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El bibliomano de Carl Spitzweg, ca. 1850 (Wikimedia Commons)

El inicio de 2010 invita a repasar los libros que hicieron memorables, tediosos o simplemente llevaderos los días del año que terminó. Fue muy bueno, otra vez rebasando el reto de los 50 libros, pero sin superar las 90 lecturas de 2008. Las muchas páginas leídas y la gran cantidad de cosas que quiero decir me obligan a separar la reseña en dos posts.

Estas son mis mejores lecturas de 2009. Subjetivamente, como debe ser, y sin orden de preferencia. La lista completa está en el reto de los 50 libros.

1. Vencer al dragón, Barbara Hambly. Una historia sobre las aventuras que aderezan la vida. Ah, con dragones, caballeros y magia, heroísmo espontáneo y protagonistas únicos. Las compras impulsivas Los instintos de lector aún funcionan.

2. La saga Artúrica de Bernard Cornwell (El rey del invierno, El enemigo de Dios y Excalibur). Los personajes secundarios narran (y a veces se roban) la leyenda del rey Arturo, entramando historia y ficción en un relato excepcional, lejos del lugar común... y profundamente verosímil, además de bien traducido.

3. Emily of New Moon (y sus continuaciones, Emily's Quest y Emily Climbs), de Lucy Maud Montgomery. Aunque el personaje más célebre de L.M.M. es Anne of Green Gables, o Ana de las Tejas Verdes (con un "culto" comparable al de Sherlock Holmes), la trilogía de Emily, una niña imaginativa que quiere ser escritora, me atrapó. Quienes hayan disfrutado con Louise May Alcott deben acercarse a esta autora. Quienes crean que los personajes de Alcott eran divertidos pero no muy sólidos, también.

4. Puerta al Verano, de Robert A. Heinlein. Los viajes interestelares como deben ser, o como no esperamos que sean. Una razón para leer ciencia ficción con la seriedad que se merece sin dejar de divertirnos.

5. Palmeras de la brisa rápida. Juan Villoro rescata, desde el punto de vista "extranjero", los vínculos que lo unen con la tierra de sus antepasados y la historia familiar, al tiempo que describe un modo de ser y de pensar no exento de humor pero indudablemente original. Aquí debía estar también El libro salvaje, una historia sobre quienes aman a los libros que sería mejor sólo si fuera cierta.

6. Tres lindas cubanas de Gonzalo Celorio fue un descubrimiento, y una fortuna leerla detrás (y a ratos a la par) de Palmeras, porque ambos abordan una misma época y región, guardando (aquí sí vale el cliché) las distancias, quizás sólo geográficas. Queda también Cánones subversivos, ensayo-homenaje acerca de libros, autores y lecturas que fue inevitable comprar tras leer un par de páginas en la librería.

7. El pez dorado, de J.M.G. Le Clézio. Como el chocolate amargo (o un buen Merlot), una historia llena de sabores, insinuaciones y regusto, sobre marginalidad, pero más que eso,  sobre la esclavitud más dolorosa: la autoimpuesta. Un tanto artificial por sus generalizaciones, pero con personajes bien construidos.

8. On writing: A memoir of the craft. Más allá de explicar por qué y cómo escribe, Stephen King demuestra que sabe su oficio y hace una interesante catarsis personal. Un libro sorprendentemente útil  para cualquier interesado (poco o mucho) por el tema de la escritura y lo que implica "desde dentro".

9. El curioso incidente del perro a medianoche, Mark Haddon. El protagonista de este libro habla sin adornos, resuelve un crimen, destapa una red de hipocresías "socialmente aceptadas"... y es un niño autista. Decir que es un libro divertido y estremecedor no le hace justicia. El relato supera las limitaciones de la traducción, aunque es mejor leer el inglés original.

10. Vida, pasión y muerte del mexicano. Joaquín Antonio Peñalosa descifra con ingenio y afecto (hasta con precisión quirúrgica) la extraña criatura mexicana. Una "lectura de comprensión" que merece lugar permanente en la biblioteca al lado de El rediezcubrimiento de México, de Marco A. Almazán, ¡Ask a Mexican! de Gustavo Arellano, y México: lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su país, de Denise Dresser y Jorge Volpi. Y junto al Laberinto de la soledad.

11. Nombre de torero, Luis Sepúlveda. Una novela negra con ingredientes exactos... y hasta un perro llamado "Canalla" (palabra). Magnífica manera de terminar el año.

Los menos buenos:

1. Crepúsculo, Stephenie Meyer. Ni siquiera lo terminé; debo reconocer que los vampiros emos no me resultan interesantes. Con perdón de los numerosos fánses de esta serie, en cuanto a novela de vampiros aún me quedo con Drácula, y en cuanto a película, con Los muchachos perdidos.

2. The tales of Beedle the Bard, J.K. Rowling. Aunque fue una buena herramienta de altruismo (para fines benéficos), esta colección de cuentos no aporta mucho a la mitología Potteriana. Los libros 1 a 7 de Harry Potter serán muy releídos, pero éste no.

3. El último merovingio, Jim Hougan. Una historia sobre la descendencia de Jesús que pudo haber sido mucho mejor pero cae a plomo a partir de la mitad.

4. Los escritores invisibles, Bernardo Esquinca. Brevísima novela que, para mi gusto, termina cuando parecía que iba a ponerse interesante.

5. El viaje de la reina, Ángeles de Irisarri. La anécdota central, un viaje por España en tiempos de la dominación árabe, prometía pero se quedó corta. Sobre esta época y esta anécdota (en parte), es mucho mejor Al-Gazal, el viajero de los dos Orientes, excelente libro de Jesús Maeso de la Torre.

6. Sueño profundo. Había leído dos libros de esta autora (Tsugumi y el memorable Kitchen) que considero muy buenos. Éste, sin ser malo, no me atrapó. Quizás por estado de ánimo, pues los relatos son un tanto fríos y hasta depresivos.

En el siguiente post, más recomendaciones: los hallazgos, los inconclusos... y algunos pendientes. Espero que este 2010 traiga tantas buenas letras como 2009.

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Kipling-by-Sir_Philip_Burne-Jones_1899WikimediaCommonsHarry Potter tuvo mejor suerte que Mowgli al emigrar al cine, gracias sobre todo a la vigilante presencia de su autora y a millones de entusiastas de la comunidad Hogwarts. En cambio, quién sabe qué diría Kipling si hubiera visto a la ranita de Raksha como lo dibujó Walt Disney. Probablemente (esa es mi opinión), habría disfrutado el extraordinario doblaje al español, encabezado por Tin-Tan, Pelayo y Flavio. La música de esa película (que en CD es "cuento musical" narrado por Bagheera) es un antídoto para el mal humor. Pero ese no es mi punto de hoy.

Kipling cultivó un fino sentido de la ironía. Todos los libros que le conozco incorporan algo de esto, desde la broma ligera hasta el sarcasmo. Pero hay uno que puede serle grato a quienes, por haberlo conocido en Hogwarts, quieran saber cómo es la vida "real" de interno en un colegio tradicional británico: Stalky y Compañía.

En el centro de la historia (que transcurre a finales del siglo XIX) está un trío de amigos adolescentes: Stalky, aristocrático y rebelde; M'Turk, impulsivo y fuerte, y Beetle, tímido e inteligente. Juntos, reciben formación basada en principios muy simples: el honor (de mi Casa) es lo más importante, los alumnos existen para aprender, y las mejores herramientas pedagógicas son experiencia, intelecto e impacto. Físico, principalmente.

En tan sólida institución, los personajes se las arreglan con imaginación, aprovechan la ingenuidad propia y ajena, y se gradúan evitando darse a conocer demasiado. Por lo menos algunos. Eso sí: quienes enseñan no siempre son los que tienen un título para hacerlo. Y los alumnos del colegio llevan al extremo su devoción por la Casa, sin necesidad de varitas mágicas.

Stalky y Cía. es una novela fiel a su época y a las características de la educación preuniversitaria de entonces, lo cual significa que no necesariamente es para el mismo público que ha leído a Harry Potter. También es un poco autobiográfica, porque los tres protagonistas existieron en realidad, aunque no se llamaban exactamente como en el libro, y uno de ellos llegó a Nobel. El texto en inglés es fácil de encontrar por Internet.

De algo estoy seguro: Jo Rowling debe haberlo disfrutado mucho, y aunque los personajes de Kipling no se parecen del todo a los del universo Potteriano, cuando un libro es bueno, hasta Walt Disney puede aprovecharlo, si aprende a buscar lo más vital.

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Si el ingenio bastara para hacer un retrato, a más de uno se le ocurren ejemplos.

Escena primera: Un pequeño defecto

Escena segunda: Que sabiéndolo emplear aleja el peligro

Escena tercera: Pero eso no es dispensa

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Lo importante es que algo surja. Después, puede servir: para quedarse en el papel, para ser contemplado por otros, por mí, o como personaje.

van_eyck_003wikimediacommonsEscribir vale también por lo que sigue, porque a pesar del desprendimiento, "tira" de algo que permanece dentro: lo que salió allí queda, y es mi elección abrirle cancha o dejar que languidezca para ver si se sostiene por su propio esfuerzo. Mientras tanto, hay que seguir escribiendo.

Haga lo que haga, mi creación seguro tocará nuevamente  la puerta, pero entonces vuelve a mi territorio con el respeto que me debe una visita; eso sí, una que fue muy mía, o de quien fui, con alto grado de confianza.

Lo que suceda entre nosotros a puerta cerrada no importa, hasta que salga. Igualmente, al finalizar la tertulia, cada quien para sí. Yo, dueño de mí; ella, también. Autor y Musa. Creativos Reservados. Amigos... "con derechos".

La virtud de imaginar exige a partes iguales pudor, pasión y exhibicionismo.

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Una reflexión entre amigos de hace unos días me recordó un párrafo encontrado hace tiempo en el éter internáutico, y me parece valioso compartirlo a raíz de algunos textos aparecidos últimamente en el blogbarrio (como éste de Marichuy y éste de Pelusa).

“Tras la constitución de las Monarquías, la libertad y la obediencia quedaron sujetas a un orden racional. En las Cortes castellanas se estableció, para explicarlo, una definición clara entre fidelidad y lealtad: fiel es aquel que sigue a su señor sin preguntarse por la justicia de su causa; leal, en cambio, el que impide a su señor cometer injusticia. La lealtad es por tanto, la verdadera virtud del súbdito, que ayuda a sus gobernantes a seguir el camino recto. Porque fieles también lo son los bandoleros respecto al jefe de la partida.” Luis Suárez Fdez., La monarquía española, motor de su historia.

Sin duda es muy fuerte descubrir que la lealtad es más poderosa que la fidelidad principalmente porque para muchos, el ingrediente principal de la fidelidad es la rutina.

La lealtad tiene, en cambio, un condimento más importante: no sólo es voluntad y juramento, sino libertad, confianza, razón... y meta.

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Hace ya un año lancé una invitación a compartir lecturas como parte del reto de los 50 libros.

Tras una cacería intensa y problemática, me dio gusto ver a todos los participantes en la lista (subjetiva, pero muy satisfactoria) de lo mejor del año.

Estos son algunos sucedidos del memorable "safari":

Old book bindings -by Tom Murphy VII at Wikimedia Commons- (GNU)a) Don Alberto, fanfromhell de Cortázar, insistió en recomendarlo a pesar de mi resistencia. Tiempo después, Luciano, primer comentante de la lista 2008,  visitó el barrio del autor de Rayuela; lo tomé como casualidad del ciberespacio hasta que la tercera llamada (el video citado en el centésimo post de la pocilga) me llevó a  Historias de cronopios y de famas. La experiencia me animó a repetir autor y cerrar con él mis 90 lecturas de 2008.

b) Después de buscar sin éxito algún libro de Steven Pressfield, recomendado por Won-Tolla, encontré Mundo Anillo, de Larry Niven, y lo compré sin darme cuenta (conscientemente) de que también era una recomendación. Como resultado, Niven y Cortázar son los clásicos de 2008.

c) El fin de año parecía propicio: largas horas de reposo y festín, necesarias para leer a los rusos. Pero la pachanga y el convivio fueron tales, que no hubo tiempo ni para un libro. Eso dejó un pendiente que me gustaba para rematar el año: El Maestro y Margarita, recomendado por Diana. Ya está en la cabecera.

d) El cuarto recomendante fue Lemdel, el desaparecido. Su lista puso en el radar a  No es país para viejos, que también llegó muy arriba.

Ahora, mientras comienzo la vigésima lectura del reto 2009, ofrezco a ustedes mis sugerencias para este año, excluyendo los que ya abordé  en mis reseñas selectas de 2008.

a) Filosofía a mano armada, Tibor Fischer.
b) León el Africano, Amin Maalouf.
c) Cuentos de Invierno, Isak Dinesen.
d) El miedo a los animales, Enrique Serna.
e) La princesa prometida, William Goldman.

Como el año pasado, la lista incluye un libro para niños (aunque igual de provechoso para adultos) y otro de un autor de mi país; todos, creo yo, dignos de relectura, regalo o reto.

Suplico a los comentantes inundar esta pocilga con el lodo sabio (Lau dixit) de su experiencia. Eso sí: por favor tengan piedad de la avidez recomendando libros disponibles. Gracias y... ¡a leer!

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En una esquina olvidada de mi cuarto, una caja de zapatos junta ese polvo que pudre los recuerdos.

Las manos de las musas, algunas de carne y hueso, depositaron los retazos de magia que conserva.

Una cosa no hay: fotos. Sólo fragmentos de escenas y palabras; ningún rostro, porque no puedo olvidarlos.

En la noche, cuando dejo de escuchar la respiración junto a mi almohada, algo se mueve. Sé que es la tapa de la caja, pero cuando me levanto a mirar todo parece estar igual que antes.

Como no sucede con frecuencia, quienes me oyen decir que las musas rondan mis zapatos creen que estoy loco. Pero lo cierto es que cada mes debo cambiar la caja, porque las ideas son inquietas y voraces, y el archivo donde intento guardar las versiones finales de mis sueños siempre amenaza con desbordarse.

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Cierto libro aún me pertenece. Pero mi posesión es entrecortada: a veces una escena, otras veces un personaje. De vez en cuando, al hojear otras lecturas, me asalta una sensación casi "dejavú", porque me parece haber leído antes algo parecido. Tal vez sea cierto; quizás todos los libros son recuerdos de otros, o degustaciones de lecturas por venir. Old book bindings -by Tom Murphy VII at Wikimedia Commons- (GNU)

Con esto quiero decir que los libros acompañan, más allá de la última página. De pronto surgen ocasiones que disparan la memoria: es entonces cuando, en homenaje a esas páginas fugaces, me sirvo de mis recuerdos para aderezar alguna conversación, al calor de la compañía precisa y el brebaje predilecto.

Lo mejor es la sonrisa que surge cuando, inadvertidamente, me descubro pensando en el siguiente libro, en la próxima línea, en el recuerdo inminente...

Toda mente atesora, en instantes vitales, su propia biblioteca de Babel. (Homenaje al libro tras una lectura en el blog de Lemdel)

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