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Todo lector frecuente tiene hábitos específicos al acudir a la librería. En cualquier caso, lo más importante es la concentración.

Primero, ojeo a las novedades, hasta llegar a algún libro cuyo autor o título resulte familiar o llame la atención por el motivo que sea. Poquísimas veces sirve leer  la "cuarta de forros", la contratapa o las solapas. Es mejor hojear las primeras páginas: la experiencia enseña que quienes redactan el prólogo o la cuarta de forros no son siempre quienes mejor saben describir o recomendar un libro.

No prestar atención a la ilustración de la portada, porque (excepto --a veces-- en los libros para niños) pocas veces es útil a priori para saber algo de un libro.  Eso no tiene que ver con la calidad artística de la ilustración.

Sólo por encargo específico un lector experimentado acude directamente a los llamados "clásicos". Ese término significa generalmente "libros baratos y mal hechos", o "ediciones conmemorativas muy caras".

Además, ese tipo de libros tienen portadas absolutamente neutras, porque todos saben de qué tratan, ya que seguramente los han leído. Ajá. Por eso hay sorpresa entre los padres de familia cuando  compran a los hijos La Celestina o El Decamerón, o cuando el tío que no lee desde la escuela quiere impresionar a sus sobrinos pequeños regalándoles una edición completa de las Mil y una Noches. Lectura inolvidable.

Para completar el recorrido, el buen lector ejercita el diálogo con los vendedores, expertos que si son dignos de tal nombre deben estar preparados para responder con eficacia planteamientos razonables y específicos.

"Estoy buscando libros de escritores japoneses que vivan o hayan vivido en Japón, que no escriban de temas históricos sino modernos, que no hayan ganado el premio Nobel y que no sean ni Murakami ni Mishima. Mejor si son mujeres."

Ahora sólo queda esperar que la nueva Ley del Libro no acabe con la cacería máxima, esa experiencia mística que separa verdaderamente a los maestros de los simples expertos: la cacería de gangas.

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DEPARTAMENTO DE AVISOS PARROQUIALES II

Próximamente se celebrará en este espacio el primer aniversario de la pocilga.
Al estilo ChanchoPensante: Casi clásico.

Los que están invitados, ya lo saben. Los que no, tampoco necesitan invitación. Acá los esperamos.

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La mayor parte de la llamada nación británica del rey Arturo estaba formada por esclavos, pura y simplemente, conocidos con ese nombre y agobiados por un collar de hierro, y el resto eran esclavos de hecho, aunque se consideraran hombres libres y así se llamaran a sí mismos. Pero la verdad  es que la nación entera tenía un solo propósito en este mundo: postrarse ante el rey, la iglesia y la nobleza, esclavizarse a su servicio, sudar sangre para que ellos se beneficiaran, pasar hambre para que ellos comiesen bien, trabajar para que ellos pudiesen divertirse, apurar la copa de la miseria hasta las heces para que ellos no perdiesen la alegría, verse reducidos a la desnudez para que ellos ostentasen sedas y joyas, pagar sus impuestos para que no tuviesen que hacerlo ellos, practicar durante toda su vida un lenguaje degradante y una actitud aduladora para que ellos pudiesen exhibir su orgullo y considerarse los dioses de este mundo. Y a cambio de todo esto, la retribución consistía en bofetadas y desprecio, y eran tan pobres de espíritu que consideraban un honor incluso este tipo de atención.

Las ideas heredadas son algo curioso, interesante de observar y examinar. Yo tenía las mías; el rey y su gente, las suyas. En ambos casos se trataba de rutinas que habían sido profundamente inculcadas por el tiempo y el hábito. Quien intentase eliminarlas, valiéndose de razones y argumentos, tendría entre manos una empresa monumental. Aquella gente, por ejemplo, había heredado la idea de que todos los hombres sin título y sin una larga genealogía, tuviesen o no conocimientos o dotes naturales, merecían menos consideración que un animal cualquiera, un bicho, un insecto, mientras que yo había heredado la idea de que las cornejas humanas que consienten en disfrazarse con el ostentoso y falso plumaje de las dignidades heredadas y los títulos inmerecidos sólo sirven de hazmerreír.

Mark Twain, Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo (1889).

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Desde que se me ocurrió entrarle a eso del reto de los 50 libros, confieso que estoy un poco más atento a lo que leo y por qué lo leo. Lo que no sabía era que aparecerían muchas lecturas "repentinas" que tal vez no sean válidas para el conteo... pero que también son parte del consumo cultural.

Las "reglas" del reto exigen básicamente que los libros tengan más de 100 páginas y que no hayan sido leídos anteriormente, por lo menos en la inmensa mayoría de los casos. Sin embargo, hay otras lecturas que, acumuladas, también suman buen número de páginas, por ejemplo:

1. Revistas, tanto las "obligadas" (que ameritan suscripción o lectura constante) como las "ocasionales" (que de vez en cuando traen algo atractivo, útil o interesante). En mi caso, las primeras son dos o tres y las otras unas cuantas más.

2. Periódicos (impresos o en línea) aunque sea por la página editorial, la sección cultural, los deportes, la cartelera del cine o la TV... y como decía mi tío abuelo, hasta para saber quién se murió.

3. Los Blogs con mayúscula y sitios de los amigos de la Granja, que son de visita frecuente: Diana, Lalo, Ga, Won-Tolla, El Lic., Mara, Clau, Paloma, Lau, NTQVCA, Mr. 7w7, junto a los que escriben menos: El Gallo, Adrián, Sadóvaya alias Patricio... y hasta Aldo, quien de plano no escribe en su blog desde hace rato.

4. Algunos autores y personajes rara vez alcanzan o superan las cien páginas. Entre ellos ocupa primer lugar  la poesía en general, que comúnmente aparece en las llamadas plaquettes (entre 16 y 64 páginas), a menos que se trate de antologías o recopilaciones que reúnen más de un libro o autor. El otro caso es el de los comics, tebeos o historietas (como quieran llamarles), usualmente de 32, 48 ó 64 páginas... cuando no son versiones en Internet.

Todo esto sin mencionar que cualquier cibernavegante y lector tiene lecturas inconfesables y rincones insólitos de esparcimiento en la Güeb o fuera de ella, llenos de letras, imágenes o ideas que también exigen dedicación.

Lo que no estoy muy seguro de que cuente como lectura son los comentarios blogueros... aunque sin duda los disfruto. Sobre todo cuando se convierten en verdaderas reuniones virtuales, como ocurrió con el post número 100 de esta pocilga y suele suceder en los espacios de la Granja.

Por fin viernes, hora de ponerle pausa a las lecturas talacheras contrarreloj para llegar a las del ocio gozoso, esas que no me paga nadie pero que aderezan mi conversación y hacen más transparente el alma.

Viernes de albricias, porque después de varias décadas de inexistencia, de ignorancia editorial (nunca mejor dicho), reaparece en México un libro de los poquísimos que considero piedra angular de mi biblioteca y releo siempre con gusto: El maravilloso viaje de Nils Holgersson.

La historia de Nils, el duendecillo de los patos, es entrañable porque cuando la leí por primera vez (a los diez años, creo) decidí portarme mal a sabiendas, esperando ser víctima de un hechizo que me permitiera correr tantas aventuras como ese personaje. Porque a los niños siempre les pasan cosas extraordinarias (ese es el punto).

En ese libro descubrí, entre otras cosas, que la geografía de un país desconocido (Suecia) podía ser muy interesante; que todos los animales, especialmente los patos y los zorros, pueden tener una personalidad mucho más agradable que la retratada en las fábulas de Esopo, y que las cigüeñas y hasta los ratones pueden ser muy sabios. La forma de narrar, a medio camino entre la novela de fantasía y el libro de viajes, me recuerda a Mowgli (el de Kipling) , a Bambi (el de Félix Salten) y a las Mil y una Noches. También recuerdo que, con los años, cada nueva visita a estas páginas era distinta: primero me atrajo la fantasía, luego las leyendas y finalmente incluso la geografía y la historia, materias que (por culpa de los los libros de texto) nunca aprecié demasiado hasta que (años después) empecé a leer novelas históricas.

La autora, Selma Lagerlöf, fue la primera mujer que recibió el premio Nobel de Literatura, aunque eso es lo que menos importa y puede no ser garantía, considerando algunos receptores del premio (como Winston Churchill) y otros que nunca lo recibieron, como Borges (y conste que sólo dije uno).

Es mi deber recomendar plenamente las aventuras de Nils a los visitantes de esta pocilga... y aprovecho para anunciar que en mi cuenta personal del año he superado los 75 libros precisamente a la vista del post número 100. Seguiremos informando.

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Por fin viernes, hora de ponerle pausa a las lecturas talacheras contrarreloj para llegar a las del ocio gozoso, esas que no me paga nadie pero que aderezan mi conversación y hacen más transparente el alma.

Viernes de albricias, porque después de varias décadas de inexistencia, de ignorancia editorial (nunca mejor dicho), reaparece en México un libro de los poquísimos que considero piedra angular de mi biblioteca y releo siempre con gusto: El maravilloso viaje de Nils Holgersson.

La historia de Nils, el duendecillo de los patos, es entrañable porque cuando la leí por primera vez (a los diez años, creo) decidí portarme mal a sabiendas, esperando ser víctima de un hechizo que me permitiera correr tantas aventuras como ese personaje. Porque a los niños siempre les pasan cosas extraordinarias (ese es el punto).

En ese libro descubrí, entre otras cosas, que la geografía de un país desconocido (Suecia) podía ser muy interesante; que todos los animales, especialmente los patos y los zorros, pueden tener una personalidad mucho más agradable que la retratada en las fábulas de Esopo, y que las cigüeñas y hasta los ratones pueden ser muy sabios. La forma de narrar, a medio camino entre la novela de fantasía y el libro de viajes, me recuerda a Mowgli (el de Kipling) , a Bambi (el de Félix Salten) y a las Mil y una Noches. También recuerdo que, con los años, cada nueva visita a estas páginas era distinta: primero me atrajo la fantasía, luego las leyendas y finalmente incluso la geografía y la historia, materias que (por culpa de los los libros de texto) nunca aprecié demasiado hasta que (años después) empecé a leer novelas históricas.

La autora, Selma Lagerlöf, fue la primera mujer que recibió el premio Nobel de Literatura, aunque eso es lo que menos importa y puede no ser garantía, considerando algunos receptores del premio (como Winston Churchill) y otros que nunca lo recibieron, como Borges (y conste que sólo dije uno).

Es mi deber recomendar plenamente las aventuras de Nils a los visitantes de esta pocilga... y aprovecho para anunciar que en mi cuenta personal del año he superado los 75 libros precisamente a la vista del post número 100. Seguiremos informando.

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