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Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».
El desayuno, de Luis Alberto de Cuenca (1950- ), escritor y político español.

 

EyL3aCon el calor primaveral, muchas cosas pueden suceder, y a veces basta con un poco de papel y algo más.

Acompáñenme a levantar la vista al cielo en mi turno de abril para el colectivo Escribidores y Literaturos.

Recado al vuelo. Para que (esta vez) a las palabras se las lleve el viento.

 

12

Gracias al súbito silencio en una conversación de amigos, me puse a observar un grupo infantil (más niñas que niños) que disfrutaba alrededor y dentro de la alberca. Dos equipos espontáneos perseguían un balón, mientras algunos más se deslizaban por una resbaladilla para caer al agua...

Sobre nuestras cabezas, un abanico chirriante jadeaba intentando refrescarnos sin éxito. La mejor opción era acudir a una nevera plástica repleta de cervezas, y atacar con decisión las viandas. Con el estómago y la boca en acción, el calor se siente menos.

No recuerdo mucho de lo que hablamos, porque ante las risas de los niños, las ironías adultas importan bien poco.  Preferí observar a un niño patear el balón y a una niña que dio la vuelta para atraparlo con un movimiento desmañado y al mismo tiempo digno de un ballet: la coreografía espontánea de las hadas, con rítmico chapoteo como música de fondo.

Sí, recuerdo bien esa reunión, porque me hace tener presente, cuando necesito algo de calma, la tranquila concentración de los niños que juegan, con toda seriedad, en medio de sonrisas. Allí es cuando me asalta, desde la distancia (no tan) adulta, el por qué de una (más) de mis frases favoritas:

"Los cuentos de hadas son más que verdaderos, no por enseñarnos que existen los dragones, sino por decirnos que pueden ser derrotados".  (G. K. Chesterton, por supuesto... parafraseado por Neil Gaiman en el epígrafe de Coraline).

13

El encargado de la cosecha acudió a Lou-Sin para decirle en tono de confidencia que al terminar las tareas diarias, uno de los monjes, apartándose de los demás, se convulsionaba en una esquina del huerto. El maestro prometió tener en breve una conversación con el joven monje.

A la mañana siguiente, el discípulo no estaba en el grupo de quienes acudieron a desyerbar el jardín, y el hermano hortelano, algo inquieto, le preguntó al maestro por él.

Entonces Lou-Sin, en tono de confidencia, dijo: Aunque me gusta la música, yo tampoco sé bailar, y él ofreció ir al pueblo a buscar alguien para que nos enseñe.

Luego el maestro se alejó, silbando y convulsionándose, hacia una esquina del huerto.

12

...Si me recuerdas, con sólo sostener entre tus manos mis palabras podrás escucharlas también. Cuando te hable de mis visiones y encuentros, si  te importo (como dices), sentirás el olor del pasto en el rocío de la mañana y te hará estornudar.

van_eyck_003wikimediacommonsEntonces será como si estuvieras junto a mí. Me escucharás decirte que jugar con la luz se parece a perseguir un mechón de tus cabellos, siempre cerca, siempre lejos, huyendo de mis dedos que quieren asirte con esa rabia que un día me hizo mirar fijamente al sol y congeló para siempre la rebeldía en mis retinas.

Sé que tus horizontes se dilatan con los míos. Por eso escribo esta carta después de caminar todo el día; por eso me recuesto rodeado de flores, junto al arroyo que sació mi sed con una carrera de cristal que sonríe. ¿Verdad que es deliciosa el agua fresca? Bálsamo inigualable para los pies, para el alma que invoca.

Por eso, cuando llegues al final de la página, perdona el impaciente trazo de mis letras-tuyas: piensa que las manos de un rapsoda ciego no se han acostumbrado aún al punzón. Y si acaso quieres besar mi nombre, no te extrañe encontrar un poco de sal en tus labios; es sólo una lágrima de mi torpeza, de mi amor, de mi cansancio...

4

beach_sandEn alguna caja encontré hace poco un trozo de foto, entre los sobres viejos de las antiguas musas.

Junto a ella, en lo que pensé que era una carta pero resultó un sobre vacío cuidadosamente doblado, leí un nombre de mujer junto al de un país que no era el mío, y encontré un mechón de cabello no tan misterioso, que me hizo sonreír primero sin malicia.

Pero me costaba trabajo recordar por qué ese fragmento de foto, donde sólo aparece un poco de arena.

¿Significa que la rompí, o que la guardé por algo? Ni idea.

Mientras intentaba pensarlo, poco a poco la escena se me presentó cuando no era imagen. Cuando estuve allí. Entonces, es verdad, nada me importaba más que esa esquina de la playa.

La arena no era blanca, sino... color arena, como dicen quienes no conocen el Caribe.

A partir de entonces sólo pude contemplar ese fragmento de recuerdos, hasta que Benedetti se entrometió en mi memoria y desperté.