Archivo de la etiqueta: Gajes del oficio

Quehaceres de papel

GeoreOrwell-Wikimedia_CommonsCuando trabajé en una librería de segunda mano —un lugar que muchos imaginan, especialmente si nunca han trabajado allí, como una especie de paraíso donde ancianos encantadores hojean tomos encuadernados en piel— lo que más me impactó fue la escasez de auténticos bibliófilos. Nuestro establecimiento tenía un surtido excepcional de mercancía, y sin embargo dudo que el diez por ciento de los clientes pudieran distinguir entre un libro bueno y uno malo. Había más presumidos cazadores de primeras ediciones que amantes de la literatura, aunque los estudiantes del Oriente que solían regatear libros de texto eran más aún, y las señoras distraídas en busca de regalos para algún sobrino, las más usuales de todos“. (Bookshop Memories, 1936).

Desde muy chico, quizás a los cinco o seis años, supe que al crecer me haría escritor. Entre los diecisiete y los veinticuatro intenté abandonar esa idea, pero lo hice sabiendo que traicionaba mi naturaleza y que tarde o temprano debía ponerme a escribir libros“. (Why I Write, 1946), traducciones al vuelo por Ivanius.

Letra sin pesar de pausa

A veces, olvido atender el guión del personaje más importante, ese que acecha desde el fondo de los ojos y espera una oportunidad para asomarse al espejo.

Emulando al comegalletas, se alimenta de letras y de libros, de luces y sombras; arropado con tinta y toga de hojarasca, conjura periódicamente a las musas… de preferencia ante las mesas y las mozas, patronas todas de las horas inconclusas.

Jan Van Eyck (Wikimedia Commons)Leer y escribir, en el orden que sea o se pueda, tiene momentos definitorios, a medias entre pánico escénico y  bloqueo. Pero viviendo en el imperio de lo instantáneo también vale “en la duda, abstente”… entonces la reflexión desaparece, y la oportunidad de escribir también; releer un borrador es tedioso, y apuntar una frase del libro que ahora mismo estoy leyendo parece complicado.

Sin embargo, las pausas —en estos tiempos donde todo es reactivo e inmediato— que antes eran señal de fatiga, fatalidad y alarma, ahora sólo ocasionan parpadeos. Hasta que una palabra, una imagen, una señal cualquiera-pero-no-cualquiera hace contemplar el camino, tomar aire… y zambullirse de nuevo.

Así ya no hay altos, sólo espacios en blanco; no espejismos, sino retazos que alguien debe atreverse a llenar, zurcir, componer, ensartar. Si el ímpetu no alcanza para trazar las palabras, hay que salirles al encuentro. Los vehículos (y las herramientas) sobran.

Así decía cierto filósofo: el movimiento se demuestra andando. Pero más me gusta cantar, con José Alfredo, aquello de una piedra en el camino.

En este oficio, llámenle como quieran, qué más da si el horizonte es o parece inalcanzable: por lo regular, basta con que sea punto de referencia.

La palabra sí importa

No quiero aburrir, me dije. Por eso no había vuelto a aparecer, mientras mis libretas de apuntes, avarientas, acumulaban chispazos.

No leo para ser culto, sino para no ser aburrido, dice uno de mis principios. Por eso la aventura de leer (o más bien su recuento) hizo pausa, pero no la biblioteca. Después, la reflexión me hizo ver que mudez no es necesariamente madurez (con todo y cacofonía), pero la autocensura sí puede ser perversa discreción.

El apresuramiento en los trinos y en los muros feisbuqueros suele restarle artesanía, aunque tal vez no oportunidad, a las palabras.

Por razones como esas, el “viejo posteo bloguero”, como algunos en este desértico barrio aún le decimos, parece haber perdido algo de su lustre… pero no la magia. Decir y no decir, a través de trazos, trinos y lo que salga, sigue siendo la construcción de un diálogo, primero con el yo que resuena en mi cabeza y luego con quien se ofrezca.

Como decía el letrero del farmacéutico: este negocio abre sus puertas cuando me da la gana, y las cierra a la misma hora.

Las conversaciones continúan, aunque el ajetreo ya no sea tan aparente; los canales siguen abiertos, y la historia avanza, a veces sin voces discernibles, pero nunca sin palabras. Y a propósito…

AVISO PARROQUIAL

zucchero2

Hablando de imágenes y guiños, nos da gusto comunicar al personal que la FotoMadrina ha decidido ofrecer al público algunas muestras de su trabajo tras la lente. La exposición se llama Sin Palabras (no entiendo :-P ) y estará abierta desde el 4 de abril, acá en la esmogópolis. Quede la invitación.

La palabra sí importa

No quiero aburrir, me dije. Por eso no había vuelto a aparecer, mientras mis libretas de apuntes, avarientas, acumulaban chispazos.

No leo para ser culto, sino para no ser aburrido, dice uno de mis principios. Por eso la aventura de leer (o más bien su recuento) hizo pausa, pero no la biblioteca. Después, la reflexión me hizo ver que mudez no es necesariamente madurez (con todo y cacofonía), pero la autocensura sí puede ser perversa discreción.

El apresuramiento en los trinos y en los muros feisbuqueros suele restarle artesanía, aunque tal vez no oportunidad, a las palabras.

Por razones como esas, el “viejo posteo bloguero”, como algunos en este desértico barrio aún le decimos, parece haber perdido algo de su lustre… pero no la magia. Decir y no decir, a través de trazos, trinos y lo que salga, sigue siendo la construcción de un diálogo, primero con el yo que resuena en mi cabeza y luego con quien se ofrezca.

Como decía el letrero del farmacéutico: este negocio abre sus puertas cuando me da la gana, y las cierra a la misma hora.

Las conversaciones continúan, aunque el ajetreo ya no sea tan aparente; los canales siguen abiertos, y la historia avanza, a veces sin voces discernibles, pero nunca sin palabras. Y a propósito…

AVISO PARROQUIAL

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Hablando de imágenes y guiños, nos da gusto comunicar al personal que la FotoMadrina ha decidido ofrecer al público algunas muestras de su trabajo tras la lente. La exposición se llama Sin Palabras (no entiendo :-P ) y estará abierta desde el 4 de abril, acá en la esmogópolis. Quede la invitación.

La letra sin salsa entra

Una historia que se antoja. Provechito.

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AVISOS PARROQUIALES

Hoy, hace 50 años, el maestrísimo Joaquín Lavado parió a la Mafalda y su pandilla. Bendito sea, por muchos años, el inigualable Quino. [CORRECCIÓN: San Quino dice que la Mafalda es más joven, y que su cumpleaños es en septiembre. Ya festejaremos entonces, que pretextos sobran. Y gracias a Jolie por el dato.]

En otras noticias, los motivos de la ausencia permanecen, pero la terquedad de ignorarlos también. Estéi tuned.

Razones de letras III: La gana soberana

“Con la certeza matemática de no ser más tonto, me senté ante mi mesa y escribí una novela” — G. Tommasi di Lampedusa

Hay ocupaciones (es decir, características, no necesariamente virtudes) que parecen invocar victimarios espontáneos.

Tal es el curioso efecto que provoca en ciertas personas enterarse de que a uno le gusta leer. Por ejemplo un amigo –devoto de las actividades al aire libre– que al encontrar al lector instalado en cómoda silla, con el grado de sombra preciso y una bebida refrescante al alcance de la mano, sólo atina a decir: “¿Cómo te puedes quedar allí sin hacer nada en un día tan maravilloso?” O, al contemplar las condiciones de un ejemplar que hacen evidente su uso repetido: “¿Para qué guardas un libro que ya leíste?”.

Es peor si descubren que, aparte de disfrutar la lectura, nos gusta escribir. “Has de tener mucho tiempo“, me dijo uno, con el tono de que eso de trasladar ideas al papel delata consagración absoluta a la holgazanería (con h). Igualito le dicen a los diseñadores, arquitectos, actores y muchos otros, que porque nomás hacen dibujitos, repiten palabras o pulsan botones. Cómo no.

Otro quiso saber sinceramente cuántos libros he escrito. Igualmente sincero (y casi tan pragmático) le dije: ninguno que valga la pena todavía. De inmediato me contestó: “¿Entonces, de qué te sirve  escribir?”.

La respuesta no la transcribo. Pero me recordó (más o menos) un viejo chiste:

Leí que el alcohol era malo y dejé de tomar. Leí que el tabaco era malo y dejé de fumar. Leí que el sexo era malo y dejé de leer.

Yo sigo leyendo. Y escribiendo también. Porque sí.