5

Al borde de una jornada electoral sobre la que se ha dicho prácticamente todo lo posible, entre candidatos y partidos, debates y encuestas, trinos, marchas, mentadas y sátiras, echo en falta dos cosas, o una sola con dos facetas, que me parece indispensable: el silencio y la palabra.

Extraño al silencio, porque es la única herramienta, en este océano de ruidos y gritos, para llegar a una decisión solamente mía. Y perdón por no decir "de cada uno y cada una"; la corrección política es muchas veces disfraz de los no incluyentes, que tuercen el lenguaje hasta el cansancio. Esa corrección tampoco sustituye a los modales, antes llamados civismo; la capacidad de convivir con los demás considerándonos entre todos primero como personas, luego como ciudadanos, y después todo lo que cada quien quiera, pueda o se deje, pero sólo a partir de allí.

Me hace falta la palabra, así en singular, porque significa una promesa clara, irrenunciable y estricta, que nace de la historia y el testimonio personal, no de un discurso. Esa que equivalía a un contrato y superaba al notario, ahora que tantas se olvidan en cuanto son pronunciadas, y cuando en su lugar sobran excusas para decir que mi falta de palabra es culpa de otros.

Necesito silencio, porque allí encuentro la prudencia para escuchar siempre —incluso guardándome la incredulidad, el asombro, y desde luego el insulto o la burla ante la opinión ajena o contraria— y también la paciencia (o la audacia) que ayuda a dar ejemplo y aprender de otros. Quien piensa distinto de mí no es por eso un tonto; el que ignora lo que yo sé quizás no busque compartir conmigo. La verdad no siempre acompaña a la opinión mayoritaria o el decreto, así como el error no es irremediable sentencia de muerte para el individuo.

Estoy harto de oír que éstos no tienen la razón y que aquéllos movimientos son auténticos; que unos no toleran a otros, y que los de allá son peores que los de acá. Me preocupa que, tal como los candidatos, quienes debemos elegir sólo hemos dado muestra de que no sabemos ponernos de acuerdo con los demás, precisamente en lo más importante que compartimos todos.

Gane quien gane, suceda lo que suceda, al día siguiente habrá todavía un país lleno de necesidades y diferencias. Y lo que tendremos para solucionarlo será lo mismo de siempre: ciudadanos.

Busco aprender, para que el día de la elección pueda usar bien esas dos herramientas. Entonces, a solas ante la urna, podré expresar mi decisión. No sufragaré por una causa, un movimiento o un partido, sino en nombre propio: de modo anónimo, pero significativo.

#YoSoy1Voto para construir mi país. Espero no ser el único... y que ello tampoco me detenga.

 

7

El alcalde del pueblo quiso agasajar con un paseo por los jardines del templo a un funcionario visitante, quien --acostumbrado a mucha pompa y ceremonia-- disimulaba mal su aburrimiento, y finalmente preguntó si era cierto que en aquel lugar vivía un monje famoso. El alcalde señaló a Lou-Sin, que junto a sus discípulos había acudido al ver la comitiva.

El funcionario aprovechó la ocasión para lanzar un discurso sobre cómo la necesidad de impartir sabiduría era pesada carga para los hombres cuyo cargo así lo exigía. Dirigiéndose a Lou-Sin, concluyó: seguramente usted entiende de eso.

El anciano meneó enfáticamente la cabeza, y el burócrata imperial, algo amoscado, preguntó: ¿No le dicen por eso "maestro"?

Entonces Lou-Sin dijo: Me dicen así porque todavía aprendo, y porque a veces soy el primero en lograrlo.

9

"Con la certeza matemática de no ser más tonto, me senté ante mi mesa y escribí una novela" -- G. Tommasi di Lampedusa

Hay ocupaciones (es decir, características, no necesariamente virtudes) que parecen invocar victimarios espontáneos.

Tal es el curioso efecto que provoca en ciertas personas enterarse de que a uno le gusta leer. Por ejemplo un amigo --devoto de las actividades al aire libre-- que al encontrar al lector instalado en cómoda silla, con el grado de sombra preciso y una bebida refrescante al alcance de la mano, sólo atina a decir: "¿Cómo te puedes quedar allí sin hacer nada en un día tan maravilloso?" O, al contemplar las condiciones de un ejemplar que hacen evidente su uso repetido: "¿Para qué guardas un libro que ya leíste?".

Es peor si descubren que, aparte de disfrutar la lectura, nos gusta escribir. "Has de tener mucho tiempo", me dijo uno, con el tono de que eso de trasladar ideas al papel delata consagración absoluta a la holgazanería (con h). Igualito le dicen a los diseñadores, arquitectos, actores y muchos otros, que porque nomás hacen dibujitos, repiten palabras o pulsan botones. Cómo no.

Otro quiso saber sinceramente cuántos libros he escrito. Igualmente sincero (y casi tan pragmático) le dije: ninguno que valga la pena todavía. De inmediato me contestó: "¿Entonces, de qué te sirve  escribir?".

La respuesta no la transcribo. Pero me recordó (más o menos) un viejo chiste:

Leí que el alcohol era malo y dejé de tomar. Leí que el tabaco era malo y dejé de fumar. Leí que el sexo era malo y dejé de leer.

Yo sigo leyendo. Y escribiendo también. Porque sí.

 

5

Ante las tristes noticias recibidas sobre Fukushima, los monjes se acercaron al viejo maestro en busca de palabras de consuelo y esperanza. Lou-Sin les invitó a cerrar los ojos y meditar ante el fuego ceremonial del patio.

Mientras tanto, llegaron al monasterio algunos grupos que hacían campismo en el bosque vecino, y al ver a los monjes decidieron imitarlos. Pronto, el patio entero estuvo repleto de gente.

Entonces uno de los discípulos preguntó: Maestro, ¿qué hacer cuando suceden estas catástrofes?

Entonces Lou-Sin señaló con gesto amable a la multitud y dijo: Quienes extienden la mano para actuar siempre encontrarán otras manos que les acompañen.

7

Aquel día, el pueblo cercano al monasterio se preparaba para una celebración que a unos les parecía costumbre añeja pero poco significativa y otros consideraban tradición noble y necesaria.

El alcalde, buscando aprender (y también agradar a sus electores), decidió invitar al viejo maestro a dar el discurso del festejo.

Al tomar la palabra, tras una reverencia a la asamblea, Lou-Sin sonrió y dijo:

Las fechas son valiosas no por obligarnos a conmemorar recuerdos, sino porque nos impulsan para crearlos.

3

En alguna de mis lecturas hallé una frase de Mark Twain que se quedó conmigo sin la fuente exacta: "Si se enviara un mensaje a cada hogar diciendo 'Huye, todo se ha descubierto', las casas quedarían vacías". Así es el antimurmullo, la esfera negra recibida en el comedor del Almirante Benbow. Un diagnóstico de fatalidad ante el que sólo cabe una de dos cosas: embrutecimiento o entrega.

No sé si resulte irónico solamente para mí, pero leer a un clic de distancia el elogio a la imaginación de Vargas Llosa al recibir el Nobel y las declaraciones de Julian Assange, el "antiprofeta" de Wikileaks, me han hecho mirar sobre los hombros un poco más paranoicamente que siempre. Recordé entonces uno de los principios sí escritos de este espacio: "vivir no ensucia, y si nos cae la mugre, agradecemos que sea nomás por fuera".

En la casa de los trinos, por ejemplo, ¿qué pasaría si el torrente de mensajes directos quedara al descubierto? Alguno se cuela a veces, y nunca falta el ánimo chocarrero que inmortaliza esos despistes.

Creo que olvidamos, en este tráfago de voces, el valor de los verdaderos silencios y la confianza que se ejerce en una conversación directa. Lo que se pierde, si no lo sabemos cuidar (fácil: sólo requiere modales), no es el secretismo, sino la libertad de elegir a quién decirle lo que queremos decir.

Creo que ni siquiera la imaginación está a salvo de su locura, y que el territorio humano se vuelve más agreste a cada frase intempestiva. Por eso defiendo, más que la "cultura de la denuncia" o el "edificio de cristal", la educación de la confidencia, el valor de lo discreto. Porque exige criterio, formación y congruencia, así como el escultor no sólo maneja el cincel, sino que tiene un plan de trabajo y una lija de agua.

Aprender a conversar con electrones, con voces o con signos es algo indispensable para convivir (vivir-con). Saber que las palabras son poderosas, y pueden ser eternas, no debe impedir que las usemos.

Aunque no sea secreto, lo que nos llega así, como en voz baja, tiene efecto contundente, casi físico. Y a veces sin el casi. No hablo del chisme, sino de ese susurro con retintín que es signo de ironía, complicidad o regocijo compartido.

Allí residen la magia y el poder de las voces al oído: en estremecer el alma de hombres y de palabras.

10

"Cuando leemos algún texto impregnado de fuerza personal, nos parece atisbar un rostro tras las letras que no es necesariamente la verdadera faz del escritor. Así me sucede con Swift, con Defoe, con Fielding, Stendhal, Thackeray y Flaubert, aunque en algunos casos no sé cómo eran sus caras y tampoco me hace falta. Lo que el lector ve es el rostro que el escritor debería tener. Bueno, en el caso de Dickens veo un rostro que no es precisamente el de las fotografías de Dickens, aunque se le parece. Es la faz de un hombre cuarentón, rubicundo y con una pequeña barba. Ríe, y su risa tiene un toque de furia, pero sin malicia ni revanchismo. Es el rostro de un hombre que siempre está luchando, pero abiertamente y sin temor: un hombre de generosa furia, es decir, un liberal decimonónico, una inteligencia libre, alguien detestado al unísono por todas las pequeñas ortodoxias apestosas que hoy en día pelean por nuestras almas". George Orwell, sobre Charles Dickens (1939) --Traducción libre.

7

Qué bien se siente llegar temprano en un día soleado. Tras el deber cumplido, un lugar apacible y luz natural.

Aún no necesito encender nada; podría sentarme a leer.

Damn, se fue la luz. Ya entendí por qué es bueno tener teléfono alámbrico. No estoy seguro de que mi celular esté cargado. ¿Y si llama y me quedo a media conversación? Mejor le mando un mensaje para que no me hable.

Sin electricidad tampoco puedo buscar reseñas de la película; va a pensar que soy un improvisado o un informal si nos vemos aquí. Peor aún, creerá que no puse atención cuando dijo que se le antojaba el cine "de arte". Mejor le hablo.

Ah, pero no se me dan mucho esas conversaciones. Ni siquiera en tuíter, donde los 140 caracteres son demasiados para decir tonterías y muy pocos para conversaciones relevantes. Decir sólo "al rato nos vemos" sale más barato por teléfono, pero así seguro habrá pleito. Lo de después, ni hablar.

Qué bueno, ya regresó la luz. Justo a tiempo para disponer mesa. ¿Dónde habré dejado el teléfono? Ya oscureció, pero qué flojera encender luces para buscarlo. Hay que ser responsables (aunque dé pereza); ya mañana aparecerá.

¿Y si me llama? Mejor pongo a cargar el teléfono de una vez. Claro, tengo el celular, pero ese es sólo para emergencias.

...

Allí fue cuando llegaste. No es necesario contar lo que sucedió después, porque una vez cerrada la puerta, es poco lo que hace falta encender: para eso basta la luz de las velas.

Y después un café.

14

muso_soseki_3_wikimediacommonsAl saber que se había agotado el combustible en el monasterio, un joven leñador se ofreció a ir al bosque vecino en compañía de un monje veterano, encargado habitual de esa tarea.

En el camino, el monje propuso juntar ramas y desarraigar tocones con un azadón,  que aunque les exigiera mucho tiempo o varias visitas, era lo que siempre había hecho. El leñador repuso que era mejor idea emplear  el hacha en uno o dos troncos, para  abastecer al monasterio de una vez y dejar que los árboles jóvenes crecieran más.

Cada uno de ellos sostenía su punto de vista con energía, y dándose cuenta de que no podrían convencer al otro, decidieron acudir al maestro para resolver la discusión.

Lou-Sin escuchó atentamente a uno y a otro, y finalmente dijo: Lo importante es que el fuego no se extinga.

Entonces los dos comprendieron que, para hacer bien su trabajo, era más necesario aprender juntos que demostrar quién tiene la razón.

16

Si el ingenio bastara para hacer un retrato, a más de uno se le ocurren ejemplos.

Escena primera: Un pequeño defecto

Escena segunda: Que sabiéndolo emplear aleja el peligro

Escena tercera: Pero eso no es dispensa