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"Cuando me siento a escribir un libro, no me digo 'voy a producir una obra de arte'. Escribo porque hay una mentira que quiero denunciar, un hecho sobre el que quiero llamar la atención, y mi primera preocupación es ser escuchado. Pero no podría emprender la tarea de escribir un libro, o siquiera un largo artículo para una revista, si ello no fuera también una experiencia estética. Cualquiera que examine mi trabajo verá que incluso cuando es propagandístico contiene muchas cosas que un político puede considerar irrelevantes. No podría ni quiero abandonar completamente la visión del mundo que adquirí en la infancia. Mientras viva y tenga salud me interesaré por el estilo de la prosa, amaré la superficie de la tierra, y hallaré placer en lo tangible y en los retazos de datos inútiles. No tiene caso suprimir ese aspecto de mi persona. La tarea es conciliar esos gustos y desagrados adquiridos con las actividades esencialmente públicas, es decir, no individuales, que esta era nos impone a todos." George Orwell, Why I Write (1946), traducción libre por Ivanius.

GeoreOrwell-Wikimedia_Commons"[Por ahora,] el totalitarismo no ha triunfado. Nuestra propia sociedad es, todavía, generalmente liberal. Para ejercer el derecho de libre expresión es necesario enfrentarse con presiones económicas y amplios sectores de la opinión pública, pero aún no a una secreta fuerza policial. Es posible decir o publicar cualquier cosa mientras estemos dispuestos a hacerlo como desde trincheras y rincones. Lo siniestro, como dije al principio de este ensayo, es que los enemigos conscientes de la libertad son precisamente aquellos a quienes la libertad debería importarles más. Al gran público no le interesa un extremo o el otro. No están a favor de perseguir al hereje, ni se animarán tampoco a defenderlo. Son al mismo tiempo demasiado sensatos y demasiado estúpidos para adoptar el enfoque totalitario. [En cambio], el ataque directo y consciente contra la decencia intelectual viene de los propios intelectuales." The prevention of literature, 1946 (Traducción muy libre).

Haciendo limpieza en posts antiguos, descubrí que una de mis recomendaciones musicales cambió de dirección en el yutúb, así que la pongo acá de nuevo para quienes no la hayan escuchado. Annie Lennox reinterpreta (y cómo) una canción más conocida en voz de Joe Cocker.

Y no es que me azote, pero casi es una celebración porque por poco no vivimos para contarla. Estéi tuned, porque ahora sí estamos de vuelta. ¡Sigamos adelante!

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AVISO PARROQUIAL:

Hay mucho, mucho qué contar en el tintero. Aunque a veces parezca que no, en el lado técnico (por ejemplo) se pueden interponer, digamos, unas notas discordantes. Pero con un poco de buen humor, la ayuda de unos cuantos buenos amigos y una batuta es posible reacomodar las cosas para que el (des)concierto llegue hasta el aplauso.

Poco a poco, la orquesta encuentra su sitio. Tal vez, sólo tal vez, el director también lo logre.

Parafraseando lo dicho hace ya algunos ayeres: pásenle pues, que la pocilga está reabierta. Y to whom it may concern, ¡seguimos adelante!

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Una de las curiosidades del barrio virtual es que el blogueo (mutante) se resiste a morir, probablemente porque es un monólogo más amplio o una conversación más pausada que los trinos o el caralibro, sus verdugos y competidores.

Por eso he dicho que el listado de la granja más parece osario (o lista de héroes y mártires) que blogroll.

Sin embargo no todo es luto, gracias a personalidades luminosas como la infatigable Pelusa, que además de su Diario nos ha traído proyectos inolvidables como Una Nota de Agradecimiento y, más recientemente, el amable chismógrafo 365 preguntas, de la mano de Loly y una activa comunidad comentante.

Pues he aquí que este "dúo dinámico" es el motor detrás de Una curiosa aventura, en donde los autores escriben anécdotas e imaginaciones alrededor de una idea semanal.

UCA1

Esta pocilga felicita a Loly y Pelusa por la iniciativa, así como a todo el grupo de entusiastas colaboradores... entre los cuales, quizá, verán aparecer una "manita de puerco" de vez en cuando. Estaremos pendientes.

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Lépicié,_Nicolas-Bernardt_-_Narcisse_-_1771_wikimedia-commonsMe impresiona, siempre, una sonrisa,
a veces, por lo que muestra; otras, por lo que oculta.
Así es que me contagian tanto la Mona Lisa
como la alegría de un niño en una fiesta.

Me impresiona ese poder que me transforma
oculto entre las comisuras de una boca,
porque un instante antes era arruga
y porque un instante después hasta sonroja.

Me impresiona el halago, compañía
de la correspondencia y la alegría,
más por lo que adereza que por lo que cocina
(no es igual endulzar que hacer almíbar).

Me impresiona, en fin, que la belleza
oculta en lo virtual habite en el espejo,
pues ya se sabe que la perdición de la reina
de Blanca Nieves, y la de Dorian Grey, fue su reflejo.

[La primera versión de este poema fue comentario reactivo a un interesante cuestionario de reciente aparición en la blogósfera, gracias a la infatigable Pelusa, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.]

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A veces, olvido atender el guión del personaje más importante, ese que acecha desde el fondo de los ojos y espera una oportunidad para asomarse al espejo.

Emulando al comegalletas, se alimenta de letras y de libros, de luces y sombras; arropado con tinta y toga de hojarasca, conjura periódicamente a las musas... de preferencia ante las mesas y las mozas, patronas todas de las horas inconclusas.

Jan Van Eyck (Wikimedia Commons)Leer y escribir, en el orden que sea o se pueda, tiene momentos definitorios, a medias entre pánico escénico y  bloqueo. Pero viviendo en el imperio de lo instantáneo también vale "en la duda, abstente"... entonces la reflexión desaparece, y la oportunidad de escribir también; releer un borrador es tedioso, y apuntar una frase del libro que ahora mismo estoy leyendo parece complicado.

Sin embargo, las pausas —en estos tiempos donde todo es reactivo e inmediato— que antes eran señal de fatiga, fatalidad y alarma, ahora sólo ocasionan parpadeos. Hasta que una palabra, una imagen, una señal cualquiera-pero-no-cualquiera hace contemplar el camino, tomar aire... y zambullirse de nuevo.

Así ya no hay altos, sólo espacios en blanco; no espejismos, sino retazos que alguien debe atreverse a llenar, zurcir, componer, ensartar. Si el ímpetu no alcanza para trazar las palabras, hay que salirles al encuentro. Los vehículos (y las herramientas) sobran.

Así decía cierto filósofo: el movimiento se demuestra andando. Pero más me gusta cantar, con José Alfredo, aquello de una piedra en el camino.

En este oficio, llámenle como quieran, qué más da si el horizonte es o parece inalcanzable: por lo regular, basta con que sea punto de referencia.

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