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muso_soseki_3_wikimediacommonsAl atardecer, el maestro Lou-Sin y sus discípulos volvían al monasterio. Alguno tropezó en la semioscuridad; otro, extraviado, dio voces para encontrar a sus compañeros. Finalmente, todos llegaron a su destino en plena noche.

Mientras acomodaban la leña recolectada para hacer una fogata, uno de los monjes dijo: Maestro, ¿por qué no encendimos antorchas en el bosque?

Lou-Sin le respondió:

En el camino de la vida, las distracciones y las dificultades, como la oscuridad, no siempre avisan, pero siempre llegan.  Por eso es necesario confiar y pedir ayuda: aunque el camino está allí para todos, quien lo recorre por su cuenta y en silencio puede perderse, aunque tenga un poco de luz, y para quien camina en compañía, el camino es más amable aunque esté obscuro.

Lo mejor es que quienes saben guardar leña pueden compartir juntos un fuego y un calor que no harán olvidar el camino recorrido, pero seguramente  alcanzarán para toda la noche.

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Cervantes, grabado por Frederick Mackenzie (Wikimedia Commons)

"Una vez más en esta ocasión se te ha venido trayendo a la venta este artículo nuevo de moda y novedad..."

(Pregón en el Metro de la Ciudad de México, que me hace pensar, como diría Jardiel,  que seguramente no faltará quien crea que prosodia es una dieta alta en sal, y sintaxis es desplazarse a pie por falta de transporte).

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Cómo me caga cuando alguien escribe un correo y pone como encabezado: "Buenas noches Fulano"
Chiiiiiingao.
Si me enojo.

Por eso nomás aviso, estamos de vuelta después de haber roto unos cuantos platos en la trastienda. Espero que no haigan habido inconvenientes y que sigan disfrutando su estancia con nosotros.

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cafecito_WikimediaCommonsA veces me canso de pasar las páginas y si no he tomado café (últimamente es la norma), sueño dormido. Será poco original, pero funciona.

Las lecturas habituales se filtran y casi siempre entregan un personaje secundario. Esos sueños son reparadores a secas y sin incidentes ni créditos.

La diversión comienza cuando aparecen personajes de las películas, porque entonces, por ejemplo, el omnisciente chanchoprotagonista recibe lecciones de agudeza, elegancia y buena conducta de Woody (Harrelson), mientras intenta que Yul Brynner decida qué es mejor: no quedarse calvo o dejar de fumar. En su hombro derecho, John McClane; en su hombro izquierdo, Bruce Lee.

A veces es más divertido, como cuando Harpo Marx imparte clases de solfeo pautando el manual de Carreño con la voz en off de la narradora de los cuentos de Disney. En esas ocasiones, mis propias carcajadas me despiertan. Como no puedo volver a dormir de inmediato, tomo un libro hasta que alguna página me invita a soñar... o a tomar un café.

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Mire usté qué bonito, un botoncito que dice: push aquí para actualizar y olvídese que todo quedará como nuevo.

Y que va este su amigo lleno de la (digámosle bonito) ingenuidad dominical y que de pronto el bló se marcha al limbo.

De veras. Y entonces, ¿qué me queda?

Nomás cederle el escenario a Roy Orbison y K.D. Lang.

O a Robert Plant con Alison Krauss.

Disculpen ustedes las molestias que la remodelación pueda, pudiera o pudiese ocasionarles. Mientras tanto, disfruten la música.

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En un muro de libros, descubrí nuevamente una novela que leí hace años, de no importa qué tema. Quien me la regaló tampoco es importante.

No resistí la tentación de asomarme a las páginas, como para verificar que los personajes seguían allí tal como los recordaba. Ya se sabe lo que pasa después, cuando junto a un libro hay otro, y otro...

rune_i_bokhyllan_6_wikimediacommonsAl paso de páginas y minutos, volví a visitar a Lovecraft, a Stephen King y a Theodore Sturgeon, y por asociación remota vía Robert E. Howard me puse a buscar a John Kennedy Toole, hasta que recordé que ese libro fue solamente un préstamo, ya reintegrado a la biblioteca ajena. Tomé una franela para desempolvar las repisas y encendí la luz.

Al acomodar de nuevo la Trilogía de Nueva York, de Paul Auster, en la fila de pendientes (junto al Maestro y Margarita, cuya lectura he interrumpido ya tres veces), recordé por qué empezó todo: alguien me pidió recomendarle un libro sobre la segunda Guerra Mundial que le recordara menos a Ana Frank y más a Maus.

Con eso en la mente, tras una nueva desviación que me llevó a Ged el Archimago, encontré a Jorge Semprún. Pero no hubo razón para moverme hasta que el sonido del celular me arrancó del laberinto literario que se adueñó del suelo, el pasillo y la tarde.

Al cerrar la puerta, el reflejo de mi cara en el reloj de péndulo parecía ser del conejo de Alicia. No llegué tarde a la cena, pero nadie  quiso creerme cuando dije que había pasado el día como un canario: visitando a algunos viejos amigos, allí donde siempre me esperan.

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dendrobates_azureusgnugplwikimediacommonsLas palabras, no las personas, son mis ranas.

O a lo mejor sí son personas-personajes, como Tom Sawyer, Nils, Mowgli, Allan Quatermain, Gandalf, Sherlock, D'Artagnan (más bien Porthos), Dan (el consentido de Jo March), el Sombrerero, Momo, Shatterhand, Miguel Strogoff, Dick Shelton, mi inolvidable Gabriel Syme y el incorregible Azazel, entre muchos otros... sin olvidar, por supuesto, al Caballero Desheredado.

Las demás ranas y sapos no las guardo en mi maleta: departen y comparten, al calor de brebajes, cuartillas y cazuelas, electrones, anécdotas y trazos, goles, moles, tequilas y jaiboles, códigos, palabras y compases, collages e  ilustraciones, barro negro y colorado o de colores, carreteras, trincheras, lunas, estrellas y soles, acciones y pasiones, besos, abrazos, sesos y bostezos, carcajadas y sueños, con este chanchosapo en que la vida me ha convertido.

Esos gozos, recuerdos y dolores son trama y escalera de la vida. Así está hecha para que descubramos cómo hacer de cada instante un salto inmortal e inolvidable.

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chatversus

Esa es la vida despreocupada de los ChanchoPensantes: somos expertos, no perfectos. Y de pronto cumplimos un año.

No sabíamos cómo festejarlo. Así que dejamos pasar el tiempo quesque para reagruparnos. Pero no como nos pintan los apologetas de la mugre, con la vista baja y el hocico en el lodo, ni como nos describe Orwell, torpes sobre dos patas. No. Más bien, simplemente, andando.

Tal vez ha llegado la hora de recordar, como lo dijimos al inicio de esta aventura, que es peligroso vivir demasiado cerca de la suciedad porque corremos peligro de aceptarla. No porque nos guste la mugre, sino porque, en el fondo, nos damos cuenta de que mantener la casa limpia cuesta mucho más trabajo que habituarnos a vivir empantanados.

A moverse, pues. ¡Seguimos adelante!

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