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Me gusta mirar a través de la ventana. A la izquierda, tras una barda y sobre ella se alza un enorme árbol que alfombra el jardín con crujidos, recordándonos, como un privilegio especial, el paso de las estaciones. Aunque se hace odiar porque nos perjudica la limpieza, a cambio da refugio a infinidad de criaturas invisibles. El aire de la tarde se llena de trinos que compiten con el altavoz... y casi siempre ganan.

Blurry_Prison_WikimediaCommonsNadie aprovecha la sombra de ese árbol; pero es bueno disfrutarlo con la vista. Los únicos huéspedes, aparte de los pájaros y unas cuantas lagartijas, son dos o tres gatos, que se reúnen para pelear o solfear a través del muro. Prefiero sus gritos.

A la derecha, la hiedra es dueña de la pared y la reja que se alza sobre el muro; tampoco se ven las ramas del durazno entre el verde subido de la enredadera.

Frente a mis ojos, nuestro jardín. Al fondo, una formación de soldados: largos bambúes que apuntan al cielo y sacuden sus hojas bajo la incesante impertinencia del viento. No son amigos del silencio, pero me gustan porque entre sus ramas, los pájaros pueden burlarse de los gatos.

Los bambúes son los amos, y todos lo saben aunque los miren con gesto de reproche. Dicen que el camino de piedras blancas está allí para detener el avance de la hierba, pero ayuda a caminar a la vista de todos. El resultado sólo es agradable para quien no sabe cuánto pesan las piedras.

Más cerca de mi ventana, un peral, un limonero y otro durazno reposan hasta que la primavera los despierte. Entre todos ellos, una franja de hierbas y flores siempre sedientos, bajo un oscilante sol de barro que sonríe junto a la puerta de vidrio.

Hay una mirada más alta que la mía, más alta que la casa, más alta que las antenas que estropean el horizonte: un gigantesco pino como torre.

Mientras escribo, el trozo de cielo azul se ha oscurecido; los pájaros hace rato desaparecieron, mudos, entre el follaje. El viento agita las hojas; tengo una sonrisa extraña en la cara. Es hora de acostarse.

El último resplandor del sol parece un guiño brillante. Cuando veo la primera estrella, sé que llegarán a darme la medicina que me aclara el paisaje y por qué estoy aquí encerrado.

"Paisajista" Relato de Ivanius. Imagen: "Blurry Prison" de Shayan Sanyai, en Wikimedia Commons. Aparecido originalmente en el blog colectivo Escribidores y Literaturos el 8 de octubre de 2009, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

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Maldita sea la hora en que me trajo sus benditas manos
Maldito sea el día en que sonrío y disparó mis ilusiones
Maldita costumbre la suya, hacerme cantar al apretar sus tetas
Maldito el consuelo que me dio esa noche en que lo necesitaba
Maldigo sus líneas, sus gruesos colmillos depositados en mí
Maldita la mañana en que desnudó sus brazos al sol
Maldita la falda que escondía un sinfín de sorpresas
Maldita la humeante confianza con que decía te extraño
Maldito color, maldito sabor, malditas afiladas expresiones del ayer
Maldita las vueltas que dimos apretando las visiones
Maldito el vidrio azul que encerraba nuestras borracheras
Malditos muslos brillantes, asfixiantes y grotescos
Maldita la canción que nos hace sentir que el mañana si existe
Maldita la sombra escondida tras su ansioso y ruin escote
Malditas transgresiones del propio orgullo
Malditos cuerpos felices por pertenecerse el uno al otro
Maldito aquel silencio que apareció tras el último grito
Maldito dolor que acompaño los últimos pasos hacia el final
Maldita felación envuelta en sangre y amor
Maldito el engaño de creer que nos necesitábamos
Maldito sexo sin humor, maldito sexo sin pasión

Maldita la hora en que se le ocurrió huir
Maldita la hora en que planeó liberarnos de este fango
Maldito el destino que nos volvió a unir
Maldito el festín que nos regalo la razón de vivir
Maldito yo, Maldita tú, Mal decir, solo Mal decir...

atte. el puerco solis, rey de los trovadores, y amo de las gorditas grasosas