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Los privilegios (y coincidencias) de la vista parecían no tener límites, hasta que llegó el cansancio.

Mi oftalmólogo de cabecera me dijo: "para la cantidad de páginas que has leído en tu vida, ya te habías tardado". Y es que, con todo y ojo biónico, tiene razón.eye_farm_nevittdillmengnuwikimediacommons2

Este ejercicio de leer todo el tiempo que a mí me resulta inevitable, parece ser más raro de lo que suponía. Sin embargo, me preguntaba por qué se les cansa la vista a aquellos que casi no leen. Habrá quien responda que las letras no son lo único que bien vale unos lentes, y por supuesto tienen razón. Pero insisto porque entre mis amigos y familia, la "vista cansada" sólo sale a relucir cuando se trata de leer: parece que nadie echa mano de las gafas para contemplar otra cosa que no sean letras.

Lo que me quitó el "amoscamiento" hacia quienes despotrican sobre los lectores empedernidos y usan gafas para leer (con todo y el probable autogol) fue, como siempre, una niña que me dijo: "para ver una sonrisa no necesitas lentes". Verdad purísima. (continuará)

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Acababa de recibir el primer trago “serio” de la noche en mi bar favorito. En el centro de la barra había, como otras veces, un plato colmado de botana, una cajetilla de cigarros, y una hoja arrancada de mi libreta. Miles de historias a la espera de tinta.

Como los demás se hacían esperar, ya tenía dos cervezas entre pecho y espalda en menos de una hora, pero no parecía suficiente, así que Charly me trajo mi Gibson, helado a la perfección, con dos cebollitas. Sublime.

Un ligero toque en mi hombro me sorprendió con el amargo sabor aún en la boca, pero ahogué decentemente la palabrota que ardía en mi lengua cuando encontré sus ojos. “¿Puedo sentarme aquí?” Sin esperar respuesta (y qué bueno, porque no iba a dársela), se deslizó a mi lado.

Lo primero que percibí fue su perfume. Después, me dejé llevar a medias por la conversación, porque estaba escribiendo, pero no pareció molestarle. Dijo que me había visto varias veces, siempre acompañado o enfrascado en un libro. Además de ser "cliente frecuente", compartía también mi afición por las letras, aunque se dedicaba a vender, no a escribir. Me sorprendió no haber reconocido su rostro, pero siempre he sido un tipo bastante distraído.

Luego, su risa. Ronca, radiactiva como la kryptonita que se empeñaba en beber más con la lengua que con los labios, igual que un gato. “Así no se calienta; a ti también te gustan las bebidas frías, ¿verdad?”.

Para entonces las bebidas y el frío eran lo más alejado de mi mente. Obligado a responder, primero balbuceando y después con pasmosa y creciente audacia, me sorprendí a mí mismo hablándole... de todo un poco. Me di cuenta de su cultura porque supo rastrear y contestar mis frases más escogidas; resultó que antes de vender los libros y enciclopedias que ofrecía, los leía despacio y de cabo a rabo.

Cuando se levantó para ir al baño me quedé imaginando mil cosas. Traté de encontrar explicación al miedo y la ansiedad, pero me rendí. Qué diablos, todo puede pasar. Entonces descubrí a los demás sentados en el rincón, ante una mesa esquinera. No se acercaron, respetando nuestro código, pero desde luego me enviaron un brindis burlón con sus vasos.

Mientras encendía mi cigarro, Charly se acercó de nuevo desde el otro lado de la barra, pero no traía una copa. Me dijo que me estaban esperando en el pasillo, y que la cuenta ya estaba pagada. Nada más.

Lo que pasó después creo que no se lo imaginan. Por eso escribo hoy estas líneas, recordando mi asombro cuando, al darme su tarjeta, descubrí que ella en realidad se llamaba Mario.

Eso sí: después de las carcajadas, le compré un diccionario. De tapas verdes, como la kryptonita.

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"Propina no incluida" es uno de los textos con que participé en el colectivo Escribidores y Literaturos, el 12 de junio de 2009, rescatado hoy para esta pocilga, porque sí. La imagen es "flaming cocktails", por Nik Frey, tomada de Wikimedia Commons.

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AVISO PARROQUIAL:

Hay mucho, mucho qué contar en el tintero. Aunque a veces parezca que no, en el lado técnico (por ejemplo) se pueden interponer, digamos, unas notas discordantes. Pero con un poco de buen humor, la ayuda de unos cuantos buenos amigos y una batuta es posible reacomodar las cosas para que el (des)concierto llegue hasta el aplauso.

Poco a poco, la orquesta encuentra su sitio. Tal vez, sólo tal vez, el director también lo logre.

Parafraseando lo dicho hace ya algunos ayeres: pásenle pues, que la pocilga está reabierta. Y to whom it may concern, ¡seguimos adelante!

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Una de las curiosidades del barrio virtual es que el blogueo (mutante) se resiste a morir, probablemente porque es un monólogo más amplio o una conversación más pausada que los trinos o el caralibro, sus verdugos y competidores.

Por eso he dicho que el listado de la granja más parece osario (o lista de héroes y mártires) que blogroll.

Sin embargo no todo es luto, gracias a personalidades luminosas como la infatigable Pelusa, que además de su Diario nos ha traído proyectos inolvidables como Una Nota de Agradecimiento y, más recientemente, el amable chismógrafo 365 preguntas, de la mano de Loly y una activa comunidad comentante.

Pues he aquí que este "dúo dinámico" es el motor detrás de Una curiosa aventura, en donde los autores escriben anécdotas e imaginaciones alrededor de una idea semanal.

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Esta pocilga felicita a Loly y Pelusa por la iniciativa, así como a todo el grupo de entusiastas colaboradores... entre los cuales, quizá, verán aparecer una "manita de puerco" de vez en cuando. Estaremos pendientes.

Muso_Soseki_3-wikimediacommonsUn funcionario del pueblo solía pasear por los jardines del monasterio, para oír cómo los monjes comentaban diversas enseñanzas.

"Aquí los recuerdos no existen", decía uno; "La memoria suele ser una tortura innecesaria".

Todos guardaron silencio al encontrar al visitante, quien aprovechó para hacer una pregunta. "Maestro, ¿qué es mejor para aprender: experiencia o intuición?"

Lou-Sin miró de arriba a abajo al funcionario, antiguo condiscípulo, y sonriendo dijo: "Aprende de oyente, porque las lecciones particulares suelen ser carísimas".

«... todos estos libros son, francamente, literatura "escapista". Crean gratos lugares en la memoria, rincones tranquilos para entretener la mente en ocasiones, pero poco pretenden relacionarse con la vida real. Hay otro tipo de "buenos malos libros" con pretensiones más serias, que nos revelan, creo, algo de la naturaleza de la novela y las razones de su actual decadencia. En los últimos cincuenta años hubo toda una serie de autores —algunos de ellos siguen escribiendo— que es imposible calificar como "buenos" en el estricto sentido de la calidad literaria, pero que son novelistas natos y parecen sinceros, en parte precisamente porque no los inhibe el buen gusto.» George Orwell, Good Bad Books (1945)

480px-Patrick_Rothfuss_CC_by-Alvintrusty-WikimediaCommons

" I can support a lot of things in the pursuit of art, but I'm not a fan of actively occluding the story." -- Patrick Rothfuss, autor de El nombre del viento y El temor de un hombre sabio, en una reseña en Goodreads.

 

 

El día de Reyes, las calles y los parques de México son territorio de patines, triciclos, bicicletas y patinetas, "avalanchas" y la versión estilizada del patín del diablo que ahora se llama scooter. Claro que para montarlos se necesita equilibrio, y con pata de palo, garfio y pezuñas puede ser complicado.

Por eso mientras otros pedaleaban yo conocí a unos niños que jugaban ajedrez, al futbol y a "buenos y malos", leían historietas y veían —como yo— al Pájaro Loco. También hacían preguntas ante las que los adultos tosían, reían o se desvelaban, iban a merendar a casa de sus amigos o de vacaciones a la playa. Mientras reía con ellos, aprendí a hacer mis propias preguntas.

FelipeLuego supe quién era el autor, y que para entender sus dibujos había que pensar, aunque tal vez ya lo había aprendido, junto con la risa y lo que cada uno de ellos me enseñaron:

Libertad, a "ser simple" (pero no insípido); Miguelito, a "querer que me salga bien la vida"; Guille, a conservarme "en versión completa"; Manolito, a ser "peatón del razonamiento"; Susanita, a tener (por lo menos) un tema "bien masticado"; Mafalda, a llamar a la paz e insistir aunque "me dé ocupado, como siempre". Y Felipe... a aventurar la voz y la mirada al exterior, allá donde están la escuela, los deberes, y (por supuesto) hasta las pelirrojas de ojos verdes.

Un aplauso tímido, humilde y agradecido al maestrísimo Quino, desde luego por el premio Príncipe de Asturias 2014, pero especialmente, por las preguntas... y por las sonrisas.