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Si el ingenio bastara para hacer un retrato, a más de uno se le ocurren ejemplos.

Escena primera: Un pequeño defecto

Escena segunda: Que sabiéndolo emplear aleja el peligro

Escena tercera: Pero eso no es dispensa

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Repasando memorias, encontré una que no me gusta.

La biblioteca abandonada, la biblioteca-museo, la biblioteca elefante blanco. Esa que tiene altas estanterías rellenas de libros tras puertas de cristal, a la que se llega con cubrebocas, guantes y bata de cirujano. Más que biblioteca, debería llamarse morgue de libros.

biblioteca_palafoxiana_gnufdl_wikimediacommonsOtras solamente se abren en las "grandes ocasiones": bodas, funerales, campañas políticas. En ellas puede haber un retablo o el retrato de alguien con traje de gala junto a un mapa o una bandera, sobre un escritorio para que los turistas tomen la foto "del recuerdo".

También hay bibliotecas sólo para especialistas, en donde los usuarios ostentan permisos especiales y los libros se hojean sobre un atril en cuartos climatizados. No tocar: las palabras duermen y no es bueno despertarlas.

En algunas casas, "el estudio" es un recinto con paredes que alternan diplomas y colecciones de libros: allí se acude a tener conversaciones privadas, no para leer. Su versión más modesta es la esquina de alguna habitación donde languidecen unos cuantos libros de texto de cantos grises y una enciclopedia vieja, con el amarillento diccionario "Academia", el Álgebra de Baldor o el Pequeño Larousse Ilustrado escoltando un escuálido Quijote y una Divina Comedia en dos tomos (eso sí, con ilustraciones de Doré).

En esas bibliotecas no respiran ni los recuerdos. El destino de esos libros es el polvo o la ceniza, porque han dejado de ser voces: son leña encuadernada.

Llegar a esos lugares me da tanta tristeza como estar ante una cripta o asomarme sobre una mesa de autopsia. Porque así como puede doler un cuerpo muerto, a veces duele más encontrar cadáveres de ideas.

Hace tiempo prometí que mi propia biblioteca no sufrirá ese destino, ni será monumento al lector desaparecido cuando yo ya no esté. Mis amigos de papel encontrarán lectores, no mercaderes, y serán, más que reliquias, amuletos y llaves esperando ser abiertos, descifrados, compartidos.

Tengan la edad que tengan, los lectores y los libros siempre se están buscando; por eso, poner barreras entre ambos es un crimen sin sangre del que no puedo ser cómplice.

Un libro no ha de ser lastre cuando su vocación es convertirse en alas.

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Cada día que pasa en esta contingencia sanitaria (me niego a llamarla epidemia o amenaza mortal) parece que el infierno -o la influenza- fueran los otros. No hay mucho contacto visual, los saludos son meras inclinaciones de cabeza. El pequeño teórico de la conspiración que todo chilango lleva consigo está despierto.

En la calle, el tapabocas se ha convertido en accesorio omnipresente: desde el indígena oaxaqueño o poblano que pide ayuda a través de papelitos hasta dos asaltantes a un Sanborns. Enmedio, los demás. Quien no tenga qué hacer, mejor no salga. Pero los otros no son el infierno, sino quizás la solución.

El  temblor de ayer me recuerda el 19 de septiembre de 1985, señal "legendaria" de la paranoia chilanga y de otras cosas. Creo que hoy como entonces sirve combatir la confusión y el alarmismo con buena información y sentido común: la influenza porcina es una nueva enfermedad, que exige a todos cuidarnos un poco mejor de como lo hemos hecho hasta ahora frente a otras enfermedades, tanto personal como mutuamente.

Los investigadores, epidemiólogos y autoridades tienen su propio quehacer. Pero todos podemos hacer algo más que alimentar rumores, parálisis o indiferencia.

Quien no quiera que su estornudo o tos provoque un literal encogimiento del prójimo, debe aprender a usar siempre por lo menos un pañuelo desechable para taparse la boca, y tirarlo en la basura, no en la calle. En vez de no dar importancia a lavarnos las manos con regularidad, y no sólo "cuando se vean sucias", es momento de aprender.

A cuidar la propia salud y respetar a los demás. A salir un poco de la burbuja personal para ser solidario o pedir ayuda. A ejercitar la sensatez.

El temblor del 85 nos enseñó a muchos qué significa la solidaridad para estar más seguros. Espero que la influenza porcina sirva para aprender que la solidaridad en la higiene personal y la salud es básica para convivir como lo necesitamos siempre: con, sin, o a pesar de las emergencias.

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