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El bibliomano de Carl Spitzweg, ca. 1850 (Wikimedia Commons)

El inicio de 2010 invita a repasar los libros que hicieron memorables, tediosos o simplemente llevaderos los días del año que terminó. Fue muy bueno, otra vez rebasando el reto de los 50 libros, pero sin superar las 90 lecturas de 2008. Las muchas páginas leídas y la gran cantidad de cosas que quiero decir me obligan a separar la reseña en dos posts.

Estas son mis mejores lecturas de 2009. Subjetivamente, como debe ser, y sin orden de preferencia. La lista completa está en el reto de los 50 libros.

1. Vencer al dragón, Barbara Hambly. Una historia sobre las aventuras que aderezan la vida. Ah, con dragones, caballeros y magia, heroísmo espontáneo y protagonistas únicos. Las compras impulsivas Los instintos de lector aún funcionan.

2. La saga Artúrica de Bernard Cornwell (El rey del invierno, El enemigo de Dios y Excalibur). Los personajes secundarios narran (y a veces se roban) la leyenda del rey Arturo, entramando historia y ficción en un relato excepcional, lejos del lugar común... y profundamente verosímil, además de bien traducido.

3. Emily of New Moon (y sus continuaciones, Emily's Quest y Emily Climbs), de Lucy Maud Montgomery. Aunque el personaje más célebre de L.M.M. es Anne of Green Gables, o Ana de las Tejas Verdes (con un "culto" comparable al de Sherlock Holmes), la trilogía de Emily, una niña imaginativa que quiere ser escritora, me atrapó. Quienes hayan disfrutado con Louise May Alcott deben acercarse a esta autora. Quienes crean que los personajes de Alcott eran divertidos pero no muy sólidos, también.

4. Puerta al Verano, de Robert A. Heinlein. Los viajes interestelares como deben ser, o como no esperamos que sean. Una razón para leer ciencia ficción con la seriedad que se merece sin dejar de divertirnos.

5. Palmeras de la brisa rápida. Juan Villoro rescata, desde el punto de vista "extranjero", los vínculos que lo unen con la tierra de sus antepasados y la historia familiar, al tiempo que describe un modo de ser y de pensar no exento de humor pero indudablemente original. Aquí debía estar también El libro salvaje, una historia sobre quienes aman a los libros que sería mejor sólo si fuera cierta.

6. Tres lindas cubanas de Gonzalo Celorio fue un descubrimiento, y una fortuna leerla detrás (y a ratos a la par) de Palmeras, porque ambos abordan una misma época y región, guardando (aquí sí vale el cliché) las distancias, quizás sólo geográficas. Queda también Cánones subversivos, ensayo-homenaje acerca de libros, autores y lecturas que fue inevitable comprar tras leer un par de páginas en la librería.

7. El pez dorado, de J.M.G. Le Clézio. Como el chocolate amargo (o un buen Merlot), una historia llena de sabores, insinuaciones y regusto, sobre marginalidad, pero más que eso,  sobre la esclavitud más dolorosa: la autoimpuesta. Un tanto artificial por sus generalizaciones, pero con personajes bien construidos.

8. On writing: A memoir of the craft. Más allá de explicar por qué y cómo escribe, Stephen King demuestra que sabe su oficio y hace una interesante catarsis personal. Un libro sorprendentemente útil  para cualquier interesado (poco o mucho) por el tema de la escritura y lo que implica "desde dentro".

9. El curioso incidente del perro a medianoche, Mark Haddon. El protagonista de este libro habla sin adornos, resuelve un crimen, destapa una red de hipocresías "socialmente aceptadas"... y es un niño autista. Decir que es un libro divertido y estremecedor no le hace justicia. El relato supera las limitaciones de la traducción, aunque es mejor leer el inglés original.

10. Vida, pasión y muerte del mexicano. Joaquín Antonio Peñalosa descifra con ingenio y afecto (hasta con precisión quirúrgica) la extraña criatura mexicana. Una "lectura de comprensión" que merece lugar permanente en la biblioteca al lado de El rediezcubrimiento de México, de Marco A. Almazán, ¡Ask a Mexican! de Gustavo Arellano, y México: lo que todo ciudadano quisiera (no) saber de su país, de Denise Dresser y Jorge Volpi. Y junto al Laberinto de la soledad.

11. Nombre de torero, Luis Sepúlveda. Una novela negra con ingredientes exactos... y hasta un perro llamado "Canalla" (palabra). Magnífica manera de terminar el año.

Los menos buenos:

1. Crepúsculo, Stephenie Meyer. Ni siquiera lo terminé; debo reconocer que los vampiros emos no me resultan interesantes. Con perdón de los numerosos fánses de esta serie, en cuanto a novela de vampiros aún me quedo con Drácula, y en cuanto a película, con Los muchachos perdidos.

2. The tales of Beedle the Bard, J.K. Rowling. Aunque fue una buena herramienta de altruismo (para fines benéficos), esta colección de cuentos no aporta mucho a la mitología Potteriana. Los libros 1 a 7 de Harry Potter serán muy releídos, pero éste no.

3. El último merovingio, Jim Hougan. Una historia sobre la descendencia de Jesús que pudo haber sido mucho mejor pero cae a plomo a partir de la mitad.

4. Los escritores invisibles, Bernardo Esquinca. Brevísima novela que, para mi gusto, termina cuando parecía que iba a ponerse interesante.

5. El viaje de la reina, Ángeles de Irisarri. La anécdota central, un viaje por España en tiempos de la dominación árabe, prometía pero se quedó corta. Sobre esta época y esta anécdota (en parte), es mucho mejor Al-Gazal, el viajero de los dos Orientes, excelente libro de Jesús Maeso de la Torre.

6. Sueño profundo. Había leído dos libros de esta autora (Tsugumi y el memorable Kitchen) que considero muy buenos. Éste, sin ser malo, no me atrapó. Quizás por estado de ánimo, pues los relatos son un tanto fríos y hasta depresivos.

En el siguiente post, más recomendaciones: los hallazgos, los inconclusos... y algunos pendientes. Espero que este 2010 traiga tantas buenas letras como 2009.

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Hay quienes dicen que debemos acostumbrarnos a leer sólo electrones, que el libro es un anacronismo que no se ha dado cuenta de su extinción y no sé cuántos blablablás, o zazaza sarasa, como dicen allá en tierra gaucha.

Lo cierto es que la CANIEM, agrupación mexicana de editores y vendedores de libros, dice que la industria de la publicación (impresa, se entiende) está en crisis, mientras crece exponencialmente la cantidad de libros disponibles como descarga electrónica.

Conste que no hablo de piratería (evidentemente, existe) sino especialmente de libros "raros" o desaparecidos, como por ejemplo Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, un divertidísimo hallazgo del ingenio que hace mucho no vive en las librerías pero sí en Internet (por ejemplo, acá). Como ésta, muchas obras imposibles de encontrar o descatalogadas reaparecen gracias a la captura voluntaria o a través de un escáner.

Aquí no cuentan sólo sitios "monstruosos" como Google Books, Archive.org y el Proyecto Gutenberg, que concentran millones de obras y documentos. Hay muchos otros, en donde se puede encontrar prácticamente de todo, con un poco de paciencia y tiempo suficiente. Pienso también en la venerable Palm Pilot, pionera de las agendas electrónicas, junto al iPhone y el Kindle, entre otros artefactos que hacen posible asomarse a libros sin papel.

Esta reflexión viene al caso porque, mientras escribo el recuento de las lecturas 2009, descubro que más de diez libros los leí en pantalla. No tomo en cuenta las páginas de internet y los blogs, aunque hay muchos que merecerían ser tomados en cuenta como libros, por la calidad de su contenido. Pero ya habrá ocasión de volver sobre este punto.

Próximamente, la reseña de lecturas 2009. Se vale tomar nota, y también recomendar. Acá nos leemos.

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Paul_Gustave_Dore_Raven14_Wikimedia_CommonsEn un libro, todo permanece sellado hasta el momento de abrirlo. Allí opera --incluso antes, porque lomo y tapas también cuentan-- un conjuro telepático, una sonda (¿o es una sanguijuela?) espiritual.

Entonces comienza lo que algunos psicólogos han llamado "comunicación de las existencias" entre escritor y lector. Cualquiera que haya escrito siquiera una breve carta, por banal que sea, conoce esa sensación en sus dos extremos: la del barco a la deriva que encuentra un faro, la botella rescatada del océano antes que el náufrago. Acá en mi pueblo dicen también "el veinte cae".

Las letras atrapan; en cuanto se ha aprendido a leer, toda palabra pertenece instantáneamente a quien acude a su presencia.

Una vez abierto ese canal, es inevitable el estremecimiento, el escozor, el gozo, el pasmo o la carcajada ante una hoja impresa, o ante un par de palabras, o una sola, o mil de ellas.

La lectura es rito de iniciación en una hermandad cósmica, intemporal, contagiosa. A partir de ella, el mundo personal enriquece irremediable, casi imperceptiblemente, con glotonería virtuosa a cada sílaba.

Antes del lector, la palabra es silencio. Después, el mundo no calla.

Nunca más.

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Kipling-by-Sir_Philip_Burne-Jones_1899WikimediaCommonsHarry Potter tuvo mejor suerte que Mowgli al emigrar al cine, gracias sobre todo a la vigilante presencia de su autora y a millones de entusiastas de la comunidad Hogwarts. En cambio, quién sabe qué diría Kipling si hubiera visto a la ranita de Raksha como lo dibujó Walt Disney. Probablemente (esa es mi opinión), habría disfrutado el extraordinario doblaje al español, encabezado por Tin-Tan, Pelayo y Flavio. La música de esa película (que en CD es "cuento musical" narrado por Bagheera) es un antídoto para el mal humor. Pero ese no es mi punto de hoy.

Kipling cultivó un fino sentido de la ironía. Todos los libros que le conozco incorporan algo de esto, desde la broma ligera hasta el sarcasmo. Pero hay uno que puede serle grato a quienes, por haberlo conocido en Hogwarts, quieran saber cómo es la vida "real" de interno en un colegio tradicional británico: Stalky y Compañía.

En el centro de la historia (que transcurre a finales del siglo XIX) está un trío de amigos adolescentes: Stalky, aristocrático y rebelde; M'Turk, impulsivo y fuerte, y Beetle, tímido e inteligente. Juntos, reciben formación basada en principios muy simples: el honor (de mi Casa) es lo más importante, los alumnos existen para aprender, y las mejores herramientas pedagógicas son experiencia, intelecto e impacto. Físico, principalmente.

En tan sólida institución, los personajes se las arreglan con imaginación, aprovechan la ingenuidad propia y ajena, y se gradúan evitando darse a conocer demasiado. Por lo menos algunos. Eso sí: quienes enseñan no siempre son los que tienen un título para hacerlo. Y los alumnos del colegio llevan al extremo su devoción por la Casa, sin necesidad de varitas mágicas.

Stalky y Cía. es una novela fiel a su época y a las características de la educación preuniversitaria de entonces, lo cual significa que no necesariamente es para el mismo público que ha leído a Harry Potter. También es un poco autobiográfica, porque los tres protagonistas existieron en realidad, aunque no se llamaban exactamente como en el libro, y uno de ellos llegó a Nobel. El texto en inglés es fácil de encontrar por Internet.

De algo estoy seguro: Jo Rowling debe haberlo disfrutado mucho, y aunque los personajes de Kipling no se parecen del todo a los del universo Potteriano, cuando un libro es bueno, hasta Walt Disney puede aprovecharlo, si aprende a buscar lo más vital.

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El bibliomano de Carl Spitzweg, ca. 1850 (Wikimedia Commons)

Podría decir muchas cosas, pero creo que lo más significativo de superar este año el reto de los 50 libros ha sido, por un lado, confirmar una variedad de gustos particulares, y por el otro, los descubrimientos que le debo --al menos parcialmente-- a la vida virtual.

En este último sentido, es justo agradecer especialmente a Mara, quien me puso en contacto con el sorprendente Diario de Pelusa y su proyecto 365. Al recorrer sus posts, me topé con Ana de las Tejas Verdes. El resto, como dicen, es historia. Quienes consulten mi lista de lecturas 2009 se darán cuenta de la presencia dominante de este año.

Como aún no ha llegado la hora del recuento anual, me reservaré las recomendaciones (y anti-recomendaciones). Sin embargo, aprovecho esta ocasión para presentar al selecto público de esta pocilga a tres autores que tal vez (por su "antigüedad") no sean muy conocidos. La primera, Lucy Maud Montgomery, en el género que hiciera célebre a Louisa May Alcott, pero (creo yo) con un mayor toque de seriedad en sus personajes, que no dejan por eso de ser divertidos y hasta entrañables.

El segundo, A.J. Cronin, médico metido a novelista (sus personajes principales son casi todos médicos o enfermeras). A pesar de que resulta un poco anacrónico para el presente, creo que una novela suya, Las llaves del Reino, resulta especialmente útil (casi diría imprescindible) como explicación del verdadero significado (y consecuencias) de la tolerancia o la falta de ella.

El tercero, un clásico con mayúsculas de la ciencia ficción: Stanislaw Lem, quien reapareció en el "méinstrim" gracias a la reciente versión cinematográfica de Solaris. El libro de Lem que quiero recomendar es Memorias encontradas en una bañera. Su punto de partida  fue lo suficientemente atractivo como para pelearme el único ejemplar en la tienda.

Disfrútenlos y háganme saber qué les parecen.

AVISOS PARROQUIALES: Pronto, en este espacio, nuevas recomendaciones (no necesariamente literarias) y alguna sorpresa anunciada o no. Ya dije.

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Repasando memorias, encontré una que no me gusta.

La biblioteca abandonada, la biblioteca-museo, la biblioteca elefante blanco. Esa que tiene altas estanterías rellenas de libros tras puertas de cristal, a la que se llega con cubrebocas, guantes y bata de cirujano. Más que biblioteca, debería llamarse morgue de libros.

biblioteca_palafoxiana_gnufdl_wikimediacommonsOtras solamente se abren en las "grandes ocasiones": bodas, funerales, campañas políticas. En ellas puede haber un retablo o el retrato de alguien con traje de gala junto a un mapa o una bandera, sobre un escritorio para que los turistas tomen la foto "del recuerdo".

También hay bibliotecas sólo para especialistas, en donde los usuarios ostentan permisos especiales y los libros se hojean sobre un atril en cuartos climatizados. No tocar: las palabras duermen y no es bueno despertarlas.

En algunas casas, "el estudio" es un recinto con paredes que alternan diplomas y colecciones de libros: allí se acude a tener conversaciones privadas, no para leer. Su versión más modesta es la esquina de alguna habitación donde languidecen unos cuantos libros de texto de cantos grises y una enciclopedia vieja, con el amarillento diccionario "Academia", el Álgebra de Baldor o el Pequeño Larousse Ilustrado escoltando un escuálido Quijote y una Divina Comedia en dos tomos (eso sí, con ilustraciones de Doré).

En esas bibliotecas no respiran ni los recuerdos. El destino de esos libros es el polvo o la ceniza, porque han dejado de ser voces: son leña encuadernada.

Llegar a esos lugares me da tanta tristeza como estar ante una cripta o asomarme sobre una mesa de autopsia. Porque así como puede doler un cuerpo muerto, a veces duele más encontrar cadáveres de ideas.

Hace tiempo prometí que mi propia biblioteca no sufrirá ese destino, ni será monumento al lector desaparecido cuando yo ya no esté. Mis amigos de papel encontrarán lectores, no mercaderes, y serán, más que reliquias, amuletos y llaves esperando ser abiertos, descifrados, compartidos.

Tengan la edad que tengan, los lectores y los libros siempre se están buscando; por eso, poner barreras entre ambos es un crimen sin sangre del que no puedo ser cómplice.

Un libro no ha de ser lastre cuando su vocación es convertirse en alas.

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Hace ya un año lancé una invitación a compartir lecturas como parte del reto de los 50 libros.

Tras una cacería intensa y problemática, me dio gusto ver a todos los participantes en la lista (subjetiva, pero muy satisfactoria) de lo mejor del año.

Estos son algunos sucedidos del memorable "safari":

Old book bindings -by Tom Murphy VII at Wikimedia Commons- (GNU)a) Don Alberto, fanfromhell de Cortázar, insistió en recomendarlo a pesar de mi resistencia. Tiempo después, Luciano, primer comentante de la lista 2008,  visitó el barrio del autor de Rayuela; lo tomé como casualidad del ciberespacio hasta que la tercera llamada (el video citado en el centésimo post de la pocilga) me llevó a  Historias de cronopios y de famas. La experiencia me animó a repetir autor y cerrar con él mis 90 lecturas de 2008.

b) Después de buscar sin éxito algún libro de Steven Pressfield, recomendado por Won-Tolla, encontré Mundo Anillo, de Larry Niven, y lo compré sin darme cuenta (conscientemente) de que también era una recomendación. Como resultado, Niven y Cortázar son los clásicos de 2008.

c) El fin de año parecía propicio: largas horas de reposo y festín, necesarias para leer a los rusos. Pero la pachanga y el convivio fueron tales, que no hubo tiempo ni para un libro. Eso dejó un pendiente que me gustaba para rematar el año: El Maestro y Margarita, recomendado por Diana. Ya está en la cabecera.

d) El cuarto recomendante fue Lemdel, el desaparecido. Su lista puso en el radar a  No es país para viejos, que también llegó muy arriba.

Ahora, mientras comienzo la vigésima lectura del reto 2009, ofrezco a ustedes mis sugerencias para este año, excluyendo los que ya abordé  en mis reseñas selectas de 2008.

a) Filosofía a mano armada, Tibor Fischer.
b) León el Africano, Amin Maalouf.
c) Cuentos de Invierno, Isak Dinesen.
d) El miedo a los animales, Enrique Serna.
e) La princesa prometida, William Goldman.

Como el año pasado, la lista incluye un libro para niños (aunque igual de provechoso para adultos) y otro de un autor de mi país; todos, creo yo, dignos de relectura, regalo o reto.

Suplico a los comentantes inundar esta pocilga con el lodo sabio (Lau dixit) de su experiencia. Eso sí: por favor tengan piedad de la avidez recomendando libros disponibles. Gracias y... ¡a leer!

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La mayor parte de la llamada nación británica del rey Arturo estaba formada por esclavos, pura y simplemente, conocidos con ese nombre y agobiados por un collar de hierro, y el resto eran esclavos de hecho, aunque se consideraran hombres libres y así se llamaran a sí mismos. Pero la verdad  es que la nación entera tenía un solo propósito en este mundo: postrarse ante el rey, la iglesia y la nobleza, esclavizarse a su servicio, sudar sangre para que ellos se beneficiaran, pasar hambre para que ellos comiesen bien, trabajar para que ellos pudiesen divertirse, apurar la copa de la miseria hasta las heces para que ellos no perdiesen la alegría, verse reducidos a la desnudez para que ellos ostentasen sedas y joyas, pagar sus impuestos para que no tuviesen que hacerlo ellos, practicar durante toda su vida un lenguaje degradante y una actitud aduladora para que ellos pudiesen exhibir su orgullo y considerarse los dioses de este mundo. Y a cambio de todo esto, la retribución consistía en bofetadas y desprecio, y eran tan pobres de espíritu que consideraban un honor incluso este tipo de atención.

Las ideas heredadas son algo curioso, interesante de observar y examinar. Yo tenía las mías; el rey y su gente, las suyas. En ambos casos se trataba de rutinas que habían sido profundamente inculcadas por el tiempo y el hábito. Quien intentase eliminarlas, valiéndose de razones y argumentos, tendría entre manos una empresa monumental. Aquella gente, por ejemplo, había heredado la idea de que todos los hombres sin título y sin una larga genealogía, tuviesen o no conocimientos o dotes naturales, merecían menos consideración que un animal cualquiera, un bicho, un insecto, mientras que yo había heredado la idea de que las cornejas humanas que consienten en disfrazarse con el ostentoso y falso plumaje de las dignidades heredadas y los títulos inmerecidos sólo sirven de hazmerreír.

Mark Twain, Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo (1889).

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Me asombra haber leído 90 libros en 2008, sobre todo por la variedad de temas y los factores que ayudaron a construir esa lista. El reto era 50, y sabía que lo superaría, pero no a ese grado.

En lugar de hacer simplemente una breve reseña de cada uno de los libros de 2008, prefiero compartir algunas de mis impresiones sobre los más destacados, como una guía personal y tratando de excluir (pero no del todo) los que ya mencioné en este otro artículo sobre el tema. Si alguno de los lectores y visitantes de este espacio quiere información sobre los libros no incluidos en este post pero sí en la lista de 2008, deje un comentario.

Primero, las mejores recomendaciones de este año: No es país para viejos, que nunca se me hubiera ocurrido leer si no me lo recomiendan, y aunque es una historia dura, el libro es muy bueno. No he visto la película aún. La otra recomendación memorable, ésta totalmente cercana a mis gustos, Océano Mar: Alessandro Baricco sabe lo que hace... y parece que las traducciones del italiano se le dan mejor a Anagrama que las del inglés... como comprobé con otro buen libro, El perfeccionista en la cocina de Julian Barnes.

La mejor serie: Sin duda, las aventuras del clan Malaussène escritas por Daniel Pennac, y su ensayo Como una novela. Del ensayo, no pueden perderse el Decálogo del Lector. Las novelas son homenaje (o parodia) a algunos de los más "altos" géneros de escritura novelesca, y los personajes resultan muy gratos.

A mi parecer, los mejores libros que leí en 2008 son:

1. Como una novela - Un profesor de literatura de secundaria se plantea cómo lograr que sus alumnos disfruten la lectura. El resultado es este ensayo que destroza varias de las "reglas no escritas" sobre los libros, la enseñanza y muchas cosas que se supone debemos hacer para "enseñar" a leer a los demás. Incluye el más que indispensable "Decálogo del lector". Este libro me animó a conseguir las novelas del autor, que también resultaron muy buenas.
2. El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco - Literalmente, el último libro de Bukowski: ácido, desenfadado e iconoclasta al máximo. Búsquenlo.
3. El Cid - Una de las mejores reconstrucciones del héroe español en novela; la lectura fluye, los personajes actúan y el lector aprende. Un libro que, por mí, puede sustituir muchas aburridas horas de clase en la secundaria.
4. Buenos días, Sócrates - Me lo topé gracias a la vagancia en línea. Además de ameno, es interesantísimo para explicar muchos de los absurdos que los seres humanos cometemos "por tradición"... y cómo superarlos. Una obra de divulgación científica que todos deberíamos leer (y comentar).
5. Tsugumi - Las complicidades de la amistad, la autobiografía novelada de una autora en el Japón moderno... una lectura delicada y sustanciosa, divertida y amarga. Para los que creen que en Japón todas las mujeres son geishas.
6. Océano Mar - No sé cómo describir este libro y la sensación que me dejaron sus personajes. Los habitantes de un hotel frente al mar reaccionan de maneras diferentes, pero todos unidos por el ritmo de la playa, la brisa y la búsqueda personal: cada quien recibe algo, aunque no sea lo que cree que vino a buscar. Desde que leí Seda supe que este autor me caería bien.
7. Firmin - Arrasó con los premios: un ratón que, en vez de comer libros, los lee. O algo así. Páginas de tributo y nostalgia sólo aptas para quien ama los libros, llenas de referencias semicultas, semicursis, disfrutables.
8. El perro de terracota - Una aventura del inspector Montalbano: Sicilia, pasta y crimen. Un detective sibarita que, además, opera en territorio de la mafia.
9. Good Omens - Un ángel y un demonio tienen que trabajar juntos, no sólo para conservar su trabajo, sino para salvar al mundo. Eso después de encontrar al Anticristo, que se les ha perdido... Una colaboración mitad mítica y mitad satírica, sobre las "cosas serias" de la vida sobrenatural. Advertencia: imprescindible el sentido del humor. Como diría Catón, prohibido para puritanos.
10. Next - En su penúltima novela, Crichton plantea una pregunta: ¿hasta dónde puede llegar el avance de la ciencia que ahora se dedica a "patentar" los genes? La respuesta hace devorar las páginas... y las uñas.
11. Maneras de perder - No recuerdo cómo hallé a este autor. Creo que algún blog lo mencionaba; pero dio en el blanco. Lo terminé de leer con excesiva rapidez y sin dejar de sonreír, a pesar de que los temas no siempre eran alegres.
12. El vuelo de Eluán - Afortunadísima compra impulsiva: las aventuras de un hombre que puede volar, en un mundo extraño y fantástico. Perfecto para hacer más corto un viaje en cualquier transporte público, o para niños imaginativos.

El tema de 2008: Sin haberlo planeado, leí tres novelas históricas sobre la misma época (la  "Reconquista" de España) pero con diferente perspectiva: la judía (Orovida), la musulmana (A la sombra del granado) y la cristiana (El Cid), todas plenamente recomendables. Este año hubo mucha novela histórica, pues también leí sobre Teodora de Bizancio (extraordinaria), sobre Troya (muy buena) y sobre Sor Juana. Las novelas de Patricia Cox, que escribió muchas páginas sobre los personajes y épocas de México, merecerían sustituir a los aburridísimos libros de historia con que a muchos nos torturaron (y siguen torturando) en las aulas.

Ahora mis "peores" lecturas de 2008:

1. Muerte en el castillo - La autora quiso hacer una de misterio cuando lo que le resulta mejor son las novelas costumbristas sobre Oriente, que le dieron el Nobel. Esta fue una decepción, y (por mucho) la peor novela del año y de la escritora; prefiero volver a leer Viento del Este, Viento del Oeste que es muy buena.
2. El fin de la locura - Lo compré sólo para leer mientras hacía fila para entrar al cine... así que no puedo decir que "perdí" dos horas leyendo, pero no me gustó lo suficiente como para terminarlo.
3. Emily L. - Esta autora se me resiste. Su estilo introspectivo y la excesiva (para mí) indiferencia que manifiesta hacia sus personajes, a quienes puede no ocurrirles nada durante páginas y páginas, me enfada. Lo terminé por pura disciplina.
4. Filosofía para bufones - Libro de referencia para aquellos que quieran conocer las partes más anecdóticas de la vida y obra de filósofos y pensadores, para aderezar la plática o reunión con comentarios y ocurrencias. Un libro caro y poco sustancioso, pero un tanto útil como divulgación o material para clases.
5. La hermandad de la sábana santa - Una periodista escribe una novela sobre templarios e intrigas en la Edad Media. No me gustó; creo que le faltó mucho para atrapar al lector, aunque la historia daba para eso. Hace tiempo leí La biblia de barro que es un poco mejor, pero no creo leer más de esta autora.
6. Soldados de Salamina - Novela-reportaje sólo para los MUY interesados en los personajes de la Guerra Civil española. Los que quieran leer buen material novelado sobre ese tema, eviten a Hemingway (Por quién doblan las campanas) y lean a Gironella (Los cipreses creen en Dios).
7. De las cenizas volverás - No sé qué le pasó a Bradbury. Pero lo volveré a intentar.
8. Los amigos del crimen perfecto - Un club de aficionados a las novelas detectivescas se topa con la muerte al estilo de sus héroes. Libro-homenaje al género que pudo ser mejor, pero entretiene lo suficiente.
9. El sueño de Inocencio - Me pareció aburrida y excesiva a ratos, como afanosa de tomar personajes conocidos para hacerles decir o hacer cosas atípicas o de plano iconoclastas. Un anticlímax, como la de Javier Cercas, luego de leer cosas como Teodora, Orovida o El Cid.

Uno que agradezco haber leído: Señas particulares. El tema no es grato, pero la información es valiosa y el estilo sorprendentemente ameno.
El que más me hizo reír: Copyright. No podía ser de otra forma, cuando uno de los autores es Luis Pescetti y el otro pertenece a Les Luthiers. Sentido del humor + referencias "cultas ocultas". Dignos sucesores de Jardiel, con un estilo propio.
El mal sabor de boca: El alma del vampiro y El pintor de batallas. Bien escritos, pero no agradables. Lo mismo pasó con La presa.

Los clásicos que no había leído: Julio Cortázar (ingenioso, sutil, preciso) y Larry Niven (alucinante, indispensable para quienes creen que la ciencia ficción es sólo Isaac Asimov), además de Sandokan, que por alguna razón se me había escapado (prefiero al Corsario Negro y al León de Damasco).

Los libros inconclusos: De las cenizas volverás (recibirá otra oportunidad); El vuelo de la libélula (cuestión de ánimo); y El fin de la locura, que se  quedará inconcluso.

Mis releídos preferidos de este año: Nils Holgersson, Julio Verne, Isaac Asimov.

Los pendientes: Bulgakov (quería cerrar el año con ese, pero no hubo tiempo) y dos de Pennac, que me trajeron de España.

Un gran, gran año para la lectura. Ya llegó 2009, asi que... ¡a leer!

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Lo encontré reclinado, la frente en ángulo sobre la unión de las paredes de su cubículo.

En el escritorio los restos de su trabajo, un lápiz tallado hasta casi el final, una minúscula goma y un sacapuntas de acero.

Sé que algo le dolía, a pesar de no emitir sonido alguno (la discreción ante todo).

La única hoja visible me dio la respuesta.

Por enésima vez, alguien le había entregado como versión final un texto que comenzaba diciendo: Luego entonces.

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