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notenblatt2_gnu_gplwikimediacommonsLa calle está en silencio, a pesar de ser media mañana.

En la esquina, el loco que se ponía a pescar desde la banqueta ha descubierto un nuevo pasatiempo: la música. Ahora, en vez de imaginarse a bordo de una barca bamboleante, se planta como frente a un atril y acomoda bajo su barbilla un violín eólico o una imaginaria tuba.

Sin moverse, espera a que alguno de los peatones le dirija una mirada más curiosa que cauta. Entonces, emprende con entusiasmo una melodía que sólo él conoce y no comparte.

Poco a poco la actividad se detiene, y al primer curioso se suman otro y otro más: la señora con sus hijos camino a la escuela, el vendedor de paletas o de globos, el policía de la cuadra. Todos callan.

El músico de la nada termina su interpretación, y los espectadores se dispersan entre aplausos inmateriales, que cubren todos los rostros con una hojarasca de sonrisas.

Nada como descubrir que, aun cuando el papel está pautado, las notas siempre pueden salirse del pentagrama.

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La mayor parte de la llamada nación británica del rey Arturo estaba formada por esclavos, pura y simplemente, conocidos con ese nombre y agobiados por un collar de hierro, y el resto eran esclavos de hecho, aunque se consideraran hombres libres y así se llamaran a sí mismos. Pero la verdad  es que la nación entera tenía un solo propósito en este mundo: postrarse ante el rey, la iglesia y la nobleza, esclavizarse a su servicio, sudar sangre para que ellos se beneficiaran, pasar hambre para que ellos comiesen bien, trabajar para que ellos pudiesen divertirse, apurar la copa de la miseria hasta las heces para que ellos no perdiesen la alegría, verse reducidos a la desnudez para que ellos ostentasen sedas y joyas, pagar sus impuestos para que no tuviesen que hacerlo ellos, practicar durante toda su vida un lenguaje degradante y una actitud aduladora para que ellos pudiesen exhibir su orgullo y considerarse los dioses de este mundo. Y a cambio de todo esto, la retribución consistía en bofetadas y desprecio, y eran tan pobres de espíritu que consideraban un honor incluso este tipo de atención.

Las ideas heredadas son algo curioso, interesante de observar y examinar. Yo tenía las mías; el rey y su gente, las suyas. En ambos casos se trataba de rutinas que habían sido profundamente inculcadas por el tiempo y el hábito. Quien intentase eliminarlas, valiéndose de razones y argumentos, tendría entre manos una empresa monumental. Aquella gente, por ejemplo, había heredado la idea de que todos los hombres sin título y sin una larga genealogía, tuviesen o no conocimientos o dotes naturales, merecían menos consideración que un animal cualquiera, un bicho, un insecto, mientras que yo había heredado la idea de que las cornejas humanas que consienten en disfrazarse con el ostentoso y falso plumaje de las dignidades heredadas y los títulos inmerecidos sólo sirven de hazmerreír.

Mark Twain, Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo (1889).

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«[El amor]... ocupa un término medio entre la sabiduría y la ignorancia, porque ningún dios filosofa, ni desea hacerse sabio, puesto que la sabiduría es ajena a la naturaleza divina, y en general, el que es sabio no filosofa. Lo mismo sucede con los ignorantes; ninguno de ellos filosofa, ni desea hacerse sabio, porque la ignorancia produce el pésimo efecto de persuadir a aquellos que no son bellos, ni buenos, ni sabios, de que poseen esas cualidades; porque ninguno desea las cosas de que se cree provisto...». Platón, Symposio.

«El buen sentido es lo mejor repartido entre todo el mundo, pues cada quien se cree tan bien provisto de él, que incluso los más quejumbrosos acerca de cualquier otra cosa no apetecen más del que ya poseen. En este aspecto no se puede creer que todos se equivoquen; más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por diferentes rumbos y no tomamos en cuenta las mismas cosas. No basta, en efecto, tener buen ingenio: lo principal es aplicarlo bien. Por eso en las almas más grandes hay capacidad tanto para los mayores vicios, como para las mayores virtudes; y por eso mismo los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él.

Por mi parte, nunca he presumido de poseer un ingenio más perfecto que los ingenios comunes; hasta he deseado muchas veces tener el pensamiento tan rápido, o la imaginación tan clara y distinta, o la memoria tan amplia y presente como algunos otros. Tampoco conozco de otras cualidades, sino de las que contribuyan a la perfección del ingenio; pues en lo que toca a la razón o al sentido, siendo ésta la única cosa que nos hace hombres y nos distingue de los animales, quiero creer que está entera en cada uno de nosotros y seguir en esto la opinión general de los filósofos, que dicen que el más o el menos es sólo de los accidentes, pero no de las formas o naturalezas de los individuos de una misma especie.

Luego, sin temor, puedo decir que considero gran ventura para mí el aventurarme desde joven por ciertos caminos que me han llevado a las consideraciones y máximas con las que he formado un método, en el cual confío tener un medio para aumentar gradualmente mi conocimiento y elevarlo poco a poco hasta lo más alto a que la mediocridad de mi ingenio y la brevedad de mi vida puedan permitirle llegar. Pues tales frutos he recogido ya de ese método que, aun cuando, en el juicio que sobre mí mismo hago, procuro siempre inclinarme más por la desconfianza que por la presunción, y aunque, al mirar con ánimo filosófico las distintas acciones y empresas de los hombres, no hallo casi alguna que no me parezca vana e inútil, sin embargo no deja de producir en mí una extremada satisfacción el progreso que creo haber alcanzado ya en la investigación de la verdad, y concibo tales esperanzas para el porvenir, que si entre las ocupaciones que afanan a los hombres, puramente hombres, hay alguna que sea sólidamente buena e importante, me atrevo a creer que es la que yo he elegido para mí». René Descartes, Discurso del Método.

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«El hogar es el centro de la libertad. Más aún, es el único centro de anarquía. Es el único punto del planeta cuyo arreglo el hombre puede alterar súbitamente, donde puede hacer experimentos o permitirse un capricho.

g_k_chesterton_270wikimediacommonsEn todo lugar adonde vaya, debe atenerse a las normas estrictas de la tienda, la taberna, el club o el museo. En su propia casa podrá, si le da la gana, comer sus comidas en el suelo. Yo mismo lo suelo hacer y ello produce una infantil y poética impresión de excursión. Provocaría considerable trastorno si trata de hacerlo en una confitería.

Para el hombre común y de trabajo, no es el único lugar tranquilo en un mundo de aventuras. Es el único lugar salvaje en un mundo de reglamentos y de tareas. El hogar es el único lugar donde se puede poner la alfombra en el techo y las tejas en el suelo.

Cuando un hombre se pasa la noche tambaleándose de bar en bar decimos que lleva una vida irregular. Pero no es así: lleva una vida altamente regular, bajo las reglas monótonas y a veces opresivas de esos lugares. A veces no se le permite sentarse en los mostradores del bar y a menudo no se le autoriza a cantar en el cabaret.

Puede definirse a los hoteles de lujo como lugares donde se obliga a uno a vestirse de etiqueta y los teatros como lugares donde se prohibe fumar. Uno solamente puede retozar en su casa, pequeña omnipotencia humana, cámara de la libertad».
G.K. Chesterton, en Lo que está mal en el mundo (1952, Janés Editor).

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Se me hace que los más sucios son los que se bañan diario. Por
eso dejo la limpieza como parte de la secreta fama, como el
placer culpable de este que les habla. Porque no vine aquí para
gloriarme de la mugre sino para ser como me dé la gana. Y si eso
se llama suciedad pues ni remedio.

En otras coordenadas, aprovecho el regreso a la realidad
cotidiana para compartirles una lista de placeres fugaces, sin
orden establecido:

- Un beso inesperado

- La última página de un libro

- Dos minutos de cosquillas

- La risa cómplice después de un chiste local

- El reencuentro de amig@s después de mucho tiempo

- Descubrir, inesperadamente, el regalo perfecto entre un
montón de artículos irrelevantes

- Dormirse "de muertito" flotando en un océano turquesa

- Una anforita de ron en el momento preciso, aunque no seas
John Silver

- Despertar riendo a carcajadas

- En la mirada, el horizonte; en la mente, un verso; a la mano,
una musa; en la mesa, una copa de vino y el papel para hacer
inmortales los recuerdos.

¡Seguimos adelante!

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