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Uno de los novicios se acercó al maestro para preguntarle si era cierto que la senda de la contemplación exigía olvidar los sentimientos para lograr la perfección.

El anciano monje pidió a su discípulo que le contara quiénes eran sus padres y cómo era la vida en el remoto país donde había nacido.

Conversaron largo rato sobre las experiencias de cada uno dentro y fuera del monasterio, y al final, mientras el joven discípulo saboreaba sus recuerdos, Lou-Sin sonrió y le dijo:

Ahora sabes que el corazón es más elástico que irrompible, aunque sólo haya una manera de aprenderlo.

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Tras presenciar una acalorada discusión entre dos de los monjes, uno de los discípulos preguntó al maestro: ¿qué es más difícil: defender la verdad o superar la mentira?

Lou-Sin levantó los ojos y dijo: Lo más difícil es conservar la serenidad, tanto al sostener una opinión como al aceptar sus consecuencias.

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AVISOS PARROQUIALES:

UNO. La ausencia virtual de los titulares de este espacio se debe a una ligera (pero imprescindible) molestia llamada vida real, que a veces se pone un poco exigente.

DOS. Los ajustes derivados del cambio de imagen de la pocilga aún no terminan con la paciencia, pero sí con el tiempo.

TRES. Por cierto, este es el post 299. Lo que sigue nadie lo sabe... pero ya llegará. Estéi tuned.

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Los maestros decidieron tomar unos días de vacaciones, y dejaron a cargo del monasterio a un recién ingresado, que había sido eficiente funcionario en el pueblo.

El nuevo administrador introdujo cambios en los quehaceres cotidianos, para disgusto de muchos que habrían querido alguien más experimentado en la tradición del templo.

Algunos se rebelaron, y a escondidas hacían las cosas "como antes", con la esperanza de que, al regresar los maestros, todo volviera a la normalidad.

Al llegar, los viajeros se incorporaron a las tareas, el monje encargado regresó a sus labores y no hubo comentarios sobre las discrepancias.

Un par de días después, los más rebeldes decidieron plantearle su disgusto y sorpresa al viejo maestro.

Lou-Sin, como siempre, los escuchó atentamente. Después sonrió y dijo:

La ira siempre cobra más caro a quien la esgrime. Y el indócil trabaja doble.

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Un hombre se acercó al maestro, para preguntarle si hacerse monje le ayudaría a dejar atrás su pasado.

Si es así --le dijo-- ¿qué significado tendrá todo lo que me hicieron y lo que yo hice antes de llegar aquí?

Lou-Sin, sonriendo, respondió: Cada instante es cuenta nueva; tu tarea es nombrarlo rencor o aprendizaje.

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El encargado de la cosecha acudió a Lou-Sin para decirle en tono de confidencia que al terminar las tareas diarias, uno de los monjes, apartándose de los demás, se convulsionaba en una esquina del huerto. El maestro prometió tener en breve una conversación con el joven monje.

A la mañana siguiente, el discípulo no estaba en el grupo de quienes acudieron a desyerbar el jardín, y el hermano hortelano, algo inquieto, le preguntó al maestro por él.

Entonces Lou-Sin, en tono de confidencia, dijo: Aunque me gusta la música, yo tampoco sé bailar, y él ofreció ir al pueblo a buscar alguien para que nos enseñe.

Luego el maestro se alejó, silbando y convulsionándose, hacia una esquina del huerto.

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Hace algunos días, Lou-Sin festejó calladamente su aparición en este plano de la existencia. Y digo calladamente no sólo porque así es él, sino porque se nos olvidó que había asomado en cierta esquina (¿o era un rincón?) de blogolandia antes de presentarse oficialmente acá en la pocilga.

Cuando el personal amenazaba con las tradicionales mañanitas, el maestro pidió que mejor le pusieran esta canción. Quizás porque ya nos ha oído cantar.

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Los discípulos le pidieron al maestro una reflexión sobre la felicidad, con la súplica de que no fuera un deseo, sino una certeza para acompañarlos a lo largo de la vida.

Lou-Sin pensó un momento, y antes de retirarse dijo:

Lo más importante para ser feliz no es buscar la felicidad, sino reconocerla.

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muso_soseki_3_wikimediacommonsUn exitoso comerciante del pueblo invitó a los monjes a pasar el día junto a un lago cercano, y envió como guías y escolta a sus dos hijos, casi adolescentes, mientras él terminaba sus quehaceres.

Más tarde, el anfitrión encontró a varios monjes braceando en reñida competencia con el mayor de sus hijos; los demás, sin dejar de vitorear a los nadadores, reían alrededor de Lou-Sin, quien trazaba figuras en la arena de la orilla aconsejado por otro niño.

Al ver llegar a su padre, los niños callaron de pronto, con los ojos brillantes, luchando por contenerse.

Los monjes saludaron a su anfitrión, que balbuceaba una disculpa cuando Lou-Sin dijo:

Gracias por esto; el juego y la diversión también requieren buenos maestros.

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muso_soseki_3_wikimediacommonsAl saber que se había agotado el combustible en el monasterio, un joven leñador se ofreció a ir al bosque vecino en compañía de un monje veterano, encargado habitual de esa tarea.

En el camino, el monje propuso juntar ramas y desarraigar tocones con un azadón,  que aunque les exigiera mucho tiempo o varias visitas, era lo que siempre había hecho. El leñador repuso que era mejor idea emplear  el hacha en uno o dos troncos, para  abastecer al monasterio de una vez y dejar que los árboles jóvenes crecieran más.

Cada uno de ellos sostenía su punto de vista con energía, y dándose cuenta de que no podrían convencer al otro, decidieron acudir al maestro para resolver la discusión.

Lou-Sin escuchó atentamente a uno y a otro, y finalmente dijo: Lo importante es que el fuego no se extinga.

Entonces los dos comprendieron que, para hacer bien su trabajo, era más necesario aprender juntos que demostrar quién tiene la razón.

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Uno de los discípulos tenía dificultades para los ejercicios de meditación, y acudió a Lou-Sin en busca de consejo.

El anciano monje le dijo: Antes de meditar, sueña; después de meditar, ríe.

Está bien, maestro; --repuso el aprendiz-- pero ¿qué hago durante la meditación?

Entonces Lou-Sin le contestó: Medita, hasta bostezar.

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