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¿Por qué la poesía no aparece en la cuenta del Reto de los 50 libros?

¿Por qué la poesía puede costar más trabajo que la prosa más densa, el ensayo más complejo y los estudios más arduos?

No lo sé. Bueno, no es cierto. Sí lo sé.

No está en la cuenta de los libros porque la poesía no se termina de leer: en cambio, se descubre, se paladea y finalmente se adopta. Como caramelo inagotable que espera sólo un recuerdo para reactivar su sabor.

También cuesta más trabajo porque desarma al lector, que no sabrá bien lo que lee pero tarde o temprano lo siente. Y de lo sentido no hay cómo esconderse.

La poesía no se anda con tonterías, pero es paciente con los bobos; no derriba muros, pero conmueve los cimientos para recordarnos dónde se apoya todo. La poesía transforma a quien la sigue con ojos, oídos, manos, sístole, alma y entraña.

Los testigos la reconocen, con un estremecimiento diferente, común a quien descubre tras la Suave Patria una Alta Traición: mismo cielo, mismo suelo, mismo y diferente testimonio. El de quien busca darle voz a un canto, a una búsqueda, que de tan urgente y tan dolida se ha escapado para reposar (ajá) sobre una página.

Felicidades a José Emilio Pacheco por su Premio Cervantes. Pero, sobre todo, felicidades a la poesía, que sigue dejándose leer. Y a veces, hasta escribir.

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Paul_Gustave_Dore_Raven14_Wikimedia_CommonsEn un libro, todo permanece sellado hasta el momento de abrirlo. Allí opera --incluso antes, porque lomo y tapas también cuentan-- un conjuro telepático, una sonda (¿o es una sanguijuela?) espiritual.

Entonces comienza lo que algunos psicólogos han llamado "comunicación de las existencias" entre escritor y lector. Cualquiera que haya escrito siquiera una breve carta, por banal que sea, conoce esa sensación en sus dos extremos: la del barco a la deriva que encuentra un faro, la botella rescatada del océano antes que el náufrago. Acá en mi pueblo dicen también "el veinte cae".

Las letras atrapan; en cuanto se ha aprendido a leer, toda palabra pertenece instantáneamente a quien acude a su presencia.

Una vez abierto ese canal, es inevitable el estremecimiento, el escozor, el gozo, el pasmo o la carcajada ante una hoja impresa, o ante un par de palabras, o una sola, o mil de ellas.

La lectura es rito de iniciación en una hermandad cósmica, intemporal, contagiosa. A partir de ella, el mundo personal enriquece irremediable, casi imperceptiblemente, con glotonería virtuosa a cada sílaba.

Antes del lector, la palabra es silencio. Después, el mundo no calla.

Nunca más.

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cafecito_WikimediaCommonsCada noche, después de apagar la única lámpara de mi cuarto, en el momento de la inmersión al sueño, comienzan los sonidos.

Cadenas, rechinidos, gritos que me rodean conjurando insomnios como maldiciones; presencias intangibles que susurran arcanos en lenguajes desconocidos pero extrañamente familiares.

Luego, silencio. La sábana empapada de sudor me atrapa nuevamente... y regresan los ruidos. Ahora son luminosos, como de fiesta, y entre las voces reconozco una palabra igual a mi nombre, aunque no me pertenece.

No quiero investigar de dónde provienen, porque para ello quizás deba despertar del todo y me perdería la tercera parte de la noche, cuando llegas con un café, que en ese momento es lo menos importante.

Lo que sigue no hay por qué contarlo, aunque ha servido para más de una vigilia y una historia.

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cafecito_WikimediaCommonsCierro los ojos y se dispara una cadena de sinapsis con palabras como atolladero, mejambrea, cogorza, embalse, ríspido, tontaina, himenóptero... tarugo.

Después, sin mediar silencio, llega el tropel de escándalo y melodía: el Vuelo del Abejorro, Carmina Burana, Queen & Bowie, Vivaldi, Mertens.

Cuando Guty Cárdenas y Rob Halford hacen dúo, sé que debo estar soñando. Entiendo a Beethoven, que no podía ensordecer su mente y tampoco exigir (siquiera de sí mismo) la perfección que escuchaba dentro del cráneo. Quiero huir, pero me asaltan La Muerte y la Doncella que bailan sinuoso tango entre aplausos y bombillas.

Quizá este cuerpo sea territorio límite, caja de resonancia para un íntimo pleito entre el espíritu y las musas, o el encierro temporal de un loco que recobra la razón mediante periódicas emanaciones y excrecencias...

Cuando despierto cubierto de sudor, estoy seguro de una cosa.

Componer ilusiones, historias o añoranzas no es ejercicio de sonidos, imágenes o tinta: crear es, en cambio, apuntar cadencias que buscan atinarle a la armonía.

Exprés cortado, por favor, y sin azúcar.

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cafecito_WikimediaCommonsCuando abro los ojos, a veces descubro un mundo que no estaba allí un parpadeo antes.

Hoy los colores traicionan al arcoiris, porque aquí la luz parece negra, el vaso de leche que hace un momento saqué del refrigerador chorrea algo entre rojo y violeta, y la hamburguesa  preparada con todos los agravantes me hace pensar esta vez que quizás la macrobiótica no sea una opción tan absurda.

Acudí a mi lugar pero no pude reconocer a los otros sentados ante la mesa. Entonces algo crujió, y no eran mis nudillos. Tampoco las ancianas rodillas de una comensal que le pidió salsa a su vecino. El plato principal parecía... entrañable. Esa palabra nunca la había aplicado a un guiso.

Luego un cucharón pasó ante mi nariz, y supe que estaba soñando.

Aun así, seguramente necesitaré algo más fuerte que un exprés cortado para olvidar que, desde la salsera, mi ojo izquierdo me miró fijamente antes de naufragar.

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