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Dedicado con admiración y respeto
a todos los que saben de qué hablo,
un mes después.

Tengo manos
para levantar escombros,
para pasar el agua, jalar cuerdas,
acomodar lo que llega de otras manos,
alimentos, medicinas, ropa: ayuda
venida de muy lejos o muy cerca
y que debo acercar a su destino.

Con guantes, o empuñando una herramienta
descubro que tocar sigue siendo importante.

Tengo oídos que se afinan
a pesar de la tierra que retiembla
para pescar sonidos que rebotan,
distinguir entre un eco y un ladrido,
entre la voz de alarma y la esperanza,
entre el silencio de los muertos y los vivos.

Mis ojos deben enfocarse unos centímetros
para espigar entre miles de mensajes
qué hace falta en verdad, y qué se necesita,
dónde una torta, una gasa, un sorbo de agua,
un relevo, una croqueta, un tornillo,
y dónde sobra, y que no se desperdicie
ni se pierda por no saber cuál es su sitio.

Veo cuánto asombro provoca la grandeza
y cuánta indignación la pequeñez.

No vengo a tomarme una selfie.
Miro a los ojos, presto el hombro,
incluso doblo la espalda
como otros incontables que sí cuentan.

Aquí no hay credenciales que valgan,
ni puestos, jerarquías, generaciones o consignas:
la trinchera es una sola
para la sangre, el sudor y las lágrimas.
No hay primer protagonista; cada quien actúa
en lo que le toca hacer, y aprendemos del silencio
a levantar el puño, a hacernos uno solo
en la emoción y el esfuerzo.

El pasado, con todo y fecha, es un recuerdo que impulsa,
y el futuro, lo que todos alcanzamos
un solo paso a la vez, esta vez juntos.
Lo que importa es saber que el camino es común,
y levantarnos.

Por eso no muestro mi rostro
ni mi nombre:
no hace falta.

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trampashambrePara esta pocilga es un honor compartir con el selecto público y el no tan selecto personal la aparición de Trampas del hambre, el primer libro impreso de Mara Jiménez (léase con énfasis de merolico emocionado).

Hay magia en la familiaridad, porque lo que encuentro es congruente con lo que conozco y alimenta y responde a lo que vivo. También porque (valga el "disclaimer") la autora habita mis afectos desde años antes de que me llegaran sus letras.

Además, alguna de esas narraciones no sólo la vimos nacer, sino también desarrollarse, en un camino plagado de espinas, espigas y armonías no tan concomitantes —lo digo por Fito Páez— demasiado parecido a este blogbarrio.

Ya lo dijeron en la presentación, y de mejor modo: en "este oficio" (entiéndase lo que se quiera) hablar de un libro, provenga o no de autor querido más allá de las letras, es complicado porque, si no hay sentido del humor (y a veces aunque lo haya) es necesario combinar alegría, sadomasoquismo y envidia en partes proporcionales. Evitarlo no siempre es posible ni hace falta: ante la página, el diálogo va entre el lector y la palabra.

Otro tipo de magia, diría el viajero estilo Verne, está en acudir a lugares y escenarios: los que me parece reconocer, los que quisiera conocer, y los que desconozco. Macro o microcosmos donde creo que puedo asomarme sin peligro... pero mientras leo, adopto (o adapto) a los personajes, y adquiero un lugar como ellos o entre ellos, hasta que termina el cuento. Y me sorprendo, como cuando descubrí en los trinos que Mara había rimado voto con escroto. Ajá.

Desde la Crónica de los desayunos hasta El banquete, los seis relatos de Trampas del hambre reflejan avidez por las palabras, respeto por las historias y complicidad con el lector. Las páginas fluyen en la aparente brevedad de este libro de presentación atractiva y (hay que destacarlo) precio accesible.

Una "primera obra" que nos muestra el hambre de letras y nos deja en la trampa, porque sabemos, y esperamos, que vendrán más. Así sea.

AVISOS PARROQUIALES: Ningún animal fue maltratado en la elaboración de esta reseña, que no contiene espóileres ni risas grabadas. #SoyFanYQué

Mara Jiménez. Trampas del hambre. Editorial La Otra. México, 2016. 128pp.

Grandma's_Favorite_(detail)_Wikimedia_CommonsEn todos los años que llevo aquí, jamás me ha interesado saber sus nombres, pero a veces escucho cosas interesantes. Una taza de bebida caliente basta para hacer hablar casi a cualquiera.

Así supe que la severísima anciana de la 4 era una abuelita simpática y dicharachera, a pesar de no haber vestido más que luto riguroso desde la muerte de su único marido, hace más de veinte años. Después de la segunda copa de jerez al terminar la comida, se hallaba más relajada y chispeante, llena de nostalgia por “su época”, cuando “lo que hacía la gente era conversar, no sentarse frente a la tele”.

Ante esa cita, como en tertulia improvisada, intentaron armar “uno de los cuentos de Nana” y se atropellaban entre todos para agregar detalles o comentar un pasaje. Una pareja, que estaba sentada ante otra mesa, se unió a la reunión a media plática porque el relato les hizo reconocer a sus primos, que no habían visto en años.

Visitar a Nana era tradición familiar, especialmente a fin de año. Cualquier época era, junto a ella, una larga sucesión de historias, contadas con estilo propio a un auditorio numeroso y devoto.

El jerez no podía faltar. Al retirar el pavo y los romeritos aparecía la imprescindible botella de Fino. Luego, los papás encendían un puro; las mamás servían café y alguna voz encendía el ruego: “Un cuento, Nana...”. Era el momento de los niños, aunque al escuchar “Había una vez”, los mayores también guardaban silencio. “Lástima que no hayas grabado la reunión de Navidad”, dijo alguien. “Esa vez había tres generaciones escuchándola hablar de Scrooge. Nana era mágica”.

No escuché mucho más porque se me hacía tarde para terminar la limpieza. Abandoné a disgusto mi rincón y me abrí paso entre los clientes que llegaban. Después tomé la escoba para hacer mi ronda en silencio. No hace falta hablar, porque a esta hora allá afuera sólo quedan los muertos...

"Lo que se cuenta", un relato de Ivanius, apareció en el blog colectivo Escribidores y Literaturos el 7 de septiembre de 2009, rescatado hoy para la pocilga, porque sí. La imagen es "La favorita de la abuela (fragmento)" de Georgios Iakovidis, en Wikimedia Commons.

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Una de las curiosidades del barrio virtual es que el blogueo (mutante) se resiste a morir, probablemente porque es un monólogo más amplio o una conversación más pausada que los trinos o el caralibro, sus verdugos y competidores.

Por eso he dicho que el listado de la granja más parece osario (o lista de héroes y mártires) que blogroll.

Sin embargo no todo es luto, gracias a personalidades luminosas como la infatigable Pelusa, que además de su Diario nos ha traído proyectos inolvidables como Una Nota de Agradecimiento y, más recientemente, el amable chismógrafo 365 preguntas, de la mano de Loly y una activa comunidad comentante.

Pues he aquí que este "dúo dinámico" es el motor detrás de Una curiosa aventura, en donde los autores escriben anécdotas e imaginaciones alrededor de una idea semanal.

UCA1

Esta pocilga felicita a Loly y Pelusa por la iniciativa, así como a todo el grupo de entusiastas colaboradores... entre los cuales, quizá, verán aparecer una "manita de puerco" de vez en cuando. Estaremos pendientes.

El día de Reyes, las calles y los parques de México son territorio de patines, triciclos, bicicletas y patinetas, "avalanchas" y la versión estilizada del patín del diablo que ahora se llama scooter. Claro que para montarlos se necesita equilibrio, y con pata de palo, garfio y pezuñas puede ser complicado.

Por eso mientras otros pedaleaban yo conocí a unos niños que jugaban ajedrez, al futbol y a "buenos y malos", leían historietas y veían —como yo— al Pájaro Loco. También hacían preguntas ante las que los adultos tosían, reían o se desvelaban, iban a merendar a casa de sus amigos o de vacaciones a la playa. Mientras reía con ellos, aprendí a hacer mis propias preguntas.

FelipeLuego supe quién era el autor, y que para entender sus dibujos había que pensar, aunque tal vez ya lo había aprendido, junto con la risa y lo que cada uno de ellos me enseñaron:

Libertad, a "ser simple" (pero no insípido); Miguelito, a "querer que me salga bien la vida"; Guille, a conservarme "en versión completa"; Manolito, a ser "peatón del razonamiento"; Susanita, a tener (por lo menos) un tema "bien masticado"; Mafalda, a llamar a la paz e insistir aunque "me dé ocupado, como siempre". Y Felipe... a aventurar la voz y la mirada al exterior, allá donde están la escuela, los deberes, y (por supuesto) hasta las pelirrojas de ojos verdes.

Un aplauso tímido, humilde y agradecido al maestrísimo Quino, desde luego por el premio Príncipe de Asturias 2014, pero especialmente, por las preguntas... y por las sonrisas.

 

coconut_tree_with_weird_shape_at_atlantiswikimediacommonsA la hora de escribir me gusta sentir que escribo. Ya sé que la computadora tiene sus ventajas y que las tabletas y los micro, mini o maxi celulares son lo de hoy, aunque eso darle dedazos a un vidrio o aplastar teclas que parecen chicles no me hace muy feliz. Agradezco —eso sí— la tendencia a lo inalámbrico, pero el plástico sigue siendo frío (suena a canción de Miguel Ríos o Lady Gaga).

Ajá. Pues no hay muchas alternativas, ni en esta pocilga semos ultrafánses de loúltimoloúltimo (para muestra, las chancholibretas).

Pero los muchachos de Orée Design  han demostrado que es posible un teclado para quedar bien con el diseño, la tecnología, la naturaleza...  y hasta la globalización. Habrá que romper el cochinito. (¡Ouch!)

AVISO PARROQUIAL: Sí, los rincones insólitos están de vuelta. Estéi tuned for mor sorpráises. Or not.

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Ändamålsenlig_matlagning_p_1-wikimedia_commonsLas incansables fauces de lumbre recibían de todo, pero especialmente carbón y leña, junto a los cantos rodados y otras piedras empleadas para amasar o para mantener caliente desde un biberón en baño María hasta las tortillas en su trayecto a la mesa. Todo el conjunto daba a la cocina un aroma peculiar e inolvidable, disperso por la casa a caballo del calor húmedo, bajo un cielo tan liso y tan azul como el peltre de la jarra cafetera.

El tránsito de los niños comenzaba "en el almuerzo, porque desayuno es cuando el sol asoma". Luego, quienes no teníamos ocupación o edad para estar en la cocina nos íbamos a jugar, cada quien en su mundo, hasta la hora de comer.

No tengo demasiada memoria, pero el pan bronceado a la lumbre con un poco de mantequilla, y las tortillas de mano y con manteca hacen que mi paladar errante persiga rastros de aquellos sabores en cada cocina que encuentro.

Así como Nana, todas las abuelas eran expertas, pero cada una tenía su sazón especial para cada cosa, desde la sopa de fideo hasta cierto flan (perdón, Nana: Queso de Nápoles) cuya información nutricional haría palidecer a una gelatina light de las de ahora, pues podía enfrentar en duelo calórico a cualquier plato principal. Las recetas eran casi secreto de familia no por estar ocultas, sino porque había que aprenderlas en la trinchera; los libros de cocina sólo son referencia, pues la instrucción la recibimos siempre, literalmente, en la línea de fuego.

Para que cualquier alimento merezca un lugar en la mesa (y --antes de eso-- sobre, entre o bajo las brasas), hay que saber elegir ingredientes y herramientas, todos impecables y de calidad: desde el ajo y la cebolla (junto al tomate y el chile dulce) base de cualquier sofrito, hasta la cazuela de vapor donde reposarán su última etapa los (sudorosos, les decía yo) tamales.

DiegoVelazquez_Viejafriendohuevos-wikimedia_commons

Con el tiempo, los aprendices (en general rebasados --y de lejos-- por las aprendices) superaban los ensayos, y aunque no todos logramos llegar a la línea de banderines, nos queda claro que cocinar (al menos pasablemente) es un derecho humano, base del amor propio. Si no saber cocinar deprime, tener que alimentarse con engendros de indigestión (para colmo, autoinfligidos) bien vale un Prozac... o algo más fuertecito (como un tequilazo). Porque una cosa son los ocasionales desastres culinarios y muy otra la eutanasia episódica. En la trinchera del "fogón bien temperado" --bendita seas, Nana-- también se lucha contra la extinción humana.

Anécdotas e historias hay muchas, pero única entre ellas aparece siempre la confección de un inefable pavo pibil, lustroso y dorado como laca de Oriente, cierta vez que tuve el privilegio de probarlo antes que nadie por gracia especialísima de la cocinera.

Después de tanta magia de hornilla, la llegada de la estufa y el horno de gas "modernizó" los desayunos haciendo más fácil la confección de un huevo frito o revuelto, aunque las cocineras de siempre decían (y eso que no había aparecido el microondas) que aquello sólo servía para hervir agua, recalentar o fabricar palomitas de olla... esas que crepitaban queriendo imitar, sin conseguirlo, la rumorosa y chispeante melodía del fogón.

[Las imágenes para estos posts provienen de Wikimedia Commons, y el empujón para unir los ingredientes (en parte piratería legítima), intersecta con algo aparecido en La Barandilla. Por supuesto, todas las anécdotas y sucedencias son irresponsabilidad de quien suscribe y de la pocilga, que dedican estas líneas, siempre, a la familia y a todos los discípulos y herederos de tan legendaria tradición.]

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La_cocina_(Ramón_Bayeu)-wikimedia_commonsDesde muy pequeño, la curiosidad (y el hambre) me acercaron a una escuela de magia inesperada, sólo que yo no sabía que lo era a pesar de que allí surgieron muchas de mis preguntas (y a veces obtenía respuestas). Allí hice mis primeras incursiones, guiado por la nariz, que aprendió en eso antes que mis ojos y mi lengua. Era un lugar especial, por igual limpio, acogedor y peligroso.

"Aquí no hace frío; aquí nace la magia". Esas palabras, creo que de Nana, anticipaban los prodigios y delicias que brotaban luego al amor del fogón. Primero fue un lugar de ronda y misterio, de ansiedades y hurtos más o menos solapados, hasta que alguien descubrió mi olfato, más sutil y preciso que la infantil torpeza de mis manos. Desde entonces, las cosas han cambiado un poco, pero aunque las manos han recibido entrenamiento, mi nariz sigue siendo instrumento primario.

Así fui recibido en La Comunidad de la Hornilla.  Todos me enseñaron poco a poco breves y sencillas (mágicas, decía yo) "recetas", en realidad procesos de la cocina, que alguien de mi estatura podía hacer, como "untos" (aplicación de mantequilla o mayonesa), "pan (y tortillas) a la lumbre" (tostadas), jugo de limón o naranja, y "el aliño base" de la ensalada (limón, sal y pimienta). Estoy seguro de que al mismo tiempo las figuras de lumbre me revelaron alguna de mis primeras historias, aunque el calor de la imaginación haya seguido desde entonces otros caminos para no quemar (al menos, no literalmente) mis dedos.

El simple fuego combate los inviernos, pero además "hace centro". Congregar a los que saben hacer las cosas ante el fogón es más que suficiente: aunque las luces y "la fiesta" estén allá en la sala, lo que surge de la cocina hace la reunión, con todo y su pretexto; después de todo, "El hogar es el fogón, el calor del corazón".

Medieval_kitchen-wikimedia_commonsEn una de las casas legendarias (donde dicen que todavía hoy circulan murciélagos y algún fantasma) la estufa de gas no era como tal parte de la cocina: La Cocina, así con artículo, pausa y mayúsculas, eran la hornilla y el fogón de leña y carbón, en un recinto de techos altos y amplia ventana al patio. Allí circulaban los gatos, los patos y los platos (cada quien en su lugar, no piensen mal) y el fuego solamente descansaba en la noche, entre brazos de ceniza y brasas anaranjadas.

Muy temprano, una jarra de peltre era la primera señal: allí aparecía el café, que nos atrapaba por la nariz antes que por la vista: negro y fuerte para los mayores, con azúcar o piloncillo para las abuelas, con leche para casi todos los demás, familia, amigos y visitantes. (continuará)

 

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Saint-Exupery_Paris_gnufdl_wikimediacommons

Julio 31, 1944.

...Hace un minuto que las hélices dejaron de girar. Mis ojos ven un panorama casi simétrico hasta el horizonte. Como siempre, me pregunto qué haríamos los vagabundos del desierto sin la compañía de las estrellas, perdidos en medio de esta inmensidad que siempre se repite.

Contemplo en silencio el paisaje dorado y rojo, con las primeras luces del día. Estoy seguro: éste es el sitio donde aterricé para reparar mi más afortunada avería, cuando conocí al pequeño príncipe. Éste es el lugar donde llegó a la Tierra, aquí me pidió que le dibujara un cordero dormido en una caja para llevárselo a su pequeño planeta. Qué más da si hoy despegué de Córcega y debo reportarme en Marsella. Desde aquel accidente, todos mis puertos de descanso tienen el mismo rostro, aunque Didier se burle.

¿Qué habrá sido de ellos, el niño, el cordero y la rosa? Me gusta pensar en el reencuentro del príncipe y la flor. Quizá la rosa sufrió un poco al principio por los celos... compartir es difícil.

—¡Estábamos tan bien los dos y ahora llegas con un animal en una caja! ¿Qué vamos a hacer con él?
—No te pongas así... ¡es tan pequeño! En el camino le conté muchas cosas de ti, de lo hermosa que eres, de todo lo que hacemos aquí juntos. Él sólo necesita una raíz de baobab de cuando en cuando para alimentarse. Anda, míralo; quiero que sean amigos.

Desde entonces, a veces la rosa le hace muecas al cordero tras la seguridad de su campana de cristal y él se acerca balando suavemente a darle los buenos días. No lo he visto, Consuelo, pero no es necesario: la risa de las estrellas me lo cuenta todo.

En cada uno de mis viajes vuelvo aquí, al único lugar a salvo de la locura y el absurdo. A unos cuantos kilómetros hay una guerra en la que los hombres se matan unos a otros, mientras yo pienso en un planeta lejano que nunca veré.

Los adultos mueren, pero en alguna parte hay un niño que ríe, un cordero que bala suavemente y una coqueta rosa que todos los días amanece cubierta de rocío. Mientras existan ellos, sobre todo ellos, no debo estar triste.

Se hace tarde. Es hora de subir a mi P-38 y cabalgar en el viento, mientras abajo se extiende el desierto eterno como un amigo, sí, como otro enorme amigo que espera a que me canse de volar, para esconderme entre sus brazos quizás en el mismo rincón donde una vez un niño me pidió un cordero...

[Mañana 6 de abril se cumplen 70 años de la publicación de El Principito. Por eso quise transportar este texto desde EyL, como homenaje a Saint-Ex, pero sobre todo, a la imaginación y la esperanza, que nunca están de sobra, y para que quede como testimonio en esta pocilga.]

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I.
Por la ventana abierta entran aromas de recuerdos, no siempre viejos, pero por ser recuerdos reaniman la nostalgia. "Aire de lluvia", decían los abuelos.

II.
El sonido del trueno nos recuerda que Nana decía: cuenta los segundos, siéntete a salvo y pide un deseo. Después, el relámpago es sólo la rúbrica del que escucha.

III.
Así como aquí es de día, allá es de noche. Alguien duerme, alguien sueña. Alguien siempre. Por eso los recuerdos son, a la vez, volátiles y eternos. Como la lluvia.

Reacción escondida el 29 de julio de 2011 entre los comentarios del blog Palabras Voladoras, conocido por todos ustedes (y quien no lo conozca, ¿qué espera?). Rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

 

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