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Corriente

Navegante

photo by Benjamin Gimmel (Wikimedia Commons)A veces los sueños me atrapan a media jornada. Cualquier incidente, cualquier objeto, puede ser la pista de despegue.

Entonces, cada parpadeo no es una respuesta natural a la irritación de los ojos: es una oportunidad para insertarme en el firmamento.

El anonimato me sirve para camuflajear la personalidad de espacionauta. Camino inadvertido mientras por dentro sonrío y emprendo el vuelo.

Los demás no entienden. Para ellos soy un pasajero de la vida como cualquier otro.

No se dan cuenta de que, aunque mi raíz sea la tierra, mi elemento -mi hogar, mi reino- es el cielo.

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Corriente

Nocturno

Tuve una visión de los muebles de una habitación extrañamente mía. No había mullidos sillones, reclinables o no, ni gigantescos sofás que invitaran a hundirse en ellos… cosa nada difícil, dado mi volumen. Más bien dos cojines, presididos por una solemne colchoneta, un tosco cenicero y una planta que no reconocí. Un juego de bocinas y un aparato musical minimalista haciendo equilibrios sobre una mesita plegable. Un poster enmarcado de “Casablanca” o “Lo que el viento se llevó” (¿qué habrá pasado con Chagall, Van Gogh, Miró, Orozco, Herrán, ¡Picasso!?). Y punto.

ìmtura de Lucas Suppin (Wikimedia Commons)Los colores variados, rabiosos, eclécticos y absurdos, al estilo Bauhaus: piso amarillo, cielo (raso) azul, y las paredes de verde, con indiscretos toques de rojo. Ideal para que aparezcan el espantapájaros y el hombre de hojalata zapateando tras un pequinés impertinente.

Tras la pared, tres o cuatro libreros de armar con el Quijote, Tolkien, C.S. Lewis, Montecristo, la Canción de Navidad, Borges, El Hombre que fue Jueves, Don Camilo y una manida copia de la Divina Comedia; en ellos y con ellos busco sabiduría.

Si persigo una sonrisa, leo a Louise May Alcott, o a Jardiel Poncela. Para una seriedad con pátina de burla y de nostalgia, Los Pasos de López, o El Maestro de Esgrima. Abandoné al Marqués de Sade por el Marqués de Piloncillo (mayordomo del castillo). Me dejo seducir por el biógrafo de Zaratustra, pero siempre regreso al verbo ágil y flexible de la mayéutica.

A punto de sufrir una metamorfosis como la de Gregorio Samsa, pero región cuatro, miré la pared pensando qué gusto esparcir jirones de uno mismo, crear el entorno adecuado para que germine, entre cuatro paredes, eso que llamamos “vida hogareña”.

Me asomé al espejo, desportillado en una esquina, torciendo el bigote que disfraza de seriedad mis carcajadas, y aventuré la mirada por la ventana para guiñarle un ojo al siempre fiel Troncomóvil; alcé los brazos para tocar el cielo (raso) azul. Lo logré, pero no pude asirlo. Cerré las manos con un rastro de pintura fresca y de sonrisa, mágico elixir contra el despotismo iletrado, las llaves que gotean, las cuentas que se vencen, los encuentros que se aplazan….

Y en ese momento, desperté.

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Corriente

Palabrería cotidiana

A veces olvido pagar la cuenta de la normalidad. Pero la vida, que sí tiene buena memoria, pasa la factura.

Pago el pesero con un billete de Colombia que me regaló un amigo. Y el chofer, después de ver mi cara distraída, nomás me dice: no tanto, joven.

deletrear (Wikimedia Commons)Tropiezo al ingresar al Metro. Mi altura y volumen sacan del sopor a los demás pasajeros. No pasó nada, pero me pregunto por enésima vez si los dedos meñiques de los pies sirven para algo más que para aplastarse contra los obstáculos. Reprimo una exclamación, y los otros sonríen a medias: a esa hora, cualquier cosa que no sea el estridor de un merolico es distracción bienvenida.

Llego a mi curso justo a tiempo para aspirar el fresco aroma a Pinol del pasillo recién trapeado. Ni un alma todavía. Resbalón, dedazo en el escalón y nueva danza de los antepasados.

La luz fosforescente me hace entrecerrar un poco más los ojos. Saco el cuaderno y, entonces sí, una sonrisa despunta entre mis labios.

Así, a veces, se manifiesta la cotidiana magia de escribir.

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Corriente Happy-Happy

El clic de leer

Hace poco descubrí, camino al trabajo, que los niños necesitan muy poco para distraerse y hacer sonreír. Algo le llamó la atención a este del que hablo (de dos o tres años, no creo que más) cuando me encontró a mí, que por supuesto estaba enfrascado en mi lectura mañanera. Se me quedó mirando largo rato y se trataba de asomar a mi libro.

Metro Ciudad de Mexico (Wikimedia Commons)Quienes me conocen saben que una vez metido en las páginas es muy difícil sacarme de allí. Pero el escuincle no iba a ceder.

De pronto, una mano regordeta (que no era la mía) le dio un tímido jalón a mi libro, que yo le atribuí al movimiento del metro, hasta que la esquina del libro se dobló. Dos ojos se encontraron con dos ojos. Pero no hubo susto, sino confianza.

El niño se asomó finalmente a mi libro, y pude ver (como en las caricaturas) que algo le hacía “clic”. Ya entiendo, estabas leyendo.

En ese momento, la mamá del niño le dio a él un exitoso jalón, para salir del metro justo a tiempo. Como epílogo, el niño agita la mano y se despide del lector, que se queda sonriendo un par de estaciones mientras la inercia de la lectura lo atrapa de nuevo.

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Explicaciones

Comer mole (o cochinita) y leer a los rusos

Debo admitirlo: los escritores rusos siempre han sido para mí como un buen guiso que oculta su verdadera apariencia y solamente se revela a los sentidos de uno en uno, casi a traición. Como el mole oaxaqueño o la cochinita pibil que se consumen en el mercado o en casa de la abuela.

Digo, pues, que para leer a los rusos, como para comer estos platillos misteriosos, se necesita un buen tiempo sin estorbos y adecuado ruido de fondo (o silencio de fondo) para envolverse en la atmósfera y “dejarse llevar” por los sentidos, uno a uno. Por cada personaje.

De pronto, un detalle me hace dudar de mi percepción o de la traducción (alguno de los sentidos detecta algo sorpresivo, o quizás fuera de lugar, que invita a volver atrás, a releer, a reflexionar).

Es hora de tomar un respiro. Entonces aparecen en tropel (como las canicas de Cri-Cri) los recuerdos de otras lecturas, en este caso apocalípticas o persecutorias, con un toque de guerra fría o revolución cultural (“los novísimos”, dirían los teólogos: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria, así, con mayúsculas).

Me duelen las pausas, porque sé que esta comunión de letras es fugaz y delicada, una sensación intensa y frágil que hay que fabricar con paciencia. Así recuerdo que el libro interruptus es una falta de respeto.

En ese momento sé que la historia promete; sólo me queda perseverar para saber si cumple.

Y si es realmente buena, me enteraré hasta después de haberla terminado, cuando “me caiga el veinte”. Allá serán el gozo y la sonrisa, que se desabotona en carcajadas.

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Borrones

Diría Campoamor…

A veces me gusta imaginar colores que no importan.

Como los dinosaurios. No hace falta que tengan color. No sé siquiera si existieron como nos han dicho que eran.

Pero eso a los dinosaurios no les importa, y menos a mi dinosaurio favorito, que nunca se parece a Barney ni a Godzilla.

Sí, sé que ninguno de los dos existe y ni siquiera son dinosaurios de verdad. Pero no hablo de ellos. Hablo de los que imagino sólo por divertirme sin que importe que los dinosaurios y los hombres nunca coexistieron.

Por eso digo que los colores no importan, al menos éstos, los que son de seres imaginarios.

Pero tampoco los colores de los seres que conozco: Esos me importan porque SON.

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Marranadas

Texas, Anywhere

Paisaje en Texas (Wikimedia Commons)«Es extraño si uno lo piensa bien. Por todas partes hay oportunidades para delinquir. La constitución del estado de Texas no establece ningún requisito para ser sheriff. Ni uno solo. No existen leyes de condado. Un cargo que te confiere casi tanta autoridad como Dios y para el cual no se exige ningún requisito y que consiste en preservar unas leyes inexistentes, ya me diréis si eso es o no es peculiar. Porque yo digo que lo es. ¿Funciona? Sí. El noventa por ciento de las veces. Gobernar a los buenos cuesta muy poco. Poquísimo. Y a los malos no hay modo de gobernarlos. Al menos que yo sepa.

(…). Hace un par de años Loretta y yo fuimos a una conferencia en Corpus Christi y a mí me tocó sentarme al lado de una mujer, era la esposa de no sé quién. Y no paró de hablar, que si la derecha esto que si la derecha lo otro. No estoy seguro ni de lo que quería decir con eso. (…) Al final me dijo, dijo: No me gusta dónde va este país. Yo quiero que mi nieta pueda abortar. Y yo le dije, mire, señora, no creo que a usted le preocupe en realidad adónde va este país. Tal como yo lo veo no me cabe ninguna duda de que su nieta podrá abortar. Es más, creo que además de abortar también podrá hacer que le practiquen a usted la eutanasia. Lo cual puso fin a la discusión».

Cormac McCarthy, No hay lugar para viejos.

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Inspiración pura

La poesía, contemplación y crecimiento

Novalis en Wikimedia Commons«La poesía actúa y reina por medio del dolor y la exaltación, por el placer y el displacer, el error y la verdad, la salud y la enfermedad. Mezcla todo para el gran fin de todos sus fines: la elevación del hombre sobre sí mismo».

Novalis (1772-1801). Granos de polen.

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Explicaciones Marranadas

Palabra que hay vidas así

Alguna vez me preguntaba qué es primero: la imagen o la palabra. Eso ha sido siempre un sabroso tema de discusión con amigos y no tan amigos: el eterno dilema (casi) del huevo y la gallina en el tema de la creatividad.

Hoy encontré un cortometraje que ilustra al menos un aspecto de eso en la página de Coudal Partners, un despacho de diseño de Chicago. El trabajo (en inglés y sin subtítulos) se llama “Copy Goes Here”, y vale la pena, especialmente para los que se dedican a la escritura, el diseño, la publicidad o similares. Cualquier semejanza es discutible. Pasen a verlo. Aquí espero sus comentarios.

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Inspiración pura

Las historias viven

Dedicado a todos los que narran o inventan.
Y a todos los que escuchan.

« —¿De dónde sacó la historia que me contó la última vez? —me preguntó finalmente—. ¿de algún libro?

—Sí —le contesté, tristemente—. Los historiadores la enterraron allí, desde que murió, no hace mucho. Apenas hace un siglo aún vivía, despreocupadamente, por cierto, en muchos labios. Pero las palabras que ahora emplea la gente, esas palabras pesadas que no pueden cantarse, eran sus enemigas, y la fueron quitando de todas las bocas, de manera que al final vivió muy solitaria y pobre en un par de labios secos, como en una menguada pensión de viuda. Y allí murió, sin dejar herederos, y fue enterrada, como ya dije, con todos los honores, en un libro, donde yacían otros miembros de su familia.

Rilke por Paula Modersohn-Becker (Wikimedia Commons)—¿Y era muy vieja cuando murió? —preguntó mi amigo, fascinado por mi ficción.

—Tenía cuatrocientos o quinientos años —le informé, de acuerdo con la verdad—. Muchos de sus parientes alcanzaron una edad más avanzada aún.

—¿De veras? ¿sin haber descansado nunca en un libro? —preguntó Ewald, sorprendido.

—Por lo que yo sé —le dije—,viajaron siempre de una boca a otra.

—¿Y no dormían nunca?

—¡Oh, sí! Abandonando los labios de un cantor podían, de vez en cuando, morar en algún corazón, donde encontraban calor y oscuridad.

—Pero la gente vivía de una manera tan tranquila que las canciones podían vivir en sus corazones? —preguntó Ewald, incrédulo.

—Así debía ser. Dícese que hablaban menos, bailaban danzas cuyo ritmo creciente apaciguaban con su balanceo, y, por encima de todo, no reían, como suelen hacerlo hoy día, estrepitosamente, a pesar del general progreso de nuestra civilización.»

Rainer Maria Rilke (1875-1926), Cómo el viejo Timoféi murió cantando.