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cafecito_WikimediaCommonsVereda poderosa, el camino amarillo. Ese, el que lleva a alguna parte.

Al centro, un niño con el mágico poder de contemplar claramente su futuro inmediato decide que no le basta; quiere más.

Busca un espejo que le ayude a mirarse la nuca en la esquina de la pared, un tenedor que pueda trinchar pasta recocida, o una lengua suficientemente larga para lograr lamerse el codo.

Al correr tropieza con una pelota en forma de hongo, o quizás era un conejo con chaleco junto a un gusano fumador que recita a Oscar Wilde, pero no tiene tiempo de fijarse porque el libro de Ciencia Ficción que está leyendo resulta en verdad interesante. Después descubre que lo de no poder lamerse el codo no es cosa suya: nadie es capaz de hacerlo.

En otra parte, el Minotauro se aburre porque ha descubierto que en realidad prefiere ser vegetariano, con tal de que alguien se quede un rato a platicar, pero la naturaleza o la costumbre siempre le ganan, y él, debil ante sus debilidades, se resigna. Después, regresa al centro del laberinto a intentar ponerle esquinas al tiempo, o engarzar los minutos en flores como ofrendas.

Debo dejar de tomar tanto café en las tardes.

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notenblatt2_gnu_gplwikimediacommonsLa calle está en silencio, a pesar de ser media mañana.

En la esquina, el loco que se ponía a pescar desde la banqueta ha descubierto un nuevo pasatiempo: la música. Ahora, en vez de imaginarse a bordo de una barca bamboleante, se planta como frente a un atril y acomoda bajo su barbilla un violín eólico o una imaginaria tuba.

Sin moverse, espera a que alguno de los peatones le dirija una mirada más curiosa que cauta. Entonces, emprende con entusiasmo una melodía que sólo él conoce y no comparte.

Poco a poco la actividad se detiene, y al primer curioso se suman otro y otro más: la señora con sus hijos camino a la escuela, el vendedor de paletas o de globos, el policía de la cuadra. Todos callan.

El músico de la nada termina su interpretación, y los espectadores se dispersan entre aplausos inmateriales, que cubren todos los rostros con una hojarasca de sonrisas.

Nada como descubrir que, aun cuando el papel está pautado, las notas siempre pueden salirse del pentagrama.

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El divertido artículo de Alberto sobre lo que es un blog me anima a sacar la nariz de la pocilga para opinar al respecto.

Hay blogueros que se toman muy en serio su espacio gracias a Adsense (no me pregunten qué es eso) y otras herramientas técnicas, que les dan, según esto, dinero u otros beneficios. Por eso sólo hacen "intercambio de enlaces" con otros blogs que tienen características que les convengan (por ejemplo tema y popularidad, que en lenguaje bloguero se conocen como "Contenido" y PageRank).

Esto significa, hablando en chancho: "no te pongo en mi lista porque no eres de los míos". De que los hay, los hay. Y qué bueno: en Internet, el blog de cada quien es su casa, faltaba más.

Otros blogueros, en uso de su soberana libertad, ponen en "su lista" las curiosidades o descubrimientos gratos o ingratos de su vagancia internáutica. En estos casos, los enlaces se ponen por antojo o criterio personal, no por obligación, aunque pueda parecer a veces una competencia de... elogios, como bien dijo Mr. Wolf.

El Alberto es precisamente de estos últimos. Es más, creo que pocos de los blogueros enlazados en su "lista" han puesto una liga recíproca, eso cuando han querido darse por enterados.

Pero en esta pocilga eso no importa; aquí no hay enlaces pagados. Ni le invitamos a visitarlos al que no quiera. Allí estarán, eso sí. Pero luego no vengan a decir que no les caen bien, porque a mí qué. Con todo respeto.

Total, hay vida fuera de la Internet... ¿o no?

Actualización: Para mayor evidencia de lo aquí dicho, vean nomás los comentarios a este mismo artículo.

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