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Corriente

Libros ejemplares

Como buen lector que intento ser, me sorprendió la variedad de respuestas al meme transmitido por Canalla, y agradezco las sugerencias porque la cosecha de libros, dice la canción, “nunca se acaba”.

A riesgo de poca seriedad, creo que para escribir es necesario, dirían Hemingway y Quino, tanto el detector de mierda como el sentido del humor. Pensar que todo es goce no es realista, pero el camino puede ser un poco menos arduo si primero como lector y luego al escribir aprendo a desprenderme de las palabras lo suficiente como para decir esto no me gusta o prefiero otra cosa, con apertura para asomarme a páginas nuevas.

Así empecé a repasar: Dickens. Lagerlöf. Mi querido Chesterton. De la Cabada, Jardiel, Ibargüengoitia… Los descubrimientos, los asombros; Dinesen, Wilde, Verne…

Inútil elegir. Cada nombre es una exigencia, cada página una enseñanza. ¿Cómo decidirme?

Entonces recibí palabras de alguien que sabe: “Rafael Ramírez Heredia (qepd) decía que los escritores se hacen con, sin o a pesar de los talleres literarios. Lo mismo podría decirse de las lecturas. Yo toda mi vida he leído por puritito regocijo, jamás he tenido lecturas ‘obligadas’. Las lecturas son, para mí, como una huella digital: irrepetibles. Cada quien lee lo que le gusta, y absorbe lo que necesita. Las influencias son 100% íntimas”.

No creo poder decirlo mejor.

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Inspiración pura

Cuando acaba el lunes

…hay que oír algo como esto: Jazz para ahuyentar malos espíritus. O para vencer al mal, como dice mi chanchosocio.

Wes Montgomery, ‘Round Midnight (de Thelonious Monk, nada menos). Harold Maybern al piano.

 

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Corriente Inspiración pura

Elogio de la lealtad II

Con febrero se ha cometido una injusticia grave, que es definirlo, como al amor y la amistad, por el contenido de su “día célebre”. En desagravio, una conversación (en realidad, más de una) me recuerda mirar detrás de las pancartas, o más bien, dentro de las personas que las (sobre)llevan, para hallar las luces verdaderas.

“Por esto, querido amigo, necesito yo tanto tu amistad, la de un compañero que, por encima de las disputas intelectuales, vea en mí al peregrino de este fuego…”

¡Estoy tan harto de capillismos, territorialidades y fronteras! En medio de la batalla, inmerso en la obscuridad de la trinchera, o en ese frío antes del alba que se complace en abofetearnos, me aferro a la memoria y las palabras.

“… Ante ti puedo presentarme sin vestir un uniforme, sin tener que recitar un verso del Corán, ni sacrificar lo más mínimo de mi vida interior.”

Recuerdo cómo el calor compartido –que por algo se llama hogar—  disipa desconfianzas, recelos e ignorancia. Tengo presente cuántas veces, al mismo tiempo que una vianda común (sea caviar, carnitas o cerezas), dos o más han disectado las exigencias de cada batalla cotidiana, esas que generalmente logramos superar por pura resistencia.

Ante ti no tengo que disculparme ni defenderme, no necesito demostrar nada… Más allá de mis torpes palabras y de mis opiniones, que pueden extraviarme, tú me ves sencillamente como un ser humano…

En esa lucha, ante la inminencia de la herida, del padecimiento que se nos inflige por igual, no hay niveles, no existen diferencias: la sangre vertida y el sudor derramado son el mismo. Tal vez las lágrimas no… pero sólo por razón de turno.

“Yo –este que, como todo el mundo, siente la necesidad de ser reconocido– me siento auténtico junto a ti, y por eso te busco. Necesito dirigirme al lugar donde pueda sentirme auténtico… Un amigo es necesario como esa cima de la montaña donde es posible respirar de forma diferente”.

Nada como lo que se comparte, porque hacia adentro, igual que las riquezas, se acumulan las dudas. Pero afuera hay luz, y bajo ella, todas esas mezquindades e insignificancias que carcomen se ventilan. Por eso importa saber reírse (y enseñar a reír) de ellas.

“Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?”

La imagen es una ilustración para una edición inglesa de Los tres Mosqueteros, tomada de Wikimedia Commons. Los primeros párrafos de este artículo son citas y paráfrasis libérrima a la Carta a un rehén, de Antoine de Saint-Exupèry. La última cita, en verso, pertenece a Momentos felices, de Gabriel Celaya (1911-1991), poeta español. Las reflexiones intertextuales debo llamarlas, a partes iguales, travesura y tributo… más allá de los sustantivos que supuestamente pertenecen a un solo día de febrero.

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Corriente Marranadas

Espronceda me enseñó a bloguear

Las causas que transforman la navegación internáutica en blogueo son generalmente obvias: matar el tiempo, distraerse un poco, o simplemente encaminar las propias divagaciones para que lleguen a alguna parte.

“La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.”

Un blog nace precisamente de las divagaciones, cuando empiezan a ser suficientes como para dejar rastro (lo merezcan o no) más allá de la propia confusión.

“Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.”

Si hay suerte (Providencia, Azar, Casualidad, Hado, Kismet), una o más de esas dispersiones encuentran eco en el cuaderno de apuntes o en la colección de borrones –mentales, principalmente– de alguien más, con la fuerza suficiente para provocar  (nunca mejor dicho) una opinión, una observación, un comentario, que se resiste a permanecer en los confines de lo privado: así comienza el diálogo, un intercambio a golpe de electrón, donde cada quien aporta la experiencia de sus propias cicatrices.

“Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.”

A veces los intercambios se vuelven diálogo de sordos; por eso es importante que todos los que participan en un espacio sepan contribuir, pues en el fondo la riqueza que se busca (y se obtiene) es muy parecida en casi todos los casos.

“En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.”

Cuanto leen y escriben los autores (del blog y de los comentarios) sirve para aprender una valiosa regla de navegación: en toda travesía hay conflictos, pero sólo superándolos se llega a puerto.

“¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena,
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.

Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo,
como un bravo,
sacudí.”

Entonces llegan las recompensas, muchas veces inesperadas, incluso antes de terminar el viaje. Así hay tiempo para reflexionar, descansar… y prepararse para lo que sigue.

“Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.

Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.”

Quizás por alguna de estas razones, o por todas ellas, el blogueo sigue siendo atractivo en esta era del tuíter, pues más allá de los beneficios catárticos y una pizca de (ocasional) egolatría, lanzar voces al ciberespacio (y divertirse y dialogar a través de ellas) valdrá la pena mientras, al otro lado de las palabras, existan contertulios como los de la granja o autores como Espronceda, que siguen provocando… en el mejor sentido de todos: el que enriquece al navegante.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.”

Las citas pertenecen a la Canción del Pirata de José de Espronceda (1808-1842), poeta español. Las ilustraciones son de Howard Pyle, tomadas de Wikimedia Commons. Los intertextos son irresponsabilidad mía.

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Corriente Happy-Happy Inspiración pura

El detective consultor

Muy pronto, la segunda parte del post sobre las lecturas. Pero esto no pude resistirlo.

Acabo de ver “Sherlock Holmes” y, en vez de reseña, les comparto… una mejor versión,  más breve, y mucho más inolvidable: El Pato Lucas y el Destripador Manso.

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Corriente Inspiración pura

Vivir puede ser así

Ni siquiera un renglón ayer he escrito,
que es para mí fortuna nunca vista;
hice por la mañana la conquista
de una graciosa ninfa a quien visito.

Entre amigos comí con apetito;
fui luego en un concierto violinista,
y me aplaudieron como buen versista
en cierto conciliábulo erudito.

Divertíme en un baile, volví en coche,
y el día se pasó como un instante.
¡Qué diversión tan varia, tan completa!

¡Qué vida tan feliz! Pero esa noche
me quitó el sueño… ¿Quién? Un consonante.
¡Oh, desgraciada vida de poeta!

Tomás de Iriarte (1750-1791), poeta y fabulista español. Texto de Wikisource.

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Inspiración pura

Doble clásico de sábado

Estas son dos obras que comprueban por qué los clásicos son llamados así… y por qué es necesario, además de respeto, mucho talento propio para reinterpretarlos.

The Doors – Adagio (Albinoni)

Jethro Tull – Bourée (Bach)

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Corriente Explicaciones

Ubicuidad: la respuesta

Como lo anuncié en mi respuesta a sus comentarios del post anterior, he aquí la solución.

El libro fue publicado en 1995, en inglés, y es una novela.

Los personajes (ficticios ambos) son un alto funcionario de los EUA y el primer ministro de Japón.

La trama de la historia, que resultó una ironía “profética”, es una guerra comercial que termina en guerra convencional y tiene desastrosas e impactantes consecuencias sobre la economía mundial. Lo que muchos recuerdan de esa novela es sólo el final, pero realmente es disfrutable, entre otras cosas, por fragmentos como éstos. No digo más para no estropear la lectura a quien quiera emprenderla.

Ah. El escritor se llama Tom Clancy; la novela, Debt of Honor (Deuda de Honor). La traducción de estos fragmentos, ligeramente retocada para darle continuidad y omitir los nombres, es de este servidor de ustedes, directamente del original.

Una vez concluido el juego (o consumada la travesura), la pocilga regresa a su programación habitual.

Gracias por participar, y saludos a todos.

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Corriente

Armonías

notenblatt2_gnu_gplwikimediacommonsLa calle está en silencio, a pesar de ser media mañana.

En la esquina, el loco que se ponía a pescar desde la banqueta ha descubierto un nuevo pasatiempo: la música. Ahora, en vez de imaginarse a bordo de una barca bamboleante, se planta como frente a un atril y acomoda bajo su barbilla un violín eólico o una imaginaria tuba.

Sin moverse, espera a que alguno de los peatones le dirija una mirada más curiosa que cauta. Entonces, emprende con entusiasmo una melodía que sólo él conoce y no comparte.

Poco a poco la actividad se detiene, y al primer curioso se suman otro y otro más: la señora con sus hijos camino a la escuela, el vendedor de paletas o de globos, el policía de la cuadra. Todos callan.

El músico de la nada termina su interpretación, y los espectadores se dispersan entre aplausos inmateriales, que cubren todos los rostros con una hojarasca de sonrisas.

Nada como descubrir que, aun cuando el papel está pautado, las notas siempre pueden salirse del pentagrama.

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Corriente Explicaciones Inspiración pura

Las coincidencias de la vista (III y última)

Cuando por fin pensé que me había resignado a ser para siempre amigo de los ojos de vidrio, los “avances de la ciencia” me llevaron a la consulta de nuevo. Luego me hice estudios y me propusieron prótesis y operaciones. Por supuesto me mandaron al diablo para la cirugía láser, pero me dieron otras opciones. Yo me negué, apoyado por uno de mis oftalmólogos de siempre, miope también, y orgulloso de sus anteojos que le habían permitido operar con éxito a miles de pacientes.

Después me di cuenta de que no era más que una larga y tonta defensa, para dejar que mis ojos dieran hasta donde fuera sin ser intervenidos. Me hice a la idea de que eso no iba a cambiar, al menos no para bien. Seguí leyendo y escribiendo; compraba mis libros y películas favoritas y corría a los estrenos de cine y escribía palabras y más palabras pensando que tal vez sería lo último que vería o leería.

Un día, mi otro oftalmólogo me dijo: “Mira, acércate a ver esto”. Al principio me pareció que mostraba un par de recortes de uña para ponerme a prueba, pero como mi ceguera y mi imaginación me habían hecho ya ese tipo de jugadas muchas veces, puse un poco más de atención.

El mentado “procedimiento quirúrgico” que me enseñó se centraba en unos como miniparéntesis “que se insertan en la córnea para blablabla…. y entonces el ojo ya no tiene punta y bla bla bla… y vas a ver qué bien vas a ver”. Yo no entendía mucho, porque pensaba que en vez de fulminar mi ojo con un rayo láser le iban a meter cuchillo. Y así como el láser suena a siglo XXI, el bisturí me recordaba a Jack el destripador y a Naranja Mecánica.

Al  final,  me dijo, el ojo se ve normal, y los implantes “biónicos” pueden ser excelente tema de conversación. El cambio en la visión hace que un ojo con, por ejemplo, 15 dioptrías físicas, termine con dos o tres, que es como pasar de la ceguera total a una visión que no será de águila, pero impide confundir a la novia con la suegra, permite usar lentes de contacto blandos, e inaugura un campo visual que incluye objetos y sujetos más interesantes que yo mismo, mi nariz y mis zapatos. Bueno, eso digo yo.

Hoy mis “últimos” anteojos descansan en lugar de honor junto a la computadora, mientras trato de no pensar en Joyce y Borges y Homero y Sartre y Pulitzer y Milton y Quevedo (y Diana, quien me envió un correo que disparó todo este rollo). Argh, quisiera ese talento, para ya no tener que preocuparme.