guy Ritchie hace una gran reconstrucción del ambiente de la época holmesiana, y un trabajo muy pulido para que Holmes tenga su secuela… pero Holmes no es un comediante, sino un investigador, y a Robert Downey Jr. se le quedó muy pegado el papel (memorable, por cierto) de Chaplin, además de la actitud de “tipo listo” mimado y excéntrico que es Tony Stark, el Hombre de Hierro.

Sherlock no es Charlot con el “pegue” de Tony Stark, Bruno Díaz o James Bond, pero es muy difícil poner en pantalla a un genio detective sin que el público se duerma, a menos que escandalice o insulte, como lo hace Hugh Laurie, Dr. House… un personaje bastante más parecido a Holmes, física y mentalmente, que RDJr.

De las dos o tres versiones de Holmes que he visto en película, la más aceptable fue una que salió (creo) en Hallmark; esta de Ritchie cumple su cometido, pero más que ortodoxa me resultó caricaturesca. Después de la segunda escena de pelea a la que sólo le faltaron los globos con ZAP! BOINK! y OOF!, recordé inevitablemente al Destripador Manso… y por eso lo puse en la pocilga.

Espero que este intercambio siga dando frutos, aunque sostengo que no hay algo mejor que disfrutar  los casos de Sherlock gracias al puro asombro de leer. La versión rusa y otras (de Billy Wilder y Buster Keaton) que me propongo ver este año, tal vez no me hagan cambiar de opinión. Pero se vale intentarlo.

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Arcón de letras 2009 (II. Búsquedas y hallazgos)

Para finalizar el recorrido entre las lecturas de 2009, algunas observaciones curiosas sobre la cacería de letras. No olviden dejar su comentario con alguna recomendación para el safari lector 2010. (Nota aclaratoria: No vale recomendar libros imposibles de conseguir, como Cementerio de sillas).

Las mejores recomendaciones de 2009: Tres lindas cubanas y El pez dorado. En el primer caso, la “triple marca” y conversación alrededor de este libro (Paloma, Pelusa y Mara) me convenció de que, más allá del aplauso de la crítica, un buen texto sabe conseguir lectores. Por esa razón también, a Le Clézio, con todo y Nobel, nunca lo hubiera leído: una mención de Marichuy lo puso en mi radar. Gracias a todas ellas.

El libro más largo del año: World Without End (“Book Without End“, me dijo alguien). Secuela del muy exitoso e igualmente largo Pilares de la Tierra, resulta menos intenso, pero grato y eficaz para el ocio prolongado.

Los releídos consentidos: Corazón, Diario de un niño (uno de los primeros libros que recuerdo haber disfrutado, junto al Principito) y Stalky & Co., que tiene acá su propia reseña. Ambos los releo con cierta frecuencia desde hace años.

El feliz hallazgo: Augie Wren’s Christmas Tale, un breve relato navideño de Paul Auster en estado puro: inesperado y nada convencional.

El que más me hizo reír: El amor dura tres años, de Beigbeder. Ácido, irónico, realista (o algo así) y divertido.

El libro desmitificador: Hidalgo e Iturbide: la gloria y el olvido, de Armando Fuentes Aguirre, “Catón”. Primero de una serie sobre historia de México que debería ser lectura (y relectura) obligada en lugar de los infumables ladrillos de muchos historiadores, cronistas y pedagogos. El autor divide sabiamente sus cientos de páginas en brevísimos y sabrosos capítulos.

Los autores del año: Lucy Maud Montgomery, antes desconocida para mí (escasamente editada en español, pero muy disponible en inglés gracias al Proyecto Gutenberg) y Juan Villoro, a quien encontré primero como columnista y luego descubrí en libros fluidos y amenos.

Los inconclusos: Que no muera la aspidistra de George Orwell y Sueño profundo de Banana Yoshimoto. Ambos libros serán terminados  (fuera de la cuenta 2010) ahora que las aguas están mucho más tranquilas que cuando los comencé. Sobre todo Orwell, santo patrono inspirador de esta pocilga.

El autor que me sigue asombrando: Luis Sepúlveda. Poco a poco he leído lo que publica y hasta ahora no me canso de recomendarlo y regalarlo, especialmente a quienes disfrutan los libros de viajes narrados en primera persona. Si no lo conocen, denle una oportunidad.

La materia más abundante de 2009 (sin premeditación) fue  la literatura para niños y adolescentes: Desde Ana de las Tejas Verdes y Emily Byrd Starr hasta Robinson Crusoe y Los Tres Mosqueteros, pasando por El libro salvaje de Juan Villoro, Corazón, Crepúsculo, J.K. Rowling y una sorprendente serie “mitológica” de Rick Riordan sobre Percy Jackson, hijo de Poseidón. Algunos los disfruté (varios, igual que la primera vez que los leí); otros llegaron a las listas de lo mejor y lo indeseable.

Termino estas recomendaciones con dos perlas electrónicas: Todo empezó con Julio Verne y Dos cubanos en el mundo del cha-no-yu. El primero es un libro disponible bajo licencia Creative Commons sobre las nuevas maneras de comunicar noticias que poco a poco se convierten en norma; el segundo, un extraordinario relato “en directo” que muestra cómo  un encuentro entre culturas no tiene que ser encontronazo para causar impacto. Agradezco el envío a sus respectivos autores, Ramón Pedrosa López (sin blog por el momento) y Gustavo Pita Céspedes (quien escribe cada domingo en nuestro imprescindible Diario de la Pelusa).

Tengo mucho por leer en este 2010; espero lograr por lo menos cuatro grandes pendientes: dos libros “canónicos” que me negué a leer por obligación (de eso escribo después), El Quijote (hace mucho tiempo que no lo releo) y… El Maestro y Margarita, que no logro superar, quizás por la dispareja calidad de la traducción.

En estos días me he dedicado a lecturas fuera de programa, como dirían Les Luthiers… eso y la aparición del Pato Lucas me recuerda algo muy especial que esperaba turno. Ya les contaré. Por ahora… ¡a leer!

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Arcón de letras 2009 (I. Lo mejor y lo peor)

El bibliomano de Carl Spitzweg, ca. 1850 (Wikimedia Commons)

El inicio de 2010 invita a repasar los libros que hicieron memorables, tediosos o simplemente llevaderos los días del año que terminó. Fue muy bueno, otra vez rebasando el reto de los 50 libros, pero sin superar las 90 lecturas de 2008. Las muchas páginas leídas y la gran cantidad de cosas que quiero decir me obligan a separar la reseña en dos posts.

Estas son mis mejores lecturas de 2009. Subjetivamente, como debe ser, y sin orden de preferencia. La lista completa está en el reto de los 50 libros.

1. Vencer al dragón, Barbara Hambly. Una historia sobre las aventuras que aderezan la vida. Ah, con dragones, caballeros y magia, heroísmo espontáneo y protagonistas únicos. Las compras impulsivas Los instintos de lector aún funcionan.

2. La saga Artúrica de Bernard Cornwell (El rey del invierno, El enemigo de Dios y Excalibur). Los personajes secundarios narran (y a veces se roban) la leyenda del rey Arturo, entramando historia y ficción en un relato excepcional, lejos del lugar común… y profundamente verosímil, además de bien traducido.

3. Emily of New Moon (y sus continuaciones, Emily’s Quest y Emily Climbs), de Lucy Maud Montgomery. Aunque el personaje más célebre de L.M.M. es Anne of Green Gables, o Ana de las Tejas Verdes (con un “culto” comparable al de Sherlock Holmes), la trilogía de Emily, una niña imaginativa que quiere ser escritora, me atrapó. Quienes hayan disfrutado con Louise May Alcott deben acercarse a esta autora. Quienes crean que los personajes de Alcott eran divertidos pero no muy sólidos, también.

4. Puerta al Verano, de Robert A. Heinlein. Los viajes interestelares como deben ser, o como no esperamos que sean. Una razón para leer ciencia ficción con la seriedad que se merece sin dejar de divertirnos.

5. Palmeras de la brisa rápida. Juan Villoro rescata, desde el punto de vista “extranjero”, los vínculos que lo unen con la tierra de sus antepasados y la historia familiar, al tiempo que describe un modo de ser y de pensar no exento de humor pero indudablemente original. Aquí debía estar también El libro salvaje, una historia sobre quienes aman a los libros que sería mejor sólo si fuera cierta.

6. Tres lindas cubanas de Gonzalo Celorio fue un descubrimiento, y una fortuna leerla detrás (y a ratos a la par) de Palmeras, porque ambos abordan una misma época y región, guardando (aquí sí vale el cliché) las distancias, quizás sólo geográficas. Queda también Cánones subversivos, ensayo-homenaje acerca de libros, autores y lecturas que fue inevitable comprar tras leer un par de páginas en la librería.

7. El pez dorado, de J.M.G. Le Clézio. Como el chocolate amargo (o un buen Merlot), una historia llena de sabores, insinuaciones y regusto, sobre marginalidad, pero más que eso,  sobre la esclavitud más dolorosa: la autoimpuesta. Un tanto artificial por sus generalizaciones, pero con personajes bien construidos.

8. On writing: A memoir of the craft. Más allá de explicar por qué y cómo escribe, Stephen King demuestra que sabe su oficio y hace una interesante catarsis personal. Un libro sorprendentemente útil  para cualquier interesado (poco o mucho) por el tema de la escritura y lo que implica “desde dentro”.

9. El curioso incidente del perro a medianoche, Mark Haddon. El protagonista de este libro habla sin adornos, resuelve un crimen, destapa una red de hipocresías “socialmente aceptadas”… y es un niño autista. Decir que es un libro divertido y estremecedor no le hace justicia. El relato supera las limitaciones de la traducción, aunque es mejor leer el inglés original.

10. Vida, pasión y muerte del mexicano. Joaquín Antonio Peñalosa descifra con ingenio y afecto (hasta con precisión quirúrgica) la extraña criatura mexicana. Una “lectura de comprensión” que merece lugar permanente en la biblioteca al lado de El rediezcubrimiento de México, de Marco A. Almazán, ¡Ask a Mexican! de Gustavo Arellano, y México: lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su país, de Denise Dresser y Jorge Volpi. Y junto al Laberinto de la soledad.

11. Nombre de torero, Luis Sepúlveda. Una novela negra con ingredientes exactos… y hasta un perro llamado “Canalla” (palabra). Magnífica manera de terminar el año.

Los menos buenos:

1. Crepúsculo, Stephenie Meyer. Ni siquiera lo terminé; debo reconocer que los vampiros emos no me resultan interesantes. Con perdón de los numerosos fánses de esta serie, en cuanto a novela de vampiros aún me quedo con Drácula, y en cuanto a película, con Los muchachos perdidos.

2. The tales of Beedle the Bard, J.K. Rowling. Aunque fue una buena herramienta de altruismo (para fines benéficos), esta colección de cuentos no aporta mucho a la mitología Potteriana. Los libros 1 a 7 de Harry Potter serán muy releídos, pero éste no.

3. El último merovingio, Jim Hougan. Una historia sobre la descendencia de Jesús que pudo haber sido mucho mejor pero cae a plomo a partir de la mitad.

4. Los escritores invisibles, Bernardo Esquinca. Brevísima novela que, para mi gusto, termina cuando parecía que iba a ponerse interesante.

5. El viaje de la reina, Ángeles de Irisarri. La anécdota central, un viaje por España en tiempos de la dominación árabe, prometía pero se quedó corta. Sobre esta época y esta anécdota (en parte), es mucho mejor Al-Gazal, el viajero de los dos Orientes, excelente libro de Jesús Maeso de la Torre.

6. Sueño profundo. Había leído dos libros de esta autora (Tsugumi y el memorable Kitchen) que considero muy buenos. Éste, sin ser malo, no me atrapó. Quizás por estado de ánimo, pues los relatos son un tanto fríos y hasta depresivos.

En el siguiente post, más recomendaciones: los hallazgos, los inconclusos… y algunos pendientes. Espero que este 2010 traiga tantas buenas letras como 2009.

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Nota tras nota, botella tras botella

Una genial animación clásica que también forma parte de los recuerdos y la educación (musical, por supuesto). Disfrútenla con moderación.

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Magos, hombres y salvajes

Kipling-by-Sir_Philip_Burne-Jones_1899WikimediaCommonsHarry Potter tuvo mejor suerte que Mowgli al emigrar al cine, gracias sobre todo a la vigilante presencia de su autora y a millones de entusiastas de la comunidad Hogwarts. En cambio, quién sabe qué diría Kipling si hubiera visto a la ranita de Raksha como lo dibujó Walt Disney. Probablemente (esa es mi opinión), habría disfrutado el extraordinario doblaje al español, encabezado por Tin-Tan, Pelayo y Flavio. La música de esa película (que en CD es “cuento musical” narrado por Bagheera) es un antídoto para el mal humor. Pero ese no es mi punto de hoy.

Kipling cultivó un fino sentido de la ironía. Todos los libros que le conozco incorporan algo de esto, desde la broma ligera hasta el sarcasmo. Pero hay uno que puede serle grato a quienes, por haberlo conocido en Hogwarts, quieran saber cómo es la vida “real” de interno en un colegio tradicional británico: Stalky y Compañía.

En el centro de la historia (que transcurre a finales del siglo XIX) está un trío de amigos adolescentes: Stalky, aristocrático y rebelde; M’Turk, impulsivo y fuerte, y Beetle, tímido e inteligente. Juntos, reciben formación basada en principios muy simples: el honor (de mi Casa) es lo más importante, los alumnos existen para aprender, y las mejores herramientas pedagógicas son experiencia, intelecto e impacto. Físico, principalmente.

En tan sólida institución, los personajes se las arreglan con imaginación, aprovechan la ingenuidad propia y ajena, y se gradúan evitando darse a conocer demasiado. Por lo menos algunos. Eso sí: quienes enseñan no siempre son los que tienen un título para hacerlo. Y los alumnos del colegio llevan al extremo su devoción por la Casa, sin necesidad de varitas mágicas.

Stalky y Cía. es una novela fiel a su época y a las características de la educación preuniversitaria de entonces, lo cual significa que no necesariamente es para el mismo público que ha leído a Harry Potter. También es un poco autobiográfica, porque los tres protagonistas existieron en realidad, aunque no se llamaban exactamente como en el libro, y uno de ellos llegó a Nobel. El texto en inglés es fácil de encontrar por Internet.

De algo estoy seguro: Jo Rowling debe haberlo disfrutado mucho, y aunque los personajes de Kipling no se parecen del todo a los del universo Potteriano, cuando un libro es bueno, hasta Walt Disney puede aprovecharlo, si aprende a buscar lo más vital.

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Corriente Explicaciones Marranadas

Qué hacer con el quehacer

Si el ingenio bastara para hacer un retrato, a más de uno se le ocurren ejemplos.

Escena primera: Un pequeño defecto

Escena segunda: Que sabiéndolo emplear aleja el peligro

Escena tercera: Pero eso no es dispensa

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