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Harto de que lo tomaran como ejemplo de lo imperfecto, el hijo pródigo decidió concentrarse en la crianza de cerdos.

Tras una temporada de miseria y sobras, finalmente pudo comprar (las malas lenguas usan otro verbo) dos lechoncillos que instaló en un corral frente al bosque. Allí comenzó la prosperidad, siempre más sospechosa que la intachable pobreza.

Por eso, cuando alguien acudía a preguntarle por qué se le veía feliz, si según la parábola debía estar arruinado, el pródigo le invitaba a recorrer juntos la granja y contemplar de cerca a los animales, rotunda evidencia contra el escepticismo.

Sólo tras su muerte se supo que no sólo descubrió cómo hallar trufas: los animales también habían desarrollado un peculiar apetito, saciado puntualmente gracias a los curiosos que pretendían descifrar su secreto.

"Guardador de puercos" Relato de Ivanius. Imagen:  Desert truffle, by karpatuka (FAL 1.3) tomado de Wikimedia Commons. Publicado el 11 de agosto de 2011 en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

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Francisco_de_Goya_y_Lucientes_016_wikimedia-commons"El plan de comprar un lechoncillo tierno, alimentarlo durante el verano y otoño, y sacrificarlo cuando llega el frío, lo conozco muy bien, pues proviene de costumbres ancestrales. Es una tragedia escenificada en muchas granjas con apego estricto al guión original. La muerte, premeditada, se lleva a cabo de manera rápida y experta, a la que el jamón y el tocino ahumado otorgan un propósito ceremonial raras veces cuestionado (...) particularmente porque el cerdo murió pero yo estoy vivo, cuando bien pudo ser al revés, sin que alguien quede para contarlo" (E.B. White, Death of a pig. Traducción libre por Ivanius).

Supongamos, me dije, que cierras los ojos sólo por un tiempo. Luego sonríes (a medias) como quien nunca se ha planteado ese problema.

No pude responder, aunque lo intenté. Había llegado el momento de poner a prueba mi memoria, pero la evocación de las palabras no es tan sencilla a pesar de haber vivido siempre entre ellas.

¿Qué es más fácil: dejar de leer o dejar de escribir? Esa era la única pregunta en mi cabeza, la que más me interesaba responder. Sabía que ambas opciones eran dolorosas, aunque ninguna justificaría un suicidio por letras.

De pronto me invadió la música. Tal vez tenía sentido refugiarse en armonías diferentes, que también eran un discurso, pero sobre todo impulsaban a moverse. Nada más agresivo que un cuerpo inmóvil en medio del silencio.

Al principio eran canciones, porque puede ser bueno alejarse de las palabras, pero la abstinencia es otra cosa. Después, afinando el oído, aparecieron los tonos que persigue el melómano; entonces comprendí cuánta genialidad cabe en un pentagrama... o cuánta distracción --y mugre-- podían acumularse en mis oídos.

Ahórrate las explicaciones, diría cierto anciano monje; sólo consiguen enredarte. Es verdad: donde hay armonía profunda basta la presencia y las palabras sobran; por eso un gesto de afecto se goza primero y luego se glosa.

Además, las páginas suelen avanzar (avanzan siempre) entre tos y temperatura. Quienes --puristas-- digan que no hay accesos de fiebre nunca han visto a una mujer cosquillear el piso, ni alimentar sístole y diástole con su taconeo, movimientos ambos que hacen bajar la vista y subir el ánimo. Para que la vida valga la pena hay que alimentarla.

"Espero que no crean que los cerdos hacemos esto por egoísmo o en búsqueda de privilegios. A muchos no nos gustan la leche y las manzanas; a mí me desagradan. Nuestro único objetivo al tomar estas cosas es conservar la salud. La leche y las manzanas (así lo ha demostrado la Ciencia, camaradas) contienen sustancias absolutamente necesarias para alimentar a un cerdo. Los cerdos somos pensadores; toda la administración y organización de esta granja depende de nosotros. Día y noche trabajamos por el bienestar de ustedes. Es por USTEDES que bebemos la leche y comemos las manzanas. ¿Saben qué sucedería si descuidamos este deber? ¡Regresarían los hombres! Seguramente, camaradas, ninguno de ustedes desea eso, ¿verdad?" (Rebelión en la Granja, de san George Orwell, abducido al español por Ivanius).

Tras bambalinas (o entre las piernas, que también es un término de teatro) hay sucedencias, caminos que se ensanchan, reflexiones,  encuentros, desencuentros, comunicaciones, libros —¡cómo no!—, en fin: imágenes, palabras, apariciones, pros y contras...

Otra vuelta a la noria que parece ir más despacio; pero eso, lo aseguro, sólo es aparente: el pibil sigue en preparación, bajo tierra y envuelto como lo manda el canon, hasta que llega la hora. Entonces sí, fiesta, comilona... y deseos. Los buenos.

Boar_Crossing!-wkimedia-commonsDos veces bicentenario, y ya no está Bradbury para atestiguarlo. Corrijo: cambió su boleto de primera fila por un palco, al lado de otros que desde allá observan. Los buenos, digo, siguen acá en la granja. Gracias por eso. Y salud, que es lo necesario. ¡Sigamos adelante!

Ivanius
Junio 2012

 

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Más sabe el puerco por puerco que por sabio.

Bienvenido siempre, querido compañero de fórmula. Gracias por prestarme tu público a ratos, por la amistad sincera, por las palabras de aliento. Por el troleo. Dejemos que la escritura haga lo suyo, y te dejo con tu público, que la ovación apenas comienza.

Eso es todo.

Afectuosamente,
Alberto. 

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Y aunque a últimas fechas no hemos tenido días de mucho viento, por la pocilga empiezan a volar las motas de polvo y pelo cuando uno se asoma hacia adentro.

"Eco eco eco eco eco...."

Hace algunos posts recuerdo haber prometido el ansiado regreso del dueño de las quincenas de todos ustedes, público conocedor, pero ¿qué creen? que todo parece tomar un tinte más negro, ai nomás al son de

...me ausentaré de la casa de los trinos hasta nuevo aviso

y si eso es de tan famoso espacio de letras e ideas, ¿qué será de nosotros?
¿Hasta cuándo la orfandad?

Entre que si regresa y no, pues en siguientes entregas, vertiré algunos pasajes del deporte de los jadeos y los tenis gastados, y la inevitable cercanía de un siguiente compromiso maratónico en la ciudad luz.

Y esperamos que regrese, porque...
Bueno, salud y carnitas para todos.

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Y no es que se los esté dando a desear, o que de plano les esté haciendo albergar falsas ilusiones, pero #dicen que ya llegó, ya está aquí, el único, incomparable...

 

Bueno, ustedes saben quién.

En eso, los dejo con esta, de domingo en lunes.

 

 

Temporal Distortion from Randy Halverson on Vimeo.

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Este blog nació como los diamantes: de un montón de material oscuro y bajo presión. Aún ahora, a veces parece más lleno de cenizas que de fulgores, y más pleno de dureza que de calor. Pero se ve bien.

Todos los caminos que se han cruzado en la pocilga tienen una razón propia, principalmente decir algo, aunque no necesariamente esperado o elevado: lo que se ve, se vive o se lee, las imágenes mentales, las impresiones, lo que repele, lo que atrae, lo que pasa en la calle. Letras y miradas.

Las marcas que recuerdan la necesidad de maquillaje son huellas; a veces signo de riesgo, a veces rastro viejo de dolor. Lunares y cicatrices, que bien dispuestos o bien aderezados son solamente testigos de la vida... o rastros de la navaja inexperta.

Las páginas y las palabras son la vestimenta preferida de este espacio y sus habitantes; los abalorios y cadenas son música y comentarios, no siempre patentes, pero siempre presentes.

Por esa misma razón, el cursor y la tinta, la poesía y la prosa, más que maquillaje para las ideas, son el vehículo preferido de la imaginación, intento (casi siempre desesperado) de poner en orden a la "loca de la casa".

En este chiquero se huye de las etiquetas, aunque sus habitantes la llevamos con orgullo, presumiendo a veces el garfio cromado y a veces el jaquet, una pata de caoba o guayacán y un listón en el tobillo derecho (para no ponerlo muy alto). El punto de partida es el blanco, suma de todas las luces, y el punto de llegada es el negro, confluencia de todos los colores. Así se arman las palabras sobre la página.

El producto no huele mal. Es verdad o mentira, pero intenta ser bien contada, para que --lejos del olor de santidad-- deje por lo menos buen sabor de boca.

Todo esto para que el correr de las páginas parezca más un festival de dibujos animados que una película digna de palmas de oro. Al ponerle orégano a una taza de palomitas con mantequilla, lo importante no es sólo aprender, sino también divertirse.

Como Julio Verne, o como Phileas Fogg, aquí lo valioso no es acumular sellos en el pasaporte, sino aprendizajes y experiencias. Al movimiento del espíritu le basta un solo instante.

Así queda respondido, aunque no lo parezca, un regalo de Pelusa. Gracias a ella, y a ustedes por leer estos (y tantos otros) desvaríos.

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En aquel ya lejano sábado, "asueto de incrédulos y territorio de audaces", un amigo me llevó a conocer cierta Hostería. Por ser mi primera vez allí, pedí el menú y una entrada de chicharrón con guacamole antes del plato principal. Ese atrevimiento (el chicharrón con guacamole, no el menú) por poco me impidió terminar de comer lo que llegaría después.

"Lo de después" era un chile en nogada, la bendita herencia de Iturbide que logró unir en mi memoria gastronómica un sabor, un sitio y un platillo con tanta firmeza como los tres colores de la bandera mexicana.

Pasado algún tiempo, regresé allí para pagar una apuesta y  consolidar amistades... e inaugurar otra tradición gozosa e ineludible.

Con el pretexto de un bicentenario que ha hecho pensar a muchos sobre el significado de recordar la historia, aprender de ella y hacerla presente, los chiles en nogada me parecen un tema útil, además de sabroso.

Conservo, entre otros muchos "recuerdos de mesa", la receta de chiles en nogada según Artemio de Valle-Arizpe publicada como homenaje filial a Margarita Michelena, destinataria de la receta, por parte de Andrea Cataño, quien tomó la estafeta en las letras y el fogón.

Creo que esos son los mejores ingredientes para conmemorar un bicentenario, un centenario, un decenario o una ocasión cualquiera: compañía, conversación y comida. Como dice un libro de Rius, la panza es primero: quien no come, no vive. Y el estómago está en la ruta del corazón. Lo que importa es lo que nutre. No sólo lo digo yo; allí están maestros como Valle-Arizpe y (asómbrense) Alfonso Reyes:

Estas, oh Musa de fregar los platos,
rimas humildes, sí, pero divinas,
culinaria razón, místicos tratos,
revoltijo de iglesias y cocinas,
te harán saber que, cuando el codo empinas
o pasas a la mesa buenos ratos,
tal vez ejerzas, oh lector piadoso,
un acto religioso.

Primero el hambre, y luego el afecto, trazaron una ruta consagrada por la reincidencia. El resto, dice un lugar común, es historia... sólo que ya no hace falta pedir el menú. Sigamos adelante.

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El mes de junio, lleno de augurios casi tanto como mayo, tiene un ingrediente especial: el IV Gran Remate de Libros en el Auditorio Nacional (del 22 al 28 de junio).

Asistir a la cacería es ingresar al encierro de una jauría inmensa y descontrolada, cuyos cientos y cientos de zombis ignoran el tamaño de su hambre hasta que empiezan a tirar baba.

Allí, entre montones de libros que parecen iguales, yacen hallazgos de gambusino que deben ser apresados al estilo antiguo: primero una mirada de reojo que congela el paso; después, un doble parpadeo y mirada alrededor para verificar, no que ese libro sea lo que yo creo, sino que nadie haya descubierto mi cara de avidez.

Luego, el acercamiento espiral: tomar un libro cualquiera cercano al codiciado, y posar la mano simulando descuido mientras por último se reclama la presa.

Allí es cuando alguno de los vendedores (si es buen lector también, y no sólo cobrador) descubre al bibliómano, porque sólo para despistar se manosea Dios Mío, Hazme Viuda Por Favor de Josefina Vázquez Mota cuando junto están, a precio rebajado (ojalá), John Kennedy Toole, Alejo Carpentier o Mario Benedetti, por ejemplo.

Tener presupuesto fijo u horario limitado es casi la única solución para no arruinarse, porque todo lector tiene autores consentidos o una creciente y semisecreta lista de compras. En la mía están, entre muchos otros, Marco A. Almazán (especialmente el Rediezcubrimiento de México) y Patricia Cox, ambos muy rescatables en este año de literatura bicentenaria, a quienes conozco, aprecio y persigo porque casi no los reeditan, y suelen ser buen regalo para mis amigos.

El éxito del safari es análogo al de los cazadores de fieras: sé que voy a encontrar piezas notables, siempre y cuando logre no ser devorado por las bestias descerebradas, ni "venadeado" por algún trampero con mala leche. Seguiremos informando.

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