Grandma's_Favorite_(detail)_Wikimedia_CommonsEn todos los años que llevo aquí, jamás me ha interesado saber sus nombres, pero a veces escucho cosas interesantes. Una taza de bebida caliente basta para hacer hablar casi a cualquiera.

Así supe que la severísima anciana de la 4 era una abuelita simpática y dicharachera, a pesar de no haber vestido más que luto riguroso desde la muerte de su único marido, hace más de veinte años. Después de la segunda copa de jerez al terminar la comida, se hallaba más relajada y chispeante, llena de nostalgia por “su época”, cuando “lo que hacía la gente era conversar, no sentarse frente a la tele”.

Ante esa cita, como en tertulia improvisada, intentaron armar “uno de los cuentos de Nana” y se atropellaban entre todos para agregar detalles o comentar un pasaje. Una pareja, que estaba sentada ante otra mesa, se unió a la reunión a media plática porque el relato les hizo reconocer a sus primos, que no habían visto en años.

Visitar a Nana era tradición familiar, especialmente a fin de año. Cualquier época era, junto a ella, una larga sucesión de historias, contadas con estilo propio a un auditorio numeroso y devoto.

El jerez no podía faltar. Al retirar el pavo y los romeritos aparecía la imprescindible botella de Fino. Luego, los papás encendían un puro; las mamás servían café y alguna voz encendía el ruego: “Un cuento, Nana...”. Era el momento de los niños, aunque al escuchar “Había una vez”, los mayores también guardaban silencio. “Lástima que no hayas grabado la reunión de Navidad”, dijo alguien. “Esa vez había tres generaciones escuchándola hablar de Scrooge. Nana era mágica”.

No escuché mucho más porque se me hacía tarde para terminar la limpieza. Abandoné a disgusto mi rincón y me abrí paso entre los clientes que llegaban. Después tomé la escoba para hacer mi ronda en silencio. No hace falta hablar, porque a esta hora allá afuera sólo quedan los muertos...

"Lo que se cuenta", un relato de Ivanius, apareció en el blog colectivo Escribidores y Literaturos el 7 de septiembre de 2009, rescatado hoy para la pocilga, porque sí. La imagen es "La favorita de la abuela (fragmento)" de Georgios Iakovidis, en Wikimedia Commons.

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Pero imagínelo bien.

Si quiere cerrar los ojos es mejor.

Si prefiere pasar interminables hojas llenas de ideas luminosas, o encontrar una línea con sabiduría efímera, está muy bien.

Si en cambio busca palabras, imágenes o sonidos para reposar la mente fatigada, puede encontrarlos mejor que nadie, porque usted sabe lo que le conviene, busca o necesita.

También es posible hallar (pero buscando bien) una palabra de aliento, aunque no venga de Eolo o del Céfiro. Pero eso sí, con olor a hierbabuena, no a aromatizante de taxi.

Lo que no encontrará por aquí es engaño descarado, sarcasmo repentino o falsedad flagrante.

Es día de los inocentes, y aquí en la pocilga todos lo son, aunque a veces necesiten dar muestras de lo contrario.

Recuerde: pensar es difícil, pero es un riesgo que cada quien debe tomar por sí mismo.

Ya está. Ahora continúe con su desprogramación habitual. Este fue  un post de servicio público.

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Los maestros decidieron tomar unos días de vacaciones, y dejaron a cargo del monasterio a un recién ingresado, que había sido eficiente funcionario en el pueblo.

El nuevo administrador introdujo cambios en los quehaceres cotidianos, para disgusto de muchos que habrían querido alguien más experimentado en la tradición del templo.

Algunos se rebelaron, y a escondidas hacían las cosas "como antes", con la esperanza de que, al regresar los maestros, todo volviera a la normalidad.

Al llegar, los viajeros se incorporaron a las tareas, el monje encargado regresó a sus labores y no hubo comentarios sobre las discrepancias.

Un par de días después, los más rebeldes decidieron plantearle su disgusto y sorpresa al viejo maestro.

Lou-Sin, como siempre, los escuchó atentamente. Después sonrió y dijo:

La ira siempre cobra más caro a quien la esgrime. Y el indócil trabaja doble.

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Uno de los discípulos tenía dificultades para los ejercicios de meditación, y acudió a Lou-Sin en busca de consejo.

El anciano monje le dijo: Antes de meditar, sueña; después de meditar, ríe.

Está bien, maestro; --repuso el aprendiz-- pero ¿qué hago durante la meditación?

Entonces Lou-Sin le contestó: Medita, hasta bostezar.

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Lou-Sin parecía muy pensativo.

Cuando le preguntaron qué lo agobiaba, dijo: Si un árbol es derribado en un bosque habitado por mariposas, tal vez cayó gracias a ellas, cuyas alas suenan como una mano cuando aplaude. Aunque no haya nadie para escucharlo.

Desde aquel día los monjes creen que el maestro Lou-Sin intenta tomarles el pelo. Por eso todos son calvos.

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muso_soseki_3_wikimediacommonsDos monjes conversaban en voz baja junto al estanque del monasterio, donde llenaban de agua sendas tinajas.

Uno de ellos preguntó: Maestro, si cuando yo no esté vendrá otro monje como yo a hacer lo mismo, ¿de qué me sirvió? ¿Hay algo después de esta vida?

Lou-Sin le contestó: el agua que recoges hoy te sirve para vivir ahora. Cuando llegue lo que viene después, lo sabrás. Y cuando lo sepas, ya no tendrá importancia.

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DOS AVISOS PARROQUIALES DOS:

1. Este post va dedicado a David Carradine (1936-2009), in memoriam. Descansa en paz, pequeño saltamontes: tú ya sabes.

2. Todos los lectores, visitantes y contertulios de este cochinero están invitados a pasar lista VIP (Varios Invitados de la Pocilga) el próximo domingo.  Acá los espero (más bien allá) en compañia de algunas notorias personalidades de blogolandia... entre ellas, me honra decirlo, dos inimitables damas de esta granja, a quienes tendré la alegría de escoltar, si se dejan. Atuendo de gala opcional. (Ojo: Lo opcional es la gala, no el atuendo).

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A media conversación creí sentir que alguien nos observaba, pero desde mi lugar sólo pude captar un borrón de movimiento.

duendes_de_papel_publicdomain_wikimediacommonsLuego descubrí que se habían escondido en la coladera, junto a la silla que me negaba a mover para no poner a prueba su firmeza. No dije nada, porque aunque mis amigos están habituados a mi locura, hago cuanto puedo para no subrayarla, o al menos lo intento.

Poco tiempo antes había terminado un libro de Cortázar, el primero que (finalmente) me animé a leer. Debe ser mi imaginación, dije. Así que pedí calma y otra copa de vino. Al levantarme, puse una pata de la silla sobre la tapa de la coladera, sólo como precaución. De pronto, por un instante sentí mareo, como si súbitamente fuera una pulgada más alto.

Los duendes querían ser parte de la fiesta. Además, algo saben de magia... tal vez el cielo sea más azul, o la comida más sabrosa, o la compañía más grata, o las travesuras más divertidas entre los humanos que en los túneles donde merodean los duendes.

Lo cierto es que, a partir de entonces, cuando empiezo a sentirme aburrido, o cansado, o harto... algo me hace voltear hacia la coladera más cercana, y todo cambia.

Una vez liberados, los duendes aprenden a contagiar la magia. Por eso estoy seguro de que la próxima vez lograré mirarlos a los ojos. No quiero ser un delator: simplemente espero devolverles la sonrisa.

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muso_soseki_3_wikimediacommonsAquella noche, los monjes meditaban en el patio, alrededor de unas cuantas brasas.

Uno de ellos removió las cenizas para avivar los rescoldos y encender una carga de ramas, que los otros dejaban caer poco a poco. Entre crujidos y chispas algunos se alejaron, para no incendiar sus  hábitos.

Entonces el maestro Lou-Sin sacó un malvavisco del manto, se acercó al fuego para tostarlo y dijo: La alegría, el conocimiento y el consuelo son chispas de luz. Si no se mueven, se extinguen; sin contagio, se apagan.

Uno de los aprendices le preguntó: Maestro, ¿y el malvavisco?

Lou-Sin le contestó: No tiene significado espiritual, pero sabe muy bien.  Y se lo comió con gesto pícaro.