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El primer sorbo apenas lo siento, paladeándolo como una invocación que desenrede mis papilas perezosas.

Ayer, antes de ayer, sonreía recordando cosas tristes y cosas alegres, y cosas más alegres aún perdurables que bastan, como el conjuro patronus de ese libro que leímos juntos sin saberlo, para disipar cualquier cantidad de espectros chocarreros.

El segundo sorbo me pinta el bigote de espuma y azúcar, para que se escurra hacia el cielo un géiser de risa que atraganta. Aún no aprendo a tomar líquidos sobre la mesa.

Hoy no salgo de ese asombro que me regala el tiempo, aunque me pregunten cómo es que llevo la cuenta de tantas cosas en la libreta arriera, en los cuadernos de apuntes, en docenas de bocetos con signos que podría repetir hasta dormido.

El tercer sorbo es una sorpresa, después de haber conseguido ponerle un sudario de crema a mi taza favorita, y equilibrar una cereza para que cambie de registro la amargura.

Mañana, pan dulce con café para desayunar. Por esta vez, el silencio llegará  después de la cafeína.

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cafecito_WikimediaCommonsSé que no ha sonado el despertador y que mis ojos no están abiertos.

También descubro que no puedo moverme, pero la incomodidad no existe. No estoy flotando, no tengo frío. No hay un solo sonido; ni siquiera escucho mi respiración y los ruidos --tan familiares-- que siempre me acompañan.

Dudo entre girar sobre mi costado o atisbar con mi ojo izquierdo para que el reloj me diga si puedo levantarme o debo hacerlo.

Entonces suceden tres cosas al mismo tiempo: mi almohada suspira, mi boca sonríe y amanece.

Hay vida antes del café.

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cafecito_WikimediaCommonsCada noche, después de apagar la única lámpara de mi cuarto, en el momento de la inmersión al sueño, comienzan los sonidos.

Cadenas, rechinidos, gritos que me rodean conjurando insomnios como maldiciones; presencias intangibles que susurran arcanos en lenguajes desconocidos pero extrañamente familiares.

Luego, silencio. La sábana empapada de sudor me atrapa nuevamente... y regresan los ruidos. Ahora son luminosos, como de fiesta, y entre las voces reconozco una palabra igual a mi nombre, aunque no me pertenece.

No quiero investigar de dónde provienen, porque para ello quizás deba despertar del todo y me perdería la tercera parte de la noche, cuando llegas con un café, que en ese momento es lo menos importante.

Lo que sigue no hay por qué contarlo, aunque ha servido para más de una vigilia y una historia.

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cafecito_WikimediaCommonsCierro los ojos y se dispara una cadena de sinapsis con palabras como atolladero, mejambrea, cogorza, embalse, ríspido, tontaina, himenóptero... tarugo.

Después, sin mediar silencio, llega el tropel de escándalo y melodía: el Vuelo del Abejorro, Carmina Burana, Queen & Bowie, Vivaldi, Mertens.

Cuando Guty Cárdenas y Rob Halford hacen dúo, sé que debo estar soñando. Entiendo a Beethoven, que no podía ensordecer su mente y tampoco exigir (siquiera de sí mismo) la perfección que escuchaba dentro del cráneo. Quiero huir, pero me asaltan La Muerte y la Doncella que bailan sinuoso tango entre aplausos y bombillas.

Quizá este cuerpo sea territorio límite, caja de resonancia para un íntimo pleito entre el espíritu y las musas, o el encierro temporal de un loco que recobra la razón mediante periódicas emanaciones y excrecencias...

Cuando despierto cubierto de sudor, estoy seguro de una cosa.

Componer ilusiones, historias o añoranzas no es ejercicio de sonidos, imágenes o tinta: crear es, en cambio, apuntar cadencias que buscan atinarle a la armonía.

Exprés cortado, por favor, y sin azúcar.

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cafecito_WikimediaCommonsCuando abro los ojos, a veces descubro un mundo que no estaba allí un parpadeo antes.

Hoy los colores traicionan al arcoiris, porque aquí la luz parece negra, el vaso de leche que hace un momento saqué del refrigerador chorrea algo entre rojo y violeta, y la hamburguesa  preparada con todos los agravantes me hace pensar esta vez que quizás la macrobiótica no sea una opción tan absurda.

Acudí a mi lugar pero no pude reconocer a los otros sentados ante la mesa. Entonces algo crujió, y no eran mis nudillos. Tampoco las ancianas rodillas de una comensal que le pidió salsa a su vecino. El plato principal parecía... entrañable. Esa palabra nunca la había aplicado a un guiso.

Luego un cucharón pasó ante mi nariz, y supe que estaba soñando.

Aun así, seguramente necesitaré algo más fuerte que un exprés cortado para olvidar que, desde la salsera, mi ojo izquierdo me miró fijamente antes de naufragar.

13

Sólo puedo ver que mis manos tiemblan.

Acabo de cerrar el libro bajo la "lámpara de biblioteca" con su pantalla verde y luz cálida. No quería que terminara.

Tampoco me di cuenta de la hora; supongo que por eso prendí la luz... pero de pronto, no me hace tanta falta. ¿Estará amaneciendo? Pero si solamente quería terminar de leer un capítulo; no puedo haberme pasado toda la noche leyendo. Sé que fui por el diccionario para buscar una palabra que creí francesa y resultó de inglés antiguo. Ahora ya no recuerdo cuál, pero era algo original y simpático, relacionado con arroba.

cafecito_WikimediaCommonsYa está: avoirdupois. Debo usarla pronto, para que ya no se me olvide. Lo que quería era aprender un poco más de francés o italiano, para poder leer algo más que cuentos sencillos. Pero esta música no me deja concentrarme: "Love Me Tender, Mamacita".

Algo pasa. No puedo moverme y las manos siguen temblando. Un momento; estas manos no pueden ser las mías: azul verdosas, con uñas puntiagudas... ¿qué es ese olor? ¿moho? Lo que creí pantalla de lámpara es un techo cóncavo que está demasiado cerca de mi rostro... y tiene algo... ¿tela? ¿terciopelo? Un momento, ya sé que no me bañé antes de dormir, pero ¿por qué hiede tanto a sudor... o a terror?

Ya sé: no estaba dormido, sino leyendo a Lovecraft, a Lucy Maud Montgomery y a Federico Arana. Entonces, esto debe ser un sueño. Será mejor despertar, antes de que aparezca por aquí el doctor House con ganas de realizar una autopsia. Gracias, esta vez americano sin azúcar, por favor.

8

cafecito_WikimediaCommonsA veces me canso de pasar las páginas y si no he tomado café (últimamente es la norma), sueño dormido. Será poco original, pero funciona.

Las lecturas habituales se filtran y casi siempre entregan un personaje secundario. Esos sueños son reparadores a secas y sin incidentes ni créditos.

La diversión comienza cuando aparecen personajes de las películas, porque entonces, por ejemplo, el omnisciente chanchoprotagonista recibe lecciones de agudeza, elegancia y buena conducta de Woody (Harrelson), mientras intenta que Yul Brynner decida qué es mejor: no quedarse calvo o dejar de fumar. En su hombro derecho, John McClane; en su hombro izquierdo, Bruce Lee.

A veces es más divertido, como cuando Harpo Marx imparte clases de solfeo pautando el manual de Carreño con la voz en off de la narradora de los cuentos de Disney. En esas ocasiones, mis propias carcajadas me despiertan. Como no puedo volver a dormir de inmediato, tomo un libro hasta que alguna página me invita a soñar... o a tomar un café.

6

cafecito_WikimediaCommonsVereda poderosa, el camino amarillo. Ese, el que lleva a alguna parte.

Al centro, un niño con el mágico poder de contemplar claramente su futuro inmediato decide que no le basta; quiere más.

Busca un espejo que le ayude a mirarse la nuca en la esquina de la pared, un tenedor que pueda trinchar pasta recocida, o una lengua suficientemente larga para lograr lamerse el codo.

Al correr tropieza con una pelota en forma de hongo, o quizás era un conejo con chaleco junto a un gusano fumador que recita a Oscar Wilde, pero no tiene tiempo de fijarse porque el libro de Ciencia Ficción que está leyendo resulta en verdad interesante. Después descubre que lo de no poder lamerse el codo no es cosa suya: nadie es capaz de hacerlo.

En otra parte, el Minotauro se aburre porque ha descubierto que en realidad prefiere ser vegetariano, con tal de que alguien se quede un rato a platicar, pero la naturaleza o la costumbre siempre le ganan, y él, debil ante sus debilidades, se resigna. Después, regresa al centro del laberinto a intentar ponerle esquinas al tiempo, o engarzar los minutos en flores como ofrendas.

Debo dejar de tomar tanto café en las tardes.

31

En un lugar que no necesito describir, pero (eso sí) alrededor de la mesa, se estiró sin esfuerzo una conversación sabrosa como las viandas que disfrutamos en la velada. No exagero si digo que, a pesar de parecer por momentos una “cena de negros” antropófaga y sangrienta, y por momentos un velorio anticipado, esa reunión fue al cabo un oasis de palabras hondas, profundas, permanentes.

Entre todos los temas y todas las preguntas que los comensales disectaron, me quedo con una.

Hablamos de lo que Dios creó y los hombres inventaron: instituciones, personas, ideales y pesadillas. Las risas y la alegría cedieron el paso al ingenio para salpimentarse. Al cabo, aparecieron los sueños y las búsquedas. En ese momento, algo cambió, y la reunión se volvió Ateneo.

En aquella ocasión no participaron, y de una vez lo digo, los siete sabios de Grecia. Creo que los concurrentes no podrían recibir, ni jocosamente, el mote de “Los Enterados de Chilangolandia”. Aun así, algunas de las conjeturas que surgieron se han materializado (y siguen haciéndolo) desde entonces; estoy seguro de que todos reprimimos, cuando las profecías se cumplen, el impulso de decir “te lo dije”.

Al hablar de las ideas y las noticias, las coincidencias fueron más poderosas, siempre, que lo disímbolo: tocados con la actitud rebelde, irónica y certera de los diálogos de nuestra velada, las anécdotas, los personajes y hasta los antepasados entraban y salían a caballo de las palabras.

Hablamos de tareas y de proyectos, con nitidez de iluminados, con esperanza nacida del empeño. Con tembloroso y decidido realismo.

Desde el recuerdo de trincheras personales, llegamos al terreno común —pasado, presente y futuro— animándonos mutuamente a compartirlo, con la experiencia de las mezquindades y pequeñeces que sólo cada uno sabe combatir en su pequeño huerto.

Estoy convencido de que cuanto sucede en ocasiones como esa es una auténtica comunión espiritual engendrada alrededor de una mesa de familia o de amigos. Una comunión que puede ser tan sagrada como la amistad que dio origen a otra Tabla Redonda, como los lazos de sangre (humana o sobrenatural) que marcaron y marcan un camino compartido. Eso me lleva a la pregunta, que mil veces hice mirándome al espejo.

¿Dónde están quienes —con la pluma, con la idea, con el trabajo— serán capaces de llevar a término, de sacar adelante, la llama encendida en esas ocasiones? ¿Dónde están?

Anhelo saberlo. También, con la misma alegría con que espero esas reuniones, anhelo que la respuesta a todas las preguntas la emita siempre un fénix, en vez de la que lanzó, como espectral apagador, el cuervo lapidario de Edgar Allan Poe.

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DEPARTAMENTO DE AVISOS PARROQUIALES:

1. Este es el post número 99.

2. Se invita al respetable público a relajarse antes de ocupar sus lugares. Los amigos de la granja tienen, desde ya, mesa de pista.

3. Pronto, el número 100. Chanchos, a sus puestos.

2

Los primeros instantes del día (es decir, cuando despierto) son para mí una maraña de confusiones y semi-sonambulismo. Pero también están entre los momentos más extrañamente creativos.

En los minutos que transcurren entre el sonido del despertador y el momento en que A FUERZAS tengo que levantarme, han aparecido, por ejemplo: las penumbrosas palabras de muchos de mis escritos, algunos gozosos sueños repetitivos (al grado de levantarme entre carcajadas), e incluso (como manda el cliché) la solución de algún problema que el día anterior le encargué a la almohada.un cafecito -- imagen tomada de Wikimedia (GPL)

Por supuesto, esto sería genial y maravilloso... si pudiera controlarlo a voluntad. La mayoría de las veces, sólo es posible descender a la normalidad con un café, preferiblemente caliente, y cien por ciento cafeinado.
Mientras encuentro la manera de domesticar "Pavlovianamente" la creatividad, no he encontrado nada mejor para alinear las neuronas.

Qué decir de los ocasionales y no tan ocasionales desvelos maratónicos, por trabajo o por otras causas más, digámoslo así, pedestres. En esas ocasiones, el café sigue siendo la bebida energética por excelencia, una que además es fácil de conseguir donde quiera, en todo tipo de variedades, desde el más exótico (y costoso) café gourmet hasta el humilde y eficaz instantáneo.

Elíxir maldito, hidromiel oscuro, aromático brebaje. Que viva el café.

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