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Gracias al súbito silencio en una conversación de amigos, me puse a observar un grupo infantil (más niñas que niños) que disfrutaba alrededor y dentro de la alberca. Dos equipos espontáneos perseguían un balón, mientras algunos más se deslizaban por una resbaladilla para caer al agua...

Sobre nuestras cabezas, un abanico chirriante jadeaba intentando refrescarnos sin éxito. La mejor opción era acudir a una nevera plástica repleta de cervezas, y atacar con decisión las viandas. Con el estómago y la boca en acción, el calor se siente menos.

No recuerdo mucho de lo que hablamos, porque ante las risas de los niños, las ironías adultas importan bien poco.  Preferí observar a un niño patear el balón y a una niña que dio la vuelta para atraparlo con un movimiento desmañado y al mismo tiempo digno de un ballet: la coreografía espontánea de las hadas, con rítmico chapoteo como música de fondo.

Sí, recuerdo bien esa reunión, porque me hace tener presente, cuando necesito algo de calma, la tranquila concentración de los niños que juegan, con toda seriedad, en medio de sonrisas. Allí es cuando me asalta, desde la distancia (no tan) adulta, el por qué de una (más) de mis frases favoritas:

"Los cuentos de hadas son más que verdaderos, no por enseñarnos que existen los dragones, sino por decirnos que pueden ser derrotados".  (G. K. Chesterton, por supuesto... parafraseado por Neil Gaiman en el epígrafe de Coraline).

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Sus nombres por poco me pasaron inadvertidos.

Eran --para mí-- cuatro amigos, ahora muertos, que me abrieron la puerta de un panteón creciente e inagotable. Finito, porque todo lo que ocurre en este mundo tiene límite y pausa, pero no por eso aburrido.

Alfonso me presentó a Gilberto, quien me llevó por el camino irrenunciable del humor, la ironía y la buena mesa. Julio, contradictorio y enigmático, trajo consigo a Daniel y a Edgar, porque sabía que ellos y yo nos llevaríamos bien, y que me servirían de referencia tanto para la valentía ante lo desconocido como en el miedo a lo inminente. Octavio, casi por casualidad, invitó a Fernando. JorgeLuis, al final y con cierta desidia, trajo a Jack, aventurero y enamorado del aire libre, para darle color al bronceado de oficina. Luego insistió en que Julio (nada dijo entonces de Alfonso) conocía menos a Gilberto que él.

Cada uno me presentó amigos que hablaban con voces distintas, pero entonces no se me ocurrió preguntarles, ni me hacía falta saberlo, si además de hacer hablar a otros ellos tenían las propias.

Así fue como descubrí, tras vocablos prestados, a Alfonso Reyes, Julio Cortázar, Octavio Paz y Jorge Luis Borges, antes (o casi al mismo tiempo) de saber que esos tan buenos traductores de Chesterton, Defoe, Pessoa, London  y Poe supieron cultivar, con oficio insuperable, voces propias de resonancias inmortales.

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Una de las tradiciones más entretenidas de la época decembrina es el “Nacimiento” o  “Belén”, iniciativa de Francisco de Asís que ha servido tanto para divertir a chicos y grandes como para crear versiones que son auténtico gozo contemplativo y maravillas artesanales.

Chanchimiento.Así como hay quienes apenas lo toman en cuenta, otros se esmeran construyendo montes, lagos y casitas con cartón, heno, musgo, espejos, papel de colores, luces y hasta agua. Otros más coleccionan todo tipo de personajes, cuidando que “hagan juego” con determinadas épocas, estilos o costumbres, para enriquecer la puesta en escena y provocar admiración (como éste tropical que apareció hace tiempo en la pocilga).

Uno de esos belenes (cada año distinto, pero siempre magnífico) inspiró a cierto Chanchopensante una simpleza: “ocultar” entre los personajes a un intruso, para diversión de los espíritus infantiles y pasmo de algunos adultos especialmente celosos por la integridad artística del conjunto. Ante los hechos consumados aparecieron (ya lo esperaba) indignados argumentos de especialista, que exigían reparación inmediata: ¿a quién se le ocurre poner un pingüino?

Así surgió Crónica y aventuras de un pingüino en Palestina, miniserie de alucinación desbocada investigación prehistórica --de 2007, Antes de la Pocilga-- que ahora podemos presentar a ustedes, amigos y visitantes del chiquero, gracias al gentil permiso de la fundación provocadora, digo, patrocinadora.  En señal abierta y sin acreditación de National Geographic. (continuará)

Imagen: Artesanía yucateca con todo y chancho.

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Creo que hay pocas maneras de conocer (y disfrutar) la música tan gozosas como las caricaturas o dibujos animados. Algunas melodías persistentes de la niñez resultan ser "obras maestras de la música clásica" cuando descubrimos al autor, años después de aprenderla.

Aquí les presento una que tal vez recuerden, aunque no sepan que se llama "La gruta de Fingal", de Mendelssohn, junto a otra de Tom y Jerry (con la "Rapsodia Húngara número 2" de Liszt)  que ganó el Oscar en 1946. Caricaturas cultas para un rucómetro, digo, rincón insólito muy de viernes.

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El bibliomano de Carl Spitzweg, ca. 1850 (Wikimedia Commons)

Podría decir muchas cosas, pero creo que lo más significativo de superar este año el reto de los 50 libros ha sido, por un lado, confirmar una variedad de gustos particulares, y por el otro, los descubrimientos que le debo --al menos parcialmente-- a la vida virtual.

En este último sentido, es justo agradecer especialmente a Mara, quien me puso en contacto con el sorprendente Diario de Pelusa y su proyecto 365. Al recorrer sus posts, me topé con Ana de las Tejas Verdes. El resto, como dicen, es historia. Quienes consulten mi lista de lecturas 2009 se darán cuenta de la presencia dominante de este año.

Como aún no ha llegado la hora del recuento anual, me reservaré las recomendaciones (y anti-recomendaciones). Sin embargo, aprovecho esta ocasión para presentar al selecto público de esta pocilga a tres autores que tal vez (por su "antigüedad") no sean muy conocidos. La primera, Lucy Maud Montgomery, en el género que hiciera célebre a Louisa May Alcott, pero (creo yo) con un mayor toque de seriedad en sus personajes, que no dejan por eso de ser divertidos y hasta entrañables.

El segundo, A.J. Cronin, médico metido a novelista (sus personajes principales son casi todos médicos o enfermeras). A pesar de que resulta un poco anacrónico para el presente, creo que una novela suya, Las llaves del Reino, resulta especialmente útil (casi diría imprescindible) como explicación del verdadero significado (y consecuencias) de la tolerancia o la falta de ella.

El tercero, un clásico con mayúsculas de la ciencia ficción: Stanislaw Lem, quien reapareció en el "méinstrim" gracias a la reciente versión cinematográfica de Solaris. El libro de Lem que quiero recomendar es Memorias encontradas en una bañera. Su punto de partida  fue lo suficientemente atractivo como para pelearme el único ejemplar en la tienda.

Disfrútenlos y háganme saber qué les parecen.

AVISOS PARROQUIALES: Pronto, en este espacio, nuevas recomendaciones (no necesariamente literarias) y alguna sorpresa anunciada o no. Ya dije.

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Tengo una caja donde deposito libros "de salida".

Las razones para dejar allí un ejemplar son muchas: desde haber adquirido una nueva/mejor edición, hasta considerar, objetiva pero subjetivamente, que aquel libro no es tan bueno como para permanecer en mi biblioteca, o para merecer una eventual relectura.

Old book bindings -by Tom Murphy VII at Wikimedia Commons- (GNU)También está la consideración práctica de que siempre hace falta lugar para poner los nuevos libros que compro o recibo... y que exigen más espacio que el disponible en mi cabecera o junto a la silla de lectura.

Más o menos un día al mes hago recuento (con personal y chancha glotonería) de las lecturas pendientes, las terminadas y las nuevas adquisiciones. Así llega el momento de la ofrenda a las musas, a los dioses del ocio o como quieran llamarlo.

Mi compromiso es tomar entonces al menos un libro de la biblioteca y ponerlo en la caja. A veces puede ser el que acabo de terminar; a veces, al hacer espacio encuentro algún candidato. El reto de este año es que la caja reciba tantos libros como mi lista de lecturas, más para darme una idea del ritmo de sustitución que para cumplir una meta de desalojo.

Hace un par de años creía que esa caja de salida no era más que un limbo para libros a la espera del complicado proceso de trueque en la librería de viejo, o una estación en el camino a la biblioteca pública. Luego descubrí que las librerías de viejo son quisquillosas y avarientas, y que las bibliotecas públicas simplemente arrumban los libros por meses (y hasta años) antes de ponerlos a disposición de los lectores.

La mayor sorpresa fue darme cuenta de que no falta quienes aprovechen la caja: la familia, los amigos y hasta algunos visitantes ocasionales, al enterarse del propósito de la caja, no han tenido reparos en "adoptar" un libro. Como muchas veces ellos mismos -en los cumpleaños u ocasiones similares- contribuyen al crecimiento de mi biblioteca, me parece que la caja de salida cierra el ciclo de un modo provechoso, ecológico y lleno del respeto que las musas merecen.

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dendrobates_azureusgnugplwikimediacommonsLas palabras, no las personas, son mis ranas.

O a lo mejor sí son personas-personajes, como Tom Sawyer, Nils, Mowgli, Allan Quatermain, Gandalf, Sherlock, D'Artagnan (más bien Porthos), Dan (el consentido de Jo March), el Sombrerero, Momo, Shatterhand, Miguel Strogoff, Dick Shelton, mi inolvidable Gabriel Syme y el incorregible Azazel, entre muchos otros... sin olvidar, por supuesto, al Caballero Desheredado.

Las demás ranas y sapos no las guardo en mi maleta: departen y comparten, al calor de brebajes, cuartillas y cazuelas, electrones, anécdotas y trazos, goles, moles, tequilas y jaiboles, códigos, palabras y compases, collages e  ilustraciones, barro negro y colorado o de colores, carreteras, trincheras, lunas, estrellas y soles, acciones y pasiones, besos, abrazos, sesos y bostezos, carcajadas y sueños, con este chanchosapo en que la vida me ha convertido.

Esos gozos, recuerdos y dolores son trama y escalera de la vida. Así está hecha para que descubramos cómo hacer de cada instante un salto inmortal e inolvidable.

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Hace ya un año lancé una invitación a compartir lecturas como parte del reto de los 50 libros.

Tras una cacería intensa y problemática, me dio gusto ver a todos los participantes en la lista (subjetiva, pero muy satisfactoria) de lo mejor del año.

Estos son algunos sucedidos del memorable "safari":

Old book bindings -by Tom Murphy VII at Wikimedia Commons- (GNU)a) Don Alberto, fanfromhell de Cortázar, insistió en recomendarlo a pesar de mi resistencia. Tiempo después, Luciano, primer comentante de la lista 2008,  visitó el barrio del autor de Rayuela; lo tomé como casualidad del ciberespacio hasta que la tercera llamada (el video citado en el centésimo post de la pocilga) me llevó a  Historias de cronopios y de famas. La experiencia me animó a repetir autor y cerrar con él mis 90 lecturas de 2008.

b) Después de buscar sin éxito algún libro de Steven Pressfield, recomendado por Won-Tolla, encontré Mundo Anillo, de Larry Niven, y lo compré sin darme cuenta (conscientemente) de que también era una recomendación. Como resultado, Niven y Cortázar son los clásicos de 2008.

c) El fin de año parecía propicio: largas horas de reposo y festín, necesarias para leer a los rusos. Pero la pachanga y el convivio fueron tales, que no hubo tiempo ni para un libro. Eso dejó un pendiente que me gustaba para rematar el año: El Maestro y Margarita, recomendado por Diana. Ya está en la cabecera.

d) El cuarto recomendante fue Lemdel, el desaparecido. Su lista puso en el radar a  No es país para viejos, que también llegó muy arriba.

Ahora, mientras comienzo la vigésima lectura del reto 2009, ofrezco a ustedes mis sugerencias para este año, excluyendo los que ya abordé  en mis reseñas selectas de 2008.

a) Filosofía a mano armada, Tibor Fischer.
b) León el Africano, Amin Maalouf.
c) Cuentos de Invierno, Isak Dinesen.
d) El miedo a los animales, Enrique Serna.
e) La princesa prometida, William Goldman.

Como el año pasado, la lista incluye un libro para niños (aunque igual de provechoso para adultos) y otro de un autor de mi país; todos, creo yo, dignos de relectura, regalo o reto.

Suplico a los comentantes inundar esta pocilga con el lodo sabio (Lau dixit) de su experiencia. Eso sí: por favor tengan piedad de la avidez recomendando libros disponibles. Gracias y... ¡a leer!

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