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Flaming_cocktails_CC_Nik_Frey-wikimediacommons
Acababa de recibir el primer trago “serio” de la noche en mi bar favorito. En el centro de la barra había, como otras veces, un plato colmado de botana, una cajetilla de cigarros, y una hoja arrancada de mi libreta. Miles de historias a la espera de tinta.

Como los demás se hacían esperar, ya tenía dos cervezas entre pecho y espalda en menos de una hora, pero no parecía suficiente, así que Charly me trajo mi Gibson, helado a la perfección, con dos cebollitas. Sublime.

Un ligero toque en mi hombro me sorprendió con el amargo sabor aún en la boca, pero ahogué decentemente la palabrota que ardía en mi lengua cuando encontré sus ojos. “¿Puedo sentarme aquí?” Sin esperar respuesta (y qué bueno, porque no iba a dársela), se deslizó a mi lado.

Lo primero que percibí fue su perfume. Después, me dejé llevar a medias por la conversación, porque estaba escribiendo, pero no pareció molestarle. Dijo que me había visto varias veces, siempre acompañado o enfrascado en un libro. Además de ser "cliente frecuente", compartía también mi afición por las letras, aunque se dedicaba a vender, no a escribir. Me sorprendió no haber reconocido su rostro, pero siempre he sido un tipo bastante distraído.

Luego, su risa. Ronca, radiactiva como la kryptonita que se empeñaba en beber más con la lengua que con los labios, igual que un gato. “Así no se calienta; a ti también te gustan las bebidas frías, ¿verdad?”.

Para entonces las bebidas y el frío eran lo más alejado de mi mente. Obligado a responder, primero balbuceando y después con pasmosa y creciente audacia, me sorprendí a mí mismo hablándole... de todo un poco. Me di cuenta de su cultura porque supo rastrear y contestar mis frases más escogidas; resultó que antes de vender los libros y enciclopedias que ofrecía, los leía despacio y de cabo a rabo.

Cuando se levantó para ir al baño me quedé imaginando mil cosas. Traté de encontrar explicación al miedo y la ansiedad, pero me rendí. Qué diablos, todo puede pasar. Entonces descubrí a los demás sentados en el rincón, ante una mesa esquinera. No se acercaron, respetando nuestro código, pero desde luego me enviaron un brindis burlón con sus vasos.

Mientras encendía mi cigarro, Charly se acercó de nuevo desde el otro lado de la barra, pero no traía una copa. Me dijo que me estaban esperando en el pasillo, y que la cuenta ya estaba pagada. Nada más.

Lo que pasó después creo que no se lo imaginan. Por eso escribo hoy estas líneas, recordando mi asombro cuando, al darme su tarjeta, descubrí que ella en realidad se llamaba Mario.

Eso sí: después de las carcajadas, le compré un diccionario. De tapas verdes, como la kryptonita.

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"Propina no incluida" es uno de los textos con que participé en el colectivo Escribidores y Literaturos, el 12 de junio de 2009, rescatado hoy para esta pocilga, porque sí. La imagen es "flaming cocktails", por Nik Frey, tomada de Wikimedia Commons.

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Hay muchas maneras de recordarle los 70 cumpleaños a Mick Jagger.

Una de ellas, afinar el oído para escuchar lo que una de sus canciones dice, sin necesidad de palabras, en manos de alguien más que sabe lo que hace. Acérquense a Paint It Black, interpretada por Eric Henderson. Y amén.

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Ändamålsenlig_matlagning_p_1-wikimedia_commonsLas incansables fauces de lumbre recibían de todo, pero especialmente carbón y leña, junto a los cantos rodados y otras piedras empleadas para amasar o para mantener caliente desde un biberón en baño María hasta las tortillas en su trayecto a la mesa. Todo el conjunto daba a la cocina un aroma peculiar e inolvidable, disperso por la casa a caballo del calor húmedo, bajo un cielo tan liso y tan azul como el peltre de la jarra cafetera.

El tránsito de los niños comenzaba "en el almuerzo, porque desayuno es cuando el sol asoma". Luego, quienes no teníamos ocupación o edad para estar en la cocina nos íbamos a jugar, cada quien en su mundo, hasta la hora de comer.

No tengo demasiada memoria, pero el pan bronceado a la lumbre con un poco de mantequilla, y las tortillas de mano y con manteca hacen que mi paladar errante persiga rastros de aquellos sabores en cada cocina que encuentro.

Así como Nana, todas las abuelas eran expertas, pero cada una tenía su sazón especial para cada cosa, desde la sopa de fideo hasta cierto flan (perdón, Nana: Queso de Nápoles) cuya información nutricional haría palidecer a una gelatina light de las de ahora, pues podía enfrentar en duelo calórico a cualquier plato principal. Las recetas eran casi secreto de familia no por estar ocultas, sino porque había que aprenderlas en la trinchera; los libros de cocina sólo son referencia, pues la instrucción la recibimos siempre, literalmente, en la línea de fuego.

Para que cualquier alimento merezca un lugar en la mesa (y --antes de eso-- sobre, entre o bajo las brasas), hay que saber elegir ingredientes y herramientas, todos impecables y de calidad: desde el ajo y la cebolla (junto al tomate y el chile dulce) base de cualquier sofrito, hasta la cazuela de vapor donde reposarán su última etapa los (sudorosos, les decía yo) tamales.

DiegoVelazquez_Viejafriendohuevos-wikimedia_commons

Con el tiempo, los aprendices (en general rebasados --y de lejos-- por las aprendices) superaban los ensayos, y aunque no todos logramos llegar a la línea de banderines, nos queda claro que cocinar (al menos pasablemente) es un derecho humano, base del amor propio. Si no saber cocinar deprime, tener que alimentarse con engendros de indigestión (para colmo, autoinfligidos) bien vale un Prozac... o algo más fuertecito (como un tequilazo). Porque una cosa son los ocasionales desastres culinarios y muy otra la eutanasia episódica. En la trinchera del "fogón bien temperado" --bendita seas, Nana-- también se lucha contra la extinción humana.

Anécdotas e historias hay muchas, pero única entre ellas aparece siempre la confección de un inefable pavo pibil, lustroso y dorado como laca de Oriente, cierta vez que tuve el privilegio de probarlo antes que nadie por gracia especialísima de la cocinera.

Después de tanta magia de hornilla, la llegada de la estufa y el horno de gas "modernizó" los desayunos haciendo más fácil la confección de un huevo frito o revuelto, aunque las cocineras de siempre decían (y eso que no había aparecido el microondas) que aquello sólo servía para hervir agua, recalentar o fabricar palomitas de olla... esas que crepitaban queriendo imitar, sin conseguirlo, la rumorosa y chispeante melodía del fogón.

[Las imágenes para estos posts provienen de Wikimedia Commons, y el empujón para unir los ingredientes (en parte piratería legítima), intersecta con algo aparecido en La Barandilla. Por supuesto, todas las anécdotas y sucedencias son irresponsabilidad de quien suscribe y de la pocilga, que dedican estas líneas, siempre, a la familia y a todos los discípulos y herederos de tan legendaria tradición.]

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La_cocina_(Ramón_Bayeu)-wikimedia_commonsDesde muy pequeño, la curiosidad (y el hambre) me acercaron a una escuela de magia inesperada, sólo que yo no sabía que lo era a pesar de que allí surgieron muchas de mis preguntas (y a veces obtenía respuestas). Allí hice mis primeras incursiones, guiado por la nariz, que aprendió en eso antes que mis ojos y mi lengua. Era un lugar especial, por igual limpio, acogedor y peligroso.

"Aquí no hace frío; aquí nace la magia". Esas palabras, creo que de Nana, anticipaban los prodigios y delicias que brotaban luego al amor del fogón. Primero fue un lugar de ronda y misterio, de ansiedades y hurtos más o menos solapados, hasta que alguien descubrió mi olfato, más sutil y preciso que la infantil torpeza de mis manos. Desde entonces, las cosas han cambiado un poco, pero aunque las manos han recibido entrenamiento, mi nariz sigue siendo instrumento primario.

Así fui recibido en La Comunidad de la Hornilla.  Todos me enseñaron poco a poco breves y sencillas (mágicas, decía yo) "recetas", en realidad procesos de la cocina, que alguien de mi estatura podía hacer, como "untos" (aplicación de mantequilla o mayonesa), "pan (y tortillas) a la lumbre" (tostadas), jugo de limón o naranja, y "el aliño base" de la ensalada (limón, sal y pimienta). Estoy seguro de que al mismo tiempo las figuras de lumbre me revelaron alguna de mis primeras historias, aunque el calor de la imaginación haya seguido desde entonces otros caminos para no quemar (al menos, no literalmente) mis dedos.

El simple fuego combate los inviernos, pero además "hace centro". Congregar a los que saben hacer las cosas ante el fogón es más que suficiente: aunque las luces y "la fiesta" estén allá en la sala, lo que surge de la cocina hace la reunión, con todo y su pretexto; después de todo, "El hogar es el fogón, el calor del corazón".

Medieval_kitchen-wikimedia_commonsEn una de las casas legendarias (donde dicen que todavía hoy circulan murciélagos y algún fantasma) la estufa de gas no era como tal parte de la cocina: La Cocina, así con artículo, pausa y mayúsculas, eran la hornilla y el fogón de leña y carbón, en un recinto de techos altos y amplia ventana al patio. Allí circulaban los gatos, los patos y los platos (cada quien en su lugar, no piensen mal) y el fuego solamente descansaba en la noche, entre brazos de ceniza y brasas anaranjadas.

Muy temprano, una jarra de peltre era la primera señal: allí aparecía el café, que nos atrapaba por la nariz antes que por la vista: negro y fuerte para los mayores, con azúcar o piloncillo para las abuelas, con leche para casi todos los demás, familia, amigos y visitantes. (continuará)

 

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En una casa siempre hay cosas que arreglar, desde la ropa de los chicos hasta los zapatos de los mayores, aunque casi nunca alcanza el tiempo.

Así iba --decía Nana-- el cuento del zapatero.

Aquel hombre tenía poco, en una casa pequeñita, pero muy ordenada. Como su espacio de trabajo también era pequeño, sólo podía hacer un par de buenos zapatos a la vez, y aunque era calzado de calidad, no le rendía el beneficio suficiente.

Cada uno de nosotros, como aquel señor, tiene una tarea de la cual ocuparse a pesar de que no rinde cuanto queremos: unos deben ir a la escuela y estudiar cuando querrían jugar; a otros les toca trabajar para comprar ropa y comida; alguien, en fin, debe preparar lo que comemos. Desde luego, también hace falta que la ropa esté limpia, el suelo barrido y cada cosa en su sitio. Es mucho trabajo, y a veces dejamos las cosas en desorden.

Una tarde, el zapatero preparó su material --cuero, clavos y pegamento-- para armar los zapatos, pero decidió dejarlo hasta el día siguiente, pues estaba muy cansado, y se fue a dormir.

Ya reanimado por una noche de sueño, decidió levantarse temprano... y encontró un par de zapatos flamantes, listos para la venta.

Algunos de los mayores conocíamos esa historia, pero sabíamos que nadie la contaba como Nana.

El zapatero rara vez tenía tiempo para acabar su trabajo, pero no por falta de habilidades o por ser desordenado. Pocos lugares en el pueblo había tan frecuentados como el taller del zapatero, pues era buen conversador, y para todos tenía palabras de aliento o una sonrisa.

Uno de los vecinos fue causa del retraso, pues acudió, como muchos, al zapatero en busca de consejo. Por eso, en agradecimiento, llamó a todos los amigos y juntos concluyeron el trabajo que tantas veces vieran hacer.

Claro que el zapatero no lo sabía, y en cuanto pudo contó a sus vecinos que seguramente los duendes u otros seres mágicos lo habían visitado.

Fiel a su estilo, en lugar de contar simplemente un cuento, Nana decidió enseñarnos a utilizar nuestra propia magia, y así fue como descubrimos a los duendes y los invocamos desde entonces: convirtiéndonos en ellos.

9

Como buen lector que intento ser, me sorprendió la variedad de respuestas al meme transmitido por Canalla, y agradezco las sugerencias porque la cosecha de libros, dice la canción, "nunca se acaba".

A riesgo de poca seriedad, creo que para escribir es necesario, dirían Hemingway y Quino, tanto el detector de mierda como el sentido del humor. Pensar que todo es goce no es realista, pero el camino puede ser un poco menos arduo si primero como lector y luego al escribir aprendo a desprenderme de las palabras lo suficiente como para decir esto no me gusta o prefiero otra cosa, con apertura para asomarme a páginas nuevas.

Así empecé a repasar: Dickens. Lagerlöf. Mi querido Chesterton. De la Cabada, Jardiel, Ibargüengoitia... Los descubrimientos, los asombros; Dinesen, Wilde, Verne...

Inútil elegir. Cada nombre es una exigencia, cada página una enseñanza. ¿Cómo decidirme?

Entonces recibí palabras de alguien que sabe: "Rafael Ramírez Heredia (qepd) decía que los escritores se hacen con, sin o a pesar de los talleres literarios. Lo mismo podría decirse de las lecturas. Yo toda mi vida he leído por puritito regocijo, jamás he tenido lecturas 'obligadas'. Las lecturas son, para mí, como una huella digital: irrepetibles. Cada quien lee lo que le gusta, y absorbe lo que necesita. Las influencias son 100% íntimas".

No creo poder decirlo mejor.

12

Con febrero se ha cometido una injusticia grave, que es definirlo, como al amor y la amistad, por el contenido de su "día célebre". En desagravio, una conversación (en realidad, más de una) me recuerda mirar detrás de las pancartas, o más bien, dentro de las personas que las (sobre)llevan, para hallar las luces verdaderas.

"Por esto, querido amigo, necesito yo tanto tu amistad, la de un compañero que, por encima de las disputas intelectuales, vea en mí al peregrino de este fuego..."

¡Estoy tan harto de capillismos, territorialidades y fronteras! En medio de la batalla, inmerso en la obscuridad de la trinchera, o en ese frío antes del alba que se complace en abofetearnos, me aferro a la memoria y las palabras.

"... Ante ti puedo presentarme sin vestir un uniforme, sin tener que recitar un verso del Corán, ni sacrificar lo más mínimo de mi vida interior."

Recuerdo cómo el calor compartido --que por algo se llama hogar--  disipa desconfianzas, recelos e ignorancia. Tengo presente cuántas veces, al mismo tiempo que una vianda común (sea caviar, carnitas o cerezas), dos o más han disectado las exigencias de cada batalla cotidiana, esas que generalmente logramos superar por pura resistencia.

"Ante ti no tengo que disculparme ni defenderme, no necesito demostrar nada... Más allá de mis torpes palabras y de mis opiniones, que pueden extraviarme, tú me ves sencillamente como un ser humano..."

En esa lucha, ante la inminencia de la herida, del padecimiento que se nos inflige por igual, no hay niveles, no existen diferencias: la sangre vertida y el sudor derramado son el mismo. Tal vez las lágrimas no... pero sólo por razón de turno.

"Yo --este que, como todo el mundo, siente la necesidad de ser reconocido-- me siento auténtico junto a ti, y por eso te busco. Necesito dirigirme al lugar donde pueda sentirme auténtico... Un amigo es necesario como esa cima de la montaña donde es posible respirar de forma diferente".

Nada como lo que se comparte, porque hacia adentro, igual que las riquezas, se acumulan las dudas. Pero afuera hay luz, y bajo ella, todas esas mezquindades e insignificancias que carcomen se ventilan. Por eso importa saber reírse (y enseñar a reír) de ellas.

"Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?"

La imagen es una ilustración para una edición inglesa de Los tres Mosqueteros, tomada de Wikimedia Commons. Los primeros párrafos de este artículo son citas y paráfrasis libérrima a la Carta a un rehén, de Antoine de Saint-Exupèry. La última cita, en verso, pertenece a Momentos felices, de Gabriel Celaya (1911-1991), poeta español. Las reflexiones intertextuales debo llamarlas, a partes iguales, travesura y tributo... más allá de los sustantivos que supuestamente pertenecen a un solo día de febrero.