Cuando no cambio los vívidos colores de mi mente por los colores vividos, esos en los que no sólo puedo posar la vista sino las manos, sé que algo sucede.

Cuando recuerdo sin presunción, pero con algo de esfuerzo,  aquella frase cartesiana de que los sentidos nos engañan, o cuando surge en mis labios una sonrisa que poco a poco se desinfla, y de pronto parece jamás haber estado allí, estoy seguro de que la imaginación se ha adueñado del terreno.

Enjoying_Coffee_Pera_Museum_2_bCuando la velada se transforma en carrera de resistencia entre la avidez y la meta (porque a un libro se le puede abandonar, pero no a los personajes que atrapan), casi todo está dicho.

Cuando en el margen veo esa caligrafía extraña que nace de la doble penumbra de mi mente y la noche, creo que el camino ha sido demasiado largo.

Para cuando el alba traza sus primeras, tímidas, caricias a través de la ventana, únicamente la esperan los testigos de siempre.

Junto al papel, poso de las ideas, el libro que me resistía a abandonar hasta no saber el desenlace; y el pocillo con su residuo, último vestigio de un empeño que duerme, ahora que alrededor todo despierta.

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Ya hace tiempo que la noticia de este magnífico video ronda el planeta. Dura un ratito, pero la paciencia tiene sus recompensas, se los aseguro (hasta acaba de ganar el Academy Award mejor conocido como Oscar; aunque eso no es lo importante). Gracias a Pelusa por haberlo enviado acá primero, y a ustedes, por estar. Quedan en buena compañía.

The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore

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Este video circuló hace unos días por correo y en la casa de los trinos, pero es demasiado propicio para dispersar el lunes... y como "prólogo" del tradicional recuento de lecturas en este chiquero lodoso pero gozoso, que en 2011 (¡otra vez!) superó el Reto de los 50 libros. Gracias a todos los que, en el ciberespacio y más allá, me lo hicieron notar. Disfrútenlo.

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¿Qué alimenta nuestros pasos?
Los abrazos.
¿Dónde combatir la abulia?
En la tertulia.
¿Cómo disipar las prisas?
Con mil risas.

Así no alcanzan mordazas
Para enmudecer el coco:
Compensan al poeta loco
Abrazos, tertulia y risas.

Se llamaba un verso viejo
Ovillejo
Que lo parió siglos antes
Cervantes
Y se lo encontró tan pancho
el Chancho

Luego llegaron las artes:
Un tris, y quedó disparejo.
¡Buena compañía de martes:
El Chancho, Cervantes y Ovillejo!

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Frente a la taza cristalina y roja se detiene (o comienza) el tren del pensamiento. Los granos crujen, disciplinados, en la vertiginosa espiral del molino. Al abrir la tapa es necesario cerrar los ojos, para que la única sensación dominante sea el olfato.

Un chorro de agua fresca. Encima, el misterioso depósito de aluminio, canela en trozo. La avalancha de polvo marrón. Fuego, sin pelotón de fusilamiento.

Aparte, un fondo de leche, mientras el vapor comienza a hacer lo suyo, y la garganta sugiere dos gotas (o un poco más) de miel.

Por fin, el líquido cobra vida, y el contraste al servir dispersa un aroma correcto.

Va a resultar que nunca he sabido prepararlo, o que la mística de la tisana, la infusión o el brebaje de turno es solamente pretexto, punto de apoyo, para el vuelo mental.

La verdad, eso ahora no importa: ha comenzado un nuevo día.

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Del pueblo cercano al monasterio llegó la advertencia: una banda de forajidos estaba cerca. Al enterarse, algunos de los discípulos comentaron las leyendas que describen a los monjes como implacables expertos en artes marciales bajo una apariencia insignificante.

Con cierta inquietud (y algo de imprecisa esperanza), uno de los más jóvenes le preguntó al viejo maestro si era posible estar preparados para la adversidad.

Entonces Lou-Sin sonrió y dijo: lleva la serenidad como tatuaje, no como armadura; así no estorba ni amenaza, pero sirve para identificarte.

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Entre los usuarios de cualquier idioma se critica a lo académico por ser pendular: o muy dentro de la torre de marfil, o muy al ras de calle. También los críticos de la academia padecen el defecto que señalan: su amor por la escuela de la vida los hace desdeñar el claustro, aunque regodearse en el conocimiento de lo coloquial no es síntoma seguro de calidad.

Como tránsfuga que soy, no busco arbitrar; tampoco mantenerme en "el justo medio" que preconiza Tomás de Aquino. Sin embargo, echo en falta para ambos la autocrítica del humor, no tan extremo (o a veces sí) como el que ejercía Raúl Prieto Río de la Loza, mejor conocido como Nikito Nipongo, qepd.

Un diccionario (académico o no, especializado o no) nunca cubre la totalidad de la riqueza técnica y/o vital de las palabras que invocamos todos los días, y sirve mientras no pretenda ser LA autoridad, precisamente por esa razón: el uso.

El lenguaje ES por el uso que hacemos de él, no por el registro de su existencia. La lengua sí se construye de boca en boca y de artículo en artículo, y sólo a posteriori de diccionario en diccionario. El diccionario, sin embargo, está más cerca de las palabras sedimentarias que de las voces metamórficas, y por eso vale, aunque a veces lo que incluye o excluye arda como magma. Fin del paralelismo geológico.

La reflexión va en ese sentido. En mi caso, un diccionario de consulta y uno de trabajo se distinguen por el deterioro (que denuncia el uso); la practicidad los acerca al escritorio o los destierra a las repisas altas del librero. Por eso, un diccionario pensado para estar "a la mano" debe ser edificado con ese criterio: si tomarlo con una mano provoca esguince, no es un diccionario manual; si tomarlo con las dos manos no despeja la duda que llevó a consultarlo, no es tan útil.

Una duda que requiere consultar diccionarios en cadena puede dar origen a un ensayo o tesis, pero resulta fastidiosa cuando lo que quiero es aclarar por qué abocar no es lo mismo que avocar, y usar pronto la palabra correcta para lo que pretendo decir.

Creo que lo más importante siguen siendo la lectura y la práctica; querámoslo o no, es nuestro testimonio lo que mueve a las palabras, para usarlas o para discutirlas.

Entre quienes leen y escriben no hay sólo especialistas, y la Academia ya no está formada sólo por estudiosos y escritores de lenguaje siempre exquisito. Saberlo es bueno para leer y escribir con cautela... y mantener los ojos (y oídos) bien abiertos.

En cuanto a hacer crítica, o como alguien sabiamente me dijo, cagarse o no en las limitaciones y carencias de un diccionario (o de un autor, o de un idioma)... eso hay que contrarrestarlo obrando bien. Es decir, con buenas obras, que combatan tanto el estreñimiento mental como la diarrea léxica.

Eso digo yo, sumergido en el lodo de una pocilga de letras (o letrina).

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A consecuencia de ese inconveniente llamado "vida real" (y sin remordimientos, gracias al Decálogo del Lector de Daniel Pennac, extraído de su libro Como una novela), la lista que en 2008 tuvo 90 títulos y 84 en 2009, se redujo a "apenas" 62 tres años después. Diré para equilibrar que lo escrito tanto en la pocilga como en EyL y en otros ámbitos más personales superó por mucho mis expectativas. Pero pasemos a lo que nos truje, chanchos.

La mejor recomendación del año: Niebla, de Miguel de Unamuno, que además de reivindicar —es un decir— 😉 a Diana, fue lectura transmitida "en vivo" por Twitter. No deben perdérselo (el libro).

Un regalo bienvenido: La Virgen de los Deseos, de Néstor Taboada Terán, recibido en memorable ocasión junto a un plato de sushi. Narrativa mágica, erótica, autóctona, original.

El hallazgo: Las hijas de Romualdo el Rengo, cuento del inolvidable Cri-Cri. Un libro para perseguir en librerías de viejo y ferias de remate, y conservarlo siempre.

La rareza: The Son of Porthos, libro atribuido a Dumas, pero escrito en realidad por Paul Mahalin, contribuyente a la leyenda inmortal de los mosqueteros.

De tripas, corazón: Mundo del fin del mundo, con una gran reseña escrita por Pelusa. Luis Sepúlveda sigue pareciéndome un escritor cuya producción entera es digna de leerse.

Risa bienvenida: Pura anarquía, de Woody Allen. Hay que estar habituados a este tipo de humor, no totalmente norteamericano ni totalmente digerible. Más bien humor gris oscuro, con un poco de sal.

Rescate para los vampiros: Después de la decepcionante experiencia en 2009 con los vampiros emos de Stephenie Meyer, fue refrescante (y escalofriante) descubrir la trilogía en progreso de Guillermo del Toro y Chuck Hogan. Hasta ahora, los dos primeros libros (Nocturna y Oscura) han resultado muy satisfactorios.

Ahora sí, las listas (subjetivas y en desorden, como siempre). Primero lo "bueno":

1. Matadero Cinco, Kurt Vonnegut. Alegato lleno de ironía, humor y crudeza sobre la guerra, narrado desde la lucidez que brinda la locura. Quienes combaten suelen ser olvidados por quienes los envían a combatir... y eso vale para todo tipo de luchas, incluso las que no usan balas.

2. Estupor y temblores, Amélie Nothomb. Sátira del mundo corporativo en un país que le rinde culto extremo al organigrama. El sabor de boca es más fuerte mientras más se parezca a lo que el lector haya visto o vivido. Otra cara de Japón que no es muy grata de ver.

3. 8.8: El miedo en el espejo, Juan Villoro. El terremoto en Chile que dejó varados (entre muchos otros) a un grupo de mexicanos sirve para recordar nuestro sismo de 1985. Crónica en paralelo de solidaridad, miedos y desenfado: gozosa y agridulce lectura.

4. Mal de escuela, Daniel Pennac. La transformación que experimentan los malos alumnos gracias a los buenos maestros, y cómo entenderla y aplicarla desde dentro. Urge que alguien haga una titánica obra de misericordia y se lo explique (o traduzca o deletree) a varios dizque maestros que infestan e infectan aulas, podios, curules y presupuestos por doquier. No digo nombres, porque esta es una pocilga decente.

5. Sherlock Holmes de Baker Street, W.S. Baring-Gould. LA Biografía (con mayúsculas) del más grande detective consultor de todos los tiempos, con lo que todo fan quiso saber o se imaginaba preguntar.

6. El inventor de palabras, Gerard Donovan. Un hombre que sabe leer y cuida su biblioteca tiene un perro; algo le pasa a uno y el hombre lo resuelve, digamos, gracias a lo otro. El único defecto de esta novela es la traducción, que a veces desinfla un poco la impactante historia.

7. Manual del distraído, Alejandro Rossi. Recopilación de artículos, ensayos, reflexiones, apuntes y hasta relatos que iluminan la mente, ponen a trabajar la imaginación y hacen volar el tiempo.

8. Un día de cólera, Arturo Pérez-Reverte. En registro "latino", podría verse como gemelo del libro de Kurt Vonnegut. También es un vistazo a lo que sucede cuando quienes tienen el poder lo emplean para oprimir... y el estallido que provocan. Narración en parte ficticia de un suceso histórico que funciona hoy como advertencia.

9. Si una mañana de verano un niño, Roberto Cotroneo. Un ensayo para explicar, sin pretensiones, algunos libros que, más allá de su condición de "clásicos", enseñaron a un padre a disfrutar la lectura. Escrito, como dice el subtítulo, en forma de Carta a mi hijo sobre el amor a los libros.

10. Romper una canción, Benjamín Prado. Crónica de dos amigos y su viaje para escribir las letras de "Vinagre y rosas", el más reciente CD de Joaquín Sabina. Pleitos, Praga y parrandas en un ejercicio de escritura tándem transformado en canciones a través de música, experiencias y palabras.

Los "malos" (que no lo son tanto):

1. The front, Patricia Cornwell. Bueno para el ocio absoluto pero no mucho más, sobre las tentaciones que el poder y la corrupción esconden en un "pueblo chico" convertido, por azares de la política y algún secreto, en apetitoso botín. Una historia floja, punto.

2. La muerte de Amalia Sacerdote, Andrea Camilleri. Esta novela retrata en todos sus personajes el "no veo-no oigo-no digo" que es fórmula de la corrupción. Por eso no llega a ser un escapismo literario, sino una novela negra negrísima, con absoluta economía narrativa, y quizá por eso hace sufrir al lector. Un reverso de ficción que trae a la mente el Gomorra de Roberto Saviano.

3. Gran Canaria, A.J. Cronin. Esta la leí sólo para pasar el tiempo, pero no resultó suficiente. Sin duda, los mejores personajes de este autor son los médicos y enfermeras de sus otras novelas, y el inolvidable protagonista de Las llaves del Reino, que se cuece aparte.

En esta ocasión, hubo varios libros abandonados o inconclusos, pero quiero mencionar dos: Shalimar el payaso, que no me atrapó a pesar de todos mis esfuerzos; y De A para X: una historia en cartas, lectura exigente que (digo yo) una traducción irregular hizo más complicada.

En un próximo post, y para terminar este tema... por ahora, hablaré de otro aspecto de la aventura lectora 2010 que resultó sorprendente: los reencuentros.

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Cuando era niño, al visitar a amigos, familia o vecinos, mi primer impulso (que conservo, aunque procuro disimularlo) era buscar libros. Muchas veces encontraba una enciclopedia, un diccionario algo manoseado y tres títulos recurrentes: la Biblia, El Quijote y La Divina Comedia en formato grande "con estampas de Doré", y ocasionalmente Arreola o Ibargüengoitia, eso sí, en una repisa alta, lejos de las manos infantiles.

Ambas cosas, la escasez y la inaccesibilidad, me parecían algo extraño e inexplicable porque aunque sabía que no todos los libros eran para niños, en casa no había prohibiciones directas; más bien, la curiosidad de leer recibía amplias y oportunas sugerencias. No sólo "cuentos", como llamábamos a las historietas, comics o tebeos, sino también novelas y relatos en versiones completas o adaptadas.

Generalmente el día de Reyes llegaba algún nuevo personaje. Así aparecieron Tom Sawyer, El Principito, D'Artagnan, Dick Sand y Enrique Bottini, junto a Astérix y toda la pandilla de Quino, entre otros.

Con el aumento de estatura física y mental pude alcanzar poco a poco otros autores y personajes de repisas e ideas más altas: Sherlock Holmes, Nils Holgersson, El Lazarillo de Tormes y el tío Tom, así como Ivanhoe y Sancho Panza. Claro que hubo tropiezos, pesadillas y disgustos, pero la abundancia de buenas letras ahogó los malos recuerdos mientras ayudaba a crear un gusto propio.

El nuevo año invita a repasar la biblioteca que, tras doce meses de visitas, reacomodos,  despojos préstamos y una que otra aportación voluntaria, queda en evidente estado de caos, favorable a la ofrenda a las musas y para hacer espacio a nuevas páginas. Por eso pronto aparecerá el recuento-reseña de chancholecturas 2010; los esperamos con todo y sugerencias para la cacería de letras en el todavía flamante 2011.

SEGUNDO AVISO PARROQUIAL

Con esta noche de Reyes llegó mi nuevo turno en Escribidores y Literaturos, Aroma de año. Asómense si gustan; allá o acá son bienvenidos.