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"Son raros esos momentos en que unos músicos tocan juntos algo más dulce de lo que nunca han descubierto en ensayos o actuaciones, algo que trasciende el mero dominio técnico o colectivo, y en que su expresión se torna tan natural o grácil como la amistad o el amor. Entonces nos muestran un atisbo de lo que podríamos ser,  lo mejor de nosotros, y de un mundo imposible en donde das todo lo tuyo a los demás, pero no pierdes nada de ti mismo. Fuera, en el mundo real, existen planes detallados, proyectos visionarios para ámbitos específicos, todos los conflictos zanjados, felicidad para todos, para siempre: espejismos por los que la gente está dispuesta a matar y a morir. El reino de Cristo en la tierra, el paraíso de los trabajadores, el estado islámico ideal. Pero sólo en contadas ocasiones, se levanta el telón realmente sobre este sueño de comunidad cuya evocación tantálica difuminan luego las últimas notas." Ian McEwan, Sábado.

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Ya hace tiempo que la noticia de este magnífico video ronda el planeta. Dura un ratito, pero la paciencia tiene sus recompensas, se los aseguro (hasta acaba de ganar el Academy Award mejor conocido como Oscar; aunque eso no es lo importante). Gracias a Pelusa por haberlo enviado acá primero, y a ustedes, por estar. Quedan en buena compañía.

The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore

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Para todos aquellos fanes de la pocilga que desesperan porque su escritor favorito, el Señor de la palabra, mejor conocido como El chanchopensante, también conocido como Ivanius ha decidido tomarse unas merecidas vacaciones; no es amenaza, pero seguiré usurpando su lugar.

Eso y recordarles que las "juntas" en lunes –o en martes cuando la semana empieza en martes– son uno de los cánceres de la humanidad. Digo, ¿no habrá manera de empezar a explorar opciones como Skype, e-mail, twitter, o de plano telepatía?

De lengua

Yeah, me siento totlamente espurio y sucio.

Salud.

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Este video circuló hace unos días por correo y en la casa de los trinos, pero es demasiado propicio para dispersar el lunes... y como "prólogo" del tradicional recuento de lecturas en este chiquero lodoso pero gozoso, que en 2011 (¡otra vez!) superó el Reto de los 50 libros. Gracias a todos los que, en el ciberespacio y más allá, me lo hicieron notar. Disfrútenlo.

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Como lo prometí, he aquí la segunda parte del recuento para el reto de los #30 libros, que me puso a pensar bastante, y probablemente inspire algún próximo post.

16. Uno ruso que sí haya leído. El rey Lear de la estepa, de Iván Turguéniev. Afortunado cruce entre hemisferios, en aquel entonces no separados por una cortina de hierro.
17. Uno de este año. Para no adelantarme (mucho) a las listas de "lo mejor y lo peor", elijo Una cuestión de tiempo, de Michael Hoeye, sobre un pacífico ratón relojero metido a detective. No es tan devorador de libros como Firmin, aunque seguramente se llevarían bien.
18. El que más veces ha leído. Son varios, pero digamos Corazón, Diario de un niño, de Edmundo De Amicis. Sin duda, uno de los libros que provocó la avidez de leer... y quizás la de escribir también, aunque haya quien lo descarte como "el Diario de Ana Frank para varones".
19. Uno que lo haya sorprendido por bueno. Océano Mar, de Alessandro Baricco. Playa, personajes y pasiones... además de una buena traducción, que siempre se agradece.
20. Uno que lo haya sorprendido por malo. La mano del muerto, de Alejandro Dumas. Reverso de El conde de Montecristo, donde alguien que sí merece lo que recibió hace pasar a Dantés peores desventuras. Basta decir que es uno de los pocos libros que recuerdo haber destruido (literalmente) del coraje, por el tiempo perdido y por las injusticias cometidas. De pena ajena.
21. Uno de cuentos (no valen antologías). La muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés. Maestro y antologador que puso en práctica lo que enseñó a tantos a través de su legendaria revista El Cuento: allí aparecieron algunos inolvidables como el de Cary Kerner que ya comentamos aquí, aunque lo más valioso (también) era la sección de correspondencia, copiosa, instructiva, precisa y llena de claridad no exenta de respeto.
22. Uno de poemas (no valen antologías). Árbol Adentro, de Octavio Paz. Uno de los primeros libros de poesía que leí como tal y sin expectativas, a pesar de la fama de su autor... además de alguna anécdota.
23. Uno que le gustaría volver a leer en su vejez. El café de Qúshtumar, de Naguib Mahfouz. Descubrí al escritor gracias a este libro, que muchos llaman "obra menor", aunque su tema no me lo parece. Además del café, por supuesto.
24. Uno que no le prestaría a nadie. Stalky y Cía., de Rudyard Kipling, uno de mis releídos consentidos, y que seguramente es familiar para J.K. Rowling como antecedente de Harry Potter.
25. Uno para aprender a perder. Rebelión en la granja, de George Orwell. Perder duele, pero pasa; lo importante es aprender en el trayecto.
26. Uno que asocie con la música que le gusta. El Silmarillion, de J.R.R. Tolkien, específicamente por Ainulindalë, inolvidable relato sobre la creación del mundo a través de la música.
27. Un libro que le regalaron y no le gustó. No puedo recordar alguno, así que en vez de achacarlo a mi mala memoria, prefiero pensar que quienes me han regalado libros saben lo que hacen.
28. Uno que le haya asustado. El impulso de matar: Anatomía de un psicópata, de Flora Rheta Schreiber. La autora de Sybil (un libro también estremecedor, aunque en otra tesitura) retrata a John Kallinger, un asesino verdadero, y el proceso de terapia que llevó ya encarcelado.
29. Uno que se haya robado. No robo (mucho menos libros), pero todo lector adicto tiene en su biblioteca aportaciones, digamos, más o menos involuntarias, por múltiples circunstancias. El que más se acerca a una anécdota digna de contar es Oficio de tinieblas, de Rosario Castellanos, que me "obsequiaron" a cambio de hacer el resumen-tarea escolar de alguien a quien leer le parecía (espero que ya no) una pérdida de tiempo.
30. Uno que pueda salvar vidas. The Worst-Case Scenario Survival Handbook, de Joshua Piven y David Borgenicht. Este debe ser el libro de cabecera de Wile E. Coyote, sin duda, aunque no sea marca ACME. Ameno, entretenido, y quizá (aunque espero no tener ocasión de comprobarlo) bastante útil.

Después de esta "página letrerosa", la pocilga retorna (esperamos) a su lodo-ritmo habitual... de lectura, por lo menos.

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Leer no me lo dicen dos veces. Por eso, cuando por ahí apareció la convocatoria a hablar (más) de libros, no pude resistirme. “El Reto de los 30 libros”, propuesto por Mauricio Montenegro, se explica en su blog, y sigue sumando entusiastas. Pelusa hizo lo propio en un club con coordenadas semejantes, y Paloma, desde otra de sus esquinas, acudió al recuento de libros, con coincidencias y disidencias. Ahora, a riesgo de aburrirlos con lo de siempre, les comparto la primera parte de mi lista.

1. Uno que leyó de una sentada. Niebla, de Miguel de Unamuno. Además, fue una lectura "en vivo": al terminar cada capítulo, puse una frase notable en trinolandia.
2. Uno que se haya demorado mucho en leer. Terminado, la versión en inglés de David Copperfield, de Dickens. No me arrepiento, sigue pareciéndome un muy buen libro. Por terminar: Cien años de soledad, en el que nomás no avanzo, y El Maestro y Margarita, de Bulgakov, que se me sigue resistiendo.
3. Uno que sea un placer culposo. Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, que además está disponible en Internet gratuitamente. Siempre me pone de buenas y me hace reflexionar.
4. Uno que le gusta a todos menos a usted. El país de las sombras largas, de Hans Ruesch. Sobre todo desde que supe que fue un invento después de ver una película.
5. Uno de viajes. Dos años de vacaciones, de Verne, o El señor de las Moscas, de William Golding. Muy entretenidos y parecidos, pero muy distintos.
6. Uno de un Nobel. El maravilloso viaje de Nils Hölgersson, de Selma Lagerlöf. Magia, aventuras, geografía e historia, según la edad del lector.
7. Uno muy divertido. Copyright, de Luis María Pescetti y Jorge Maronna. Me hizo reír, y me puso algunos libros más en la lista.
8. Uno para leer por fragmentos. La resistencia, de Ernesto Sábato. Con este libro rompí la regla (autoimpuesta) de no subrayar.
9. Uno con una excelente versión cinematográfica. El resplandor, de Stephen King. Stanley Kubrick + Jack Nicholson. Punto.
10. Uno con una pésima versión cinematográfica. El capitán Alatriste, de Arturo Pérez-Reverte. Como si a Peter Jackson le hubieran pedido hacer El Señor de los Anillos de Tolkien en una hora y media. Demuestra que Viggo Mortensen es capaz de hacer MUY malos papeles.
11. Uno que lo haya motivado a visitar algún lugar. El príncipe de los ladrones, de Cornelia Funke. Venecia no era más que otro destino turístico para mí hasta que lo vi a través de los ojos de un niño.
12. Una biografía. Sherlock Holmes de Baker Street, de W.S. Baring-Gould. No es cualquier cosa lograr que un personaje imaginario, aunque más real que muchos que no lo merecen, obtenga un tratamiento serio, original, divertido y adictivo a la vez.
13. El primer libro que leyó en su vida. Recuerdo varios, pero por nombrar uno solo, me quedo con El Principito, de Saint-Exupéry. Predecible, y qué.
14. Uno que haya odiado hace años y hoy admira. La Divina Comedia, de Dante. Me obligaron a leerlo en la escuela, resumido y en pésima traducción. Luego conseguí otra edición mucho mejor (el texto, porque el papel era casi de envolver tortillas) y más adelante por fin conocí el italiano original. Sigo maravillado.
15. Uno que haya amado hace años y del que hoy reniega. El lobo estepario, de Herman Hesse. Tanto como renegar, no; pero digamos que ahora prefiero lecturas distintas, a pesar de no olvidarlo. Otro que también, los Viajes al otro mundo: Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter, de H.P. Lovecraft. En aquel entonces lo leí por morbo, y ya no me impacta como antes. Será (o no) la edad.

Como siempre, son bienvenidos los comentarios. Pronto, el resto de la lista.

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Durante un paseo al bosque cercano, los novicios se entretenían con el canto de las aves, y algunos intentaban imitarl0.

Aquella tarde todo fue silbidos y trinos, pero especialmente risas, ya que al cansarse los jóvenes, las aves redoblaban su gorjeo, y cuando los aprendices silbaban más alto, los pájaros enmudecían.

Al atardecer, ya sentados a la sombra, los muchachos preguntaron al viejo maestro por qué no había participado, y si era cierto que no sabía silbar.

Entonces Lou-Sin decidió emprender la marcha de vuelta al monasterio, y cuando se alejaba, los monjes (y los pájaros) lo escucharon cantar.

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El interruptor encendido cuando aprendí a leer se quedó trabado, ojalá, para siempre. Las letras desfilan sin cesar con acompañamientos, y no sólo la música de Cri-Cri.

Un día, huyendo de extraños en la escuela, encontré un fichero alfabético. Lo abrí con curiosidad, y el profesor que vigilaba mis movimientos desde lejos dijo: Busca los datos de un libro que te guste, y podrás llevarlo a casa unos días. Cuando lo termines, tráelo para cambiar por otro, hasta que te canses.

¿Cansarme? Más bien quedé pasmado y febril, presa de la sed de letras. A cambio de una cartulina con foto tamaño infantil, devoré colecciones enteras. Conocí a Héctor Servadac, a Honorata de Van Guld y a Winnetou; supe que D'Artagnan y sus amigos tenían aventuras más largas y tenebrosas que la historia (adaptada para niños) que me cautivó cuando mi edad apenas llenaba un dígito. También deseé llamarme de otro modo cuando descubrí que un malvado llevaba mi nombre.

Esa biblioteca no existe hoy: fue absorbida, despojada y transformada en otra cosa por el paso de los años, los maestros y los lectores. El fichero, supongo, se alimenta de electrones, y los lectores no se registran a mano en una tarjeta de cartón. Pero las letras siguen.

Aún traen sorpresas, como que el creador del agente secreto más famoso del cine escribió también uno de los primeros cuentos que leí, sobre un loco inventor y su carcacha voladora. Continúa el asombro.

Tengo ojos, pero ahora sé que aprendí a explotarlos realmente mucho tiempo después de abrirlos por primera vez: eso es leer. A partir de allí, como dijo Borges (Jorge Luis), evolucionó un lector agradecido.

Mirar, ver y observar se conjuntaron gracias a las palabras, que así dejan sedimentos, haciendo menos soso mi seso, renglón tras renglón. Benditas sean.

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Cuando era niño, al visitar a amigos, familia o vecinos, mi primer impulso (que conservo, aunque procuro disimularlo) era buscar libros. Muchas veces encontraba una enciclopedia, un diccionario algo manoseado y tres títulos recurrentes: la Biblia, El Quijote y La Divina Comedia en formato grande "con estampas de Doré", y ocasionalmente Arreola o Ibargüengoitia, eso sí, en una repisa alta, lejos de las manos infantiles.

Ambas cosas, la escasez y la inaccesibilidad, me parecían algo extraño e inexplicable porque aunque sabía que no todos los libros eran para niños, en casa no había prohibiciones directas; más bien, la curiosidad de leer recibía amplias y oportunas sugerencias. No sólo "cuentos", como llamábamos a las historietas, comics o tebeos, sino también novelas y relatos en versiones completas o adaptadas.

Generalmente el día de Reyes llegaba algún nuevo personaje. Así aparecieron Tom Sawyer, El Principito, D'Artagnan, Dick Sand y Enrique Bottini, junto a Astérix y toda la pandilla de Quino, entre otros.

Con el aumento de estatura física y mental pude alcanzar poco a poco otros autores y personajes de repisas e ideas más altas: Sherlock Holmes, Nils Holgersson, El Lazarillo de Tormes y el tío Tom, así como Ivanhoe y Sancho Panza. Claro que hubo tropiezos, pesadillas y disgustos, pero la abundancia de buenas letras ahogó los malos recuerdos mientras ayudaba a crear un gusto propio.

El nuevo año invita a repasar la biblioteca que, tras doce meses de visitas, reacomodos,  despojos préstamos y una que otra aportación voluntaria, queda en evidente estado de caos, favorable a la ofrenda a las musas y para hacer espacio a nuevas páginas. Por eso pronto aparecerá el recuento-reseña de chancholecturas 2010; los esperamos con todo y sugerencias para la cacería de letras en el todavía flamante 2011.

SEGUNDO AVISO PARROQUIAL

Con esta noche de Reyes llegó mi nuevo turno en Escribidores y Literaturos, Aroma de año. Asómense si gustan; allá o acá son bienvenidos.

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