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Hace mucho, mucho tiempo, había una mujer insatisfecha...

Ese podría haber sido el arranque de una historia. O la historia de un arranque.

Mejor pasen a leer mi turno de octubre en el colectivo Escribidores y Literaturos que,  si Pitágoras no miente, llega hoy a las 250 publicaciones. Esa sí es una historia.

"Abandono". Como dice el dicho: si no hay olor, no hay orégano. O algo así.

AVISO PARROQUIAL

La realidad "real" es exigente, pero fructífera. La pocilga y sus habitantes reaparecerán muy pronto con más suciedad, digo, regularidad. Estéi tuned.

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... pero en vez de contar qué ha sucedido, mejor lo cantamos. Más o menos.

AVISOS PARROQUIALES (por supuesto)

En junio sucederán algunas cosas nunca vistas en la pocilga (y en otros lares).  También habrá reapariciones, números cabalísticos y plazos cumplidos, aunque sea en abonos. Estéi tuned, y gracias por seguir aquí.

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Comienza un año que --dicen-- hasta los mayas creen ominoso.

Fiel a su tradición (o contradicción), este chanchopensante propone una alternativa en su primera participación de  2012 en Escribidores y Literaturos. Pásenle pues.

Sin sombras. Deje usted su nube (negra o colorida) antes de entrar.

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No había dónde voltear ni de dónde agarrarse. En un instante, las palabras no llegaron a producirse, la música quedó sin emitir, y las noticias importantes del día pasaron a segundo plano.

En la superficie, todo enmudeció, mientras recordábamos, y no de buena manera, aquello de "retiemble en su centro la tierra".

Enseguida, el silencio. Entonces --dijimos-- todo terminó, y salimos al patio para escuchar que debíamos volver a casa, ese lugar que creíamos seguro e iluminado, y que pronto descubriríamos en ruinas.

Era la mañana del 19 de septiembre de 1985.

Ese día, entre todo lo que vivimos, hay algunos recuerdos especiales. No fueron los funcionarios, ni los partidos políticos, ni las ONGs, quienes salieron a las calles a extender la mano.

Nunca supe, por ejemplo, el nombre de las dos personas que llegaron a mi casa para preguntar, de parte de la familia (a más de dos mil kilómetros de distancia), si todos estábamos bien. No pude contar el número de bolsas que cientos de estudiantes acomodamos, rápido y con seria concentración, para armar almuerzos destinados a los socorristas y voluntarios que acudían a remover escombros.

Recuerdo, entre los miles de mensajes personales que se emitieron por radio abierta y banda civil, las ofertas de equipo, ropa, albergue, medicinas, agua, teléfono, disponibles para quien lo necesitara. Hubo incluso una constructora que ofrecía tractores y grúas, sin esperar más que un voluntario responsable capacitado para manejarlos.

Sí, había escombros y destrucción. Hubo más al día siguiente, casi 36 horas después, cuando llegó la fuerte réplica y pensamos en los voluntarios, en los amigos que estaban ayudando. En todos los que esperaban ayuda y sintieron que la tierra se movía otra vez.

Hace 26 años de eso, y lo recuerdo con absoluta claridad: aunque teníamos miedo, aunque aquellos que tenían la obligación de protegernos estaban paralizados (por el miedo, por la corrupción, por el desconcierto, por el egoísmo), los desconocidos salimos a nuestras calles en ruinas, a nuestra ciudad llena de temor, muerte y dolor, "para ver qué podíamos hacer".

Y lo hicimos. Por eso seguimos adelante.

26 años después, sigue habiendo ruinas y dolor. También estamos los desconocidos,  como ayer. Para guardar memoria de lo que vivimos; para lograr, en todos esos lugares hoy heridos, lo que logramos entonces. Porque para enfrentar de nuevo la muerte, corrupción y parálisis que nos rodean no hace falta (espero) que la tierra tiemble otra vez.

 

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Pero imagínelo bien.

Si quiere cerrar los ojos es mejor.

Si prefiere pasar interminables hojas llenas de ideas luminosas, o encontrar una línea con sabiduría efímera, está muy bien.

Si en cambio busca palabras, imágenes o sonidos para reposar la mente fatigada, puede encontrarlos mejor que nadie, porque usted sabe lo que le conviene, busca o necesita.

También es posible hallar (pero buscando bien) una palabra de aliento, aunque no venga de Eolo o del Céfiro. Pero eso sí, con olor a hierbabuena, no a aromatizante de taxi.

Lo que no encontrará por aquí es engaño descarado, sarcasmo repentino o falsedad flagrante.

Es día de los inocentes, y aquí en la pocilga todos lo son, aunque a veces necesiten dar muestras de lo contrario.

Recuerde: pensar es difícil, pero es un riesgo que cada quien debe tomar por sí mismo.

Ya está. Ahora continúe con su desprogramación habitual. Este fue  un post de servicio público.

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Una de las tradiciones más entretenidas de la época decembrina es el “Nacimiento” o  “Belén”, iniciativa de Francisco de Asís que ha servido tanto para divertir a chicos y grandes como para crear versiones que son auténtico gozo contemplativo y maravillas artesanales.

Chanchimiento.Así como hay quienes apenas lo toman en cuenta, otros se esmeran construyendo montes, lagos y casitas con cartón, heno, musgo, espejos, papel de colores, luces y hasta agua. Otros más coleccionan todo tipo de personajes, cuidando que “hagan juego” con determinadas épocas, estilos o costumbres, para enriquecer la puesta en escena y provocar admiración (como éste tropical que apareció hace tiempo en la pocilga).

Uno de esos belenes (cada año distinto, pero siempre magnífico) inspiró a cierto Chanchopensante una simpleza: “ocultar” entre los personajes a un intruso, para diversión de los espíritus infantiles y pasmo de algunos adultos especialmente celosos por la integridad artística del conjunto. Ante los hechos consumados aparecieron (ya lo esperaba) indignados argumentos de especialista, que exigían reparación inmediata: ¿a quién se le ocurre poner un pingüino?

Así surgió Crónica y aventuras de un pingüino en Palestina, miniserie de alucinación desbocada investigación prehistórica --de 2007, Antes de la Pocilga-- que ahora podemos presentar a ustedes, amigos y visitantes del chiquero, gracias al gentil permiso de la fundación provocadora, digo, patrocinadora.  En señal abierta y sin acreditación de National Geographic. (continuará)

Imagen: Artesanía yucateca con todo y chancho.

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¿Por qué la poesía no aparece en la cuenta del Reto de los 50 libros?

¿Por qué la poesía puede costar más trabajo que la prosa más densa, el ensayo más complejo y los estudios más arduos?

No lo sé. Bueno, no es cierto. Sí lo sé.

No está en la cuenta de los libros porque la poesía no se termina de leer: en cambio, se descubre, se paladea y finalmente se adopta. Como caramelo inagotable que espera sólo un recuerdo para reactivar su sabor.

También cuesta más trabajo porque desarma al lector, que no sabrá bien lo que lee pero tarde o temprano lo siente. Y de lo sentido no hay cómo esconderse.

La poesía no se anda con tonterías, pero es paciente con los bobos; no derriba muros, pero conmueve los cimientos para recordarnos dónde se apoya todo. La poesía transforma a quien la sigue con ojos, oídos, manos, sístole, alma y entraña.

Los testigos la reconocen, con un estremecimiento diferente, común a quien descubre tras la Suave Patria una Alta Traición: mismo cielo, mismo suelo, mismo y diferente testimonio. El de quien busca darle voz a un canto, a una búsqueda, que de tan urgente y tan dolida se ha escapado para reposar (ajá) sobre una página.

Felicidades a José Emilio Pacheco por su Premio Cervantes. Pero, sobre todo, felicidades a la poesía, que sigue dejándose leer. Y a veces, hasta escribir.

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Qué tres tenores ni qué las hilachas. Señoras y Señores, esto es ópera para todo público, así como muchos conocimos bastante música: a través de los personajes de Jim Henson. Muchas felicidades, Plaza Sésamo.

Por supuesto, decir Plaza Sésamo (y los Muppets) es decir Maná Maná, que también la tenemos, con todo y su insólita historia.

Y para los fánses del inolvidable Comegalletas, una doble que vale la pena.

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cafecito_WikimediaCommonsCada noche, después de apagar la única lámpara de mi cuarto, en el momento de la inmersión al sueño, comienzan los sonidos.

Cadenas, rechinidos, gritos que me rodean conjurando insomnios como maldiciones; presencias intangibles que susurran arcanos en lenguajes desconocidos pero extrañamente familiares.

Luego, silencio. La sábana empapada de sudor me atrapa nuevamente... y regresan los ruidos. Ahora son luminosos, como de fiesta, y entre las voces reconozco una palabra igual a mi nombre, aunque no me pertenece.

No quiero investigar de dónde provienen, porque para ello quizás deba despertar del todo y me perdería la tercera parte de la noche, cuando llegas con un café, que en ese momento es lo menos importante.

Lo que sigue no hay por qué contarlo, aunque ha servido para más de una vigilia y una historia.

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salgari_1wikimediacommonsComo la voz puede esconder insultos y traiciones, es necesario afilar tanto el ingenio como el mejor acero. Entonces y ahora no hay quien cuide  mi espalda mejor que yo mismo, aunque nadie sea infalible.

El niño lector aprendió a descifrar las intrigas detrás de los modales cortesanos, aunque su propia  indiferencia y frialdad fueran tan creíbles como inexistentes. Igual que sus personajes predilectos, cerró los puños ante aquello que veía pero no sabía, al menos entonces, remediar o suavizar.

Luego, la batalla. Antes de pelear, gritaba «¡Guerra y verrugas!», con un bramido formidable que hacía esconderse (por lo general bajo la cama) a todo enemigo, ya fueran monstruos, espíritus, piratas o alguaciles. Ahora, mi trabajo impone horario y condiciones para enfrentar oponentes más o menos precisos.

En los peores momentos de la lucha me serenaba mesando mi bigote. Hoy, cuando la jornada termina, repito ese movimiento ante el escritorio, y aunque es un verdadero bigote (o la sombra de una barba), no resulta igual de mágico que  el de mis correrías bucaneras.

contemplarLa satisfacción que daba contemplar un alfanje cubierto de sangre y cofres repletos de tesoros, aparece cuando termino una complicada revisión sin robarle horas al descanso o tengo tiempo suficiente para una cena entre amigos. Aunque temo no ser hoy tan veloz con la pluma como Almanegra es con la espada, puedo asegurar que sin duda soy uno de los más esforzados. El brillo de mi ojo (el que no está cubierto por un parche) es más fugaz, pero también más travieso. El adulto trabaja; el niño aún se burla del capitán Garfio.

Ahora mi patente de corso no reside en un pergamino, sino en libretas de papel reciclado y electrones viajeros. Aún existen molinos, villanos e intrigas, pero el adulto de hoy formuló hace tiempo, al tomar las armas, una divisa propia.

Huir de masas obtusas y evitar misas obsesas,
optando por las mesas, las mozas y las musas,
patronas para siempre de mis horas inconclusas
.

Ante una hoja en blanco o tras la página impresa, armado de conocimientos y palabras, mi historia continúa al lado de Almanegra mientras avanza, sobre un caballo de imaginación, en el camino verdadero de los héroes.

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