"Cuando me siento a escribir un libro, no me digo 'voy a producir una obra de arte'. Escribo porque hay una mentira que quiero denunciar, un hecho sobre el que quiero llamar la atención, y mi primera preocupación es ser escuchado. Pero no podría emprender la tarea de escribir un libro, o siquiera un largo artículo para una revista, si ello no fuera también una experiencia estética. Cualquiera que examine mi trabajo verá que incluso cuando es propagandístico contiene muchas cosas que un político puede considerar irrelevantes. No podría ni quiero abandonar completamente la visión del mundo que adquirí en la infancia. Mientras viva y tenga salud me interesaré por el estilo de la prosa, amaré la superficie de la tierra, y hallaré placer en lo tangible y en los retazos de datos inútiles. No tiene caso suprimir ese aspecto de mi persona. La tarea es conciliar esos gustos y desagrados adquiridos con las actividades esencialmente púbicas, es decir, no individuales, que esta era nos impone a todos." George Orwell, Why I Write (1946), traducción libre por Ivanius.

5

Al borde de una jornada electoral sobre la que se ha dicho prácticamente todo lo posible, entre candidatos y partidos, debates y encuestas, trinos, marchas, mentadas y sátiras, echo en falta dos cosas, o una sola con dos facetas, que me parece indispensable: el silencio y la palabra.

Extraño al silencio, porque es la única herramienta, en este océano de ruidos y gritos, para llegar a una decisión solamente mía. Y perdón por no decir "de cada uno y cada una"; la corrección política es muchas veces disfraz de los no incluyentes, que tuercen el lenguaje hasta el cansancio. Esa corrección tampoco sustituye a los modales, antes llamados civismo; la capacidad de convivir con los demás considerándonos entre todos primero como personas, luego como ciudadanos, y después todo lo que cada quien quiera, pueda o se deje, pero sólo a partir de allí.

Me hace falta la palabra, así en singular, porque significa una promesa clara, irrenunciable y estricta, que nace de la historia y el testimonio personal, no de un discurso. Esa que equivalía a un contrato y superaba al notario, ahora que tantas se olvidan en cuanto son pronunciadas, y cuando en su lugar sobran excusas para decir que mi falta de palabra es culpa de otros.

Necesito silencio, porque allí encuentro la prudencia para escuchar siempre —incluso guardándome la incredulidad, el asombro, y desde luego el insulto o la burla ante la opinión ajena o contraria— y también la paciencia (o la audacia) que ayuda a dar ejemplo y aprender de otros. Quien piensa distinto de mí no es por eso un tonto; el que ignora lo que yo sé quizás no busque compartir conmigo. La verdad no siempre acompaña a la opinión mayoritaria o el decreto, así como el error no es irremediable sentencia de muerte para el individuo.

Estoy harto de oír que éstos no tienen la razón y que aquéllos movimientos son auténticos; que unos no toleran a otros, y que los de allá son peores que los de acá. Me preocupa que, tal como los candidatos, quienes debemos elegir sólo hemos dado muestra de que no sabemos ponernos de acuerdo con los demás, precisamente en lo más importante que compartimos todos.

Gane quien gane, suceda lo que suceda, al día siguiente habrá todavía un país lleno de necesidades y diferencias. Y lo que tendremos para solucionarlo será lo mismo de siempre: ciudadanos.

Busco aprender, para que el día de la elección pueda usar bien esas dos herramientas. Entonces, a solas ante la urna, podré expresar mi decisión. No sufragaré por una causa, un movimiento o un partido, sino en nombre propio: de modo anónimo, pero significativo.

#YoSoy1Voto para construir mi país. Espero no ser el único... y que ello tampoco me detenga.

 

3

Yo quería pasar desapercibido, pero no me dejaban. A veces era uno el que me arrancaba los lentes, otro escondía el portafolios, uno más allá se robaba mis cuadernos y útiles. Al llegar el profesor de turno, calma chicha y nadie vio nada.

Por eso la adolescencia me llegó como bendición: antes flaco y enano, ahora macizo y grandote. Así, en un solo curso recobré lo que seis años de humillaciones me arrebataron, incluidos unos lápices de colores nuevecitos, aunque nunca me ha gustado dibujar, ni sé hacerlo especialmente bien.

Ahora voy al gimnasio todas las tardes, y en la mañana me dedico a los golpes. Ya entendí que, si lo hago con cuidado, nadie hablará cuando llegue el profesor a preguntar quién es el bravucón.

Relato escondido el 25 de agosto de 2011 entre los comentarios del blog Las historias, de Alberto Chimal, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

 

12

No había dónde voltear ni de dónde agarrarse. En un instante, las palabras no llegaron a producirse, la música quedó sin emitir, y las noticias importantes del día pasaron a segundo plano.

En la superficie, todo enmudeció, mientras recordábamos, y no de buena manera, aquello de "retiemble en su centro la tierra".

Enseguida, el silencio. Entonces --dijimos-- todo terminó, y salimos al patio para escuchar que debíamos volver a casa, ese lugar que creíamos seguro e iluminado, y que pronto descubriríamos en ruinas.

Era la mañana del 19 de septiembre de 1985.

Ese día, entre todo lo que vivimos, hay algunos recuerdos especiales. No fueron los funcionarios, ni los partidos políticos, ni las ONGs, quienes salieron a las calles a extender la mano.

Nunca supe, por ejemplo, el nombre de las dos personas que llegaron a mi casa para preguntar, de parte de la familia (a más de dos mil kilómetros de distancia), si todos estábamos bien. No pude contar el número de bolsas que cientos de estudiantes acomodamos, rápido y con seria concentración, para armar almuerzos destinados a los socorristas y voluntarios que acudían a remover escombros.

Recuerdo, entre los miles de mensajes personales que se emitieron por radio abierta y banda civil, las ofertas de equipo, ropa, albergue, medicinas, agua, teléfono, disponibles para quien lo necesitara. Hubo incluso una constructora que ofrecía tractores y grúas, sin esperar más que un voluntario responsable capacitado para manejarlos.

Sí, había escombros y destrucción. Hubo más al día siguiente, casi 36 horas después, cuando llegó la fuerte réplica y pensamos en los voluntarios, en los amigos que estaban ayudando. En todos los que esperaban ayuda y sintieron que la tierra se movía otra vez.

Hace 26 años de eso, y lo recuerdo con absoluta claridad: aunque teníamos miedo, aunque aquellos que tenían la obligación de protegernos estaban paralizados (por el miedo, por la corrupción, por el desconcierto, por el egoísmo), los desconocidos salimos a nuestras calles en ruinas, a nuestra ciudad llena de temor, muerte y dolor, "para ver qué podíamos hacer".

Y lo hicimos. Por eso seguimos adelante.

26 años después, sigue habiendo ruinas y dolor. También estamos los desconocidos,  como ayer. Para guardar memoria de lo que vivimos; para lograr, en todos esos lugares hoy heridos, lo que logramos entonces. Porque para enfrentar de nuevo la muerte, corrupción y parálisis que nos rodean no hace falta (espero) que la tierra tiemble otra vez.

 

7

Entre los usuarios de cualquier idioma se critica a lo académico por ser pendular: o muy dentro de la torre de marfil, o muy al ras de calle. También los críticos de la academia padecen el defecto que señalan: su amor por la escuela de la vida los hace desdeñar el claustro, aunque regodearse en el conocimiento de lo coloquial no es síntoma seguro de calidad.

Como tránsfuga que soy, no busco arbitrar; tampoco mantenerme en "el justo medio" que preconiza Tomás de Aquino. Sin embargo, echo en falta para ambos la autocrítica del humor, no tan extremo (o a veces sí) como el que ejercía Raúl Prieto Río de la Loza, mejor conocido como Nikito Nipongo, qepd.

Un diccionario (académico o no, especializado o no) nunca cubre la totalidad de la riqueza técnica y/o vital de las palabras que invocamos todos los días, y sirve mientras no pretenda ser LA autoridad, precisamente por esa razón: el uso.

El lenguaje ES por el uso que hacemos de él, no por el registro de su existencia. La lengua sí se construye de boca en boca y de artículo en artículo, y sólo a posteriori de diccionario en diccionario. El diccionario, sin embargo, está más cerca de las palabras sedimentarias que de las voces metamórficas, y por eso vale, aunque a veces lo que incluye o excluye arda como magma. Fin del paralelismo geológico.

La reflexión va en ese sentido. En mi caso, un diccionario de consulta y uno de trabajo se distinguen por el deterioro (que denuncia el uso); la practicidad los acerca al escritorio o los destierra a las repisas altas del librero. Por eso, un diccionario pensado para estar "a la mano" debe ser edificado con ese criterio: si tomarlo con una mano provoca esguince, no es un diccionario manual; si tomarlo con las dos manos no despeja la duda que llevó a consultarlo, no es tan útil.

Una duda que requiere consultar diccionarios en cadena puede dar origen a un ensayo o tesis, pero resulta fastidiosa cuando lo que quiero es aclarar por qué abocar no es lo mismo que avocar, y usar pronto la palabra correcta para lo que pretendo decir.

Creo que lo más importante siguen siendo la lectura y la práctica; querámoslo o no, es nuestro testimonio lo que mueve a las palabras, para usarlas o para discutirlas.

Entre quienes leen y escriben no hay sólo especialistas, y la Academia ya no está formada sólo por estudiosos y escritores de lenguaje siempre exquisito. Saberlo es bueno para leer y escribir con cautela... y mantener los ojos (y oídos) bien abiertos.

En cuanto a hacer crítica, o como alguien sabiamente me dijo, cagarse o no en las limitaciones y carencias de un diccionario (o de un autor, o de un idioma)... eso hay que contrarrestarlo obrando bien. Es decir, con buenas obras, que combatan tanto el estreñimiento mental como la diarrea léxica.

Eso digo yo, sumergido en el lodo de una pocilga de letras (o letrina).

8

Aquel año en que viví junto a un parque, Perla era la niña que sabía jugar sin límites, más allá de la torpeza que le imponía su andar, a medias cauto y mitad apresurado, envuelta en una bufanda más larga que ella misma, con la que igual jugaba a saltar la cuerda como a esconderse dejando fuera solamente pestañas y miradas.

En verano y otoño, rondaba desde temprano el parque donde siempre se le veía montada en un columpio. Desde allí desgranaba racimos de carcajadas.

Ningún ceño adusto o malhumor sobrevivía a una andanada de sonrisas. Todos los niños y adultos del rumbo sabían que un paseo por el parque era remedio eficaz para el desánimo, el tedio o la amargura, y allá iban. Perla no lo sabía, o quizá sí, pero no alteraba su entusiasmo. Tampoco se dirigía especialmente a alguien, pero todos sentían que era así. Cada quien recibía la risa de Perla como si la hubiera inventado especialmente para él.

Un día descubrí que había llegado el invierno, porque los juegos estaban desocupados. Sólo un par de perros callejeros dormitaban en el parque.

Algo me impulsó a sentarme en el columpio, balancearme y reír. De pronto el aire se entibió con voces, y la gente comenzó a llegar. Uno tras otro nos reconocimos en los aplausos, entre los juegos y bromas.

A veces parece inútil buscar, sumergidos en el lodo de la realidad, momentos como pausa, risas líquidas, ironías entorchadas que despejen la rutina. A veces basta sonreír para que del polvo surja la alegría como una joya.

"Yo no lo sé de cierto; lo supongo...".

5

Dicen que el secreto de los corredores de fondo no es la forma, sino la resistencia. Por eso es bueno emprender caminos en compañía.

Ha comenzado el segundo año de Escribidores y Literaturos, y llegó mi turno de participar. Asistan al recorrido, si gustan.

Let(r)anía Lúdica. A veces, lo que más trabajo cuesta es la alegría.

9

"Paul Valéry afirmó que un poema no se termina, se abandona, y de esto se hizo eco Octavio Paz. Creo lo contrario: el poema abandona al poeta en el desierto de su deseo no saciado."  -- Juan Gelman, al recibir el premio Reina Sofía.

Este lento consumo de  silencios parece, casi todo, un gemido sordo, entrecortado, maloliente, como trazo de gas pimienta en este aire que decimos --tú y yo-- que respiro.

Día tras día, despepitar hasta que sólo quede eso: un rastro de semillas donde nada crece, ni siquiera la carne que alojaba esa esperanza en forma de goteras. Desvelo tras desvelo, una enorme pesadilla inatrapable que asfixia.

Encuentro descanso en la confiable tinta negra (ya sabes que la azul puede ser peligrosa) y temo, creo que con razón, la visita de mi albacea, pues ahora sus afectos tienen un guardián implacable, y yo, apegado a la nostalgia y a los viejos usos, utensilios y costumbres, cada vez quedo más en desventaja.

Lo único que me mantiene cuerdo es el insomnio, cruelmente destruido por el sueño, disipado al poco rato (una hora más temprano) por la luz que inaugura la vigilia.

Ah, pero siempre llega la noche. No estoy loco; sólo escucho con un poco más de cuidado este nuevo silencio. Las voces nunca respetan mis deseos.

Los habitantes de la imaginación entran y salen en un torbellino de letras que nadie puede advertir.

Antes de que amanezca, el caos de mi cerebro persigue una palabra que le dé sentido al sacrificio, a la morbosa violación de una página blanca.

16

Si el ingenio bastara para hacer un retrato, a más de uno se le ocurren ejemplos.

Escena primera: Un pequeño defecto

Escena segunda: Que sabiéndolo emplear aleja el peligro

Escena tercera: Pero eso no es dispensa