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Si el ingenio bastara para hacer un retrato, a más de uno se le ocurren ejemplos.

Escena primera: Un pequeño defecto

Escena segunda: Que sabiéndolo emplear aleja el peligro

Escena tercera: Pero eso no es dispensa

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Una reflexión entre amigos de hace unos días me recordó un párrafo encontrado hace tiempo en el éter internáutico, y me parece valioso compartirlo a raíz de algunos textos aparecidos últimamente en el blogbarrio (como éste de Marichuy y éste de Pelusa).

“Tras la constitución de las Monarquías, la libertad y la obediencia quedaron sujetas a un orden racional. En las Cortes castellanas se estableció, para explicarlo, una definición clara entre fidelidad y lealtad: fiel es aquel que sigue a su señor sin preguntarse por la justicia de su causa; leal, en cambio, el que impide a su señor cometer injusticia. La lealtad es por tanto, la verdadera virtud del súbdito, que ayuda a sus gobernantes a seguir el camino recto. Porque fieles también lo son los bandoleros respecto al jefe de la partida.” Luis Suárez Fdez., La monarquía española, motor de su historia.

Sin duda es muy fuerte descubrir que la lealtad es más poderosa que la fidelidad principalmente porque para muchos, el ingrediente principal de la fidelidad es la rutina.

La lealtad tiene, en cambio, un condimento más importante: no sólo es voluntad y juramento, sino libertad, confianza, razón... y meta.

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Cada día que pasa en esta contingencia sanitaria (me niego a llamarla epidemia o amenaza mortal) parece que el infierno -o la influenza- fueran los otros. No hay mucho contacto visual, los saludos son meras inclinaciones de cabeza. El pequeño teórico de la conspiración que todo chilango lleva consigo está despierto.

En la calle, el tapabocas se ha convertido en accesorio omnipresente: desde el indígena oaxaqueño o poblano que pide ayuda a través de papelitos hasta dos asaltantes a un Sanborns. Enmedio, los demás. Quien no tenga qué hacer, mejor no salga. Pero los otros no son el infierno, sino quizás la solución.

El  temblor de ayer me recuerda el 19 de septiembre de 1985, señal "legendaria" de la paranoia chilanga y de otras cosas. Creo que hoy como entonces sirve combatir la confusión y el alarmismo con buena información y sentido común: la influenza porcina es una nueva enfermedad, que exige a todos cuidarnos un poco mejor de como lo hemos hecho hasta ahora frente a otras enfermedades, tanto personal como mutuamente.

Los investigadores, epidemiólogos y autoridades tienen su propio quehacer. Pero todos podemos hacer algo más que alimentar rumores, parálisis o indiferencia.

Quien no quiera que su estornudo o tos provoque un literal encogimiento del prójimo, debe aprender a usar siempre por lo menos un pañuelo desechable para taparse la boca, y tirarlo en la basura, no en la calle. En vez de no dar importancia a lavarnos las manos con regularidad, y no sólo "cuando se vean sucias", es momento de aprender.

A cuidar la propia salud y respetar a los demás. A salir un poco de la burbuja personal para ser solidario o pedir ayuda. A ejercitar la sensatez.

El temblor del 85 nos enseñó a muchos qué significa la solidaridad para estar más seguros. Espero que la influenza porcina sirva para aprender que la solidaridad en la higiene personal y la salud es básica para convivir como lo necesitamos siempre: con, sin, o a pesar de las emergencias.

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sarape_wikimediacommonsTiempo después de publicar un cuestionario sobre la nacionalidad mexicana que, además de instructivo, permitió sano esparcimiento en la pocilga (y nos puso en el radar de los buscadores de respuestas), Mara volvió a la carga hablando sobre  (y desde) la experiencia de ser extranjero en la propia tierra o en tierra extraña.

La reflexión que siguió no tuvo resultados tan divertidos, pero llegó más allá de lo meramente anecdótico. Para mí, la identidad no es tanto cosa de banderas o fronteras, sino más bien de hogar y vecindario: ¿dónde (y con quiénes) me siento bien, construyo, aprendo? Las reuniones sirven para abrir los ojos a otras maneras de ser y de ver el mundo, preferiblemente en un entorno amigable, variado y abierto.

angel_de_la_independencia_mexicognuwikimediacommonsCuando no es así, la clave para salir adelante no está en la fuerza de las propias convicciones, ni en mis (o sus) malas o buenas experiencias, sino (creo yo) en la capacidad de compartirlas. Eso, en otros tiempos, se llamaba "modales", o (sin eufemismos) "buena educación". Los modales sirven para que las personas convivan de modo que no resulten una carga, ni ocasionen un daño, sino que las vivencias se transformen en aprendizaje.

Vivir en el país o la región que sea y parecer "de fuera" puede provocar insultos o halagos. Lo malo es que los estereotipos sirven porque es más fácil asumir que estudiar, rechazar que convivir: tengo amigos de regiones y países (y colores y costumbres) muy diferentes, y yo no me parezco a Jorge Negrete ni a Cantinflas.

agave_tequilanagnuwikimediacommonsLo cierto es que los estereotipos no resisten la convivencia, y esa es la pregunta: ¿qué tan dispuesto estoy a convivir? Nadie es tan tonto como para no tener algo qué enseñar, ni nadie tan listo que no tenga ya que aprender.

Estoy convencido de que "lo folklórico" es casi totalmente anécdota, y sé que la realidad es mayor que los prejuicios o los complejos.

El ser humano está lleno a rebosar de esas paradojas: la naturaleza chancha (el "temperamento", el patrioterismo --que no patriotismo-- o las puras tripas) se lleva de corbata a la naturaleza pensante que, paradójicamente, después del desahogo es la que debe limpiar el tiradero, vendar las heridas o levantar los ánimos. ¡Tan divertido que es unificar el ser chancho y el ser pensante!

La bronca es la disposición y el hábito de aprender: a hablar, a escuchar, a cooperar. A elegir. Aunque no tenga siempre la última palabra.

A convivir, pues, que la vida ya tiene drama suficiente.

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Estimado destinatario:

No sé qué decirle que no suene a frase de cajón. Me piden presentar a usted, a quien no conozco, una persona que ciertamente conozco.

Si en cambio fuera usted quien me conoce, sabría preguntarme: «¿vale la pena Fulano?» a lo cual yo respondería: «¿la pena de qué?». Por eso le pedí a quien porta esta misiva que la escribiera él mismo y me la presentara para firma.

Sí, soy un hombre ocupado. Aunque no puedo decirle de Fulano algo especialmente luminoso o determinante, me gustaría hacerlo. Sería agradable, y mucho más breve, recomendar a una persona ante otra diciendo: «No sé cómo ha podido sobrevivir hasta ahora. Me atrevo a decirle que su vida será más grata y sus ingresos más considerables si decide incluir a Fulano entre los copartícipes de su nómina». O algo breve, menos agradable, aunque casi tan eficaz, y mucho más contundente: «Es mejor ganar un empleado que un enemigo». Pero si quiere frases como ésta, pídaselas a Maquiavelo.

Otra cosa más: ya sé que no le he dicho cómo se llama la persona de quien le hablo. Pero creo que, siendo los dos desconocidos entre sí, lo primero que harán será presentarse mutuamente. Entonces, usted y yo tendremos un conocido común. Le invito a tomar ese riesgo.

Atentamente,

Ivanius

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