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Harto de que lo tomaran como ejemplo de lo imperfecto, el hijo pródigo decidió concentrarse en la crianza de cerdos.

Tras una temporada de miseria y sobras, finalmente pudo comprar (las malas lenguas usan otro verbo) dos lechoncillos que instaló en un corral frente al bosque. Allí comenzó la prosperidad, siempre más sospechosa que la intachable pobreza.

Por eso, cuando alguien acudía a preguntarle por qué se le veía feliz, si según la parábola debía estar arruinado, el pródigo le invitaba a recorrer juntos la granja y contemplar de cerca a los animales, rotunda evidencia contra el escepticismo.

Sólo tras su muerte se supo que no sólo descubrió cómo hallar trufas: los animales también habían desarrollado un peculiar apetito, saciado puntualmente gracias a los curiosos que pretendían descifrar su secreto.

"Guardador de puercos" Relato de Ivanius. Imagen:  Desert truffle, by karpatuka (FAL 1.3) tomado de Wikimedia Commons. Publicado el 11 de agosto de 2011 en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

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trampashambrePara esta pocilga es un honor compartir con el selecto público y el no tan selecto personal la aparición de Trampas del hambre, el primer libro impreso de Mara Jiménez (léase con énfasis de merolico emocionado).

Hay magia en la familiaridad, porque lo que encuentro es congruente con lo que conozco y alimenta y responde a lo que vivo. También porque (valga el "disclaimer") la autora habita mis afectos desde años antes de que me llegaran sus letras.

Además, alguna de esas narraciones no sólo la vimos nacer, sino también desarrollarse, en un camino plagado de espinas, espigas y armonías no tan concomitantes —lo digo por Fito Páez— demasiado parecido a este blogbarrio.

Ya lo dijeron en la presentación, y de mejor modo: en "este oficio" (entiéndase lo que se quiera) hablar de un libro, provenga o no de autor querido más allá de las letras, es complicado porque, si no hay sentido del humor (y a veces aunque lo haya) es necesario combinar alegría, sadomasoquismo y envidia en partes proporcionales. Evitarlo no siempre es posible ni hace falta: ante la página, el diálogo va entre el lector y la palabra.

Otro tipo de magia, diría el viajero estilo Verne, está en acudir a lugares y escenarios: los que me parece reconocer, los que quisiera conocer, y los que desconozco. Macro o microcosmos donde creo que puedo asomarme sin peligro... pero mientras leo, adopto (o adapto) a los personajes, y adquiero un lugar como ellos o entre ellos, hasta que termina el cuento. Y me sorprendo, como cuando descubrí en los trinos que Mara había rimado voto con escroto. Ajá.

Desde la Crónica de los desayunos hasta El banquete, los seis relatos de Trampas del hambre reflejan avidez por las palabras, respeto por las historias y complicidad con el lector. Las páginas fluyen en la aparente brevedad de este libro de presentación atractiva y (hay que destacarlo) precio accesible.

Una "primera obra" que nos muestra el hambre de letras y nos deja en la trampa, porque sabemos, y esperamos, que vendrán más. Así sea.

AVISOS PARROQUIALES: Ningún animal fue maltratado en la elaboración de esta reseña, que no contiene espóileres ni risas grabadas. #SoyFanYQué

Mara Jiménez. Trampas del hambre. Editorial La Otra. México, 2016. 128pp.

GeoreOrwell-Wikimedia_Commons"[Por ahora,] el totalitarismo no ha triunfado. Nuestra propia sociedad es, todavía, generalmente liberal. Para ejercer el derecho de libre expresión es necesario enfrentarse con presiones económicas y amplios sectores de la opinión pública, pero aún no a una secreta fuerza policial. Es posible decir o publicar cualquier cosa mientras estemos dispuestos a hacerlo como desde trincheras y rincones. Lo siniestro, como dije al principio de este ensayo, es que los enemigos conscientes de la libertad son precisamente aquellos a quienes la libertad debería importarles más. Al gran público no le interesa un extremo o el otro. No están a favor de perseguir al hereje, ni se animarán tampoco a defenderlo. Son al mismo tiempo demasiado sensatos y demasiado estúpidos para adoptar el enfoque totalitario. [En cambio], el ataque directo y consciente contra la decencia intelectual viene de los propios intelectuales." The prevention of literature, 1946 (Traducción muy libre).

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Me gusta mirar a través de la ventana. A la izquierda, tras una barda y sobre ella se alza un enorme árbol que alfombra el jardín con crujidos, recordándonos, como un privilegio especial, el paso de las estaciones. Aunque se hace odiar porque nos perjudica la limpieza, a cambio da refugio a infinidad de criaturas invisibles. El aire de la tarde se llena de trinos que compiten con el altavoz... y casi siempre ganan.

Blurry_Prison_WikimediaCommonsNadie aprovecha la sombra de ese árbol; pero es bueno disfrutarlo con la vista. Los únicos huéspedes, aparte de los pájaros y unas cuantas lagartijas, son dos o tres gatos, que se reúnen para pelear o solfear a través del muro. Prefiero sus gritos.

A la derecha, la hiedra es dueña de la pared y la reja que se alza sobre el muro; tampoco se ven las ramas del durazno entre el verde subido de la enredadera.

Frente a mis ojos, nuestro jardín. Al fondo, una formación de soldados: largos bambúes que apuntan al cielo y sacuden sus hojas bajo la incesante impertinencia del viento. No son amigos del silencio, pero me gustan porque entre sus ramas, los pájaros pueden burlarse de los gatos.

Los bambúes son los amos, y todos lo saben aunque los miren con gesto de reproche. Dicen que el camino de piedras blancas está allí para detener el avance de la hierba, pero ayuda a caminar a la vista de todos. El resultado sólo es agradable para quien no sabe cuánto pesan las piedras.

Más cerca de mi ventana, un peral, un limonero y otro durazno reposan hasta que la primavera los despierte. Entre todos ellos, una franja de hierbas y flores siempre sedientos, bajo un oscilante sol de barro que sonríe junto a la puerta de vidrio.

Hay una mirada más alta que la mía, más alta que la casa, más alta que las antenas que estropean el horizonte: un gigantesco pino como torre.

Mientras escribo, el trozo de cielo azul se ha oscurecido; los pájaros hace rato desaparecieron, mudos, entre el follaje. El viento agita las hojas; tengo una sonrisa extraña en la cara. Es hora de acostarse.

El último resplandor del sol parece un guiño brillante. Cuando veo la primera estrella, sé que llegarán a darme la medicina que me aclara el paisaje y por qué estoy aquí encerrado.

"Paisajista" Relato de Ivanius. Imagen: "Blurry Prison" de Shayan Sanyai, en Wikimedia Commons. Aparecido originalmente en el blog colectivo Escribidores y Literaturos el 8 de octubre de 2009, y rescatado hoy para la pocilga, porque sí.

Grandma's_Favorite_(detail)_Wikimedia_CommonsEn todos los años que llevo aquí, jamás me ha interesado saber sus nombres, pero a veces escucho cosas interesantes. Una taza de bebida caliente basta para hacer hablar casi a cualquiera.

Así supe que la severísima anciana de la 4 era una abuelita simpática y dicharachera, a pesar de no haber vestido más que luto riguroso desde la muerte de su único marido, hace más de veinte años. Después de la segunda copa de jerez al terminar la comida, se hallaba más relajada y chispeante, llena de nostalgia por “su época”, cuando “lo que hacía la gente era conversar, no sentarse frente a la tele”.

Ante esa cita, como en tertulia improvisada, intentaron armar “uno de los cuentos de Nana” y se atropellaban entre todos para agregar detalles o comentar un pasaje. Una pareja, que estaba sentada ante otra mesa, se unió a la reunión a media plática porque el relato les hizo reconocer a sus primos, que no habían visto en años.

Visitar a Nana era tradición familiar, especialmente a fin de año. Cualquier época era, junto a ella, una larga sucesión de historias, contadas con estilo propio a un auditorio numeroso y devoto.

El jerez no podía faltar. Al retirar el pavo y los romeritos aparecía la imprescindible botella de Fino. Luego, los papás encendían un puro; las mamás servían café y alguna voz encendía el ruego: “Un cuento, Nana...”. Era el momento de los niños, aunque al escuchar “Había una vez”, los mayores también guardaban silencio. “Lástima que no hayas grabado la reunión de Navidad”, dijo alguien. “Esa vez había tres generaciones escuchándola hablar de Scrooge. Nana era mágica”.

No escuché mucho más porque se me hacía tarde para terminar la limpieza. Abandoné a disgusto mi rincón y me abrí paso entre los clientes que llegaban. Después tomé la escoba para hacer mi ronda en silencio. No hace falta hablar, porque a esta hora allá afuera sólo quedan los muertos...

"Lo que se cuenta", un relato de Ivanius, apareció en el blog colectivo Escribidores y Literaturos el 7 de septiembre de 2009, rescatado hoy para la pocilga, porque sí. La imagen es "La favorita de la abuela (fragmento)" de Georgios Iakovidis, en Wikimedia Commons.

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Aunque muchos invitaban a mamá a salir, su vida conmigo la aislaba de todo lo demás. Cuando llegaba acompañada a casa, la sorpresa de saber que tenía un hijo hacía que muchos se marcharan enseguida. Por eso nos sorprendió a nosotros que él se quedara.

Era un hombre gordo con voz de niño, que cada vez parecía luchar entre la naturalidad y el miedo: saludaba con timidez, pero no me gustaba darle la mano porque olía a tabaco. A pesar de todo, me caía bien porque si yo procuraba no estorbar y huía en el momento adecuado, siempre conseguía boletos para el cine o algún libro o juguete. Además, mamá me dijo que, como era maestro, no le incomodaba que yo hablara como adulto.

WhimsyMe gustó que tuviera la idea de los rompecabezas, mientras más complicados mejor, porque podíamos pasar horas con ello; mamá en los quehaceres, yo en silencio y él casi sin fumar, acomodando piezas por turno: quien se equivoca, pasa. Cada vez que lográbamos armar alguna sección difícil, entre risas y toses se recompensaba con un cigarro que consumía asomado sobre mi hombro mientras yo buscaba mi siguiente pieza. Allí no había timidez; era una competencia de ingenio en que cada turno podía definir al vencedor.

Por eso no me di cuenta a tiempo de que algo andaba mal. Cuando se levantó, la tos me hizo creer que era su dosis lo que buscaba en la bolsa del pecho, hasta que vi la cajetilla y el cenicero a su derecha.

Luego vino lo peor. A pesar de la evidente incomodidad de su postura convulsa, me sonrió al caer sobre el rompecabezas casi terminado.

Mientras esperábamos la ambulancia para que lo llevara al hospital, encontré en el suelo la pieza que buscaba, y entendí al fin por qué dicen que los padrastros siempre son malvados.

Este es otro de los relatos de Ivanius aparecidos en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, el 10 de agosto de 2009, rescatado hoy para la pocilga, porque sí. La imagen proviene de Wikimedia Commons.

 

Haciendo limpieza en posts antiguos, descubrí que una de mis recomendaciones musicales cambió de dirección en el yutúb, así que la pongo acá de nuevo para quienes no la hayan escuchado. Annie Lennox reinterpreta (y cómo) una canción más conocida en voz de Joe Cocker.

Y no es que me azote, pero casi es una celebración porque por poco no vivimos para contarla. Estéi tuned, porque ahora sí estamos de vuelta. ¡Sigamos adelante!

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Los privilegios (y coincidencias) de la vista parecían no tener límites, hasta que llegó el cansancio.

Mi oftalmólogo de cabecera me dijo: "para la cantidad de páginas que has leído en tu vida, ya te habías tardado". Y es que, con todo y ojo biónico, tiene razón.eye_farm_nevittdillmengnuwikimediacommons2

Este ejercicio de leer todo el tiempo que a mí me resulta inevitable, parece ser más raro de lo que suponía. Sin embargo, me preguntaba por qué se les cansa la vista a aquellos que casi no leen. Habrá quien responda que las letras no son lo único que bien vale unos lentes, y por supuesto tienen razón. Pero insisto porque entre mis amigos y familia, la "vista cansada" sólo sale a relucir cuando se trata de leer: parece que nadie echa mano de las gafas para contemplar otra cosa que no sean letras.

Lo que me quitó el "amoscamiento" hacia quienes despotrican sobre los lectores empedernidos y usan gafas para leer (con todo y el probable autogol) fue, como siempre, una niña que me dijo: "para ver una sonrisa no necesitas lentes". Verdad purísima. (continuará)

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Acababa de recibir el primer trago “serio” de la noche en mi bar favorito. En el centro de la barra había, como otras veces, un plato colmado de botana, una cajetilla de cigarros, y una hoja arrancada de mi libreta. Miles de historias a la espera de tinta.

Como los demás se hacían esperar, ya tenía dos cervezas entre pecho y espalda en menos de una hora, pero no parecía suficiente, así que Charly me trajo mi Gibson, helado a la perfección, con dos cebollitas. Sublime.

Un ligero toque en mi hombro me sorprendió con el amargo sabor aún en la boca, pero ahogué decentemente la palabrota que ardía en mi lengua cuando encontré sus ojos. “¿Puedo sentarme aquí?” Sin esperar respuesta (y qué bueno, porque no iba a dársela), se deslizó a mi lado.

Lo primero que percibí fue su perfume. Después, me dejé llevar a medias por la conversación, porque estaba escribiendo, pero no pareció molestarle. Dijo que me había visto varias veces, siempre acompañado o enfrascado en un libro. Además de ser "cliente frecuente", compartía también mi afición por las letras, aunque se dedicaba a vender, no a escribir. Me sorprendió no haber reconocido su rostro, pero siempre he sido un tipo bastante distraído.

Luego, su risa. Ronca, radiactiva como la kryptonita que se empeñaba en beber más con la lengua que con los labios, igual que un gato. “Así no se calienta; a ti también te gustan las bebidas frías, ¿verdad?”.

Para entonces las bebidas y el frío eran lo más alejado de mi mente. Obligado a responder, primero balbuceando y después con pasmosa y creciente audacia, me sorprendí a mí mismo hablándole... de todo un poco. Me di cuenta de su cultura porque supo rastrear y contestar mis frases más escogidas; resultó que antes de vender los libros y enciclopedias que ofrecía, los leía despacio y de cabo a rabo.

Cuando se levantó para ir al baño me quedé imaginando mil cosas. Traté de encontrar explicación al miedo y la ansiedad, pero me rendí. Qué diablos, todo puede pasar. Entonces descubrí a los demás sentados en el rincón, ante una mesa esquinera. No se acercaron, respetando nuestro código, pero desde luego me enviaron un brindis burlón con sus vasos.

Mientras encendía mi cigarro, Charly se acercó de nuevo desde el otro lado de la barra, pero no traía una copa. Me dijo que me estaban esperando en el pasillo, y que la cuenta ya estaba pagada. Nada más.

Lo que pasó después creo que no se lo imaginan. Por eso escribo hoy estas líneas, recordando mi asombro cuando, al darme su tarjeta, descubrí que ella en realidad se llamaba Mario.

Eso sí: después de las carcajadas, le compré un diccionario. De tapas verdes, como la kryptonita.

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"Propina no incluida" es uno de los textos con que participé en el colectivo Escribidores y Literaturos, el 12 de junio de 2009, rescatado hoy para esta pocilga, porque sí. La imagen es "flaming cocktails", por Nik Frey, tomada de Wikimedia Commons.