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No quiero aburrir, me dije. Por eso no había vuelto a aparecer, mientras mis libretas de apuntes, avarientas, acumulaban chispazos.

No leo para ser culto, sino para no ser aburrido, dice uno de mis principios. Por eso la aventura de leer (o más bien su recuento) hizo pausa, pero no la biblioteca. Después, la reflexión me hizo ver que mudez no es necesariamente madurez (con todo y cacofonía), pero la autocensura sí puede ser perversa discreción.

El apresuramiento en los trinos y en los muros feisbuqueros suele restarle artesanía, aunque tal vez no oportunidad, a las palabras.

Por razones como esas, el "viejo posteo bloguero", como algunos en este desértico barrio aún le decimos, parece haber perdido algo de su lustre... pero no la magia. Decir y no decir, a través de trazos, trinos y lo que salga, sigue siendo la construcción de un diálogo, primero con el yo que resuena en mi cabeza y luego con quien se ofrezca.

Como decía el letrero del farmacéutico: este negocio abre sus puertas cuando me da la gana, y las cierra a la misma hora.

Las conversaciones continúan, aunque el ajetreo ya no sea tan aparente; los canales siguen abiertos, y la historia avanza, a veces sin voces discernibles, pero nunca sin palabras. Y a propósito...

AVISO PARROQUIAL

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Hablando de imágenes y guiños, nos da gusto comunicar al personal que la FotoMadrina ha decidido ofrecer al público algunas muestras de su trabajo tras la lente. La exposición se llama Sin Palabras (no entiendo 😛 ) y estará abierta desde el 4 de abril, acá en la esmogópolis. Quede la invitación.

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Yo quería pasar desapercibido, pero no me dejaban. A veces era uno el que me arrancaba los lentes, otro escondía el portafolios, uno más allá se robaba mis cuadernos y útiles. Al llegar el profesor de turno, calma chicha y nadie vio nada.

Por eso la adolescencia me llegó como bendición: antes flaco y enano, ahora macizo y grandote. Así, en un solo curso recobré lo que seis años de humillaciones me arrebataron, incluidos unos lápices de colores nuevecitos, aunque nunca me ha gustado dibujar, ni sé hacerlo especialmente bien.

Ahora voy al gimnasio todas las tardes, y en la mañana me dedico a los golpes. Ya entendí que, si lo hago con cuidado, nadie hablará cuando llegue el profesor a preguntar quién es el bravucón.

Relato escondido el 25 de agosto de 2011 entre los comentarios del blog Las historias, de Alberto Chimal, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

 

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I.
Por la ventana abierta entran aromas de recuerdos, no siempre viejos, pero por ser recuerdos reaniman la nostalgia. "Aire de lluvia", decían los abuelos.

II.
El sonido del trueno nos recuerda que Nana decía: cuenta los segundos, siéntete a salvo y pide un deseo. Después, el relámpago es sólo la rúbrica del que escucha.

III.
Así como aquí es de día, allá es de noche. Alguien duerme, alguien sueña. Alguien siempre. Por eso los recuerdos son, a la vez, volátiles y eternos. Como la lluvia.

Reacción escondida el 29 de julio de 2011 entre los comentarios del blog Palabras Voladoras, conocido por todos ustedes (y quien no lo conozca, ¿qué espera?). Rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

 

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Una historia que se antoja. Provechito.

AVISOS PARROQUIALES

Hoy, hace 50 años, el maestrísimo Joaquín Lavado parió a la Mafalda y su pandilla. Bendito sea, por muchos años, el inigualable Quino. [CORRECCIÓN: San Quino dice que la Mafalda es más joven, y que su cumpleaños es en septiembre. Ya festejaremos entonces, que pretextos sobran. Y gracias a Jolie por el dato.]

En otras noticias, los motivos de la ausencia permanecen, pero la terquedad de ignorarlos también. Estéi tuned.

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Y aunque a últimas fechas no hemos tenido días de mucho viento, por la pocilga empiezan a volar las motas de polvo y pelo cuando uno se asoma hacia adentro.

"Eco eco eco eco eco...."

Hace algunos posts recuerdo haber prometido el ansiado regreso del dueño de las quincenas de todos ustedes, público conocedor, pero ¿qué creen? que todo parece tomar un tinte más negro, ai nomás al son de

...me ausentaré de la casa de los trinos hasta nuevo aviso

y si eso es de tan famoso espacio de letras e ideas, ¿qué será de nosotros?
¿Hasta cuándo la orfandad?

Entre que si regresa y no, pues en siguientes entregas, vertiré algunos pasajes del deporte de los jadeos y los tenis gastados, y la inevitable cercanía de un siguiente compromiso maratónico en la ciudad luz.

Y esperamos que regrese, porque...
Bueno, salud y carnitas para todos.

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Para todos aquellos fanes de la pocilga que desesperan porque su escritor favorito, el Señor de la palabra, mejor conocido como El chanchopensante, también conocido como Ivanius ha decidido tomarse unas merecidas vacaciones; no es amenaza, pero seguiré usurpando su lugar.

Eso y recordarles que las "juntas" en lunes –o en martes cuando la semana empieza en martes– son uno de los cánceres de la humanidad. Digo, ¿no habrá manera de empezar a explorar opciones como Skype, e-mail, twitter, o de plano telepatía?

De lengua

Yeah, me siento totlamente espurio y sucio.

Salud.

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En una casa siempre hay cosas que arreglar, desde la ropa de los chicos hasta los zapatos de los mayores, aunque casi nunca alcanza el tiempo.

Así iba --decía Nana-- el cuento del zapatero.

Aquel hombre tenía poco, en una casa pequeñita, pero muy ordenada. Como su espacio de trabajo también era pequeño, sólo podía hacer un par de buenos zapatos a la vez, y aunque era calzado de calidad, no le rendía el beneficio suficiente.

Cada uno de nosotros, como aquel señor, tiene una tarea de la cual ocuparse a pesar de que no rinde cuanto queremos: unos deben ir a la escuela y estudiar cuando querrían jugar; a otros les toca trabajar para comprar ropa y comida; alguien, en fin, debe preparar lo que comemos. Desde luego, también hace falta que la ropa esté limpia, el suelo barrido y cada cosa en su sitio. Es mucho trabajo, y a veces dejamos las cosas en desorden.

Una tarde, el zapatero preparó su material --cuero, clavos y pegamento-- para armar los zapatos, pero decidió dejarlo hasta el día siguiente, pues estaba muy cansado, y se fue a dormir.

Ya reanimado por una noche de sueño, decidió levantarse temprano... y encontró un par de zapatos flamantes, listos para la venta.

Algunos de los mayores conocíamos esa historia, pero sabíamos que nadie la contaba como Nana.

El zapatero rara vez tenía tiempo para acabar su trabajo, pero no por falta de habilidades o por ser desordenado. Pocos lugares en el pueblo había tan frecuentados como el taller del zapatero, pues era buen conversador, y para todos tenía palabras de aliento o una sonrisa.

Uno de los vecinos fue causa del retraso, pues acudió, como muchos, al zapatero en busca de consejo. Por eso, en agradecimiento, llamó a todos los amigos y juntos concluyeron el trabajo que tantas veces vieran hacer.

Claro que el zapatero no lo sabía, y en cuanto pudo contó a sus vecinos que seguramente los duendes u otros seres mágicos lo habían visitado.

Fiel a su estilo, en lugar de contar simplemente un cuento, Nana decidió enseñarnos a utilizar nuestra propia magia, y así fue como descubrimos a los duendes y los invocamos desde entonces: convirtiéndonos en ellos.

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Al salir el sol, uno de los discípulos fue enviado lejos del monasterio: el clima no prometía estabilidad, pero las vituallas eran imprescindibles. Así caminó bajo el sol y luego entre lluvia nocturna; amanecía de nuevo cuando se le abrieron las puertas.

Después de entregar las provisiones, el monje fue a meditar en la sombra del patio, y le preguntó a Lou-Sin: Maestro, ¿cómo evitar que primero la luz y después la oscuridad lastimen los ojos?

Haciendo un guiño, el anciano dijo: Parpadea. Y sonrió.

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AVISO PARROQUIAL

Sin más afán que disipar el lunes, les invito a visitar Escribidores y Literaturos para mi turno de noviembre.

Avalancha. Cuando voces y pausas se reúnen, todo puede suceder.

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