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Variación sobre el tema

Cada día que pasa en esta contingencia sanitaria (me niego a llamarla epidemia o amenaza mortal) parece que el infierno -o la influenza- fueran los otros. No hay mucho contacto visual, los saludos son meras inclinaciones de cabeza. El pequeño teórico de la conspiración que todo chilango lleva consigo está despierto.

En la calle, el tapabocas se ha convertido en accesorio omnipresente: desde el indígena oaxaqueño o poblano que pide ayuda a través de papelitos hasta dos asaltantes a un Sanborns. Enmedio, los demás. Quien no tenga qué hacer, mejor no salga. Pero los otros no son el infierno, sino quizás la solución.

El  temblor de ayer me recuerda el 19 de septiembre de 1985, señal “legendaria” de la paranoia chilanga y de otras cosas. Creo que hoy como entonces sirve combatir la confusión y el alarmismo con buena información y sentido común: la influenza porcina es una nueva enfermedad, que exige a todos cuidarnos un poco mejor de como lo hemos hecho hasta ahora frente a otras enfermedades, tanto personal como mutuamente.

Los investigadores, epidemiólogos y autoridades tienen su propio quehacer. Pero todos podemos hacer algo más que alimentar rumores, parálisis o indiferencia.

Quien no quiera que su estornudo o tos provoque un literal encogimiento del prójimo, debe aprender a usar siempre por lo menos un pañuelo desechable para taparse la boca, y tirarlo en la basura, no en la calle. En vez de no dar importancia a lavarnos las manos con regularidad, y no sólo “cuando se vean sucias”, es momento de aprender.

A cuidar la propia salud y respetar a los demás. A salir un poco de la burbuja personal para ser solidario o pedir ayuda. A ejercitar la sensatez.

El temblor del 85 nos enseñó a muchos qué significa la solidaridad para estar más seguros. Espero que la influenza porcina sirva para aprender que la solidaridad en la higiene personal y la salud es básica para convivir como lo necesitamos siempre: con, sin, o a pesar de las emergencias.

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Caldo de oso.

Pues si.

¿porqué a la gente nos gustan las aguas negras?
¿será que hace juego con las conciencias?
¿que el color del lodo lo tenemos nada más y nada menos que “en ROM”?

No lo sé, pero la estadística es clara:
México es el segundo consumidor de refrescos de cola -suena pornografiquísssimo que no-, solamente después de, claaro, Estados Unidos.

Creo que en los de otros sabores si les damos un susto.

Pero ¿negro?

Chale.
“Deme un café negro señorita”
“…lo tomo negro, gracias.”

Como que no es un color que debería de antojarse normalmente.
Está raro.
El negro es ausencia, está asociado con lo “anti-lo que sea”.

Tomemos por ejemplo a la nada de la historia sin fin; o ¿qué tal los hoyos negros que acaban con toda la materia que hay a su alrededor? o aquél charro negro ojete, que nomás anda viendo qué se lleva, de preferencia tu honra y tu vida…

Yo creo que por eso están los otros, los que lo toman “descafeinado por favorcito” o “una cubita con CocaZero por favor…”

O sea: negro, pero claro pues; no sea que se les ennegrezca el alma o ya de a devis, la panza.