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Chispazos Marranadas

Boletos numerados

El tiempo en la cuarentena es distinto, de un modo difícil de explicar. Fuera del espacio de esta pocilga, la realidad-real, tras casi dos semanas de encierro, empieza a adquirir rutinas específicas, y no voy a aburrirlos con ellas, pues por algo se llaman así.

Por otro lado, (re)descubro que entretejer palabras, para mí, nunca ha sido rutina, sino más bien un narrador interno que todo el tiempo tiene diferentes actividades, con un atuendo distinto. No solo el vestuario, sino también la especie (animal siempre; eso es indiscutible), el género (literario, por supuesto) y la voz (generalmente activa: los dormidos no escriben).

No soy psicólogo, así que no intentaré aclararlo (y como los psicólogos también se enredan explicando qué es la psicología, estoy tranquilo) pero el trance de escribir, visto desde mi cráneo, es como una obra de un solo actor con múltiples papeles.

Cada noche el público y el elenco son distintos, aunque la imaginación y la inspiración no han cambiado de propósito desde que las descubrí, hace ya muchos años y en presente (es decir, como regalo): especialmente hoy, y a diferencia de los gladiadores, aquí la función siempre es a vida.

 

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Chispazos Inspiración pura

Divagaciones y amistades

Hoy planeaba hablarles de cómo en las conversaciones en estos tiempos de cuaresma, perdón, de cuarentena, buscamos acercarnos empleando las herramientas que apenas hace un mes nos permitían alejarnos simulando lo contrario, o viceversa, pero iba a resultar muy filosófico o muy cantinflesco. Además, después de ordenar una repisa de mi librero más cercano (me llevó tres horas y media sacudir, digo, hojear, digo, dejar de leer los primeros diez o quince libros), se hizo de noche, así que decidí divagar un poco.

Al desviar la mirada, topé con el libro que acabo de terminar. Luego, contemplé en mi llavero, regalo de una querida sobrina, la frase en kanji “samurai spirit”, y pasé de ahí al USB donde respaldo mis archivos de trabajo. Me hizo sonreír la ironía de que todo lo que he escrito en mi vida (desde que aprendí a escribir hasta hoy, e incluso antes) quepa en un “recipiente electrónico” del tamaño de una uña. Peor: de un recorte de uña.

Tan enfrascado estaba que por un momento olvidé la cuarentena y descansé la mente. El instante fue breve, pero era necesario.

Ya sin divagaciones, recordé los intercambios de estos últimos días con gente como el superviviente de jarochilandia y el YogurMasterVeneno rifándosela en esas labores prioritarias que hacen que algo funcione para todos, y que nadie identifica hasta que hacen falta. Pensé en otra admirada amiga, combatiendo con ciencia y conciencia este y otros virus en la primera línea de defensa. Y en el segundo de mis más antiguos amigos, cuyos saberes ayudan a sobrellevar y superar los quebrantos del ánimo y la mente. También recordé (tarde, pero esa es otra historia) palabras aladas que en espacios mejores que este hacen lo suyo en recuento de la cuarentena, y que me dieron el empujón para revivir esta lodosa pocilga. Además, acabo de saber de un testimonio muy cercano que también aporta, desde la realidad, claves para entender que esto es serio y que no hay seguridad de que para todos sea leve, así que por eso es indispensable cuidarnos cada quien y entre nosotros, como precaución indispensable y básica.

Desde aquí deseo, para todos, pero especialmente para ellos y los demás como ellos, que puedan tener esos instantes de distracción y reposo, junto a lo necesario para el cuerpo y el alma, y les envío un abrazo desde mi trinchera de letras, agradecido con cuantos hacen no sólo lo que pueden, sino más allá, impulsados por el valor y la esperanza. ¡Sigamos adelante!

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Borrones Chispazos

I Java Dream (reloaded)

En la súbita vigilia del despertar, algo rompe una conexión entre neuronas, y de esa luz, en vez de una cefalea, o más bien junto con ella, nace una idea, que primero hace parpadear y luego zumba peor que un taladro de dentista.

Para despejar ese golpeteo, ayuda tener a mano una hoja en blanco, pero más aún, paciencia, porque el chispazo no se deja ensartar fácilmente, y su revoloteo parece fugaz, aunque solamente hace pausa para reincidir más profundamente. Es entonces cuando la inspiración enferma.

A partir de aquí, retumba y hay tres formas de acallarla: la liberación, el abandono o el diálogo. Cuando parece más poderosa, urge saber si es espejismo o verdadera joya, pero no puedo decidirlo. Así se quiebra el encierro dentro de mi cabeza y otra voz, la experiencia, disecta con sutileza implacable.

Allí es cuando la rutina me rescata: los movimientos, las proporciones que conozco más allá de la memoria, y luego el vapor que sacude al olfato.

Por fin soy yo otra vez, como (casi) siempre. Bendita cafeína.

 

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Chispazos Explicaciones

Aquí nomás traslomita

Dicen que encontrar lugares novedosos es uno de los goces de viajar… o privilegio de los desorientados, como cierto personaje de este chiquero que cuenta la historia de un pingüino en Palestina.

Por eso tengo un amigo imaginario, Servando, que me escolta cada vez que salgo a la calle (cuando salía, es decir, antes de la cuarentena), armado con optimismo y nulo sentido de orientación espacial.

Gracias a él (a Servando), no necesito levantar los ojos al cielo (al fin que el smog oculta las estrellas) ni esforzarme para leer desde lejos letreros que sólo confirman mi ignorancia. ¿A quién, pregunto, le sirve saber que una misma calle puede tener tres, cuatro o más nombres (y uno, o dos, o ningún sentido) según se avanza? A mí, no.

Así de personalísimas son las opiniones de algunos repartidores—perdón, operadores expertos de entregas a domicilio, que a lo largo de los años se han empeñado en que el número de la casa donde vivo no existe ni en mi cuadra ni en otras dos a la redonda, que es inútil que yo insista en que los números pares están en un solo lado de la calle, y que es absurdo explicarles que junto a un número par no puede haber más que otro número par, y lo mismo con los nones.

También recuerdo cuando las orientaciones para el camino se enviaban y recibían a través de “Banda Civil”, aunque a mis más jóvenes contertulios y a varios contemporáneos (de ellos y míos) les parezca algo tan indescifrable como el sistema de coordenadas, los cuadrantes en un mapa (de papel, obvio) o el código Morse, que no se parece ni tantito al código DaVinci.

Ah, pero por supuesto, si el Waze tuviera sentido común y Google Maps admitiera anotaciones, le serían útiles hasta al buen Américo Vespucio. Perdonen la nostalgia.

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Chispazos Corriente Happy-Happy Joy-Joy

Leer para (no) estar solo

Tal vez fue Hemingway, o tal vez mi abuelo el que decía que quien sabe estar solo no necesita compañía para entretenerse. Seguro hablaban de un lector; aunque los escritores intenten exprimir la soledad, el lector no necesita hacerlo, porque simplemente se acomoda en ella.

Ese interruptor que se encendió una vez ante las letras y ya no tiene apagado ayuda a enfrentar las realidades circundantes (qué bonita palabra), aunque parezca que no saco las narices de la página. Leer exige pensar, y eso, aunque poco popular, descifra el entorno a golpe de neuronas y capítulos.

El encierro de la cuarentena se parece al lector sumergido en un relato. Las amenazas del exterior son pocas pero puntuales: el tono de mensaje, el cambio del día a la noche (o viceversa) y los aguijones del hambre y la sed, que se presentan solo cuando el libro pasa por una laaaarga descripción, un “momento de hueva” del traductor, o peor aún, una errata.

Pero ninguna interrupción quiebra más los nervios del leyente que la voz de aquel, o aquella, que nos interpela: “Bueno, es que te vi leyendo y por eso dije: ahora que no estás haciendo nada…“.

Ojalá fuera invento, pero quien lo ha vivido puede confirmarlo. Por eso, la soledad del lector está (casi) siempre bien acompañada.

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Chispazos Corriente Marranadas

Memoria Fábula

Mis mayores, casi todos, contaban
historias varias que en su saber tenían:
también refranes y canciones, que empleaban
para ahuyentar el tedio de los días.
Así, escuchando de Esopo y Samaniego,
de Iriarte y Lafontaine, aprendimos,
sin sentirlo, a contemplar los animales
y a la naturaleza como hermanos.

Poco a poco fue cambiando el barullo
por las tareas, el estudio y el trabajo,
pero ¡sorpresa! allí cerca, en los libros,
estaban esas y otras voces pa’ enseñarnos,
de Monterroso al Conde Lucanor, el Lazarillo o Sancho,
cuando nos tropezara la memoria
o cuando el cuerpo nos llamara a descanso.

Junto a colegas, amigos y parientes
cada quien continuó su aprendizaje;
mientras, los días se nos han vuelto años.
No diré que nos hicimos eruditos,
ni que estemos en camino de ser sabios:
lo que ignoramos aún es infinito
y está por verse qué frutos cosechamos.
Pero ¡sorpresa! en las conversaciones,
y para huirle al tedio cotidiano,
aquellos cuentos y refranes surgen
(tal parece que ahora los invocamos).

El camino es ahora un poquito más nuestro
para construirlo. ¡Sigamos trabajando!

(Este poema de Ivanius apareció en el blog colectivo Una Curiosa Aventura el 25 de octubre de 2014, y lo rescato hoy para la pocilga, porque sí. Gracias a Pelusa y a Loly por aquella memorable invitación. La imagen es “Batumi country road”, de Ephraim Stillberg, tomada de Wikimedia Commons).

 

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Chispazos

Ni rostro ni nombre

Dedicado con admiración y respeto
a todos los que saben de qué hablo,
un mes después.

Tengo manos
para levantar escombros,
para pasar el agua, jalar cuerdas,
acomodar lo que llega de otras manos,
alimentos, medicinas, ropa: ayuda
venida de muy lejos o muy cerca
y que debo acercar a su destino.

Con guantes, o empuñando una herramienta
descubro que tocar sigue siendo importante.

Tengo oídos que se afinan
a pesar de la tierra que retiembla
para pescar sonidos que rebotan,
distinguir entre un eco y un ladrido,
entre la voz de alarma y la esperanza,
entre el silencio de los muertos y los vivos.

Mis ojos deben enfocarse unos centímetros
para espigar entre miles de mensajes
qué hace falta en verdad, y qué se necesita,
dónde una torta, una gasa, un sorbo de agua,
un relevo, una croqueta, un tornillo,
y dónde sobra, y que no se desperdicie
ni se pierda por no saber cuál es su sitio.

Veo cuánto asombro provoca la grandeza
y cuánta indignación la pequeñez.

No vengo a tomarme una selfie.
Miro a los ojos, presto el hombro,
incluso doblo la espalda
como otros incontables que sí cuentan.

Aquí no hay credenciales que valgan,
ni puestos, jerarquías, generaciones o consignas:
la trinchera es una sola
para la sangre, el sudor y las lágrimas.
No hay primer protagonista; cada quien actúa
en lo que le toca hacer, y aprendemos del silencio
a levantar el puño, a hacernos uno solo
en la emoción y el esfuerzo.

El pasado, con todo y fecha, es un recuerdo que impulsa,
y el futuro, lo que todos alcanzamos
un solo paso a la vez, esta vez juntos.
Lo que importa es saber que el camino es común,
y levantarnos.

Por eso no muestro mi rostro
ni mi nombre:
no hace falta.

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Chispazos Rescates

A media luz

Candle_stump_on_holder_Wikimedia_CommonsAntes, él cumplía todos mis caprichos porque podía hacerlo, y se mostraba orgulloso de mí. Las horas nunca eran iguales en este castillo, porque juntos lo llenábamos de luces.

Ahora pasa el tiempo en tonterías: “¿Qué dice mi cosita linda? ¿De quién son esos ojitos?” ¿Y ella? Vive en un país color de rosa. Tal para cual, en el trance de la bobería. Yo no los entiendo.

Hace un año, antes de que ella llegara, planeábamos festejar mi cumpleaños con un baile, un vestido nuevo y un paseo para los dos. Hoy tuve que conformarme con un pastel y una felicitación llena de prisa antes de una aburrida reunión de adultos.

Todo eso cambiará pronto. Cuando venga a buscarme mañana, sé que sólo se ocupará de mí, porque me he portado bien y fui generosa y agradecida con todos, además de obedecer como a él le gusta cuando me ordenaron retirarme a dormir.

Después de dar las buenas noches, sólo me falta dejarle una rebanada de mi pastel de cumpleaños con una vela encendida a Rapunzel, mi muñeca de trapo, que ahora duerme en la cuna de mi nueva hermanita.

“A media luz”, relato de Ivanius, apareció el 9 de noviembre de 2009 en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, rescatado hoy para la pocilga, porque sí. La foto es “Candle stump on holder“, tomada de Wikimedia Commons.

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Chispazos Inspiración pura

No estoy para decirlo

“Cuando me siento a escribir un libro, no me digo ‘voy a producir una obra de arte’. Escribo porque hay una mentira que quiero denunciar, un hecho sobre el que quiero llamar la atención, y mi primera preocupación es ser escuchado. Pero no podría emprender la tarea de escribir un libro, o siquiera un largo artículo para una revista, si ello no fuera también una experiencia estética. Cualquiera que examine mi trabajo verá que incluso cuando es propagandístico contiene muchas cosas que un político puede considerar irrelevantes. No podría ni quiero abandonar completamente la visión del mundo que adquirí en la infancia. Mientras viva y tenga salud me interesaré por el estilo de la prosa, amaré la superficie de la tierra, y hallaré placer en lo tangible y en los retazos de datos inútiles. No tiene caso suprimir ese aspecto de mi persona. La tarea es conciliar esos gustos y desagrados adquiridos con las actividades esencialmente públicas, es decir, no individuales, que esta era nos impone a todos.” George Orwell, Why I Write (1946), traducción libre por Ivanius.

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Chispazos Rescates

Paisajista

Me gusta mirar a través de la ventana. A la izquierda, tras una barda y sobre ella se alza un enorme árbol que alfombra el jardín con crujidos, recordándonos, como un privilegio especial, el paso de las estaciones. Aunque se hace odiar porque nos perjudica la limpieza, a cambio da refugio a infinidad de criaturas invisibles. El aire de la tarde se llena de trinos que compiten con el altavoz… y casi siempre ganan.

Blurry_Prison_WikimediaCommonsNadie aprovecha la sombra de ese árbol; pero es bueno disfrutarlo con la vista. Los únicos huéspedes, aparte de los pájaros y unas cuantas lagartijas, son dos o tres gatos, que se reúnen para pelear o solfear a través del muro. Prefiero sus gritos.

A la derecha, la hiedra es dueña de la pared y la reja que se alza sobre el muro; tampoco se ven las ramas del durazno entre el verde subido de la enredadera.

Frente a mis ojos, nuestro jardín. Al fondo, una formación de soldados: largos bambúes que apuntan al cielo y sacuden sus hojas bajo la incesante impertinencia del viento. No son amigos del silencio, pero me gustan porque entre sus ramas, los pájaros pueden burlarse de los gatos.

Los bambúes son los amos, y todos lo saben aunque los miren con gesto de reproche. Dicen que el camino de piedras blancas está allí para detener el avance de la hierba, pero ayuda a caminar a la vista de todos. El resultado sólo es agradable para quien no sabe cuánto pesan las piedras.

Más cerca de mi ventana, un peral, un limonero y otro durazno reposan hasta que la primavera los despierte. Entre todos ellos, una franja de hierbas y flores siempre sedientos, bajo un oscilante sol de barro que sonríe junto a la puerta de vidrio.

Hay una mirada más alta que la mía, más alta que la casa, más alta que las antenas que estropean el horizonte: un gigantesco pino como torre.

Mientras escribo, el trozo de cielo azul se ha oscurecido; los pájaros hace rato desaparecieron, mudos, entre el follaje. El viento agita las hojas; tengo una sonrisa extraña en la cara. Es hora de acostarse.

El último resplandor del sol parece un guiño brillante. Cuando veo la primera estrella, sé que llegarán a darme la medicina que me aclara el paisaje y por qué estoy aquí encerrado.

Paisajista” Relato de Ivanius. Imagen: “Blurry Prison” de Shayan Sanyai, en Wikimedia Commons. Aparecido originalmente en el blog colectivo Escribidores y Literaturos el 8 de octubre de 2009, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.