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Chispazos

Lo que no cambia

Hay quienes dicen que una imagen vale más que mil palabras. Pero  todos podemos invocar no mil, sino todas las imágenes; no una sino incontables palabras.

Esas son las cosas que valen: las que surgen con la mirada en alto. Los recuerdos, los esfuerzos, las historias compartidas en esas ocasiones cuando, sin tener una cámara o una grabadora a la mano, se quedan insertas, impresas, encarnadas para siempre.

Mientras yo tenga memoria, y aunque no la tenga, todas esas imágenes y palabras me han hecho lo que soy. No quiero ni intentar pescarlas en una red de frases, porque mi punto hoy es invitarles a convocar, cada quien, las suyas.

Solamente hace falta cerrar los ojos un instante para descubrir que me acompaña, hoy igual que en aquel entonces, mi propia historia, que cada vez tiene más trama (pregúntenle a Anaxágoras). Y por qué no, también un poco de sonido.

Por eso mirar al cielo, aunque sea desde la ventana, se convierte en un acto de desafío, pero también de esperanza.

(La música es de la impresionante Kaz Hawkins, un gran descubrimiento de estas desveladas en cuarentena. Disfrútenla).

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Chispazos Joy-Joy

Diez notas para niños y una no tanto

Luz de sol que no se queda en la ventana.

Aromas que se distinguen y unen en la cocina.

Una llamada transatlántica y optimista.

Grados de calor que no agobian sino abrigan.

Una videoconferencia que se prolonga sin obligación.

Libros que no acumulan polvo y siguen contando historias.

Rostros y gestos reconocibles a pesar de los años.

Recuerdos que se comparten a la velocidad de la luz.

Una lección de genética a través del gozo.

Escribir porque puedo, porque quiero y porque sí.

Lista a la manera de Sei Shonagon (ca. 966-1017), siempre una dama y a veces poetisa japonesa, autora del Libro de Cabecera (no para niños) que inspiró la película (tampoco para niños) de Peter Greenaway. 

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Borrones Corriente Marranadas

No hablarás

floating, by PiccoloNamek (Wikimedia Commons)

Una de las consecuencias extrañas de este encierro es el aprendizaje. No me refiero a todos esos memes que hablan de bajar de peso, cocinar, hacer ejercicio, dibujar con el lado izquierdo del cerebro y escribir con el derecho, o viceversa.

Más bien, estar encerrado me ha hecho ver cuánto hace falta la conversación, sí, pero también que no con todos hablo de la misma manera, ni por el mismo medio, ni la misma cantidad de tiempo, y comparativamente muy poco “en directo”. Quien dijo que la correspondencia ha muerto no sabe cuántos miles de páginas se escriben como correos electrónicos, trinos o mensajes en Whatsapp. El silencio de la voz oculta ríos de tinta donde no hay ronquera que valga, ni es necesario ser uno de los tres tenores. Leer también es hablar.

Me refiero a que tengo queridos amigos con quienes no cruzo más que correos (o mensajes de texto) unas cuantas veces al año; otros, también de antigüedad que ya se mide en décadas, con quienes intercambio llamadas o mensajes decididamente telegráficos: tres palabras o quince segundos, del tipo “quedamos en eso”, “está bien”, “te escribo los detalles”, o “confirmamos mañana”.

Aunque veo con cierto asombro que en ese sentido que digo no falta con quiénes hablar, descubro que me resulta difícil hacerlo con la voz largamente a menos que sea en vivo y en directo. Incluso en grupo (y no influye que ahora estén de moda las videoconferencias, decididamente divertidas) mi modo de ser inmediato es más bien la escucha.

Gracias a la cuarentena entiendo y agradezco la libertad del  texto, así como aprecio el privilegio de un cruce de opiniones frente a la bebida o vianda común… aunque me sorprenda descubrirlo como un clamor silencioso a pesar de la tribu de personajes que me habitan, porque como ya lo he dicho antes, escribir es un flujo de voces que nunca cesa. Lo bueno es que para encauzarlo y mejorarlo existen los afectos, y para amansarlo está la música.

Por cierto, si Pitágoras no miente, este es el post número 500 de la pocilga. Habráse visto, Sancho, como diría el Quijote. Se hace camino al andar.

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Chispazos Marranadas

Celebro

Celebro la curiosidad que se comparte
y saber de otros a pesar de la añoranza,
la música que hoy cabe (casi) toda en mi bolsillo,
y el sol que me visita en la ventana.

Celebro, así como la hormiga de aquel cuento,
que aún puedo cargar mi miligramo
andando un día a la vez, de extremo a extremo,
para llenar de hechos este rincón del tiempo.

También, aunque mi voz no sea la misma
que antes de la adolescencia conquistaba escalas,
puedo escalar las letras y los signos
y esculpir en blanco y negro mejor que la cigarra.

Celebro abrir los ojos con un guiño,
y distinguir entre sueños y esperanzas;
reír a solas o en buena compañía
sigue probando ser buena terapia.

Jugar con las ideas y los recuerdos
y crear anécdotas que recordar mañana.
También, saber que a lomo de los pensamientos
no importan eras, encierros ni distancias.

Más aún que todo eso, yo celebro
que creo y que creo con la imaginación que todo alcanza,
y que si lo contagio, entre todos podremos
construir desde hoy un sólido mañana.

 

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Chispazos

Relevancia de la arena

Basta tener ojos y oídos para captar que hay demasiadas voces en estos días; hasta el más atento pone a prueba su serenidad a cada paso.

El zumbido del caos, la cacofonía del rumor, el asedio del miedo. Una competencia donde, como en el juego del maratón, pareciera que lo que mejor avanza es la ignorancia.

Entre todo ese volumen parece sencillo, incluso tentador, ceder a la inercia y perder no solo el hilo sino el rumbo. Otros alertan que podemos perder la razón, sin saber qué hacer, a quién creerle o para dónde hacerse.

Es entonces cuando el aislamiento (con encierro o sin él) viene bien para respirar hondo y recordar el ejemplo de las ostras, que enfrentan la invasión de un parásito con paciencia y concentración: así es como un simple grano de arena (o algo más minúsculo aún) se transforma en perla.

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Borrones Marranadas

Puertas adentro

Es demasiado fácil ceder paso al instinto
que ante el encierro oxida la esperanza,
pero con voluntad yo también puedo
reanimar con acciones la confianza.

Confío en mi cuerpo, el traje donde habito
desde que sé que soy, y aun antes de saberlo;
en el silencio, hoy más me maravillo
de que a pesar de mí, lo sigo siendo.

Cuanto a mi alrededor hoy me cobija
es obra humana y obra del esfuerzo;
en la vigilia y en el sueño encuentro
algo qué aprovechar, y lo agradezco.

Afuera, a lo ancho de los puntos cardinales
el día se enfila desde que el mundo es mundo,
y hoy como siempre, o no tan como siempre,
las criaturas y las cosas afinan su conjunto.

No es simple la lección: tampoco es imposible
atender al cuidado que todos nos debemos,
y habitar como prójimos y como seres vivos
este mundo que todos compartimos.

 

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Chispazos

Cadencias

El huerto al fondo del monasterio es un lugar activo, pero silencioso. En una esquina crece el bambú, que sirve para hacer todo tipo de cosas, desde los tazones donde comen los monjes hasta la flauta nueva con que ensayan escalas los aprendices.

Parece que las estaciones no importan, porque en otro rincón crecen árboles, en una zanja brotan hierbas aromáticas, y en la cerca junto al pozo hay, además de flores, manojos de legumbres recién desenterradas y lavadas, listas para el caldero que empieza a hervir.

El hermano hortelano vigila con ceño fiero la parcela, mientras trabaja junto a un joven monje.

Los únicos ruidos que se escuchan son el ritmo del agua, la cadencia del azadón y el rumor del viento.

Desde el camino que va de la huerta al templo, el viejo maestro observa sonriente junto a sus discípulos. La lección de hoy, sobre cómo fluyen el orden y la armonía, no necesita palabras.

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Inspiración pura

Sonidos de madrugada

Ya me iba a dormir. Pero entonces supe que Luis Eduardo Aute se mudó al horizonte.

Y aunque lo he coreado mil veces con nostalgia, esta vez repetí para mí solo pero no para mí solo, con mirada fija en cientos de recuerdos, frases de invocación para romper, a fuerza de luz y esperanza, esta noche tan larga.

 

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Chispazos Happy-Happy Inspiración pura Joy-Joy Marranadas

Ahora que sí lees

Hoy traigo para todos ustedes un libro que he releído, recomendado y regalado muchas veces, y que viene completamente al caso para despejar, distraer y divertirse un poco, algo cada vez más necesario en esta cuarentena (y no solo allí).

Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, de Giulio Cesare Croce (y Adriano Banchieri), narra sucesivamente las aventuras de un abuelo, su hijo y su nieto en la corte del rey Albuino en Verona.

La historia podría ser una de esas que cuentan la vida de varias generaciones (por ejemplo Tres lindas cubanas, de Gonzalo Celorio, o Mujercitas, de Louise May Alcott), u otras que hablan de pleitos entre la pobreza y la nobleza (El Señor de los Anillos o hasta Juego de Tronos), cada una con sus bondades, pero no.

La gran particularidad y enorme mérito de este libro se resume en tres palabras, que enfatizo si me permiten (y si no también): sentido del humor. Bertoldo es un rústico campesino, pero su agudeza mental y su ingenio no le piden nada a Sócrates. O al más brillante que le pongan enfrente, pues. En cuanto a su familia… digamos que es interesante ver cómo funcionan las supuestas leyes de la herencia. El libro asombra, enseña y sobre todo hace sonreír a quien se deje. 

Lo mejor: como es una obra escrita en 1620 (aunque traducida y adaptada, sin problemas para el lector actual), está gratuitamente disponible, ya sea en italiano o en una sabrosa traducción al español.

Por supuesto, Bertoldo y sus amigos están en la repisa de cabecera del chiquero… y por si algo nos faltara para quererlo, Croce tiene un breve escrito (aún no traducido), que ostenta el glorioso título L’eccellenza e trionfo del porco. Gracias, maestro.

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Chispazos Marranadas

Boletos numerados

El tiempo en la cuarentena es distinto, de un modo difícil de explicar. Fuera del espacio de esta pocilga, la realidad-real, tras casi dos semanas de encierro, empieza a adquirir rutinas específicas, y no voy a aburrirlos con ellas, pues por algo se llaman así.

Por otro lado, (re)descubro que entretejer palabras, para mí, nunca ha sido rutina, sino más bien un narrador interno que todo el tiempo tiene diferentes actividades, con un atuendo distinto. No solo el vestuario, sino también la especie (animal siempre; eso es indiscutible), el género (literario, por supuesto) y la voz (generalmente activa: los dormidos no escriben).

No soy psicólogo, así que no intentaré aclararlo (y como los psicólogos también se enredan explicando qué es la psicología, estoy tranquilo) pero el trance de escribir, visto desde mi cráneo, es como una obra de un solo actor con múltiples papeles.

Cada noche el público y el elenco son distintos, aunque la imaginación y la inspiración no han cambiado de propósito desde que las descubrí, hace ya muchos años y en presente (es decir, como regalo): especialmente hoy, y a diferencia de los gladiadores, aquí la función siempre es a vida.